Sé muy bien que mis entradas son bastante largas, al menos para lo que la gente espera de un blog. Hoy parece que todo está dispuesto de manera que se pueda abarcar en menos de un minuto. Expresarse en X, en Instagram o TikTok es algo que algunos dominan pero que ni practico ni pienso practicar. No es que yo crea que esa manera de expresarse sea algo deleznable, simplemente no va conmigo. Por eso, yo seguiré con mis relatos y vosotros, queridos lectores o lectoras, los seguirás si os parece bien.
Ultimamente os habréis dado cuenta que pienso bastante en terminos políticos y no es de estrañar, pues la política se ha convertido, a esta altura de mi vida, en una especie de hobby. Curiosamente, parece que mi partido es el que tiene una representeción de personas de más de 65 años superior a la media sueca, en el parlamento, y me atrevo a decir que también lo es en los consistorios locales y rqegionales. Eso en una época en donde no se valora la senectud
En Suecia somos aproximadamente 37.500 políticos los que ejercemos nuestros cargos en nuestro tiempo libre, es decir, compaginándolos con nuestro trabajo, estudios o, en mi caso, con la jubilación. Representamos alrededor del 95 % de los cargos políticos municipales y regionales. Para el caso de España, no encuentro información comparable a la sueca, pero, si alguno de vosotros conoce la relación entre políticos “profesionales” y de tiempo libre en España, le agradecería me la comunicase en un comentario.
Hoy pienso seguir un poco con el tema, y voy a sacarles los colores a los partidos políticos. Sí, no es que les vaya a hacer ruborizar, que creo que es bastante dificil, pero voy a sacar a relucir la historia de los colores que exihiben en sus banderas y en sus logotipos. He buscado bastante en diferentes fuentes para poder encontrar el primer color político y parece que fue el rojo. Al menos, parece que el rojo fue uno de los primeros colores en adquirir un significado político moderno, asociado a la revolución y a la protesta popular desde la Revolución francesa. El episodio decisivo parece haber ocurrido el 17 de julio de 1791, en el Campo de Marte de París. La Guardia Nacional izó una bandera roja para anunciar la ley marcial y dispersar una concentración republicana. Tras la represión, los sectores radicales revolucionarios se apropiaron del mismo color y lo convirtieron en símbolo de resistencia popular.
La historia política moderna del color rojo se remonta por tanto a la Revolución francesa. Durante el siglo XIX se convirtió en símbolo de la lucha obrera y, posteriormente, del socialismo, la socialdemocracia y el comunismo. El Primero de Mayo contribuyó a difundir este significado internacionalmente desde finales de ese siglo.
Aunque la tricolor había nacido un poco antes, en julio de 1789. Su artífice tradicionalmente reconocido es Gilbert du Motier, marqués de Lafayette,del que ya he escrito bastante con anterioridad en este blog,en ese momento comandante de la Guardia Nacional de París. La historia de la tricolor comienza en París, en los días anteriores a la toma de la Bastilla, el 14 de julio de 1789. La milicia ciudadana adoptó una escarapela con los colores azul y rojo, tradicionales de París. A esos dos colores se añadió el blanco, asociado entonces a la monarquía francesa y el 17 de julio, cuando Luis XVI visitó París, recibió una escarapela tricolor. La tradición atribuye a Lafayette la propuesta de unir el azul y el rojo de la ciudad con el blanco de la monarquía, como símbolo de reconciliación entre el movimiento revolucionario y el rey.
El azul tiene una historia política bastante más compleja de lo que parece. Hoy lo asociamos frecuentemente con partidos conservadores y de centro-derecha, mi partido Liberalerna los usa y también el PP español, pero no nació como un color exclusivamente conservador. En distintos momentos fue utilizado por los whigs británicos, defensores de límites al poder de la Corona, y por los revolucionarios franceses que combatieron la monarquía. Su significado fue cambiando a medida que cambiaba la propia política europea.
Durante la crisis de exclusión de 1679-1681, los whigs, que pretendían impedir que Jacobo, duque de York y futuro Jacobo II, accediera al trono por su catolicismo, emplearon cintas azules como signos de identificación. El azul se vinculó así con el protestantismo y con la oposición a determinadas pretensiones de la monarquía.
La expresión inglesa True Blue, algo parecido a “azul auténtico” o “fiel a sus principios”, transmitía una idea de lealtad firme. Sin embargo, los colores no estaban todavía fijados de manera definitiva, pues los whigs también emplearon cintas verdes y combinaciones de azul y amarillo pálido (buff), mientras que los tories, sus rivales, utilizaron distintos colores según el lugar y la ocasión.
A mediados del siglo XVIII, el azul estaba ya más estrechamente asociado a los tories, precursores del actual Partido Conservador británico. En su serie de pinturas Humours of an Election (1754-1755), el artista William Hogarth representó las banderas azules de los tories frente a las anaranjadas de sus adversarios whigs.Sin embargo, la historia dista de ser lineal. En 1768, los seguidores del político radical John Wilkes también exhibieron escarapelas y banderas azules con el lema Wilkes and Liberty. El azul podía servir, por tanto, para identificar tanto a sectores conservadores como a opositores radicales. Lo que acabó consolidándose fue la asociación del azul con los conservadores británicos. No obstante, el Partido Conservador no adoptó formalmente el azul como color institucional hasta 1949..
Más tarde, el color azul fue asociándose al coservadurismo, partiendo de la tradición británica, la identificación del azul con los tories y posteriormente con los conservadores contribuyó a fijar esa asociación en la cultura política europea. El azul funcionó como oposición al rojo socialista. A medida que el rojo se consolidó como símbolo del movimiento obrero y del socialismo durante el siglo XIX, las fuerzas conservadoras fueron recurriendo cada vez más al azul como distintivo.
Además, hay una asociación del color azul con el orden. El azul se utiliza ampliamente en uniformes policiales y otras instituciones públicas. Esa presencia refuerza su asociación con la autoridad, la estabilidad y el orden, aunque no determina por sí sola su significado político. Partidos de ideología semejante han tendido a adoptar colores reconocibles en otros países, reforzando las asociaciones ya existentes.
Un estudio comparativo publicado en la revista Party Politics en 2023 analizó los logotipos de más de 300 partidos de 35 democracias y encontró una relación estadística entre ideología y color: los partidos de izquierda utilizaban con mayor frecuencia tonos rojos, mientras que los de derecha recurrían más a los azules. La relación era especialmente marcada en Europa occidental. No se trata de una regla universal, sino de una tendencia histórica. The colors of ideology: Chromatic isomorphism and political party logos – the University of Groningen research portal
Pero en Estados Unidos encontramos una excepción: el azul identifica a los demócratas y el rojo a los republicanos. Esta convención se popularizó con la cobertura televisiva de las elecciones presidenciales de 2000, no es una tradición cromática universal ni tan antigua como las asociaciones europeas. Por eso, Trump luce siempre su gorra roja.
Durante la insurrección fallida de Bolonia de agosto de 1874, militantes anarquistas vinculados a la corriente de Mijaíl Bakunin utilizaron escarapelas rojas y negras. En 1877, durante otra tentativa insurreccional en el sur de Italia, se documentaba el uso de enseñas rojinegras. El rojo representaba la tradición revolucionaria y obrera; el negro iría adquiriendo una identificación específica con el anarquismo.
Un punto más lúgubre es sin duda el color negro, el de la enseña pirata, por cierto la bandera de Piratpartiet (el partido pirata), partido sueco que tuvo escaño en el parlamento europeo con una política de libre acceso a todo material publicado, de ahí su nombre. Pero mucho antes fue la militante anarquista Louise Michel la que contribuyó decisivamente a popularizar la bandera negra. El 9 de marzo de 1883 la enarboló durante una manifestación de desempleados en París. Para ella, el colorl negro simbolizaba la protesta, el duelo por los trabajadores caídos y el rechazo del orden establecido. Con el tiempo se convirtió en el emblema internacional del anarquismo, junto con la rojinegra, cuya aparición pública más emblemática tuvo lugar el 1 de mayo de 1931, en un acto de la CNT-FAI española..
La fecha decisiva para la bandera rojinegra tal como hoy la reconocemos es el 1 de mayo de 1931, en Barcelona. El militante anarcosindicalista Juan García Oliver impulsó la confección de grandes banderas con dos mitades diagonales, una roja y otra negra, para una manifestación vinculada a la CNT y a los grupos anarquistas de la FAI. Nu puedo dejar aquí de hablar de este Juan García Oliver, camarero anarcosindicalista que llegó a ser ministro de justicia nada más estallar la guerra y que luego, tras huir al exilio, primero en Francia y luego en Suecia, llegó a Rusia con la ayuda de Alexandra Kolontaj y de allí a Méjico, donde vivió hasta su muerte en 1980. en 1978 publicó su autobiografía El eco de los pasos EL-ECO-DE-LOS-PASOS.pdf
Hitler adoptó también el rojo y el negro como los colores de su partido, el Partido Nacionalsocialista alemán, que adoptó su bandera en 1920. Hitler explicó en Mein Kampf la simbología que atribuía a sus colores: el rojo representaba la dimensión social del movimiento; el blanco, su dimensión nacionalista; y la esvástica negra, la lucha por la supuesta superioridad racial aria. Pero hay otro aspecto histórico esencial: el rojo, el blanco y el negro eran también los colores del Imperio alemán (1871-1918). Hitler quiso recuperar esa tradición nacionalista y establecer una continuidad simbólica con el pasado imperial, en oposición a la bandera negra, roja y gualda de la República de Weimar, asociada a la democracia alemana.
La incorporación del morado a la bandera de la Segunda República española, en abril de 1931, es un caso especialmente interesante en la historia de los colores políticos, porque se apoyó en una interpretación histórica de Castilla cuya exactitud ha sido discutida posteriormente. La bandera republicana conservó el rojo y el gualda de la bandera española y añadió una tercera franja, de color morado oscuro. El decreto del Gobierno provisional, fechado el 27 de abril de 1931, estableció las tres franjas horizontales de igual anchura. La nueva enseña se convirtió en uno de los símbolos más reconocibles del régimen republicano, que de vez en cuando se puede ver en las manifestaciones de la izquierda española.
La explicación que se difundió en 1931 fue que el morado representaba a Castilla, considerada en el decreto una región histórica fundamental para la nación española. La intención era que la nueva bandera simbolizara una España más amplia que la representada por la enseña monárquica, incorporando una tradición castellana que se creía expresada por ese color.
La elección del morado estaba relacionada con la memoria de la rebelión de los comuneros de Castilla (1520-1521), que se enfrentaron a Carlos I. Durante el siglo XIX, los liberales españoles recuperaron a los comuneros como precursores de la lucha por las libertades frente al poder monárquico. Se extendió la idea de que los comuneros habían combatido bajo un pendón morado y que ese color representaba las libertades castellanas. Sin embargo, existe una importante reserva histórica: no está demostrado que el morado fuera el color característico de la bandera comunera. Las fuentes y los estudios sobre la heráldica castellana indican que el carmesí o rojo oscuro tuvo una importancia mucho mayor, y que la identificación del morado con Castilla pudo consolidarse a partir de confusiones entre tonalidades y tradiciones posteriores.
El simbolismo, no obstante, ya existía antes de 1931. Durante el Trienio Liberal (1820-1823), el morado había aparecido en ambientes liberales y progresistas. Por eso, cuando llegó la República, el color no se incorporó a una bandera completamente desprovista de antecedentes: tenía una trayectoria política previa, aunque su fundamento histórico castellano fuera discutible. La incorporación del morado permitía que la nueva bandera expresara tres ideas relacionadas: continuidad con los símbolos nacionales existentes, reivindicación de una tradición castellana asociada a las libertades y ruptura con la monarquía de Alfonso XIII. El morado terminó, por tanto, convirtiéndose en un símbolo de la República española y, después de la Guerra Civil, en una enseña de la memoria republicana en el exilio y durante la oposición a la dictadura franquista.
Y, en fechas más recientes, el morado ha vuelto a tener un significado político y ocupa hoy un lugar peculiar en la simbología política, porque ha conseguido reunir significados que proceden de tradiciones diferentes. En España, cuando vemos una bandera morada o una multitud vestida de ese color, podemos pensar en el feminismo, en la República o en Podemos, aunque estas tres asociaciones no sean exactamente lo mismo.
La relación entre el morado y el feminismo tiene una historia internacional de largo recorrido. A comienzos del siglo XX, las sufragistas británicas utilizaron el morado, junto con el blanco y el verde, como distintivo de su lucha por el derecho al voto de las mujeres. Desde entonces, el color ha ido adquiriendo una presencia cada vez mayor en las reivindicaciones feministas, hasta convertirse en una de las imágenes características de las manifestaciones del 8 de marzo. Su significado actual va más allá del sufragio y representa la reivindicación de la igualdad, la lucha contra la discriminación y la violencia machista, amán de la exigencia de que las mujeres puedan ejercer plenamente sus derechos.
Con la aparición de Podemos en 2014. El partido lo convirtió en su principal seña de identidad gráfica, diferenciándose del rojo tradicionalmente asociado al PSOE y del azul del Partido Popular. Su coincidencia con la expansión del movimiento feminista contribuyó a reforzar la presencia del morado en la vida pública española. Desde entonces, ambos símbolos se han aproximado, pero no deben confundirse: el feminismo reúne a personas de ideologías muy diferentes, mientras que Podemos representa una opción política concreta.
Y así llegamos al verde. El verde es uno de los colores políticos con mayor diversidad de significados. Puede representar la naturaleza y la protección del medio ambiente, pero también la religión, la identidad nacional, la independencia o una determinada idea de la comunidad política. A diferencia del rojo, cuya asociación con el movimiento obrero se extendió internacionalmente durante el siglo XIX, el verde nunca ha quedado ligado a una sola familia ideológica.
El verde marino (sea-green) se asoció a los levellers (niveladores), un movimiento radical de la Revolución inglesa del siglo XVII que defendía reformas políticas, una mayor igualdad ante la ley y límites al poder. Más tarde, el verde también apareció entre los cartistas del siglo XIX, que reclamaban reformas democráticas y la ampliación del sufragio.
En Irlanda, el verde adquirió un significado político muy poderoso durante el siglo XIX. Asociado a San Patricio y a la identidad irlandesa, fue adoptado por movimientos nacionalistas y republicanos que se oponían al dominio británico. La bandera tricolor irlandesa, verde, blanca y naranja, se presentó en 1848, durante el movimiento de la Joven Irlanda. Su simbolismo pretendía expresar la posibilidad de reconciliación entre las tradiciones nacionalistas católicas, representadas por el verde, y la población protestante asociada al naranja, con el blanco como símbolo de paz entre ambas.
El verde también tiene una larga tradición en la cultura islámica. Aparece en el Corán en descripciones del paraíso y se ha asociado históricamente con la vida, la fertilidad y la tradición religiosa musulmana. Diversas dinastías y movimientos políticos islámicos lo utilizaron en sus banderas y estandartes.
El significado del color verde que hoy resulta más familiar en Europa se consolidó durante los años setenta del siglo XX. El crecimiento de la conciencia ambiental, las protestas contra la energía nuclear y la preocupación por los límites del crecimiento económico impulsaron movimientos que buscaban una alternativa a los partidos tradicionales.
En Nueva Zelanda, el Values Party, fundado en 1972, fue pionero en la política ecologista partidista. En Europa surgieron organizaciones verdes a partir de las movilizaciones ambientales y antinucleares. En Alemania occidental, distintos grupos confluyeron en la formación de Die Grünen, fundado formalmente en enero de 1980. Muchos partidos ecologistas europeos proceden de movimientos progresistas, de ahí que se les denomine “sandías”, porque se dice que son verdes por fuera y rojos por dentro.
El verde ha sido también utilizado por partidos agrarios, nacionalistas, liberales y conservadores. Incluso dentro de los primeros movimientos verdes alemanes convivieron corrientes muy diferentes, desde la izquierda radical hasta sectores conservadores preocupados por la naturaleza y la protección del territorio.
Y del verde al naranja. La asociación política más antigua e influyente del naranja procede de los Países Bajos. El nombre se remonta a Guillermo de Orange (1533-1584), conocido como Guillermo el Taciturno, dirigente de la rebelión contra el dominio de Felipe II de España que desembocó en la independencia neerlandesa. El título de príncipe de Orange procedía de un pequeño principado histórico situado en la actual Francia. No se originó, por tanto, en una elección del naranja como color ideológico: fue el vínculo con una casa dinástica el que dio al color su significado político.
Durante la rebelión neerlandesa contra España se utilizó una bandera tricolor de naranja, blanco y azul, conocida como Prinsenvlag, la bandera del príncipe. Con el tiempo, el naranja de la bandera neerlandesa fue sustituido por el rojo, aunque el naranja siguió siendo un símbolo fundamental de la monarquía y de la identidad nacional de los Países Bajos.
Todavía hoy, los neerlandeses se visten de naranja durante la fiesta nacional del Día del Rey y en numerosas competiciones deportivas. El color evoca la casa real, pero también una identidad colectiva que trasciende las diferencias entre partidos.
Aquí está la parte curiosa: el nombre del principado y el de la fruta tienen orígenes distintos. La ciudad romana de Arausio recibió su nombre de una divinidad acuática celta. La palabra que designaba la fruta llegó a Europa a través de lenguas asiáticas, el persa y el árabe. La coincidencia entre el nombre de la ciudad y el de la fruta favoreció una asociación posterior con el color. La Casa de Orange-Nassau adoptó el naranja como emblema dinástico y, a partir de ahí, el color quedó vinculado a Guillermo de Orange y a la lucha neerlandesa contra la monarquía española.
Un color con mala fama es el amarillo. Se asocia con la mala prensa “prensa amarilla” y con los sindicatos antisocialistas, “sindicatos amarillos”, aunque en buena parte de Europa, el amarillo terminó convirtiéndose en un color característico de los partidos liberales y liberal-demócratas. Hoy lo utilizan, entre otros, los Liberal Democrats británicos y distintas formaciones liberales europeas.
Y los nazis eligieron el marrón pardo para sus primeros uniformes. La elección parece haber sido, ante todo, práctica: había uniformes pardos disponibles a bajo precio, procedentes de existencias militares destinadas a las tropas coloniales alemanas en África. Los nazis aprovecharon esas prendas para vestir a sus militantes. La historiografía sobre los uniformes de las SA subraya precisamente ese origen material, más que una decisión inicial basada en una teoría del color.
Los fascistas italianos eligieron el negro. El precedente más importante fueron los Arditi, tropas de asalto del ejército italiano durante la Primera Guerra Mundial. Se distinguían por sus símbolos negros, sus dagas y sus distintivos uniformes. Algunos veteranos de estas unidades participaron después en los primeros movimientos fascistas. Los fascistas adoptaron elementos de esa estética militar y los convirtieron en símbolos de su movimiento. Las camisas negras se difundieron entre los squadristi, los grupos paramilitares fascistas que, desde 1919, atacaban organizaciones socialistas, sindicatos y cooperativas. En 1923, el régimen organizó a muchos de estos militantes en la Milicia Voluntaria para la Seguridad Nacional.
Mussolini no inventó el uso político de las camisas de colores en Italia, donde ya existía el precedente de las camisas rojas de Garibaldi, que habían demostrado, durante el siglo XIX, la fuerza que podía adquirir una prenda como emblema de una causa colectiva. Los fascistas utilizaron esa misma capacidad simbólica, pero al servicio de un movimiento autoritario y paramilitar. En Suecia se trató de atajar esos movimientos fascistas por medio de una legislación provisional de 1933 que permitía prohibir los uniformes políticos cuando se considerase necesario para mantener el orden público y la seguridad. En 1947 se aprobó una nueva ley que establecía una prohibición general de llevar uniformes o prendas similares destinadas a identificar la orientación política de quien las vestía. La prohibición incluía también brazaletes y otros distintivos visibles, pero esa legislación se abolió el 1 de julio de 2002, dejando el camino libre a grupos de extrema derecha para marchar por las calles uniformados.
En octubre de 1934, durante el Consejo Nacional de Falange Española de las JONS, José Antonio Primo de Rivera decidió adoptar como uniforme la camisa azul mahón, el azul oscuro característico de la ropa de trabajo, especialmente de los monos de los obreros. La decisión quedó formalizada el 19 de octubre. La elección del color se debía a que la Falange quería presentarse como un movimiento nacional y revolucionario que rechazaba tanto el marxismo como el capitalismo liberal, y que pretendía superar el conflicto entre las clases sociales mediante el llamado nacionalsindicalismo.
El azul de la camisa representaba, por tanto, una apropiación simbólica del mundo obrero. La Falange quería transmitir que su proyecto nacional no estaba destinado exclusivamente a las élites tradicionales, sino que aspiraba a movilizar también a los trabajadores. Y la bandera que elgieron también tenía connotaciones del movimiento obrero revolucionario entre sus adversarios. La diferencia fundamental no estaba en los colores, sino en el proyecto político que los acompañaba: para los anarquistas, la revolución debía combatir las jerarquías y el Estado; para los falangistas, debía servir a la unidad nacional bajo un Estado autoritario.
Me paro aquí, porque si no, no voy a publicar esta entrada antes de irme a dormir. Hay mucho que escribir, y mientras lo hago, surgen más y más cosas interesantes que estudiar. Hoy por ejemplo he descubierto a Juan García Oliver, anarquista, que pasó del oficio de camarero a militar a conspirar en el 1926 con Francesc Macià para a confusa expedición armada de Prats de Molló cayendo preso hasta el advenimiento de la segunda república en abril de 1931 y más tarde, en 1936, ocupar el puesto de ministro de justicia. A este hombre no le conocí, pero sí a una de sus compañeras en el gobierno de la república, Federica Montseny, la oí en el Ateneo de Madrid, porque desde 1978 a 1985 viajó por toda España dando mítines. Recuerdo que acusaba a los gobernantes socialistas de estar prostituidos. Sin duda, debo dedicar alguna entrada a mis estudios y experiencias sobre el anacosindicalismo español. Quizá ya en la próxima.

































