Así como celebramos la aparición de las primeras flores de la primavera, celebro yo las primeras conversaciones de sobremesa en las que, por primera vez, mis hijos participan activamente y entran en el diálogo. Los pensamientos adquieren una expresión lingüística común y, de esa manera, llegamos a la comprensión y al análisis de lo que ocurre a nuestro alrededor. Yo suelo decir que las convicciones políticas se forman en las sobremesas en familia, no necesariamente uniformando una forma única de pensar, sino forjando la ideología de cada uno en la fragua del dialogo respetuoso.
Ayer fue mi hijo Antón el que marcó la pauta del debate. Curiosamente el tema surgió de un comentario sobre la posibilidad de que la IA de, en el futuro, pudiese reemplazar a los políticos y tomar decisiones importantes para la humanidad. Noté en el tono de sus deliberaciones un mucho de desencanto por la forma en que los políticos de hoy tratan temas de tanta importancia como la guerra y la paz. Notaba yo cierta amargura en sus palabras, que desvelaban su reacción al comenzar a comprender el caos al que nos están sometiendo actores políticos de tan poca altura intelectual como los que pueblan la escena actual.
¿Y si los remplazásemos por una gran Inteligencia Artificial? Imaginemos, decía Antón, una inteligencia artificial capaz de tomar decisiones por el bien de toda la humanidad, una idea antigua en la filosofía política y en la ciencia ficción. Aparece, por ejemplo, en obras como “Yo, Robot”[1] de Isaac Asimov, o en debates modernos sobre gobernanza global.[2] Si intentamos pensar cómo podría ser algo así en la práctica, habría varios elementos clave.
Alrededor de la mesa nos miramos unos a otros, pensando a gran velocidad en todos los inconvenientes posibles de una cosa así, pero Antón, lejos de inmutarse, siguió argumentando- “En la práctica sería una combinación de ideas de filosofía moral: utilitarismo o como maximizar bienestar, derechos humanos y sostenibilidad.” – Yo siento de pronto una profunda admiración, por esta muestra de conocimiento en profundidad y voy, al mismo tiempo, cargando argumentos para contrarrestar su ímpetu tecnófilo, pero el sigue argumentando.
-“Uno de los grandes poderes de una IA así sería simular millones de futuros posibles. Por ejemplo: ¿qué pasa si se suben impuestos globales al carbono? ¿qué ocurriría con diferentes políticas de redistribución? ¿cómo se podrían evitar conflictos armados? ¿qué inversiones científicas producirían más bienestar?”
Y así, Antón continuó sin darnos tiempo a responder – “Esta “super IA” respondería a principios universales y datos verificables y estaría por encima de gobiernos o intereses económicos. Para eso, sería necesaria una transparencia total en sus algoritmos, una supervisión internacional y mecanismos que evitasen su manipulación por países o empresas”-. Era obvio que lo que estaba diciendo, lo había estado pensando un tiempo y ahora surgía en forma de argumentos fluidos y bien argumentados.
Y siguió, casi sin darse tiempo a respirar: -“Sería una especie de “consejero racional de la humanidad” – continuó argumentando – recomendara políticas globales, coordinara acuerdos internacionales y señalaría las decisiones que podrían causar daño global, para evitarlas.-“
Al fin llegó un momento de silencio, en el que él pareció detenerse para recuperar el aliento y mi compañera entró en el debate diciendo: – “El gran problema es quién define el bien. Aquí está la dificultad fundamental. Lo que es bueno para unos puede ser malo para otros”-. Y ahí entré al fin yo, para puntualizar que ninguna IA puede escapar completamente de los valores humanos con los que fue creada. Y, apresurándome para no perder el turno, seguí enumerando: – “crecimiento económico contra medio ambiente, libertad individual contra seguridad colectiva, intereses nacionales contra el bien global”-.
Antón levanto su mano en un gesto que recordaba al pantocrátor y retomó la palabra para darnos varios ejemplos de por qué sería necesaria una inteligencia artificial universal. El primer ejemplo que nos puso fue el de la pobreza de los muchos contra la opulencia de pocos. Bien informado, nos explicó que, según las estimaciones más recientes de las Naciones Unidas, perfectamente verificables, alrededor de 808 millones de personas en el mundo vivían en pobreza extrema en 2025, es decir, con menos de unos 3 dólares al día, lo que equivale aproximadamente a 1 de cada 10 personas en todo el planeta. Además, si se utiliza una medida más amplia, como podría ser el Índice de Pobreza Multidimensional, que toma en cuenta acceso a servicios básicos, educación y salud, las cifras podrían ser aún mayores, con cientos de millones más en situación de privación severa. Esto muestra que, a pesar de avances en décadas pasadas, la pobreza sigue siendo un problema global muy extendido y difícil de erradicar.
Ni que decir tiene que yo me sentía muy orgulloso de ver que mi hijo había seguido al detalle las explicaciones de su profesor de ciencias sociales, pero me vi obligado a entrar de lleno en el debate con una información a tener en cuanta: “Aunque la pobreza sigue siendo un problema grave” -dije yo-, “a largo plazo el mundo ha mejorado significativamente en muchos indicadores. Por ejemplo, la expectativa de vida ha pasado de unos 30–35 años en el siglo XIX a más de 73 años actualmente. La alfabetización mundial supera el 86 %, frente a menos del 20 % hace 200 años, y la mortalidad infantil ha caído drásticamente gracias a avances en salud pública. Enfermedades como la viruela han sido erradicadas, y nunca antes tantas personas habían tenido acceso a educación, información y tecnología. Aunque todavía hay enormes desigualdades y sufrimiento, el mundo nunca ha estado “tan bien” en términos de condiciones de vida promedio. Esto refleja un progreso humano acumulativo: mejoras lentas pero constantes en bienestar, salud y oportunidades”-.
-“Sí” -, asintió, – “pero, qué me dices de un mundo donde el 1 % más rico posee casi la mitad de todo, y eso no es una fantasía distópica, sino nuestra realidad actual, ya que estadísticas recientes revelan que la porción más adinerada de la humanidad controla ahora el 45,8 % de la riqueza neta mundial, lo que subraya la profunda concentración de recursos a favor de una élite muy pequeña y, en contraposición, datos globales muestran que el 50 % más pobre de la población controla solo una pequeña fracción, alrededor del 1–2 %, de la riqueza total del mundo” – y mirándonos a los ojos a todos los que le escuchábamos alrededor de la mesa, añadió – “¿Qué me decís de eso?”
A partir de ahí, la conversación siguió un rumbo ideológico. Yo argumentaba desde una perspectiva liberal o meritocrática, diciendo que la riqueza refleja esfuerzo, innovación o inversión, y que los mercados generan prosperidad para todos a largo plazo. Antón, desde un enfoque igualitario o progresista, subrayaba la injusticia estructural, los privilegios heredados y las barreras que impiden movilidad social, defendiendo impuestos progresivos o políticas de redistribución. Mi compañera argumentaba sobre la globalización y ética, cuestionando cómo el sistema financiero y las corporaciones transnacionales contribuyen a concentrar riqueza en pocos países o individuos.
Entonces, dije: -“Vamos a preguntar a IA cómo se podrían solucionar esos grandes problemas. Comencemos con la erradicación de la pobreza. Hacemos esta pregunta a la ChatGpt: ¿Cómo se podría erradicar la pobreza en el mundo?” Y esta fue su rapidísima respuesta:
“Erradicar la pobreza en el mundo es uno de los desafíos más complejos y ambiciosos de la humanidad, porque no depende solo de dinero, sino de un conjunto de factores sociales, políticos y ambientales. Aun así, los expertos proponen varias estrategias complementarias:
1. Redistribución de la riqueza
Implementar impuestos progresivos y justos sobre grandes fortunas y corporaciones.
Destinar esos recursos a programas de educación, salud y vivienda para los más vulnerables.
Aumentar la transparencia financiera para reducir la evasión y la concentración extrema de riqueza.
2. Acceso universal a servicios básicos
Educación gratuita y de calidad: permite que las personas salgan del ciclo de pobreza.
Salud pública y prevención de enfermedades: evita que la pobreza se agrave por gastos médicos catastróficos.
Agua potable, saneamiento y electricidad: mejoran la calidad de vida y las oportunidades económicas.
3. Crecimiento económico inclusivo
Fomentar empleos dignos con salarios justos.
Apoyar a pequeñas y medianas empresas locales para generar riqueza en comunidades marginadas.
Promover infraestructura y transporte que conecten a zonas rurales y urbanas.
4. Protección social y seguridad económica
Sistemas de pensiones y subsidios para quienes no pueden trabajar.
Seguro de desempleo y asistencia en crisis económicas o desastres naturales.
Programas de transferencia de efectivo condicionadas (como Bolsa Família en Brasil) para incentivar educación y salud.
5. Empoderamiento de comunidades y género
Garantizar igualdad de oportunidades para mujeres y grupos marginados.
Apoyar cooperativas y participación ciudadana en decisiones locales.
Educación financiera y acceso a crédito para emprendedores de bajos ingresos.
6. Acción global y cooperación internacional
Reducción de deuda externa de países pobres.
Comercio justo y sostenible que beneficie a las economías locales.
Cooperación para combatir el cambio climático, porque sus impactos golpean primero a los más pobres.”
Hasta aquí la respuesta de ChatGpt. La leemos, y constatamos que estamos de acuerdo, pero nos damos cuenta que el problema es la financiación. Propongo que le preguntemos a ChatGpt cómo podríamos financiar todos estos proyectos. La pregunta es: ¿Puedes decirnos cómo podríamos financiar estas reformas, para erradicar la pobreza? ¿Quién las pagaría? Y la IA nos responde:
“Sí, esa es la gran pregunta: cómo financiar reformas para erradicar la pobreza a escala global. Hay varias estrategias que los expertos suelen mencionar, y ninguna depende de una sola fuente; sería un coctel de recursos internacionales, nacionales y privados. Aquí te lo explico:
1. Impuestos progresivos y sobre la riqueza
Gravar las grandes fortunas, herencias millonarias y corporaciones multinacionales.
Algunos estudios indican que un impuesto global modesto sobre la riqueza de los multimillonarios podría cubrir programas sociales en muchos países.
Ejemplo: gravar el 1 % más rico del mundo incluso con un 2–3 % podría generar cientos de miles de millones de dólares anuales.
2. Reducción de evasión fiscal y paraísos fiscales
Recuperar dinero que actualmente se esconde en cuentas offshore.
Las estimaciones de la ONU y Oxfam sugieren que billones de dólares están fuera del alcance de los gobiernos por evasión y fraude.
Ese dinero podría financiar educación, salud y programas de vivienda.
3. Cooperación internacional y deuda
Cancelación o reducción de la deuda externa de países pobres.
Redirigir fondos de deuda a programas sociales en lugar de pagos a acreedores.
Aumentar la ayuda oficial al desarrollo, especialmente de países ricos hacia los más pobres, con supervisión para que sea efectiva.
4. Participación del sector privado
Incentivar a empresas a invertir en comunidades locales con modelos de responsabilidad social corporativa y comercio justo.
Fondos de inversión ética y bonos sociales (social bonds) pueden canalizar capital privado hacia educación, salud o energía limpia.
5. Reducción de gasto militar innecesario
Algunos economistas proponen reasignar parte de los presupuestos militares globales a programas de reducción de pobreza.
Los gastos militares anuales superan los 1,9 billones de dólares, una fracción pequeña podría transformar los sistemas sociales de países pobres.
6. Innovación fiscal global
Impuestos sobre emisiones de carbono o transacciones financieras internacionales.
El dinero recaudado se podría destinar a adaptación al cambio climático y seguridad alimentaria, que impactan directamente a los pobres
Discutimos las respuestas y nos preguntamos si la IA nos podría dar una idea de cómo nos aceptaría esto a nosotros en Suecia, y le preguntamos: ¿Qué costes supondría para nosotros en Suecia el poner en práctica tus consejos para erradicar la pobreza en el mundo?
La respuesta, como de costumbre, no se dejó esperar más que un segundo: “El coste directo para Suecia sería una fracción pequeña de su PIB anual (del orden de 1–2 %). El impacto real dependería de la cooperación global, la eficiencia de los programas y cómo se combine la ayuda con reformas fiscales y privadas. Gran parte del financiamiento provendría de redistribuir riqueza existente (tanto nacional como global), más que de “crear dinero nuevo”.
Sí, sí, eso ya lo sabemos de antes, pero, y ahí entro yo en la conversación de una manera más contundente, porque conozco el percal, ¿quién va a obligar a los privilegiados a prescindir voluntariamente de sus privilegios? Para Antón, la solución sería una organización global en la que todos los países se comprometiesen a seguir los consejos o las soluciones que la super IA decidiese, por el bien común. Estamos todos de acuerdo en que es una utopía, aunque, algo habría que hacer para erradicar la pobreza y promover la paz. Antes de terminar le aconsejo que lea al economista francés Thomas Piketty, especialmente una de sus obras más influyentes, como es “Capital in the Twenty-First Century,” publicada en 2013, desgraciadamente ausente en las redes, pero que puede tomar prestada en la biblioteca. En este libro, Piketty estudia la evolución histórica de la desigualdad económica, especialmente en Europa y Estados Unidos, desde el siglo XVIII hasta la actualidad. Para ello utiliza una gran cantidad de datos históricos sobre ingresos, riqueza, herencias e impuestos, con el objetivo de entender cómo se distribuye el capital en las sociedades modernas.
La tesis central del libro es que en el capitalismo existe una tendencia a que la riqueza se concentre cuando el rendimiento del capital es mayor que el crecimiento económico. Piketty resume esta idea con la fórmula r > g, donde r representa el rendimiento del capital —beneficios, intereses o rentas— y g el crecimiento de la economía. Cuando el capital crece más rápido que la economía en su conjunto, quienes ya poseen riqueza tienden a acumular cada vez más, lo que aumenta la desigualdad.
A partir de su análisis histórico, Piketty sostiene que en el siglo XIX la riqueza estaba extremadamente concentrada en una pequeña élite. Esa concentración disminuyó durante el siglo XX debido a factores como las guerras mundiales, la inflación, las políticas fiscales progresivas y la expansión del Estado del bienestar. Sin embargo, desde finales del siglo XX la desigualdad ha vuelto a aumentar en muchas economías avanzadas.
El libro también propone algunas medidas para afrontar este problema, como impuestos progresivos sobre la renta, mayor transparencia financiera y, de manera más ambiciosa, un impuesto global sobre el capital que limite la acumulación excesiva de grandes fortunas. Con esta obra, Piketty volvió a situar el problema de la desigualdad en el centro del debate económico contemporáneo y abrió una amplia discusión sobre el funcionamiento del capitalismo y las políticas necesarias para hacerlo más equilibrado. -“Así que”, dije, ya levantándome y dando por terminada la sobremesa- “lee ese libro” dije, mirando a Antón, -“y verás como encuentras argumentos parecidos a los que la IA nos ha dado hoy para solucionar los problemas globales, al menos en cuanto a la pobreza y la desigualdad se refiere.”- Me fui con una sonrisa en los labios, pensando que he vivido un momento especial, contemplando como florece el intelecto de un joven.
[1] https://archive.org/details/yo-robot-isaac-asimov_202405/page/n1/mode/2up
[2] https://eur-lex.europa.eu/legal-content/ES/TXT/?uri=CELEX:32024R1689
















