Hoy, al pasar por el jardín del Museo de los bocetos, hermoso jardín repleto de arte, un oasis para los estudiantes de las instituciones colindantes y muy cercano a la biblioteca de la universidad, me vinieron a la cabeza algunos recuerdos que quiero juntar para contar a todo aquel que quiera saber. El museo alberga una estupenda colección de procesos artísticos, desde la propia idea, a veces simplemente dibujada sobre la servilleta de un café parisino, hasta llegar al producto final. Estos bocetos han sido donados por famosos artistas como Sonia Delaunay, Siri Derkert, Diego Rivera, José Clemente Orozco, Henri Matisse, Elli Hemberg, Fernand Léger, Sigrid Hjertén, Christo och Jeanne-Claude, Amédée Ozenfant, Isaac Grünewald, Jean Dubuffet, Henry Moore, Maria Miesenberger y muchos más. El museo fue creado por Ragnar Josephson en 1934. Josephson, catedrático de historia del arte en la universidad de Lund.

Lógicamente, pensando en Josephson y en su trayectoria académica, literaria y política, llego a la época tan dura que le toco vivir en el momento en que se encontraba en mitad de su carrera. Como judío y sueco de tercera generación, le toco vivir un tiempo hosco y duro. Como escribió el filósofo judío francés Emmanuel Levinas, cuando en 1934 publicó una breve reflexión sobre la filosofía del hitlerismo, como él la llamó: “Declarando la categoría de raza una prisión biológica sin escapatoria espiritual, la ideología hitleriana fue una ruptura fundamental con los principios básicos de la existencia humana.” Lo que estaba en juego para Levinas no era una doctrina política o religiosa de un tipo u otro, sino la humanidad misma del ser humano ser, “l’humanité même de l’homme.”[1]

Amenazado constantemente por las corrientes fascistas, que se propagaban por toda Europa y que llegaban hasta Suecia, amortiguadas, pero igualmente perfectamente perceptibles, decidió plantar cara a la situación. Ragnar Josephson no se escondió, más aún, dio un paso al frente y se hizo visible, se hizo escuchar. I sabemos perfectamente, por muchos trabajos históricos que estudian el ambiente nazi en la universidad de Lund durante los doce años que duró el loco imperio de la maldad.[2] No debemos de ninguna manera pensar que existía un ambiente generalizado de simpatía respecto a las ideologías nazis, pero no se puede tampoco negar que el racismo y el nazismo formaban parte del discurso político e incluso académico de la época.

Es fácil imaginar la situación de una persona que se ve atacada por el mero hecho de ser judío. Ante los ojos de colegas y estudiantes, que abiertamente lucen sus insignias nazis y que se expresan en términos claramente racistas, poco vale el mérito personal, la excelencia académica, la sensibilidad artística, de un hombre que se considera inferior por su raza. Eso se notaba al caminar por las calles de Lund, en los restaurantes, en los claustros, en las aulas. Sería lógico que una persona reaccionara con odio ante tanta maldad e injusticia, pero Ragnar Josephson supo sobreponerse al miedo e ir más allá del perdón, durante la explosión de las ideas nazis y fascistas en los años 30, durante la segunda guerra mundial y, sobre todo, tras la derrota del nazismo. Sus ideas sobre la situación de los judíos en Suecia las expresó en 1936 en su discurso “La doble lealtad” (Den dubbla lojaliteten) ante los colectivos judíos de Gotemburgo y Estocolmo, plasmados en un escrito muy citado. En el discurso afirmaba que la relación entre la tradición judía y los deberes de un judío hacia su patria (Suecia) eran completamente compatibles, espontáneas y naturales. Pero para ser compatibles tienen que adaptarse a las necesidades de “la patria” a la que, según Josephson, se debía una lealtad a ultranza. Por tanto, Josephson no era partidario de que Suecia abriese sus puertas incondicionalmente a la inmigración judía. Josephson defendió la necesidad de mantener la confianza en “nuestra confiabilidad nacional intransigente” y, por lo tanto, actuar con moderación en el tema de los refugiados judíos. ‘Es beneficioso para un país incorporar algunos “hombres honestos”‘, escribió Josephson, pero “grupos más numerosos de ciudadanos extranjeros…podrían por su enajenación número crear sospecha, angustia y desorden en la sociedad.”[3]

Esta posición, ambigua si se quiere, pero representativa de la opinión de la mayoría de los judíos suecos, era parecida a la posición de los judíos alemanes que, habiendo participado en la primera guerra mundial y siendo ciudadanos de pleno derecho en la sociedad alemana, creían que las amenazas nazis eran pura propaganda electoral. Una vez en el poder, se vio claramente que las amenazas iban en serio. Las Leyes de Núremberg (Nürnberger Gesetze) del 15 de septiembre de 1935 marginaron a los judíos discriminando y persiguiendo al colectivo por motivos raciales. Es en este contexto en el que Josephson escribe su discurso, cuando ya hay miles de judíos llamando a las puertas de todos los países democráticos. Suiza y Suecia exigieron que las autoridades alemanas marcasen con una jota en rojo (J) los pasaportes de los ciudadanos alemanes de origen judío, para poder impedir su entrada. Quedaba la posibilidad de buscar asilo en otros países europeos y, para los que tenían posibles y contactos, emigrar lo más lejos posible, al poder ser a los Estados Unidos.[4] Desde 1933 a 1939 más de 400 000 judíos habían dejado Alemania, Austria y Checoslovaquia. Estos refugiados Se repartieron prácticamente por todo el mundo, de USA, México, Chile hasta Shanghai y la India. Generalmente no eran bienvenidos en ningún lugar, a pesar de las declaraciones políticas y los discursos en la Sociedad de las Naciones.

En mi paseo, camino ya de dejar el jardín del museo, me encuentro con una obra de arte que parece un objeto olvidado. Es una cartera-portafolios de ese tipo que solían llevar los diplomáticos, los profesores o los directores de empresas importantes. Sobre la tapa dos iniciales, R W. A los suecos no les cuesta reconocer de quién era esa cartera, pues pertenecía a Raoul Wallenberg, que entre julio y diciembre de 1944, Raoul Wallenberg emitió pasaportes de protección y acogió a judíos en edificios designados como territorio sueco. Wallenberg pudo así salvar a miles de judíos de ser enviados desde Hungría a campos de exterminio nazis. En enero de 1945, Raoul Wallenberg fue hecho prisionero por el ejército soviético trás la liberación de Budapest por parte del Ejército Rojo. Posteriormente fue llevado a la Unión Soviética. A partir de entonces no se supo más de él. Lo más probable es que muriera en una prisión de Moscú en 1947.

Es curioso, porque pocos españoles conocen la figura de Raoul Wallenberg, pero todavía menos sobre un diplomático español, Ángel Sanz Briz, que en 1944, al mismo tiempo que Wallenberg, ayudó a salvar la vida de miles de judíos del Holocausto. Les expidió papeles de protección y los alojó en casas de seguridad españolas, amparadas por la soberanía de la embajada. En ese momento, el gobierno húngaro perseguía y deportaba a los judíos a los campos de exterminio nazis. Podéis leer más en la referencia abajo.[5]

Sigo mi paseo hasta el Cementerio del Norte (Norra kyrkogården) en busca de recuerdos de las victimas del nazismo. Este cementerio es un jardín frondoso en su parte antigua con arboles centenarios que protegen las bien cuidadas tumbas de muchos ciudadanos insignes. En la parte este, junto a la verja que da a una anónima calle colindante, encontramos un grupo de lapidas dispersas bajo una estatua metálica que representa un ángel con las alas desplegadas. Este pequeño grupo de lapidas recuerda la odisea y el calvario de seres humanos, victimas del nacismo. Al final de la guerra, poco antes de la caída de Berlín, consiguió Suecia, con la cooperación de algunos funcionarios alemanes, sacar a grupos de prisioneros nórdicos (noruegos y daneses) de los campos de concentración alemanes. Esto se hizo por medio de los llamados autobuses blancos de la Cruz Roja sueca. Entre los que de esta manera consiguieron escapar se encontraban también prisioneros polacos y de otros países. Algunos de ellos estaban en tan malas condiciones al llegar que fallecieron casi inmediatamente en el hospital de la ciudad. En mayo murieron, entre muchos otros, la polaca Paulina Stolarczyk, de 51 años, el niño polaco Riszard Ehret, nacido seis semanas antes en Ravensbrück, el ruso Nicolai Chavanov, de 35 años, Charles Louis Lalanne, director de cine de Burdeos, de 25 años, la cerrajera rusa Ilja Ivanov, de 24 años, la holandesa Magdalena Verbrugge, de 54 años, así un grupo de unas decenas. Una tumba está dedicada a un refugiado desconocido. El epitafio reza así:

“Aquí descansa un refugiado desconocido, fallecido en su camino a casa desde un campo de concentración alemán. D11/5 1945”. El responsable de todas estas muertes y de millones otras, se quitó la vida el 30 de abril del mismo año, no hay tumba que le cubra.

Dejo el cementerio con pensamientos sombríos, pero, al salir al camino de Kävlinge (Kävlingevägen), lugar por cierto en que dejó caer un bombardero ingles sus bombas el 18 de noviembre de 1943, deslumbrado por el reflejo del sol en los cristales de un invernadero, aunque eso será parte de un próximo relato, el sol se abre camino entre las nubes y mi paso acelera. Aún me quedan algunos kilómetros de caminata.


[1] Emmanuel Levinas, Quelques réflexions sur la philosophie de l’hitlérisme, L’Esprit, 2, 1934

[2] Aquí quiero especialmente resaltar la obra de mi amigo y colega Sverker Oredsson, que, en su trabajo sobre la universidad de Lund durante la segunda guerra mundial, nos legó un profundo análisis sobre los debates y trifulcas que se vivieron durante esos convulsivos años: Lunds universitet under andra världskriget – motsättningar, debatter och hjälpinsatser, 1996. Un trabajo necesario para comprender la situación de los intelectuales judíos durante la época es también “Judarnas Wagner” Moses Pergament och den kulturella identifikationens dilemma omkring 1920-1950, de mi joven colega en el Instituto Vipan, Henrik Rosengren, en el que refleja la situación de un conocido músico sueco de etnia judía durante el periodo que estudiamos aquí.

[3] Ragnar Josephson: Den dubbla lojaliteten, Stockholm, Albert Bonniers Förlag, 1936.

[4] En octubre de 1938, la Alemania nazi comenzó a sellar los pasaportes de los judíos alemanes con una J roja en la primera página. El trasfondo fue la decisión de Suiza de introducir requisitos de visa para todos los ciudadanos alemanes para evitar que judíos austriacos no deseados solicitasen la entrada al país. La propuesta alemana significaba que los pasaportes judíos estarían marcados con una J para facilitar el reconocimiento en los controles fronterizos. El gobierno suizo aceptó la propuesta y, por lo tanto, eliminó el requisito de visa el 4 de octubre. Unas semanas más tarde, el 27 de octubre de 1938, Suecia también introdujo requisitos de visa para ciudadanos alemanes con pases J, pero muchos intentaron entrar a Suecia. Inglaterra eligió un camino diferente e introdujo visas obligatorias para todos los ciudadanos alemanes.

[5] BBC: https://www.bbc.com/news/world-europe-47536432