Iba caminando hoy, un viernes 19 de enero de 2024, sobre un radiante manto de nieve que cubre el camino de mi casa al hospital. Eran las ocho de la mañana cuando conecté como de costumbre con Radio Nacional de España para escuchar las mañanas de Iñigo Alonso, un brillante programa que me deleita con sus certeros análisis y sus incisas y bien estudiadas preguntas a las élites políticas y económicas de España y también por la ambiciosa cobertura del panorama político internacional. El programa de hoy estaba dedicado a Palestina y Alonso emitía el programa desde Jerusalén. En una bien elegida compilación de entrevistas a palestinos e israelíes y también a españoles afincados en la zona, nos fue revelando las entrañas de un conflicto con el que las generaciones actuales hemos estado obligados a convivir. Decidí escribir una entrada sombre el conflicto, aunque sabía que no sería una tarea fácil.

Antes de seguir con mi actual entrada quiero dejar claro unas cuantas cosas. La primera que yo estoy en contra de cualquier uso de la violencia militar en general y muy en particular cuando se usa indiscriminadamente contra civiles. En segundo lugar, que la violencia ejercida por paramilitares con el pretexto de defender los derechos de los oprimidos, no puede ser igualmente indiscriminada; no acepto el terror como el arma de los pobres y los discriminados. En tercer lugar, quiero creer y creo en la posibilidad de encontrar soluciones pacificas a todos, repito, todos los problemas actuales, si hay voluntad de solucionarlos, claro. En cuarto lugar, considero que todos los humanos tenemos el mismo valor, cosa que se suele decir pero que diariamente se niega en la práctica. En quinto lugar, quiero citar a un osito muy popular en Suecia, un osito que ostenta una gran fuerza, que obtiene comiendo mucha miel. Bamse, que así se llama este héroe infantil que ayuda a todo el que lo necesita, aún a los que son malos, dice a menudo que “quien es muy fuerte, tiene que ser muy bueno”. Y el verdaderamente fuerte aquí, en este conflicto del que voy a hablar un poco, es Onkel Sam, los Estados Unidos de América, pero que, hasta ahora, no ha hecho mucho por solucionar el problema.

Todos estamos conmocionados con los hechos cometidos por Hamas el 7 de octubre del año pasado. Un ataque perpetrado, a modo de golpe de guerrilla, contra jóvenes indefensos, ancianos y niños, no puede ser una acción loable para nadie, ni siquiera para aquellos a los que pretenden representar, el pueblo palestino, encerrado en Gaza. Igualmente conmociona ver la respuesta del estado de Israel, bombardeando indiscriminadamente cualquier tipo de instalaciones civiles, hospitales, escuelas y oficinas de la ONU, con el pretexto de que se alojan terroristas en esas instalaciones. A día de hoy ya van 24 000 muertos palestinos contra las 1200 victimas israelíes del 7 de octubre. Mientras tanto, los que podían evitarlo miran a otro lado o, simplemente, dejan que transcurra el tiempo. Busco en la historia y encuentro mucha similitud con otros actos parecidos, de castigos a la población civil, con el pretexto de acortar una guerra o evitar victimas propias: Guernica, Hiroshima, Nagasaki, Londres, Coventry, Hamburgo, Dresde, Vietnam…Sería una lista muy larga y siempre me dejaría algunas, aunque quisiera enumerarlas todas, porque han sido muchas.

Sepamos que este conflicto tiene unas raíces históricas muy profundas y que, digan lo que digan, no está predestinado a ser un conflicto eterno; más bien es un conflicto que se ha dejado crecer y madurar por muchos de los que podían haberlo solucionado, porque, seamos sinceros, se trata de un conflicto territorial clásico y esos conflictos son solucionables, siempre que haya voluntad para solucionarlos. La teoría del conflicto nos enseña que, en un conflicto entre un estado y actores no estatales, es probable que estalle la guerra cuando una minoría étnica exige la soberanía sobre su territorio, y el patrón de asentamiento de la minoría los coloca en mayoría en regiones específicas. Las disputas territoriales entre grupos de población tienden a generar rivalidades internas duraderas que conducen a conflictos prolongados y violentos; sin embargo, una victoria militar de un lado, un período intenso de combates o un largo período de paz reducen las posibilidades de que se repita la violencia. Posiblemente, lo que Israel quiere conseguir es una contundente victoria militar que lleve a una paz duradera. Busquemos las raíces del conflicto en la historia del territorio que ahora denominamos Palestina e Israel. Los que quieren explicar la historia del conflicto desde la llegada de Napoleón a Egipto reducen a mi parecer la historia de una manera flagrante. Sin recurrir a la biblia, podemos constatar que la región recibe su nombre, Siria-Palestina, del emperador romano de origen español Adriano, que tras la revuelta judía de Bar Kojba de 132-136 d.C. decidió castigar a los judíos nombrándola así en honor a los dos enemigos tradicionales de los judíos, los sirios y los filisteos. Las designaciones Filistea, Judea romana y Palestina estuvieron en uso posteriormente. Se cree que el nombre Palestina deriva de la palabra plesheth o peleset, designación griega para los nómadas filisteos uno de los Pueblos del Mar que invadieron el Mediterráneo Oriental entre 1250 yel 1180 a.C. Puestos a reclamar el derecho histórico sobre el territorio, tendrían los palestinos los mismos derechos que el pueblo judío, si no estamos dispuestos a aceptar la biblia como una fuente de la legitimidad judía.

Es aquí donde nace el cristianismo, como una escisión del judaísmo y aquí se formó un hub religioso, por denominarlo con un anglicismo actual. El Imperio Romano de Occidente cayó en el año 476 d.C., pero el Imperio Bizantino continuó relativamente sin desafíos hasta el siglo VII d.C. con el surgimiento del islam en la región. En el año 634 d.C., los ejércitos musulmanes de Arabia tomaron Siria-Palestina y la renombraron como Jund Filastin (“Distrito Militar de Palestina”). Los musulmanes declaraban un interés religioso en la región similar al de los cristianos o al de los judíos que los precedieron, y las iglesias fueron convertidas en mezquitas de la misma manera que los templos anteriores habían dado paso a iglesias, más o menos como nosotros hicimos en Córdoba.

Palestina empezó a ser referida por los reinos cristianos europeos como la Tierra Santa, y la Primera Cruzada fue lanzada para recuperarla de la ocupación musulmana en el año 1096 d.C. Este esfuerzo fue seguido por muchos más, apoyados por el Imperio Bizantino, hasta el año 1272 d.C., con enormes costos en vidas y propiedades, pero sin lograr finalmente nada. El Imperio Bizantino cayó en el año 1453 d.C., reduciendo significativamente la influencia cristiana en la región, y Palestina quedó en manos de los turcos otomanos. La región continuó siendo objeto de disputa a lo largo de los siguientes siglos hasta que los británicos se involucraron en 1915 d.C. durante la Primera Guerra Mundial, momento en el cual las potencias occidentales idearon planes para la partición del Medio Oriente con sus propios propósitos y beneficios, por ser como puntos estratégicos o productores de petróleo.

Palestina se encontraba entre los antiguos territorios otomanos colocados bajo administración del Reino Unido por la Sociedad de Naciones en 1922. Todos estos territorios eventualmente se convirtieron en Estados completamente independientes, excepto Palestina, donde, además de “prestar asistencia y consejo administrativo”, el Mandato Británico incorporó la “Declaración Balfour” de 1917, que expresaba el apoyo para “el establecimiento en Palestina de un hogar nacional para el pueblo judío”. Durante el Mandato, que abarcó de 1922 a 1947, tuvo lugar una inmigración judía a gran escala, principalmente desde Europa del Este, con un aumento significativo en la década de 1930 debido a la persecución nazi. No es que no hubiera existido una inmigración judía a los territorios con anterioridad, porque ya en 1870 había una población judía de unas 20000 personas repartidas entre Jerusalén, Tiberíades, Safed, y Hebrón. La emigración rusa había comenzado ya a partir de la matanza de Odesa en 1821 y en distintas ocasiones en el territorio de la actual Ucrania, siendo el pogromo de Kiev el más sangriento.  En 1870 se estableció la escuela agrícola Mikvhe Israel, financiada por el barón de Rothschild, con el fin de hacer florecer el desierto. Los inmigrantes decían que se mudaban a Eretz Israel, su tierra prometida. Ocho años más tarde fue fundada la primera colonia sionista Petach Tikva, cuyo nombre, tomado de una profecía de Osea (2:15) “Prometo devolverle sus viñedos, haré del Valle de Acor una puerta de esperanza.”

A partir de 1882 comienzan las primeras oleadas masivas sionistas, la primera Aliyá, o llamada a la inmigración de judíos de todo el mundo hacia Israel.  Desde 1881 hasta 1915 creció la población judía en Palestina desde unos 24000 o 4,57% de la población total de Palestina (525000) a 87000 o 14,15% (590000). Todo esto sucede en paralelo con la formación de un territorio diferenciado, con fronteras e infraestructuras rudimentarias. La respuesta árabe fue entre otras la fundación de la organización al-Fatāh que en árabe significa” El Joven” – y que es la abreviatura de al-Jamʿiyya al-ʿarabiyya al-fatāh (“Asociación Juvenil Árabe”), fue una sociedad secreta que operaba principalmente en Siria, pero que fue fundada en París en 1911 y luego trasladada a Beirut en 1912. Esta organización fue formada por varios oficiales árabes del ejército turco-otomano que buscaban la independencia del mundo de habla árabe. Al igual que la otra sociedad secreta militar al-ʿAhd (“El Pacto”), que operaba en Mesopotamia, fue una auténtica cantera de la que surgieron numerosos futuros líderes políticos de varias naciones árabes, especialmente Siria e Irak, después de la derrota del Imperio otomano durante la Primera Guerra Mundial.

Decía un amigo mío, sueco y judío, que él tenía la sensación de que su condición judía se podía transportar en una maleta. El judío lleva consigo su religión y su historia a donde quiera que vaya. Ser judío no es una propiedad sujeta a un territorio. No es de extrañar que el promotor del sionismo mundial, Theodor Herzl, estuviese de acuerdo con el el Programa para la Uganda Británica por el que se planificaba entregar una parte del África Oriental Británica al pueblo judío para que se establecieran allí, como refugio temporal para los judíos europeos que huían del antisemitismo, ideología y política que se expandía por toda Europa, de este a oeste. Los acontecimientos que transcurrieron desde la declaración del Programa para la Uganda Británica en 1903 al estallido de la primera guerra mundial y la descomposición del imperio otomano. Con Arthur James Balfour como ministro de asuntos exteriores, la cuestión judía tomo nuevo impulso resultando en la llamada declaración de Balfour el 2 de noviembre de 1917 que anunciaba el apoyo británico al establecimiento de un “hogar nacional” para el pueblo judío en la región de Palestina.

Tras la derrota del imperio otomano y la formación de La Sociedad de las Naciones, se llegó a El anteproyecto del Mandato de Palestina que fue confirmado formalmente por el Consejo de la Sociedad de Naciones el 24 de julio de 1922, implementado a través del memorándum de Transjordania del 16 de septiembre de 1922, y que entró en vigor el 29 de septiembre de 1923 a raíz de la ratificación del Tratado de Lausana. Se formaba así una entidad política en la que judíos y árabes debían convivir bajo el mandato de Gran Bretaña, que legalizó la autoridad temporal de Palestina y expiró el 14 de mayo de 1948. El objetivo del sistema de Mandato de la Sociedad de Naciones era administrar partes del desaparecido Imperio otomano, que había tenido el control del Medio Oriente desde el siglo XVI, “hasta el momento en que sean capaces de estar solos”.

Las demandas árabes de independencia y la resistencia a la inmigración llevaron a una rebelión árabe en 1936-1939, seguida por un continuo terrorismo y violencia de ambas partes. La segunda guerra mundial forzó la emigración judía llegando tras finalizar la guerra a alcanzar el 48,9 % (610000 judíos por 1310000 árabes) de los habitantes del protectorado.  El Reino Unido consideró varias fórmulas para lograr la independencia en una tierra devastada por la violencia. En 1947, el Reino Unido trasladó el problema de Palestina a la ONU.

Después de examinar alternativas, la ONU propuso poner fin al Mandato y dividir Palestina en dos Estados independientes, uno árabe palestino y otro judío, con Jerusalén internacionalizada (Resolución 181 (II) de 1947). Uno de los dos Estados previstos proclamó su independencia como Israel y, en la guerra de 1948 que involucró a Estados árabes vecinos, se expandió hasta abarcar el 77 por ciento del territorio de la Palestina bajo mandato, incluida la mayor parte de Jerusalén. Más de la mitad de la población árabe palestina huyó o fue expulsada. Jordania y Egipto controlaron el resto del territorio asignado por la Resolución 181 al Estado árabe. En la guerra de 1967, Israel ocupó estos territorios (Franja de Gaza y Cisjordania), incluida Jerusalén Este, que posteriormente fue anexada por Israel. La guerra provocó un segundo éxodo de palestinos, estimado en medio millón. En ese momento, si la comunidad internacional hubiese tenido una visión de futuro más abierta, podía haberse solucionado el problema palestino, creo yo. El gran problema era el qué hacer con los expulsados árabes y los que voluntariamente habían dejado sus hogares. Ahí habría sido preciso solucionar el problema económico que se cernía sobre los territorios a los que huían los palestinos árabes. En lugar de encontrar un sistema de ayudas económicas a la refundación de poblaciones palestinas, una especie de ayuda Marshall, pienso yo, se construyeron campos de refugiados temporales, sin pensar en lo que eso significaría en el futuro. Yo me pongo a comparar como los alemanes tras su derrota tuvieron que acoger a todos los alemanes expulsados de la Europa de este desde 1945. Tras el acuerdo de Postdam millones de personas de habla alemana fueron obligadas a abandonar Europa del Este como resultado de los extensos cambios en las fronteras y las circunstancias políticas. La mayor ola de desplazamiento ocurrió durante y después de la guerra, entre 1944 y 1950. La cifra exacta varía según las fuentes y la definición de “desplazamiento forzado”, pero las estimaciones indican que entre 12 y 14 millones de personas de habla alemana, incluyendo civiles y personal militar, fueron obligadas a abandonar sus hogares en áreas que ahora pertenecen a Polonia, la República Checa, Hungría y otras partes de Europa del Este. De una manera muy similar a lo que ocurrió en Palestina, las potencias vencedoras (Unión Soviética, Estados Unidos y el Reino Unido) acordaron reestructurar las fronteras y la población en Europa Central, con la gran diferencia de que en el caso de los alemanes se pusieron grandes recursos económicos a su disposición y, quizás lo mas importante, la población alemana en el territorio de la vencida Alemania, estuvieron dispuestos a aceptar la inmigración de una población de habla alemana pero que en su mayoría había vivido durante muchas generaciones en  territorios que ahora pertenecían a otros estados. Incluso una buena parte de los inmigrantes, aún teniendo ancestros alemanes, desconocían el idioma alemán.

En el caso de los palestinos, los estados colindantes no han estado dispuestos a aceptar la emigración palestina de una forma definitiva. Inicialmente, la respuesta de los estados árabes anfitriones ante la llegada de los refugiados palestinos fue ofrecerles refugio con la suposición de que sería temporal. Cuando se hizo evidente que el problema sería prolongado, las políticas de los estados árabes hacia los refugiados cambiaron, y la simpatía inicial se combinó con la insistencia en la responsabilidad final de Israel hacia ellos. Como resultado, la mayoría de los gobiernos árabes se opusieron firmemente a la reubicación y naturalización de los refugiados. En cambio, adoptaron políticas y procedimientos destinados a preservar la identidad palestina de los individuos y su estatus como refugiados.

Egipto es el único país árabe anfitrión que es parte en la Convención de 1951 sobre el Estatuto de los Refugiados. Sin embargo, en septiembre de 1965, el consejo de ministros de Relaciones Exteriores de la Liga de Estados Árabes reconoció formalmente ciertos derechos para los palestinos al firmar el Protocolo para el Tratamiento de Palestinos en Estados Árabes, conocido como el Protocolo de Casablanca. Este breve documento instaba a los estados miembros a “tomar las medidas necesarias” para garantizar a los palestinos plenos derechos de residencia, libertad de movimiento dentro y entre los países árabes, y el derecho a trabajar al mismo nivel que los ciudadanos.  El estatus de los exiliados palestinos en los estados árabes anfitriones ha tenido una historia complicada desde 1948, y en la región actual, sus vidas difieren drásticamente según su lugar de residencia. En Jordania, por ejemplo, la mayoría de los 1.5 millones de palestinos tienen ciudadanía y están bien integrados social y económicamente, aunque alrededor de 279 000 aún viven en campamentos. A diferencia de Jordania, Siria ha mantenido el estatus de apatridia de sus palestinos, pero les ha otorgado los mismos derechos económicos y sociales disfrutados por los ciudadanos sirios. Según una ley de 1956, los palestinos son tratados como si fueran sirios “en todos los asuntos relacionados con… los derechos de empleo, trabajo, comercio y obligaciones nacionales”. Como consecuencia, los palestinos en Siria no sufren de un desempleo masivo o subempleo, y solo alrededor de 111 000 refugiados viven en campamentos. Al mismo tiempo, tanto los palestinos como los ciudadanos sirios permanecen bajo un poderoso sistema estatal en el que los derechos civiles y políticos básicos, como la libertad de expresión y asociación, están estrictamente controlados, y un estado de emergencia, en vigor desde 1963, otorga amplios y no controlados poderes a un vasto aparato de seguridad. La guerra en Siria ha ocasionado un sufrimiento añadido a la población palestina que allí reside. En Líbano, en marcado contraste, cientos de miles de palestinos carecen de estado y más de la mitad vive en campamentos superpoblados. El derecho al trabajo está severamente restringido y la pobreza masiva se ha convertido en la norma. La situación de los palestinos en Líbano ha empeorado constantemente después de la expulsión de los guerrilleros de la OLP tras la invasión israelí de 1982. Según algunos informes, de los 375 000 palestinos registrados como refugiados ante la UNRWA en Líbano, solo quedan alrededor de 200,000; otros han huido de las condiciones inhóspitas que los sucesivos gobiernos libaneses han mantenido durante las últimas décadas.

Lar raíces del conflicto palestino son profundas y complicadas, sin duda, pero no es un conflicto sin posible solución. La solución puede estar en la famosa doctrina de los dos estados, abalada en Madrid y en Oslo, pero ahora negada por el actual gobierno de Israel. El sangrante conflicto actual, que ya va por las 25 000 victimas inocentes, dejará profundas huellas que costará borrar. Echo de menos la voluntad de la sociedad internacional de participar en una solución sostenible y permanente del problema. No se necesitan más armas, se necesita más dinero y más voluntad de hacerse cargo del pueblo palestino por parte de todos, principalmente por parte de sus hermanos árabes, los vecinos y los más alejados, aquellos con territorios disponibles y aquellos con grandes recursos económicos. Se necesita, a mi modo de ver, un gran plan Marshall, financiado por los países ricos. Si se pudo hacer con los alemanes expulsados del Este de Europa, se podría también hacer con los palestinos. No creo que apuntar al estado de Israel como un estado genocida, ayude a los palestinos. No creo tampoco que una solución militar sea posible, aceptable o moralmente defendible. Que callen las armas y que hablen los políticos, por favor. Para refrescar mi memoria he repasado el libro de Ilan Pappé A History of Modern Palestine: One Land, Two Peoples., Cambridge University Press, 2004, y también la tesis doctoral de mi colega en la institución de historia de Lund Hans Åke Persson, Retorik och Realpolitik: Storbritannien och de fördrivna tyskarna efter andra världskriget.