He salido a caminar esta mañana, cuando aún no se habían disuelto del todo las sombras de la noche. Por donde iba pasando, iban encendiéndose las lámparas en las cocinas, a la vez que se apagaban las farolas de la calle. Comenzaban a salir los coches de sus porches y garajes, mientras decenas de bicicletas tomaban ya las calles, en un jueves de finales de septiembre.
Pensé que todos y cada uno de los que ahora salían de sus casas, tras un rápido desayuno, una breve despedida y un adiós, a la familia, al compañero, quizás a la mascota, iban encaminados a un lugar determinado donde pasarán horas haciendo algo que quizás hayan elegido o que de alguna manera se les haya impuesto. “Con el sudor de tu rostro comerás el pan hazte que vuelvas a la tierra.” Así dice la famosa frase en el Génesis 3:19. Ya no quedan muchos que suden en el trabajo, aunque todavía quedan algunos, pero todos dedican una tercera parte de su vida a producir algo, ya sea alguna cosa o algún servicio, alguna vigilancia, control o cualquier otra actividad por la que alguien o algo este dispuesto a pagar por ese esfuerzo.
Todos no, diréis con mucha razón, porque yo voy caminando al tuntún, sin otro fin que el de quemar energías para poder comer sin remordimientos, para conservarme un poco activo y para pensar un poco más claro, con la ayuda del viento fresco de la mañana. Pero, por otra parte, yo he estado haciendo lo mismo que hace esta buena gente durante setenta años, si cuento aquel tiempo cuando yo salía de casa camino de la escuela, con el cabás lleno de libros y cuadernos y el plumíer repleto de lápices de colores, gomas de borrar y sacapuntas.
En fin, os cuento todo esto porque ayer estuvimos discutiendo toda la familia sobre el trabajo en general y en particular, que tipo de trabajos son necesarios, superfluos o hasta perjudiciales para la humanidad en general. Fueron nuestros hijos los que iniciaron la pregunta que inicio la conversación, que resultó ser tan interesante que me inspiró para mis tribulaciones mañaneras, de las que quiero haceros partícipes, o daros la coña, según os parezca.
Para entendernos mejor, debemos estar de acuerdo en una definición, al menos estipulativa, de lo que entendemos como trabajo. Trabajo puede entenderse como la actividad mediante la cual una persona emplea su tiempo, su esfuerzo, sus conocimientos o su creatividad para producir, transformar, cuidar o conseguir algo. Puede hacerse para obtener un sustento, pero también por vocación, responsabilidad, aprendizaje, realización personal o servicio a los demás.
La palabra en español procede del latín vulgar tripaliare, relacionado con tripalium, un instrumento de tres palos que se asociaba al tormento. De ahí procede la antigua connotación de sufrimiento, esfuerzo y penalidad que todavía se percibe en expresiones como “trabajar duro”con connotaciones bastante negativas, mientras que la palabra sueca arbete, derivada de palabras germánicas emparentadas con esfuerzo, labor y actividad, tiene un sentido amplio y relativamente neutral, parecido al italiano “ lavoro”.
Aquí yo comencé mi pequeña intervención, siempre relacionada con la historia, como es mi costumbre, diciendo que debemos hacer aún otra distinción, derivando toda clase de trabajo a las categorías de reproducción y producción. Reproducción es a lo que dedicaban los humanos en la prehistoria la mayor parte de su tiempo, buscando comían y colectando toda clase de comestibles, bayas, yerbas, raíces, frutas etc. Y, naturalmente, cazando y pescando. Todo eso, más el “trabajo” de concebir, cuidar y de alguna manera educar a los hijos, puede considerarse como reproducción. La producción a la que se dedicaban de alguna forma se reducía a la producción de armas y utensilios para la caza y pesca, y para el almacenaje, sin contar las armas que siempre ha sido motivo de especialización en todas las culturas.
Con el cultivo de la tierra, allá por el décimo milenio anterior a nuestra era, comienza lo que podemos llamar la entrada de la producción como base del esfuerzo humano, el trabajo, por así decir. Se producen herramientas, utensilios varios, armas, edificios de toda clase, monumentos simbólicos, y, naturalmente, productos agrícolas que se cosechan y que proporcionan excedentes, que dan lugar al comercio de cambio entre poblaciones, cambiando lo que uno tiene de sobra por lo que le falta.
Y desde entonces vamos desarrollando la especialización de algunos individuos a tareas concretas, mientras la mayoría se dedicaba a producir aquello que se precisaba para sobrevivir, la comida diaria. Voy a tratar de dar una pequeña relación de los trabajos a los que se dedicaban nuestros antepasados antes de la llamada Revolución Industrial.
Antes de la Revolución Industrial todos tenían oficios. No eran profesiones en el sentido moderno que hoy damos a esta palabra, ni puestos de trabajo definidos por una empresa, un contrato y un horario, sino de conocimientos que una persona aprendía poco a poco y que le permitían hacer algo necesario para los demás. El trabajo iba pegado a las manos, a los materiales y a la experiencia. El carpintero sabía de madera porque había aprendido a conocerla; el herrero sabía del hierro y del fuego; el alfarero conocía la arcilla; el tejedor conocía los hilos y el telar; el campesino conocía la tierra, las semillas, los animales y el tiempo. El oficio era una forma de conocimiento.
La mayor parte de la población vivía de la agricultura y, alrededor de ella, se desarrollaba una multitud de trabajos que hoy tendemos a separar artificialmente. Estaba el labrador que preparaba la tierra, sembraba y recogía la cosecha; el hortelano que cultivaba verduras; el viñador que cuidaba las viñas; el olivarero; el pastor; el vaquero; el cabrero; el porquero; el apicultor. Había hombres que cortaban la leña, otros que fabricaban carbón vegetal y otros que trabajaban en los bosques. Había cazadores, pescadores y recolectores. El mundo rural no era, por tanto, un mundo de campesinos sin especialización, sino un universo extraordinariamente complejo de conocimientos prácticos.
Después de recoger el trigo había que llevarlo al molino donde estaba el molinero, que transformaba el grano en harina. Después venía el panadero. La leche podía convertirse en queso; las uvas, en vino; las aceitunas, en aceite. La carne debía sacrificarse, cortarse y conservarse; el pescado podía salarse o ahumarse; las frutas podían secarse; los alimentos podían conservarse mediante sal, azúcar, miel, grasa o fermentación. Todo aquello que hoy resolvemos simplemente abriendo un frigorífico o comprando un producto envasado exigía entonces una cadena de conocimientos y trabajos.
La madera estaba presente en casi todos los aspectos de la vida. El carpintero hacía puertas, ventanas, vigas y muebles; el ebanista trabajaba la madera fina; el tonelero fabricaba los recipientes donde se guardaban el vino y otros productos; el carretero construía carros; el tornero daba forma a las piezas; el constructor naval hacía barcos. Había también aserradores y leñadores. Incluso el carbón vegetal que alimentaba muchos hornos era fruto de un oficio específico, el de carbonero. Una sociedad que todavía no disponía de grandes cantidades de hierro, acero, cemento, plástico o materiales sintéticos dependía enormemente de la madera y, por ello, de quienes sabían trabajarla.
Y luego estaba el hierro. El herrero era una figura central de cualquier comunidad. Fabricaba las herramientas con las que otros podían trabajar: arados, azadas, hoces, cuchillos, clavos, herraduras, bisagras y toda clase de utensilios. Pero alrededor del metal había muchos otros oficios: fundidores, cerrajeros, caldereros, cuchilleros, armeros, plateros, orfebres, broncistas, latoneros y herradores. Antes de que la industria moderna separara radicalmente la producción de la utilización de los materiales, el conocimiento del metal estaba concentrado en personas que habían aprendido a dominar el fuego, la temperatura, el martillo, el molde y la materia.
También la ropa era el resultado de una larga cadena de oficios. La lana procedía de la oveja, pero entre la oveja y el vestido intervenían el esquilador, el cardador, el hilandero, el tejedor, el tintorero y finalmente el sastre. Con el lino ocurría algo parecido. Había quienes preparaban las fibras, quienes las hilaban y quienes las tejían. Existían bordadores, encajeras, sombrereros, guanteros, cordeleros y tapiceros. Una prenda que hoy podemos comprar en unos minutos era entonces el resultado de muchas horas de trabajo y de muchos conocimientos diferentes.
El cuero tenía su propio mundo. El curtidor transformaba la piel del animal en un material utilizable y después aparecían el zapatero, el guarnicionero, el talabartero, o el peletero. Los zapatos, las sillas de montar, los cinturones, las bolsas, las correas y los arreos para los animales dependían de estos oficios.
Construir una casa era igualmente una obra colectiva. El cantero extraía y trabajaba la piedra; el albañil levantaba los muros; el carpintero hacía las estructuras de madera; el tejero fabricaba tejas; el ladrillero producía ladrillos; el calero preparaba la cal; el vidriero hacía ventanas; el herrero producía los elementos metálicos. En las grandes iglesias, palacios, puentes y fortificaciones podían intervenir decenas de especialidades. La arquitectura era inseparable del oficio.
La arcilla daba trabajo al alfarero y al ceramista. El vidrio exigía vidrieros capaces de dominar temperaturas elevadísimas. Existían fabricantes de azulejos, esmaltadores y especialistas en porcelana. Eran trabajos que exigían no solo fuerza física sino una enorme experiencia. El artesano tenía que saber cuándo una materia estaba preparada, cuánto calor podía soportar, cómo reaccionaba al fuego y cómo corregir un error. Gran parte de ese conocimiento no estaba escrito: estaba en la práctica.
También había una cadena de oficios alrededor de la escritura y del libro. Antes de que la producción industrial del papel y la impresión transformara radicalmente el acceso al texto, había papeleros, escribanos, copistas, iluminadores, grabadores, impresores, componedores, correctores, encuadernadores y libreros. Un libro no aparecía simplemente de una máquina: era el resultado de una sucesión de manos.
El transporte necesitaba igualmente sus propios especialistas. Había carreteros, arrieros, muleros, cocheros, porteadores y mozos de carga. Por mar estaban los pescadores, marineros, remeros, pilotos, constructores navales y calafates, que se ocupaban de impermeabilizar las embarcaciones. Había fabricantes de velas, cordeleros y trabajadores portuarios. Transportar una mercancía de una ciudad a otra podía requerir muchos días, animales, hombres, carros y barcos. El comercio dependía de toda esa compleja red.
Y junto a quienes producían estaban quienes hacían posible el intercambio. Mercaderes, tenderos, vendedores ambulantes, cambistas, banqueros, corredores y tratantes de ganado conectaban al productor con el consumidor. Las ferias y los mercados eran auténticos centros económicos. En ellos se encontraban productos que habían recorrido largas distancias y que habían pasado por las manos de numerosos trabajadores.
Había también oficios relacionados con el control, la administración y el conocimiento: escribanos, notarios, contables, secretarios, archiveros, maestros, profesores, juristas, médicos, cirujanos, boticarios y comadronas.
Y había una enorme cantidad de trabajos relacionados con la religión, el arte y la cultura: sacerdotes, monjes, copistas, pintores, escultores, músicos, constructores de instrumentos, grabadores, doradores y artesanos especializados en la decoración de iglesias, palacios y edificios públicos.
No debemos olvidar los oficios relacionados con la guerra. Los ejércitos necesitaban soldados, armeros, herreros, fundidores, artilleros, ingenieros, constructores de fortificaciones, cirujanos, carreteros y proveedores de alimentos y animales. La guerra era también una enorme organización de trabajo.
Y estaba el trabajo doméstico, probablemente uno de los grandes trabajos invisibles de la historia. Cocinar, lavar, coser, buscar agua, recoger leña, cuidar animales, conservar alimentos, atender a los enfermos, criar a los niños y mantener una casa requería una cantidad inmensa de tiempo y esfuerzo. Buena parte de ese trabajo era realizado por mujeres y no siempre aparecía reconocido como un oficio. Pero sin él no habría podido funcionar ninguna sociedad preindustrial.
El oficio se aprendía normalmente haciendo. Un niño podía entrar como aprendiz en el taller de un maestro y pasar años observando, ayudando y repitiendo las mismas operaciones hasta adquirir la habilidad necesaria. Después podía convertirse en oficial y, finalmente, en maestro. En muchas ciudades los oficios estaban organizados en gremios, que regulaban quién podía ejercerlos, cómo se aprendían, qué calidad debían tener los productos y cuáles eran las condiciones para abrir un taller.
El conocimiento profesional estaba, de alguna manera, guardado en la comunidad de los que sabían hacerlo. No existía todavía la separación tan radical entre el que diseña y el que ejecuta que caracterizaría posteriormente a la industria. Por eso la Revolución Industrial no significó simplemente que aparecieran nuevas máquinas. Significó una transformación mucho más profunda en la relación entre el hombre, el conocimiento y el trabajo. Allí donde antes había un artesano que dominaba un proceso completo, comenzó a aparecer un trabajador que realizaba una parte cada vez más pequeña de un proceso organizado por otros. La máquina comenzó a incorporar parte del conocimiento que antes estaba en las manos del artesano. El taller fue dejando paso a la fábrica y el oficio fue transformándose progresivamente en empleo industrial.
Antes de ese momento, el mundo podía parecer más lento, más pobre y mucho más dependiente del esfuerzo físico, pero estaba lleno de conocimientos. Cada objeto tenía detrás una historia de manos expertas, la cuchara, el zapato, la camisa, la puerta, el carro, el libro, la vasija, el arado, el barco. Detrás de cada uno había alguien que sabía hacerlo.
La palabra oficio tiene una profundidad que hemos perdido parcialmente. Un oficio era saber hacer algo que otros necesitaban. Era experiencia acumulada, memoria, paciencia, habilidad y, muchas veces, orgullo. El trabajo no consistía únicamente en vender el tiempo de una persona, aunque también, consistía en poner sus conocimientos y sus manos al servicio de una obra.
Y así se entiende también la diferencia entre el antiguo mundo de los oficios y el mundo industrial que nació con la máquina de vapor. La Revolución Industrial no inventó el trabajo, porque este había acompañado al ser humano desde siempre. Lo que hizo fue cambiar radicalmente la manera de organizarlo, dividirlo y valorarlo. Del hombre que sabía hacer una cosa de principio a fin se pasó poco a poco al hombre que formaba parte de una máquina productiva y que se podía cambiar por otro hombre sin problemas.
La historia de la industrialización es, en buena medida, la historia de ese tránsito: de la mano que sabe al sistema que organiza; del oficio al empleo; del taller a la fábrica; de la herramienta a la máquina; y del conocimiento incorporado en la persona al conocimiento incorporado progresivamente en el proceso de producción.
Con la Revolución Industrial se transformó la manera de trabajar, y también la relación entre el ser humano y las cosas que este produce. Mientras en el mundo de los oficios la producción estaba generalmente vinculada a una necesidad relativamente concreta, como hacer un zapato porque alguien necesitaba zapatos, fabricar una mesa porque alguien necesitaba una mesa, cultivar trigo porque había que comer, construir una casa porque alguien necesitaba vivir en ella etc., la producción industrial introdujo una posibilidad nueva: producir mucho más de lo que era estrictamente necesario para satisfacer las necesidades inmediatas.
Esto no fue necesariamente algo negativo. Al contrario, la producción industrial permitió abaratar y hacer accesibles bienes que antes estaban reservados a unos pocos. La ropa, los libros, los utensilios domésticos, los medicamentos, los medios de transporte y muchos otros productos pudieron llegar a una cantidad de personas que el antiguo sistema artesanal difícilmente habría podido abastecer. La industrialización aumentó enormemente la capacidad humana de producir.
Pero precisamente esa capacidad creó un problema nuevo. Cuando una sociedad puede producir mucho más de lo que necesita para sobrevivir, aparece la necesidad de encontrar compradores para todo aquello que es capaz de producir. Aquí comienza una transformación profunda: ya no se trata únicamente de producir aquello que la gente necesita, sino también de conseguir que la gente quiera aquello que se produce.
Un producto puede ser técnicamente posible, rentable y legal sin ser realmente necesario. Puede fabricarse porque existe una demanda, pero también puede existir esa demanda porque previamente se ha creado el deseo de poseerlo. La diferencia es importante. Una cosa es producir para satisfacer una necesidad y otra producir para mantener permanentemente activo el consumo.
La cuestión se hace todavía más evidente cuando pensamos en objetos diseñados para durar poco, (la obsolencia), para quedar rápidamente anticuados o para ser sustituidos, aunque todavía funcionen. Si una sociedad produce constantemente cosas que podrían seguir utilizándose, pero que son reemplazadas por otras nuevas, una parte considerable de su actividad económica consiste en producir sustituciones en lugar de producir nuevas utilidades.
Aparece así una contradicción difícil de resolver. Desde el punto de vista económico, comprar, vender y producir mantienen puestos de trabajo y generan actividad. Pero desde el punto de vista material, producir y consumir continuamente no puede ser indiferente: requiere materias primas, energía, transporte y genera residuos. La industrialización introduce, por tanto, una pregunta que el mundo artesanal planteaba de una manera mucho menos intensa: ¿para qué producimos?
Durante siglos, el objeto producido estaba normalmente muy cerca de su finalidad. El artesano fabricaba algo porque alguien lo necesitaba. En la economía industrial, en cambio, puede aparecer una separación entre producción y necesidad. La fábrica puede producir millones de objetos y después será necesario crear un mercado capaz de absorberlos.
De ahí nace una cultura económica basada cada vez más en la idea de que más producción significa más riqueza, y de que más consumo significa más actividad económica. Pero esta equivalencia no siempre es evidente. Una sociedad puede aumentar enormemente la cantidad de cosas que produce y, al mismo tiempo, preguntarse si todas esas cosas mejoran realmente la vida de quienes las consumen.
Hay productos que proporcionan una utilidad evidente. Otros proporcionan placer, belleza, entretenimiento o comodidad, que también son dimensiones legítimas de la vida humana. No todo lo que es innecesario es por ello perjudicial. Un libro, una pintura, una flor, un instrumento musical o un viaje pueden no ser necesarios para sobrevivir y, sin embargo, enriquecer extraordinariamente la existencia. El problema aparece cuando la producción se orienta hacia bienes que generan necesidades artificiales, fomentan un consumo compulsivo, producen daños ambientales o perjudican la salud, o cuando la vida económica depende de que las personas compren continuamente cosas que no necesitan.
La industrialización creó, de este modo la paradoja de que seguimos organizando buena parte de nuestra economía alrededor de la necesidad de producir y consumir cada vez más. El artesano podía preguntarse: “¿Qué necesita mi comunidad?”. La industria puede preguntarse: “¿Qué podemos producir y cómo conseguimos que alguien lo compre?”. Son dos preguntas que conducen a dos concepciones muy diferentes del trabajo. La primera parte de la necesidad y conduce a la producción. La segunda parte de la capacidad de producir y busca después construir la necesidad que permita vender lo producido.
Y cuando la capacidad de producir se vuelve prácticamente ilimitada, la pregunta por el sentido del trabajo adquiere una nueva dimensión. Tenemos que preguntarnos qué merece la pena producir, para quién, con qué coste y con qué consecuencias. Porque el progreso material no consiste necesariamente en tener más cosas. Puede consistir en disponer de mejores cosas, utilizarlas durante más tiempo, necesitarlas menos, reparar las que ya tenemos y liberar al ser humano de trabajos inútiles para dedicar su tiempo a aquello que realmente aumenta su bienestar.
La gran cuestión que dejó abierta la Revolución Industrial no es, por tanto, si debemos producir mucho o poco. Es una cuestión más profunda: si nuestra capacidad de producir debe determinar nuestras necesidades, o si nuestras verdaderas necesidades deberían determinar aquello que decidimos producir. Así que parece que últimamente hay jóvenes que ponen en entredicho la sociedad de consumo, aunque ellos mismos siguen consumiendo sin reparos.
Lo sé por mis propios hijos. Conversando, sale a relucir el tema del trabajo y ellos dicen que deberíamos pensar de otra manera, dejar de pensar en maximizar nuestros ingresos, trabajar menos tiempo y dedicarnos a aquello que de verdad nos guste a cada uno. Ellos hablan del modelo 100:80:100 que ya se está utilizando en muchas empresas, que viene a ser mantener la producción bajando el tiempo empleado en el trabajo: trabajar cuatro días a la semana manteniendo la producción. Y les digo que eso es otra cosa muy diferente y que no se trata de cambiar el sistema, sino de “ganar” tiempo libre aumentando la intensidad del trabajo.
¿Es posible alcanzar un sistema social más justo y más humano que, al mismo tiempo, sea capaz de garantizar un mínimo de bienestar a todos los seres humanos? Creo que sí, aunque probablemente no mediante la construcción de un sistema perfecto, porque la perfección social no existe, sino mediante la búsqueda permanente de un equilibrio entre libertad, igualdad, responsabilidad y solidaridad. El objetivo no tendría que ser conseguir que todos tuviéramos exactamente lo mismo, sino conseguir que nadie quedara por debajo de un determinado nivel de dignidad humana.
Podríamos llamarlo un mínimo universal de dignidad: que toda persona, por el simple hecho de haber nacido, tuviera garantizado el acceso a una alimentación suficiente, una vivienda digna, asistencia sanitaria, educación, agua, energía, seguridad, cultura y las condiciones necesarias para poder participar plenamente en la sociedad. A partir de ese suelo, cada individuo debería poder desarrollar libremente su propia vida, trabajar, crear, ahorrar, emprender, enriquecerse o elegir una vida más sencilla. La justicia, por tanto, no tendría que identificarse necesariamente con la igualdad absoluta.
Una sociedad puede admitir diferencias importantes entre las personas sin ser necesariamente injusta; la verdadera cuestión es saber cuándo esas diferencias dejan de ser fruto de la libertad, del esfuerzo, del talento o de circunstancias legítimamente distintas y empiezan a convertirse en una concentración de poder capaz de limitar la libertad de los demás.
El mercado puede desempeñar en este sistema un papel fundamental, porque ha demostrado una extraordinaria capacidad para coordinar millones de decisiones, estimular la innovación y producir bienes y servicios.
Pero el mercado, por su propia naturaleza, no tiene como finalidad garantizar la dignidad humana. Si dejamos exclusivamente en sus manos cuestiones como la salud, la educación, la vivienda o las necesidades básicas, el resultado puede ser que aquello que debería considerarse un derecho termine dependiendo de la capacidad económica de cada individuo. Por eso no se trataría necesariamente de sustituir el mercado por el Estado, sino de establecer un marco en el que el mercado pueda funcionar y, al mismo tiempo, quede subordinado a determinados principios sociales. Competencia real, protección frente a los monopolios, impuestos suficientemente progresivos, servicios públicos eficaces, protección de los trabajadores y del medio ambiente y mecanismos que impidan que la riqueza se transforme en un poder político ilimitado podrían formar parte de ese equilibrio. La cuestión no sería destruir la riqueza, sino conseguir que la riqueza producida por la sociedad contribuya también a garantizar unas condiciones mínimas para todos.
Pero existe una cuestión que creo que es todavía más profunda, que en realidad es lo que mis hijos se preguntan: ¿qué entendemos realmente por bienestar? Durante los últimos siglos hemos aprendido a producir una cantidad extraordinaria de bienes. La Revolución Industrial multiplicó nuestra capacidad productiva y la sociedad de consumo ha llevado esa capacidad hasta límites inimaginables para nuestros antepasados. Sin embargo, producir más cosas y consumir más cosas no significa necesariamente vivir mejor.
Una persona puede poseer una enorme cantidad de bienes materiales y, sin embargo, carecer de tiempo, de relaciones humanas, de contacto con la naturaleza, de cultura o incluso de un sentido de su propia existencia. Y otra persona puede tener muchas menos cosas y disfrutar de una vida extraordinariamente rica en experiencias, afectos, conocimientos, libertad y tiempo. Quizá uno de los grandes errores de nuestra época haya sido confundir demasiado fácilmente crecimiento económico con progreso humano.
Esto adquiere todavía mayor importancia cuando pensamos en el futuro de la tecnología. Si la inteligencia artificial y la automatización consiguen aumentar enormemente la productividad y permiten producir cada vez más bienes y servicios con una cantidad cada vez menor de trabajo humano, el problema fundamental podría dejar de ser cómo producir suficiente para todos y pasar a ser cómo distribuir aquello que somos capaces de producir. Durante siglos hemos vivido bajo la necesidad de trabajar para sobrevivir. Si algún día la tecnología permite reducir considerablemente esa necesidad, podríamos encontrarnos ante una oportunidad histórica: no necesariamente trabajar todos más para producir y consumir más, sino utilizar una parte de esa enorme productividad para garantizar a todos un mínimo material y permitir que dispongamos de más tiempo para vivir, aprender, cuidar, crear y relacionarnos.
Esto obligaría también a reconsiderar nuestra concepción del trabajo. El trabajo es mucho más que una manera de obtener ingresos, ya que también proporciona autonomía, reconocimiento, relaciones sociales y, para muchas personas, sentido. Por eso una sociedad futura no debería limitarse a repartir dinero entre quienes quedan excluidos del mercado laboral, sino procurar que las personas puedan encontrar formas de participación y de utilidad social. La tecnología debería liberarnos de una parte del trabajo necesario para sobrevivir, no convertirnos en seres humanos innecesarios.
En el fondo, quizá una sociedad verdaderamente humana no debería preguntarse solamente cuánto puede producir, cuánto puede crecer o cuánto puede consumir, sino qué tipo de vida permite a sus ciudadanos desarrollar. El objetivo podría ser garantizar a todos un suelo de dignidad y, por encima de ese suelo, dejar el máximo espacio posible a la libertad individual. No se trataría de que todos fueran iguales, sino de que las diferencias no impidieran a nadie vivir como ser humano. No se trataría de eliminar la riqueza, sino de evitar que la pobreza extrema coexistiera con una riqueza capaz de convertirse en poder absoluto. No se trataría de sustituir la libertad por la igualdad, ni la igualdad por la libertad, sino de comprender que ambas necesitan una de la otra.
Tal vez el principio fundamental de una sociedad futura pudiera expresarse de una manera muy sencilla: nadie debería quedar por debajo de aquello que necesitamos para vivir dignamente, pero nadie debería tampoco estar obligado a vivir de una determinada manera. Garantizar un mínimo de bienestar para todos y, al mismo tiempo, preservar la libertad de cada persona para construir su propia existencia. Ese equilibrio, más que la búsqueda de una sociedad perfectamente igualitaria o de una sociedad completamente libre de intervención, podría constituir una de las grandes tareas políticas y humanas del futuro. Porque quizá una sociedad verdaderamente próspera no sea aquella que consigue que todos tengan cada vez más cosas, sino aquella que consigue que cada vez más seres humanos tengan la posibilidad real de vivir una vida que consideren digna de ser vivida.
Y con esa larga reflexión en voz alta, dejo a mis hijos la posibilidad de que ellos mismos participen de alguna manera en la realización de esa sociedad utópica. Yo también lo he intentado a mi manera, según mis fuerzas y mis posibilidades. Es lo que les dije ayer, y, en esto que llego a casa y allí me espera el periódico local, que esta vez trae un artículo que le va como anillo al dedo a lo que acabo de pensar.
En el artículo, la periodista Elisabeth Andersson escribe que, según los resultados obtenidos hasta ahora en un proyecto de la universidad de Lund, “Hacer menos y tomarse la vida cotidiana con más calma es una tendencia social creciente que también puede ayudar al clima.” Así lo sostiene la investigadora en sostenibilidad Tullia Jack, que participa en un nuevo proyecto de investigación en el que estudia por qué las personas toman este tipo de decisiones y cómo se sienten.
—Mi hipótesis es que todo el mundo puede sentirse mejor con un poco de pereza —afirma Tuillia Jack, profesora asociada de la Institución de Estudios de Servicios de la Universidad de Lund, es una de las investigadoras que trabajan en el proyecto denominado Idle, abreviatura de Investigating doing less in everyday life («Investigar el hacer menos en la vida cotidiana»). La palabra inglesa idle también puede significar estar ocioso.
—La pereza puede percibirse como algo negativo, pero nosotros consideramos que permite desarrollar la creatividad y reflexionar sobre el sentido de la vida —dice.
Hasta ahora, los investigadores han entrevistado a personas que trabajan a tiempo parcial: treinta en Suecia, treinta en Finlandia y treinta en los Países Bajos. A los participantes se les han planteado, entre otras cosas, preguntas sobre sus vidas y sobre los factores que les llevaron a reducir su jornada laboral.
—Queremos averiguar cómo afecta esto a su calidad de vida.
Dedicar más tiempo a la pereza abre espacio para la creatividad y la reflexión y, según Tullia Jack, también es bueno para el clima. El objetivo del proyecto, que continuará hasta 2029, es identificar reformas que permitan a más personas tomar decisiones similares. Suecia dispone actualmente de sistemas de protección económica relacionados con las bajas por enfermedad, los permisos parentales y la jubilación. Finlandia ha experimentado con la renta básica, una prestación mensual del Estado sin exigencia de una contraprestación. Los Países Bajos han normalizado la semana laboral de cuatro días, especialmente entre los padres, y cuentan incluso con un concepto propio para no hacer nada: «niksen». Los “ninis” que conocemos nosotros.
Ahora se analizarán las respuestas de las personas entrevistadas. En algunos casos se trata de personas que, por razones físicas, no pueden trabajar a tiempo completo; algunas han sufrido agotamiento laboral. Según Tullia Jack, esto puede generar sentimientos de vergüenza e insuficiencia.
—Existe una presión para que todo el mundo contribuya y uno no quiere ser quien caiga en una «trampa femenina».
Tullia Jack considera que la dedicación excesiva, tanto en el trabajo como en el tiempo libre, es un pecado mucho mayor que la pereza. Según ella, la primera contribuye al colapso climático. Con el estudio, los investigadores quieren explorar, entre otras cosas, el potencial de hacer menos —por ejemplo, en el trabajo— para conseguir una denominada transformación socioecológica. Esto significa pasar de considerar el hecho de hacer menos como un pecado a convertirlo en una estrategia climática.
—La pereza se ha presentado como uno de los siete pecados capitales. Yo sostengo, más bien, que la dedicación excesiva —en el trabajo, la familia y el tiempo libre— es el verdadero pecado capital que impulsa el colapso climático —dice Tullia Jack, y continúa:
—Al reducir el ritmo y recuperar la pereza podemos encontrar un equilibrio y liberar potencial para una transformación sostenible. Además, simplemente estar sin hacer nada resulta agradable; mi hipótesis es que todo el mundo puede sentirse mejor con un poco de pereza.
Bueno, no sé que pensar. Me parece que es una cuestión típica de los países ricos. La idea central del artículo es de por si muy interesante porque invierte una de las valoraciones tradicionales de nuestra sociedad. Normalmente, trabajar mucho, estar ocupado y aprovechar constantemente el tiempo se consideran virtudes, mientras que la pereza, el ocio o el no hacer nada se consideran defectos. Tullia Jack propone invertir esa relación: según ella, el problema no es que hagamos demasiado poco, sino que hacemos demasiado.
Aquí percibo una crítica implícita a la concepción moderna del tiempo. El tiempo parece como si hubiera dejado de ser simplemente el espacio en el que transcurre nuestra vida y se hubiese convertido en algo que debemos utilizar, optimizar y rentabilizar. Incluso el tiempo libre puede convertirse en una actividad productiva: hacer deporte, viajar, aprender idiomas, cultivar aficiones, asistir a acontecimientos, mejorar nuestra salud, relacionarnos, etc. La paradoja es que podemos llegar a estar tan ocupados durante nuestro tiempo libre como durante el trabajo.
El concepto de pereza resulta por ello provocador. Jack no parece defender simplemente la inactividad, sino la recuperación de un tiempo que no tenga una finalidad productiva inmediata. Ese tiempo puede permitir, según su hipótesis, pensar, observar, crear, descansar o simplemente estar. Aunque no sé yo si “crear” se puede considerar como no hacer nada.
El argumento climático es probablemente la parte más interesante y también la que exige mayor demostración por su parte. Si una persona trabaja menos y consume menos, puede producirse una reducción de determinadas formas de consumo: menos desplazamientos, menor consumo energético, menos viajes, menos compras y, eventualmente, una menor presión sobre los recursos naturales. Pero el artículo todavía no demuestra que trabajar menos produzca necesariamente una reducción de las emisiones. Eso dependerá de qué haga la persona con el tiempo que recupera. Si trabaja cuatro días en lugar de cinco, pero utiliza el día libre para realizar un largo viaje en avión, el efecto puede ser muy diferente. Y, además, si produce en cuatro días lo que antes producía en tres, estamos lo mismo.
Por eso es importante distinguir entre la hipótesis del proyecto y un resultado científico ya demostrado. El artículo dice expresamente que las entrevistas todavía van a ser analizadas y que el proyecto continuará hasta 2029. Seme ocurre también una cuestión todavía más profunda, porque pare ser que en el fondo del artículo aparece una pregunta antropológica: ¿Para qué trabajamos?
La sociedad industrial estableció una relación muy estrecha entre trabajo, ingresos, identidad y reconocimiento social. Una persona que trabaja mucho suele ser considerada responsable, útil y ambiciosa. Una persona que trabaja poco puede ser percibida como poco ambiciosa o incluso como alguien que no contribuye suficientemente a la sociedad. Jack cuestiona precisamente esa asociación. Su propuesta podría formularse así: El valor de una vida no debería medirse por la cantidad de actividad que contiene.
Esto conecta directamente con la cuestión que he tratado recientemente con mis hijos,, la diferencia entre trabajo necesario y producción innecesaria. Una sociedad puede aumentar continuamente su producción material sin que ello implique necesariamente un aumento equivalente de bienestar humano. Esa es la paradoja de la sociedad industrial y posindustrial: hemos conseguido producir muchísimo más con muchísimo menos trabajo humano, pero en lugar de utilizar ese aumento de productividad para disponer de más tiempo libre, frecuentemente utilizamos nuestra capacidad productiva para producir y consumir todavía más.
La referencia a la llamada “trampa femenina” es también significativa. Tradicionalmente, las mujeres que reducen su jornada laboral para cuidar de hijos o familiares han pagado a menudo un precio profesional y económico mayor que los hombres, sobre todo a la hora de la jubilación. Por eso una política de reducción del trabajo puede tener efectos diferentes según cómo esté organizada. Si reducir la jornada significa simplemente que las mujeres asuman más cuidados no remunerados, no estaríamos ante una transformación igualitaria. Para que el “hacer menos” sea realmente una posibilidad social, tendría que existir una distribución más equilibrada del trabajo remunerado y del trabajo doméstico y de cuidados.
En mi lectura, el artículo no trata realmente de «la pereza». La palabra funciona como una provocación intelectual, porque trata de algo mucho más amplio, que, a mi entender, es la posibilidad de que una sociedad considere el tiempo humano como un valor en sí mismo y no solamente como un instrumento para producir y consumir.
¿Qué ocurriría si el progreso no se midiera solamente por cuánto producimos, sino también por cuánto tiempo tenemos para vivir? Esa es, en realidad, una cuestión que va mucho más allá de la investigación de Tullia Jack, porque afecta a nuestra concepción del trabajo, del progreso económico, del consumo, del bienestar y, finalmente, de lo que entendemos por una buena vida: quizá una sociedad verdaderamente rica no sea aquella en la que las personas tienen más cosas, sino aquella en la que necesitan dedicar menos tiempo a conseguirlas, y mis hijos, como casi siempre, llevan razón.






























