La masonería conserva aún gran parte de su mística. La hermandad EOS de Lund se reúne en las instalaciones de Krafttorget 10 a celebrar sus ritos y celebraciones. A veces, estas instalaciones se pueden utilizar para actos varios. Recuerdo el día en que en el departamento de historia celebramos la transición del profesor Göran Rydstad al estatus de emérito. Fue a principios de los 90, he olvidado el día, pero no la canción que mi colega y ahora embajadora Cilla Ruthström y yo cantamos a dúo en honor a Göran: “Only You”, hábilmente acompañada al piano por el docente Ingvar Elmroth. Sí, fue una fiesta memorable y es un buen recuerdo que me viene a la memoria un día nublado como este.

Mientras pienso en como profundizar en el conocimiento de la masonería de Lund, me viene a la mente la certeza de que lo que voy buscando es el “genius loci” de la ciudad. Sí, porque esta ciudad, como todas las ciudades del mundo, tiene un alma distinta y reconocible. No es fácil detectar esta alma a primera vista, ni siquiera es seguro que se pueda hacer tras muchos años de patear por sus calles mirando sus adoquines, de oler sus olores y oír sus sonidos. Pero ese genius loci está ahí y solo falta que le descubramos y que lo describamos con palabras, y eso es lo que voy a intentar ahora. Seguramente, tendré que dedicar unas cuantas entradas hasta llegar a describir esa alma de Lund.

El que llega a Lund en tren puede encontrarse con dos imágenes diferentes, según la salida que elija desde la estación. Si sale hacia la salida este, se encontrará en una calle con edificios de los años 70 del pasado siglo, tiendas con grandes escaparates y una especie de espacio abierto que ha querido ser una plaza, pero que solo es un lugar de paso, la plaza de Canuto el Grande (Knut de Stores torg). Si elige la salida oeste, verá a su izquierda un antiguo convento medieval, pero saldrá a una plazoleta bastante anónima con edificios de los primeros años del siglo XXI. El viajero podrá a continuación plantarse en medio de la antigua ciudad, con calles estrechas y trazado medieval, o bien salir a la parte “moderna” de la ciudad con calles anchas y edificios construidos a principios del siglo XX por emprendedores afortunados. En fin, la ciudad de Lund nos permite leer el paso de la historia en sus calles y plazas.

Podríamos decir que hay un espíritu conservador en la ciudad, que intenta preservar todas las huellas históricas, que convive con un espíritu renovador y modernizante, que quiere incorporar en la ciudad las nuevas técnicas de la construcción y todas las comodidades de la gran ciudad. Hay pues una especie de pulso continuo entre lo antiguo y lo moderno, entre la historia y la modernidad. Esta tensión está aflojando últimamente pues, tras muchas discusiones, se ha llegado a la conclusión de que, si Lund tiene que crecer, deberá hacerlo fuera de los límites actuales de la ciudad. Esta conclusión, convertida en decisión política, descubre otra de las tensiones constantes que mantienen la tensión en la política de Lund: la lucha por la preservación de las tierras de labor contra la dinámica imparable de la construcción de viviendas, para una población que crece continuamente.

Volvamos la vista atrás para identificar el comienzo de la expansión de Lund. Remontémonos por tanto a comienzos de siglo XIX y a la famosa definición de Lund por nuestro ya bien conocido Esaias Tegnér: “Una aldea académica” (En akademisk bondby). En el año 1800 contaba Lund con 3000 habitantes de los cuales 500 estaban de alguna manera ligados a la universidad. Desde su creación en el siglo X, la población había fluctuado entre los 1000 y los 2500 habitantes. Pero a principios del siglo XIX empieza a crecer de manera que, al llegar al fin del siglo, cuenta con más de 16 000 habitantes y, muy importante también, una población trabajadora que llega por las mañanas desde pueblos cercanos para trabajar en las fabricas y que regresa a sus pueblos al terminar la jornada. Esta situación propició muchos cambios en la antigua ciudad. Primeramente, se trataba de alojar a los que venían a vivir, porque su habitual vivienda quedaba muy lejos para ir al trabajo y regresar en el mismo día. Estos alojamientos debían ser baratos, pues los salarios eran muy bajos, así que se construyeron casas/chabolas en los patios interiores de las casas de la ciudad.  

Con el tiempo, ya entrados en los años 60 y 70 del siglo XIX, esas soluciones se hicieron insuficientes. La gente vivía hacinada y las condiciones higiénicas eras pésimas, así que la solución fue dejar que la ciudad creciese extramuros. Para hacerlo posible se derruyeron las murallas/promontorios/palizadas que rodeaban la ciudad y se empezaron a construir casas alrededor. Estas construcciones tuvieron lugar al tiempo que se hacía una gran reforma de la catedral y se construían el edificio central de la Universidad y unas cuantas instituciones, amén de un hospital quirúrgico y un psiquiátrico. Se puede decir que durante cuatro décadas todo Lund se encontraba bajo los efectos de una gran burbuja del ladrillo, que formaba una legión de millonarios, nuevos ricos, que necesitaban un lugar donde dejarse ver.

El genius loci de Lund se fue forjando en lugares lúdicos de encuentro y distracción. El Gran Hotel de Lund se inauguró el 12 de octubre de 1899 y vino a atraer a muchos de los nuevos ricos. No es que faltaran hoteles y restaurantes en la ciudad a finales del siglo XIX, pero ninguno hasta entonces había ostentado el lujo y la elegancia que los nuevos potentados exigían. Los altos precios constituían una muralla tras la cual los nuevos ricos podían disfrutar sin mezclarse con los pobres. Los estudiantes habían podido disponer de locales elegantes en su “castillo” (AF-borgen), reservado para estudiantes y académicos, emulando el lujo de los grandes salones, y para los trabajadores había una gran cantidad de tabernas en sótanos y viejos edificios de la ciudad. Volveremos a ocuparnos de estos tugurios sombríos más adelante, donde los trabajadores dejaban gran parte de sus ingresos y su salud. Abajo, el Gran Hotel y la casa de los masones, EOS.