El periodista noruego Fredrik Skavland, curiosamente más conocido en Suecia que en su país suele invitar a sus programas figuras internacionales de relevancia. El otro día presentó a la obispa episcopal de Whasington Mariann Edgar Budde, que se ha hecho un nombre en el mundo desde que, en enero de 2025, durante el servicio de oración postelectoral en la Catedral Nacional, Budde pronunció un sermón en el que pidió al presidente Trump “misericordia” hacia inmigrantes y personas LGBTQ+, advirtiendo que muchos “temen por sus vidas”.  

Trump reaccionó criticando el sermón, llamándola “Radical Left hard line Trump hater”, algo así como “una radical de la izquierda que odia a Trump”, y exigiendo una disculpa. Pero Budde se negó a disculparse, enfatizando que su llamado era de compasión. Y es que se precisó de una mujer para que algún representante de los cultos, todos los cultos, se atreviese a confrontar la política inhumana de Trump. Escribo “los cultos” y no la iglesia, porque Estados Unidos es, como ya sabemos, un país profundamente religioso, con libertad de culto. “In God We Trust” significa simplemente que los estadounidenses confían en la providencia de algún Dios, sea el que sea. Al ateo o agnóstico se le mira con recelo. Es de resaltar que, ante cualquier desgracia nacional, siempre aparecen los lideres de las grandes religiones representadas en el país. La religiosidad oficial americana frente al ateísmo, también oficial, de la Unión Soviética, resulto, entre otras cosas, en sustituir en 1956 el antiguo lema “E pluribus unum” por “In God We Trust”, presente desde entonces en todas las monedas y billetes de banco de los Estados Unidos. 

La mujer no lo ha tenido fácil tampoco en las comunidades protestantes para abrirse camino, entre las infundadas protestas de los hombres. Es ya bien entrados en la segunda mitad del siglo XX cuando consiguen abrirse camino, y todavía había un gran rechazo en la mayoría de los sacerdotes y obispos a dejarlas pasar. Recuerdo una joven compañera mía, cuando yo estudiaba teología, que tenía un novio, hijo de pastor protestante, que aspiraba a seguir los pasos de su padre. Ella también quería ser cuidadora de almas, sacerdotisa, y poseía todos los requisitos necesarios, brillante en sus estudios, serena y amable, empática. Con seguridad era la más idonea para el cargo, pero su novio se opuso a que siquiera lo intentase, o rompería el noviazgo, porque él era contrario a que la mujer llegase fuera ungida como sacerdote. Ella se conformó con el cargo de diácono y sacrificó su vocación en el altar del amor. Corrían los años 70, no era la edad media, y estábamos en Suecia, no en el Kabul de hoy.  

Hasta 1982 los sacerdotes suecos tenían derecho legal a negarse a celebrar misa con una mujer. Después de esa fecha, esa negativa dejó de estar permitida. En Suecia, la ordenación de mujeres como sacerdotes en la Iglesia estatal de Suecia se aprobó en 1958, y las primeras tres mujeres fueron ordenadas en 1960. Sin embargo, durante décadas existió una cláusula de conciencia que permitía a sacerdotes varones y obispos negarse a oficiar misa o colaborar en actos litúrgicos con una mujer sacerdote. Los sacerdotes podían invocar esta cláusula y evitar la cooperación litúrgica, hasta que el Parlamento sueco abolió formalmente esa posibilidad, estableciendo que quien quisiera ordenarse sacerdote debía aceptar la plena igualdad entre mujeres y hombres en el ministerio. En el año 2000, cuando la Iglesia de Suecia se separó del Estado, la norma se reforzó y desde entonces ningún candidato al sacerdocio puede rechazar oficiar junto con una mujer. Hoy en día, en la Iglesia de Suecia, son más las mujeres que los hombres las que son ordenadas como sacerdotes. Desde entonces, el número de nuevas ordenaciones femeninas ha superado al de los hombres casi cada año. En 2014 se alcanzó un punto de inflexión histórico cuando, por primera vez,+++ había más sacerdotes mujeres en activo que hombres en toda la Iglesia de Suecia. Hoy alrededor del 55–60 % de los sacerdotes en ejercicio son mujeres, y en las nuevas generaciones de candidatos al ministerio pastoral la proporción de mujeres puede llegar incluso al 70 %. Esto convierte a la Iglesia de Suecia en una de las comunidades cristianas con mayor igualdad, incluso predominio femenino, en el sacerdocio a nivel mundial. 

Para mí sigue siendo algo muy difícil de comprender que todavía esté la iglesia católica enrocada en el medievo con la cuestión del sacerdocio femenino y el celibato. Este último comprensible en su tiempo, para impedir que los bienes de la iglesia se dispersasen entre los herederos de los sacerdotes y obispos, pero eso ya no sería problema con estructuras económicas sólidas. El argumento de que, siendo célibe, el sacerdote puede entregarse plenamente a sus feligreses, tampoco cuadra ya, porque tenemos instituciones laicas que cubren la mayoría de las necesidades, fuera del propio culto. Yo esperaba del papa Francisco, el único que he tenido más próximo, porque vino a Lund, que hubiese dado un paso en esa dirección, pero desgraciadamente no lo hizo. Se acercó a la reforma, tendió puentes, pero no solucionó los que muchas mujeres católicas le pedían. Esperemos un cambio. 

Esta aversión o al menos falta de reconocimiento de igualdad contra las mujeres viene de muy lejos, si bien son se puede decir que la causa fuera una posición misógina de los evangelistas. La posició de la Iglesia cristiana se fue formando por los llamados Padres de la Iglesia durante los siglos II al V. Aunque en parte ofrecen visiones contradictorias. San Agustín veía a la mujer como compañera del hombre y capaz de alcanzar la salvación, pero también como responsable, junto con Eva, de la caída. Tertuliano, muy severo, llamaba a la mujer “la puerta del diablo” y San Jerónimo alababa la virginidad femenina como el estado más perfecto. Compañera peligrosa, tentadora y herramienta del diablo para apartar al hombre de Dios, atributos difíciles de combinar con la entrega absoluta al servicio de Dios y de los hombres, que la Iglesia exigía de sus sacerdotes. Esto fijó una jerarquía, en que la mujer era valorada sobre todo como virgen consagrada o madre ejemplar, pero se la limitaba el acceso a funciones de enseñanza y poder eclesiástico. 

Permitidme una vuelta drástica en la cronología, a las religiones naturales y a los cultos griegos y latinos, donde la mujer representa lo terrenal, lo básico pero necesario, la fertilidad y la vida en sí, la vida material, mientras el hombre representa lo etéreo, sutil, inmaterial, celestial. La mujer es el cuerpo, se pensaba, y el hombre el alma, y lo etéreo se consideraba superior a lo terrenal, y así les fueron las cosas a las mujeres. Los llamados Padres de la Iglesia bebían de esas fuentes, estaban atados a la percepción de lo divino heredada de los relatos anteriores. Pero, la sexualidad de la mujer, necesaria por su fertilidad, se encontró en la tradición patrística con un nuevo modelo, la Virgen María, que adquirió una centralidad enorme, presentándose como intercesora y modelo de pureza. 

En la edad media, mujeres como Hildegarda de Bingen, Catalina de Siena, Brígida de Suecia o Teresa de Ávila alcanzaron autoridad espiritual y doctrinal, pero siempre dentro de marcos controlados por la Iglesia. Ya que estoy en Suecia, me gustaría en principio resaltar la figura de Brígida Birgersdotter, mujer que nació en Suecia, Finsta en la región de Uppland, en 1303, en el seno de una familia noble muy próxima al poder real. Su padre era miembro del consejo del rey. Desde muy joven se relataba que tenía visiones místicas, en las que Cristo o la Virgen María le hablaban directamente. A los trece años fue casada con Ulf Gudmarsson, un noble con el que tuvo ocho hijos, entre ellos Catalina de Suecia, también venerada como santa. Las fuentes señalan que fue una unión afectuosa y de cooperación espiritual.  

Tras enviudar en 1344, Brígida intensificó su vida de oración y dedicación a los pobres. Se convirtió en consejera espiritual y política, escribiendo cartas y advertencias proféticas a reyes, príncipes y hasta papas, instándolos a llevar una vida justa y reformar la Iglesia. Fundó la Orden del Santísimo Salvador, conocida como la orden brigidina, cuyo convento madre se estableció en Vadstena, Suecia. La orden combinaba la vida contemplativa con un fuerte énfasis en la hospitalidad y la caridad. 

Brígida fue una mística visionaria. Sus revelaciones, recogidas en el “Liber Celestis” (Libro de las Revelaciones Celestiales), tuvieron una gran difusión en Europa. En ellas narraba sus visiones de Cristo, la Virgen y los santos, junto a mensajes de crítica social y religiosa. Su obra ejerció una influencia notable en la espiritualidad medieval y en la devoción a la Pasión de Cristo. Gran peregrina, llegó a Santiago de Compostela, a Tierra Santa y a Roma, donde murió en 1373 y fue enterrada primero allí, pero poco después sus restos fueron trasladados a Vadstena. Fue canonizada en 1391 por el papa Bonifacio IX. En 1999, el papa Juan Pablo II la proclamó copatrona de Europa, junto con Catalina de Siena y Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein). 

Repasando mis apuntes sobre Santa Brígida, no puedo dejar de pensar en mi visita este verano al monasterio de Pedralbes. En ese lugar se comprende fácilmente y de una forma muy contundente, cuál era la posición real de la mujer en la edad media. El Monasterio de Pedralbes, fundado en 1326 por la reina Elisenda de Montcada, esposa del rey Jaime II de Aragón, fue concebido como un convento para monjas de la Orden de Santa Clara (clarisas). Desde sus orígenes, se convirtió en un lugar muy particular dentro del mundo monástico de Cataluña. Muchas de las monjas que ingresaban procedían de linajes destacados. Sus familias veían en el monasterio una manera de garantizar a sus hijas una vida acomodada y segura, dentro de un entorno religioso y protegido. Eran segundas o terceras hijas de familias nobles, ya que las herencias y alianzas matrimoniales solían reservarse para los primogénitos o para enlaces estratégicos. Enviar a una hija al convento aseguraba prestigio familiar y era una forma de “colocarla” dignamente. 

Pedralbes estaba directamente ligado a la monarquía. La propia reina Elisenda se retiró allí tras la muerte de su esposo. Ingresar en Pedralbes significaba formar parte de un círculo privilegiado. Retiro de viudas, hijas de familia noble sin esperanza de casorio, alguna que otra movida por convicción espiritual, buscando la vida de oración y austeridad que proponían las clarisas, donde la clausura permitía llevar una vida de oración, penitencia y recogimiento, siguiendo la regla de Santa Clara, inspirada en San Francisco de Asís. 

Y, mucho antes que Pedralbes, ya había una gran cantidad de monasterios dedicados a tener entre sus muros un capital intelectual femenino importante. Sería imposible enumerar todas las mujeres que merecerían haber sido resaltadas en los libros de historia, pero que solo son conocidas por expertos en la materia. Podemos empezar con Hrotsvitha de Gandersheim, una figura fascinante y poco conocida del siglo X, a la que se suele llamar “la primera dramaturga de Occidente”. Nació hacia 935 en Sajonia, en el corazón del Sacro Imperio Romano Germánico e ingresó como canonesa en el monasterio de Gandersheim, un centro de cultura vinculado a la aristocracia otoniana. Allí recibió una educación excepcional para su tiempo, estudiando latín, teología y literatura clásica. Murió hacia el año 1002. Hrotsvitha escribió en latín y dejó tres grandes grupos de textos; dramas, seis obras teatrales inspirados en los modelos de Terencio, el dramaturgo romano, pero con un objetivo cristiano: sustituir la frivolidad de las comedias paganas por ejemplos de virtud femenina y martirio. Sus protagonistas son mujeres que resisten al poder, la lujuria o la violencia, reafirmando su fe. Por ejémplo la obra Dulcitius, donde un gobernador romano intenta seducir a tres vírgenes cristianas, pero acaba ridiculizado.  También escribió poemas épicos e históricos, como Gesta Ottonis, que celebra la dinastía otoniana. En los poemas combina historia política con exaltación religiosa. Por último, Hroswita es conocida por sus leyendas y relatos hagiográficos, biografías en verso de santos, con énfasis en el valor y resistencia de las mujeres mártires. 

Hroswita es muy importante, porque fue la primera mujer conocida que escribió teatro en Europa. Ella reivindicaba el papel de la mujer fuerte, virtuosa y capaz de resistir al poder masculino. Además, es un ejemplo de que los monasterios femeninos podían ser focos de producción intelectual y no solo lugares de encierro y se anticipó, de alguna manera a la voz femenina en la literatura europea, muchos siglos antes de Christine de Pizan. En el transcurso de la edad media, sus obras estuvieron olvidadas durante siglos y fueron descubiertas en 1501, cuando se publicaron por primera vez en Nuremberg, con el humanista Conrad Celtes como editor. Desde entonces, la crítica la reivindica como una precursora del teatro cristiano medieval y un ejemplo de mujer autora en una época donde apenas se reconocía su voz. Fueron humanistas los que descubrieron su obra, pero, parece que el humanismo no cambió en sustancia la percepción de la mujer.  

Lo que no logró cambiar del todo el humanismo fue que La mayoría de las mujeres seguían sin derechos políticos, sin control sobre sus bienes y relegadas a roles domésticos. Solo unas pocas mujeres de élite podían beneficiarse del humanismo, pero, para la mayoría, la percepción de inferioridad se mantenía intacta. A menudo, las mujeres eran idealizadas como “ángeles del hogar” o musas, pero no se las consideraba iguales en capacidad activa o autoridad pública. Se consiguió, eso sí, que algunas mujeres acomodadas recibiesen conocimientos sobre los clásicos, la retórica y la filosofía, y algunas mujeres de familias acomodadas pudieron acceder a educación formal. Ejemplos, como Isotta Nogarola, Cassandra Fedele o Laura Cereta en Italia, que escribieron cartas, ensayos y tratados mostrando erudición. Se empezó a reconocer que algunas mujeres podían ser cultivadas, virtuosas y capaces de pensamiento profundo, rompiendo la idea de que solo los hombres eran razonables y activos en la vida pública y pasaron a ser vistas como portadoras de refinamiento cultural y moral, no solo esposas o madres. 

Encontramos en España a Isabel de Villena, coetánea de Isabela de Castilla y monja clarisa escritora de Vita Christi, escrita en valenciano. De Villena Fue la primera mujer en España que escribió una obra extensa en lengua vernácula, con un enfoque humanista en la narración de la vida de Jesús, destacando la dignidad y fortaleza de las mujeres del relato bíblico. También debemos contar con la filóloga Luisa Sigea de Velasco, de vida breve (1522–1560) pero gran producción como traductora y escritora. De Velasco participó en la redacción de poemas y traducciones latinas, incluyendo Syntra. Su conocimiento del latín y del griego clásico la convirtió en una de las primeras mujeres humanistas de la península, admirada en las cortes europeas. Y, cómo podríamos olvidar a La Latina, la formidable Beatriz Galindo, que tiene un barrio de Madrid denominado con su conocido y cariñoso mote. Galindo fue en su día considerada como una de las mujeres más cultas de su tiempo. El apodo “La Latina” se lo pusieron por su gran dominio del latín. Beatriz galindo estudió teología, algo muy poco común en su época para una mujer, además de filosofía y literatura clásica. La conocemos principalmente por haber sido la preceptora y consejera de Isabel la Católica, como también de los hijos de esta. Sabemos que mantuvo correspondencia y contacto con destacados humanistas. Sabemos por fuentes secundarias que mantuvo correspondencia y se relacionó personalmente tanto con Antonio de Nebrija, autor de la gramática castellana de 1492 y el humanista italiano Lucio Marineo Sículo, pero lamentablemente no se han conservado cartas que confirmen esta relación. Es un problema que encontramos siempre, cuando buscamos fuentes fidedignas de las actividades de estas mujeres. Como traté de explicar anteriormente, cada época se esfuerza en conservar sobre todo las fuentes que refuercen las ideas de las clases dominantes. Todo lo demás se pierde en el olvido, no siempre intencionadamente, pero sí por falta de interés en resguardarlo. Desgraciadamente, estudiando las fuentes a las que se puede acceder por el momento, no se puede sostener ni siquiera que La Latina fuera la profesora de Isabel la Católica, como parece haber demostrado recientemente la profesora Ana Carabias Torres.  

Algo mejor está la situación de las fuentes sobre otra mujer renacentista española, Juana de Contreras y Guevara, en el siglo XVI. De ella se conservan algunos poemas y cartas, aunque yo desgraciadamente no las encuentro por ninguna parte, y sabemos que fue una defensora de la educación femenina, y cultivó las letras en círculos humanistas castellanos. En una carta fechada en 1504, se enfrenta a su maestro, el anteriormente nombrado humanista italiano Lucio Marineo Sículo, porque la gramática latina no contemplaba el género femenino. Juana planteaba, en contra de todas las reglas gramaticales, que deseaba referirse a ella con el apelativo heroína en lugar del latin “herois” para ambos sexos.  Juana advertía que, las reglas que normalizan, unificando, borran espacios de libertad.  Los que piensen que el debate sobre la inclusión de lo femenino en el lenguaje es nuevo, se equivocan, por tanto, ya que Juana de Contreras fue la primera, que yo sepa, en intentar usar un lenguaje no sexista e inclusivo para las mujeres. Ríanse de los todes si les place. 

En lo que no hay duda posible es en que, desde mediados del siglo XV y coincidiendo con la irrupción de la imprenta en Europa, se produjo una notable expansión de la lectura y escritura femenina, sobre todo en conventos, allí donde las mujeres eran libres para estudiar. Mujeres laícas y humanistas se formaron en torno a las Cortes de Isabel I de Castilla y María de Aragón, reina de Portugal, donde se produjo un extraordinario desarrollo intelectual de las mujeres, un ideal de la mujer laica culta y experta en saber clásico, un gran periodo que abrió el camino a la intelectualidad femenina, siendo un ejemplo las puellae doctae, educadas dentro del proyecto humanista de dotar a las niñas de una instrucción semejante a las de sus hermanos varones. 

 En la distinción que se ha establecido entre las puellae doctae con y sin obra conservada, destaca la figura de Beatriz Galindo, la Latina. Las últimas publicaciones sobre ella, especialmente la reciente investigación de la profesora Ana Carabias en 2019, parecen desmontar la imagen que de esta humanista española tenemos, principalmente sobre su formación académica pero también de su rol en la corte.  La cita el mismo Lucio Marineo Sículo, como una intelectual humanista, dominante de la lengua latina y admirada por los reyes, pero no hay evidencias de su paso como alumna o profesora por la Universidad de Salamanca, como algunos historiadores insinuan desde el siglo XVIII. Incluso Thérèse Oettel ya puso en duda en 1935 que Beatriz Galindo hubiera sido profesora de latín de la reina Isabel o de las hijas de esta.  

La investigación de Ana Carabias también llega a desmontar que otra de las  puella doctae, Lucía o Luisa de Medrano, hubiera sido catedrática en Salamanca, aunque pudo llegar a dictar alguna lección de cánones en la universidad, desarrollando en cualquier caso actividades de las que las mujeres estaban excluidas en la Europa renacentista. 

Desde 1914, cuando Esperabé de Artega revisó los Libros de Claustro (1507-1511), que se conservan en el Archivo de Salamanca, constató que no existen o no se han encontrado documentos que hagan referencia a Lucía de Medrano. Thérèse Oettel señaló en sus textos a Juana Contreras, famosa por sus extensos conocimientos y por ser alumna de Lucio Marineo. Tampoco hay evidencia documental de que Francisca de Nebrija, hija del humanista Antonio de Nebrija, le sucediera en la cátedra de Retórica de la Universidad de Alcalá de Henares. También han quedado referencias de otras mujeres importantes, como Isabel de Vergara, hermana de los prestigiosos humanistas Juan y Francisco de Vergara y poseedora de una amplia cultura, pero, desgraciadamente no constan en los Libros de Claustro, lo que, a mi parecer, no tiene que suponer que no hayan estudiado o enseñado en Salamanca o Alcalá, porque no se consideraba una función ordinaria.  

No se puede negar que en torno a las Cortes de Castilla y Portugal existió una élite femenina culta que puso de manifiesto la capacidad y el interés de un grupo de mujeres por instruirse, principalmente mujeres pertenecientes a las altas esferas de la sociedad. Algunas intervinieron en ámbitos sociales, políticos y culturales. Sin embargo, parece que estas mujeres sabias no fueron alumnas universitarias o aún menos que llegaron a catedráticas. Parece también que, tras la muerte de la reina Isabel, se pudo producir un ocaso en el desarrollo cultural femenino. El proyecto humanista, coetáneo a la conocida «querella de las mujeres», fue lentamente olvidado. 

La “Querella de las mujeres” (Querelle des femmes en francés) fue un debate intelectual, literario, filosófico y teológico que se desarrolló en Europa, aproximadamente desde la Edad Media tardía (siglo XIV) hasta el siglo XVII, en torno a la naturaleza, el valor, las virtudes y las capacidades de las mujeres. 

Esta “querella” apareció en un momento en que la cultura escrita europea estaba muy dominada por hombres, y en muchos textos se presentaba a la mujer como débil, frágil, irracional o peligrosa, desde Eva hasta las sátiras medievales. Frente a esa visión negativa, surgieron escritores y escritoras que defendieron la dignidad, la inteligencia y la capacidad moral de las mujeres. 

Fue un debate abiertamente dialéctico dentro del cual, autores misóginos escribían tratados “contra las mujeres” y otros respondían en su defensa. No fue un movimiento organizado, sino una corriente de discusiones, a veces incluso literarias, a través de poemas, tratados y cartas. La “querella” se entrelaza con los primeros brotes del humanismo renacentista, que abrió espacio para considerar la educación de las mujeres. 

Ejemplos destacados son Christine de Pizan (1364–1430), que escribió La ciudad de las damas1 (1405), defendiendo a las mujeres frente a los ataques misóginos de autores muy anteriores como Jean de Meun (Roman de la Rose)2. La parte de Jean de Meun introduce largas diatribas contra las mujeres, presentándolas como lujuriosas, engañosas, manipuladoras y responsables de la corrupción del amor. Se ridiculiza la fidelidad femenina y se aconseja a los hombres desconfiar de ellas.En general, se coloca a la mujer como objeto de deseo y control, no como sujeto autónomo. Giovanni Boccaccio (1313–1375), aunque algo ambivalente, en De mulieribus claris (Sobre mujeres ilustres), reunió biografías de mujeres notables de la Antigüedad y la Biblia. Y, finalmente, Moderata Fonte (1555–1592): en Il merito delle donne3 defendió la igualdad intelectual de los sexos. 

Aquí en Suecia, transcurría el tiempo y la vida cultural de forma parecida a lo que ocurría en España, aunque aquí no hubo, como en España, un grupo específico que hiciera avances notables en la cultura de las féminas. Ya he hablado de Brígida y debo hablar también de la reina Margarita, que, por los azares de la historia, se vio coronada con las tres coronas escandinavas; la sueca, la danesa y la noruega. Margarita Valdemarsdotter, fue una de las figuras políticas más notables de la Europa medieval. Logró lo que ningún rey escandinavo había conseguido: unir bajo una sola corona a Dinamarca, Noruega y Suecia, dando origen a la Unión de Kalmar. Casó con Haakon VI de Noruega, hijo del rey Magnus Eriksson de Suecia y Noruega. Este matrimonio le abrió la puerta a la política escandinava más allá de Dinamarca. Al morir su padre en 1375, Margarita maniobró hábilmente para que su hijo Olaf fuera proclamado rey de Dinamarca. Tras la muerte de su esposo (1380), Olaf heredó también Noruega. Margarita actuó como regente en nombre de su hijo en ambos reinos. Pero Olaf murió prematuramente a los 17 años 1387, sin descendencia y Margarita fue proclamada “Señora y gobernadora de Dinamarca y Noruega”. Suecia vivía conflictos internos bajo el rey Alberto de Mecklemburgo y la nobleza sueca, harta de su gobierno, pidió ayuda a Margarita. En 1389, sus tropas derrotaron a Alberto en la batalla de Åsle, y Margarita fue reconocida como regente de Suecia, en 1397, en la ciudad de Kalmar, se selló la Unión de Kalmar, que unía formalmente Dinamarca, Noruega y Suecia bajo un solo monarca, aunque cada reino conservaría sus leyes y costumbres. Aunque el rey nominal fue su sobrino, Erik de Pomerania, en la práctica Margarita gobernó hasta su muerte en 1412. Esto es lo importante del relato de Margarita, que conservó el poder real, aunque las costumbres y las leyes la apartaban del trono. 

Si Isabel la Católica mantuvo una corte de mujeres estudiosas, aquí en Suecia se organizó algo similar durante el reinado de Cristina, en la primera mitad del siglo XVII. Cristina era hija de Gustavo II Adolfo, el gran rey protestante de la Guerra de los Treinta Años. Tras su muerte en 1632, cuando ella tenía apenas seis años, fue proclamada heredera al trono. Fue confiada al cuidado del canciller Axel Oxenstierna, quien organizó una formación propia de un príncipe. Recibió instrucción en lenguas clásicas y además de francés, alemán, italiano y posteriormente español. Estudió filosofía, teología, historia, literatura, retórica y política. Aprendió también ciencias naturales y matemáticas, disciplinas poco habituales para una mujer de su tiempo. Cristina era de carácter enérgico, con fama de precoz e inteligente, y desde joven mostró gusto por el debate intelectual. 

Cristina convirtió su corte en Estocolmo en un centro de cultura europea, atrayendo a sabios y artistas, en lo que se conoció como su Academia. Invitó a personalidades de talla internacional, siendo el más célebre René Descartes, a quien llamó en 1649 para organizar una academia científica. El filósofo aceptó, aunque murió poco después en Estocolmo (1650) a causa del clima, se dice, y el rigor de los horarios que la reina le imponía. Mantuvo correspondencia y contacto con eruditos como Hugo Grocio, Pierre Gassendi y otros humanistas europeos. Reunió una vasta biblioteca y colecciones de arte, que más tarde llevaría consigo a Roma. Cristina de Suecia es, en muchos sentidos, una precursora del ideal ilustrado, cultivada, políglota, apasionada por el saber y dispuesta a dialogar con los grandes pensadores de su tiempo. Aunque a menudo se la tildó de excéntrica, su educación y su red de intelectuales la convierten en una de las grandes figuras culturales del siglo XVII.  

Cristina rechazaba los papeles tradicionales de género, despreciaba el matrimonio, prefería el estudio y el diálogo con hombres de letras, y se veía a sí misma como soberana por derecho propio, no como esposa de un rey. Su corte fue un espacio de discusión filosófica, literaria y científica, algo muy inusual en el norte de Europa en el siglo XVII. Mostró inclinación hacia el neoplatonismo y la cultura italiana, que influyeron en su conversión posterior al catolicismo, cuando abdicó y se trasladó a Roma en 1654.  

Aunque nacida protestante, hija del mayor azote de las pretensiones católicas en Alemania y por tanto enemiga natural de España, Cristina mostró gran interés por la cultura española: aprendió el idioma, leyó a los poetas del Siglo de Oro y se rodeó en Roma de intelectuales vinculados con España y la monarquía católica. En Madrid se difundió su imagen como ejemplo de soberana convertida, y en la propaganda católica española se la presentó como un triunfo de la fe frente al protestantismo nórdico. Algunos embajadores españoles en Roma, como el conde de Oñate, mantuvieron estrecha relación con ella, apoyando sus proyectos artísticos e intelectuales. España siguió siendo uno de sus principales sostenes económicos, y la reina, a cambio, defendía los intereses hispánicos en el Vaticano frente a franceses y austríacos. Mantuvo, sin embargo, una postura independiente y, aunque favorecía la causa católica, no siempre seguía ciegamente las directrices de Madrid. Lo dejo aquí, por hoy. Seguiré mañana y trataré de encontrar escritos de mujeres relevantes, aunque no sea más que por mostrar, que los que no quieren que las mujeres escriban, se pierden algo bueno.