Cuando el 13 de septiembre se vaya acercando a su fin, llegando ya a media noche, sabremos el resultado de nuestros esfuerzos durante esta campaña electoral. Nosotros, los que quedamos en el partido liberal por excelencia aquí en Suecia, creemos en nuestro proyecto y nos esforzamos en comunicarlo a los ciudadanos. No aspiramos a alcanzar una mayoría, porque eso es algo imposible, en este mundo tan fragmentado, pero sí una cierta relevancia, suficiente para impulsar reformas importantes en el gobierno del estado, la región y la administración local.
Tenemos una larga historia y, de alguna manera, representamos a la ciudadanía desde el mismo momento en que esta llegó a tener algo que decir en política. Somos hijos de las revoluciones del siglo XVIII, la americana y la francesa, y representamos a la burguesía progresista y aconfesional que derrocó a las monarquías absolutistas y preparó el camino para la sociedad moderna.
La historia liberal sueca tiene una particularidad interesante: sus raíces son anteriores al liberalismo partidista. Un personaje fundamental es Anders Chydenius (1729-1803), sacerdote y diputado de la Dieta de los Estados, en su rama de la Iglesia. En 1765-1766 defendió una ampliación radical de la libertad de prensa y contribuyó decisivamente a la La Ley de Libertad de Prensa de 1766, la primera legislación moderna de libertad de prensa y, sobre todo, el origen del actual principio de transparencia o derecho de acceso a la información pública, el principio de publicidad de los documentos públicos.
En 1809, después de la catástrofe de la guerra contra Rusia y la pérdida de Finlandia, Suecia abandona el absolutismo de Gustavo IV Adolfo y adopta una nueva constitución. El Reglamento de Gobierno de 1809 establece una distribución más clara del poder entre rey, gobierno y Parlamento. No era todavía una democracia liberal moderna, pero llegó a introducir principios de separación de poderes y limitó el absolutismo del gobernante.
Con la industrialización y la desaparición del antiguo sistema estamental, aparecen nuevas clases sociales, compuestas por empresarios, comerciantes, profesionales, periodistas, profesores y una clase media urbana, y en 1866 desaparece la antigua Dieta, dónde los cuatro brazos: Iglesia, nobleza, campesinos y las ciudades estaban representadas, naciendo en su lugar el bicameralismo.
En 1868 se creó el partido liberal “Nyliberala partiet”, que ya presentaba un programa reconociblemente liberal, en el que se distinguían las reclamaciones por un sufragio universal, libertad religiosa y reformas sociales. No bastaba ya con limitar el poder del Estado; había que ampliar la capacidad de los ciudadanos para participar en él.
Durante el resto del siglo XIX los liberales combatieron el viejo sistema de privilegios y regulaciones defendiendo la libertad económica, el libre comercio, la libertad de asociación, la libertad religiosa, la libertad de prensa, la libertad de expresión y la igualdad ante la ley. Aunque la liberalización económica no fue únicamente una iniciativa liberal, los liberales fueron uno de los principales grupos que defendieron el desmantelamiento de las restricciones corporativas y la expansión de la libertad económica. El propio programa histórico de los liberales identifica precisamente libertad económica, libre comercio, libertad de asociación y libertad religiosa como las grandes batallas liberales del XIX.
Los liberales comprendieron pronto que la libertad política no sirve de mucho si las personas carecen de educación, por eso la escuela se convirtió progresivamente en uno de los grandes proyectos del liberalismo. No se trataba solamente de enseñar a leer y escribir. La idea era que una persona educada es una persona capaz de pensar, elegir y participar en una democracia. Se quería contribuir a la formación de ciudadanos competentes.
El liberalismo sueco vinculó así libertad, educación y ciudadanía con la propia democracia. Esto ayuda a explicar por qué la escuela ha sido, y sigue siendo, la cuestión política más persistentemente liberal en Suecia. Aparte de la educación, otro gran combate fue contra la uniformidad religiosa. El viejo Estado sueco estaba estrechamente vinculado a la Iglesia luterana y aquí los liberales defendieron progresivamente que el Estado no debía decidir las creencias de los ciudadanos. Por tanto, la libertad religiosa se convirtió en parte de la concepción liberal de la autonomía individual. Hay que puntualizar que buena parte de los liberales no eran ateos. Existía un liberalismo religioso, profundamente relacionado con las iglesias libres y con los movimientos populares.
A finales del siglo XIX llegamos al mayor triunfo histórico del liberalismo sueco. El sistema político, aún habiendo sido reformado, seguí siendo profundamente desigual. La cuestión decisiva era: ¿Quién tiene derecho a participar en la política? Como respuesta, los liberales se convirtieron en la principal fuerza del movimiento por el sufragio universal, y se comienza a agrupar en organizaciones parlamentarias, en 1895 y cinco años más tarde se fundó Liberala samlingspartiet, creando en 1902 Frisinnade landsföreningen, organización nacional liberal que mantenía fuertes vínculos con el movimiento sufragista.
Y aquí aparece Karl Staaff, y con él se acrecienta contra el viejo Estado. Su objetivo es transformar Suecia partiendo de una monarquía constitucional todavía dominada por las élites en una verdadera democracia parlamentaria. La lucha de Karl Staaff representa el liberalismo democrático sueco. Con Karl Staff, los liberales defienden un sufragio más amplio, el principio de parlamentarismo, la igualdad política y la responsabilidad política del gobierno ante el Parlamento.
En 1917 se formó un gobierno de liberales y socialdemócratas, presidido por el liberal Nils Edén, con el sufragio universal e igualitario como objetivo central. El gobierno de Nils Edén, llevó a Suecia al gran cambio democrático, alcanzando en 1918 el acuerdo político que estableció el sufragio universal e igualitario masculino y en 1919 se decidió finalmente el sufragio municipal universal para hombres y mujeres, pudiendo votar las mujeres, por primera vez en 1921.
La participación de los liberales en el movimiento por los derechos políticos de las mujeres fue indispensable, con la extraordinaria figura de Anna Whitlock, vinculada al movimiento sufragista liberal, y también la famosa escritora y premio Nobel Selma Lagerlöf.
La argumentación liberal para la participación de las mujeres era que, si cada individuo posee derechos, el sexo no puede determinar la ciudadanía política. La igualdad política de hombres y mujeres es, por tanto, una consecuencia del individualismo liberal.
La propia historia oficial del Parlamento sueco destaca que el proceso fue fruto de una larga lucha en la que participaron diferentes movimientos y partidos, pero señala el papel del gobierno liberal-socialdemócrata de 1917-1920.
El liberalismo sueco fue una de las fuerzas fundamentales en la democratización de Suecia, y no fue solamente sufragio. Paralelamente se consolidó el parlamentarismo, cuando el rey dejó progresivamente de decidir quién debía gobernar y el gobierno pasó a depender de la confianza parlamentaria.
Paradójicamente, los liberales se dividieron por la cuestión del alcohol y en 1923, Frisinnade landsföreningen se rompe surgiendo dos partidos: Frisinnade folkpartiet, una parte fuertemente religiosa y moralista y Sveriges Liberala parti, compuesta por la parte más urbana, secular y culturalmente radical. En 1934 ambos volvieron a unirse creando Folkpartiet (El Partido del Pueblo), que en los años treinta experimentó otra transformación decisiva.
Estando ya el individuo libre frente al estado, quedaba aún la cuestión de hacer posible que una persona sea realmente libre si es pobre, está enferma o carece de educación. Aparece aquí el socialliberalismo, representado principalmente por Bertil Ohlin que acepta que el Estado puede tener que intervenir para crear las condiciones materiales de la libertad. Cuestiones como la educación, la seguridad social, la protección laboral, la lucha contra la pobreza, la igualdad de oportunidades, tienden a ser centrales en el liberalismo que Ohlín representaba.
Ohlin, dirigente del Folkpartiet entre 1944 y 1967, fue quien dio una formulación moderna al socialliberalismo sueco. Ya no se trataba de regresar al liberalismo económico clásico del siglo XIX ni de oponerse simplemente al crecimiento del Estado de bienestar. Ohlin aceptaba que el Estado tenía una responsabilidad importante en la protección social, pero sostenía que esta debía ser compatible con la libertad económica, la iniciativa privada y la autonomía del individuo. El problema que se planteaba el liberalismo después de la Segunda Guerra Mundial era, por tanto, diferente del que había planteado en el siglo XIX. Ya no bastaba con preguntarse cómo proteger al individuo frente al Estado, había que preguntarse también cómo podía utilizarse el Estado para hacer efectiva la libertad individual sin que ese mismo Estado terminara limitándola. Esta sería la gran aportación de Ohlin al liberalismo sueco, la libertad y la seguridad social no tenían por qué ser conceptos opuestos. Una persona que carece de educación, que vive en la pobreza o que está expuesta a la enfermedad puede ser jurídicamente libre, pero tiene muchas menos posibilidades de utilizar realmente esa libertad. La educación, la seguridad social y determinadas formas de redistribución podían, por tanto, ser consideradas instrumentos para ampliar la libertad, siempre que no condujeran a la eliminación de la economía de mercado ni a un Estado excesivamente poderoso.
Esta posición situó al Folkpartiet en una posición intermedia entre el socialismo y el liberalismo económico clásico. Los liberales aceptaban buena parte de la construcción del Estado de bienestar socialdemócrata, pero rechazaban la idea de que la creciente intervención pública tuviera que conducir necesariamente a la nacionalización de la economía o a una planificación central. Para Ohlin, la economía de mercado seguía siendo fundamental porque permitía la iniciativa, la competencia y la libertad de elección. El Estado debía garantizar seguridad y oportunidades, pero no sustituir al ciudadano ni decidir por él. De esta manera, el liberalismo sueco contribuyó a configurar una de las características más peculiares del modelo sueco, que es la posibilidad de combinar una economía de mercado dinámica con una extensa protección social. La discusión dejó de ser simplemente Estado o mercado y pasó a ser qué debe hacer el Estado para que los individuos puedan ser realmente libres y qué debe quedar en manos de los individuos y del mercado.
Durante los años cincuenta y sesenta, el Folkpartiet se convirtió en la principal fuerza de oposición a la socialdemocracia. Pero su oposición no consistía en rechazar la sociedad del bienestar que estaba construyendo la socialdemocracia. La cuestión era quién debía decidir, cuánto debía intervenir el Estado y qué espacio debía conservar la iniciativa individual. En este sentido, el liberalismo sueco contribuyó a introducir una tensión permanente dentro del Estado de bienestar: la igualdad de oportunidades debía aumentar la libertad, no producir uniformidad. La educación adquirió una importancia extraordinaria dentro de esta concepción. Para los liberales, una buena escuela no era únicamente un instrumento para distribuir conocimientos; era uno de los principales medios para permitir que un niño pudiera liberarse de las circunstancias sociales en las que había nacido. La educación se convirtió así en una cuestión profundamente liberal, hacer posible que una persona pudiera construir su propia vida independientemente de su origen.
Durante las décadas de 1960 y 1970 el contenido del liberalismo volvió a ampliarse. A las cuestiones económicas y sociales se añadieron cada vez con mayor fuerza las libertades personales. La igualdad entre hombres y mujeres, la autonomía de la mujer, la libertad sexual, los derechos de las minorías y la oposición a las normas sociales impuestas desde arriba fueron adquiriendo un lugar central. La antigua lucha liberal contra los privilegios heredados encontró una nueva expresión: ya no se trataba solamente de acabar con los privilegios jurídicos de determinadas clases, sino de impedir que el sexo, la religión, el origen social o las convenciones culturales determinaran lo que una persona podía hacer con su vida. El liberalismo empezó así a penetrar en ámbitos que anteriormente se habían considerado privados. La pregunta era cada vez más sencilla, ¿por qué debe alguien poder decidir sobre la vida de otra persona simplemente porque posee autoridad, dinero, tradición o poder social?
Esta evolución explica también la participación de los liberales en la transformación política de Suecia durante los años setenta. En 1976, después de más de cuatro décadas de gobiernos socialdemócratas prácticamente ininterrumpidos, los partidos burgueses consiguieron formar gobierno y los liberales entraron nuevamente en el poder. Durante las décadas siguientes participaron en varios gobiernos no socialdemócratas. Pero el liberalismo que llegaba al gobierno era ya diferente del liberalismo de Ohlin. Aceptaba el Estado de bienestar, pero comenzaba a preguntarse si sus instituciones tenían que ser necesariamente estatales y uniformes. De ahí nació una nueva preocupación por la libertad de elección. Si el Estado financiaba un servicio, ¿por qué tenía que ser necesariamente el propio Estado quien lo prestara? Esta pregunta adquiriría especial importancia en la educación, la sanidad y otros servicios públicos.
Con Bengt Westerberg, que dirigió el Folkpartiet entre 1983 y 1995, esta transformación se hizo especialmente visible. Westerberg combinó la tradición socialliberal con una defensa más marcada de la economía de mercado, la competencia y la iniciativa privada, pero al mismo tiempo convirtió la igualdad, el feminismo, los derechos humanos y la tolerancia en elementos fundamentales de la identidad liberal. El liberalismo de Westerberg podía, por tanto, defender simultáneamente una reducción de determinadas intervenciones económicas del Estado y una intervención decidida contra la discriminación y la desigualdad de oportunidades. Esta combinación explica buena parte de la personalidad política del liberalismo sueco contemporáneo: liberal en economía, pero también radicalmente liberal en cuestiones de derechos individuales.
Durante los años noventa la cuestión de la elección pasó a ocupar un lugar cada vez más importante. Los liberales defendieron que una sociedad del bienestar podía ser compatible con una mayor libertad individual si los ciudadanos podían escoger entre diferentes alternativas. En el ámbito educativo esta idea adquirió especial importancia. El Estado debía garantizar que todos recibieran una educación de calidad, pero los padres y los alumnos debían tener también un cierto margen para elegir la escuela. La igualdad y la libertad dejaban así de verse necesariamente como conceptos contradictorios. La igualdad debía garantizar que todos tuvieran oportunidades semejantes, la libertad debía permitir que cada persona eligiera qué hacer con esas oportunidades. Ahora ya puedo incluirme en el proyecto, porque me sentí atraído por el liberalismo sueco a partir de la incorporación de Suecia a la Unión Europea.
La cuestión europea constituyó otra gran transformación. Los liberales suecos fuimos una de las fuerzas políticas más claramente europeístas y apoyamos la entrada de Suecia en la Unión Europea. Para nosotros, la integración europea representaba una ampliación de principios que ya habían defendido dentro de Suecia, democracia, Estado de derecho, libre circulación, libertad económica, cooperación internacional y protección de los derechos individuales. El viejo internacionalismo liberal del siglo XIX adquiría así una nueva dimensión. Si las fronteras nacionales habían sido durante mucho tiempo instrumentos de poder y conflicto, una Europa integrada podía contribuir a hacerlas menos importantes para la vida cotidiana de los ciudadanos.
En el siglo XXI, el liberalismo sueco entró en una nueva etapa. Como parte de la Alianza de partidos burgueses, participó en los gobiernos de Fredrik Reinfeldt entre 2006 y 2014. En esos años se reforzaron las cuestiones de empleo, empresa, reducción de determinados impuestos, competencia y libertad de elección, pero sin abandonar la idea de que Suecia debía conservar una amplia red de protección social. De nuevo aparecía la vieja fórmula socialliberal, una economía de mercado que genera riqueza y un Estado que garantiza las condiciones fundamentales para que nadie quede excluido de la sociedad.
Sin embargo, la historia del liberalismo sueco llega hoy a una situación paradójica. Muchas de sus antiguas victorias se han convertido en elementos tan normales de la sociedad que ya nadie las identifica necesariamente con el liberalismo. La libertad de prensa, el parlamentarismo, el sufragio universal, la igualdad jurídica entre hombres y mujeres, la libertad religiosa, la educación pública y los derechos individuales forman parte del paisaje político sueco. Ya no es necesario luchar por conseguir el derecho de voto como en tiempos de Karl Staaff y Nils Edén. Tampoco hay que luchar contra el absolutismo o contra los privilegios estamentales como en el siglo XIX. El liberalismo ha contribuido precisamente a crear el sistema dentro del cual se desarrolla la política sueca contemporánea.
Por eso nuestro problema actual es, en cierto sentido, más difícil que el de nuestros antecesores. ¿Qué significa ser liberal cuando muchas de las grandes batallas liberales ya han sido ganadas? La respuesta contemporánea se ha buscado sobre todo en la escuela, la integración, la movilidad social, la empresa, la libertad de elección, la igualdad de género, los derechos individuales y Europa. Pero ya no basta con proclamar la libertad en abstracto. El desafío consiste en demostrar qué obstáculos concretos impiden hoy a una persona ser libre.
Vista desde esta perspectiva, la historia del liberalismo sueco desde Ohlin hasta nuestros días puede entenderse como una progresiva ampliación del propio concepto de libertad. Para el liberalismo clásico, libertad significaba sobre todo estar protegido frente al poder arbitrario del Estado y poder comerciar, trabajar, expresarse y asociarse libremente. Para los liberales de la época de la democratización significó además tener derechos políticos. Con Ohlin pasó a significar también disponer de las condiciones sociales que permiten ejercer esos derechos. Con Westerberg adquirió una dimensión todavía más personal, poder vivir de acuerdo con las propias convicciones sin que el Estado, la sociedad o las convenciones impongan una determinada forma de vida. Y en la actualidad la cuestión vuelve a plantearse en otros términos: ¿puede una persona ser realmente libre si recibe una educación deficiente, queda atrapada en un barrio segregado, no consigue acceder al mercado laboral o carece de posibilidades reales de elegir?
Así se puede establecer una línea histórica que une a Anders Chydenius, Karl Staaff, Nils Edén, Bertil Ohlin y el liberalismo actual. Han cambiado radicalmente las circunstancias y también ha cambiado el contenido de la palabra “libertad”, pero existe una continuidad profunda, que es la convicción de que la sociedad debe organizarse de manera que el individuo tenga la mayor capacidad posible para dirigir su propia vida. La gran pregunta para el liberalismo sueco del siglo XXI es, por tanto, si será capaz de convertir esa antigua tradición de libertad en un proyecto político convincente para una sociedad en la que muchas libertades ya se consideran conquistadas, pero en la que siguen existiendo nuevas formas de dependencia, desigualdad y falta de oportunidades.
Y en esto llegamos a las próximas elecciones del 13 de septiembre. El problema que tenemos los liberales ante las elecciones del 13 de septiembre es, en realidad, mucho más profundo que estar simplemente por debajo del cuatro por ciento. Las encuestas más recientes nos sitúan alrededor del 2 por ciento, 1,9 en Verian y 2,3 en Ipsos, de modo que la entrada en el Parlamento está hoy seriamente amenazada. Pero el problema fundamental es que hemos dejado de ocupar un espacio político claramente reconocible en la mente de una parte importante de nuestros antiguos votantes.
Durante mucho tiempo, el liberalismo sueco podía presentarse como una alternativa bastante nítida, libertad individual, educación, conocimiento, movilidad social, europeísmo, tolerancia, responsabilidad personal y una defensa firme de las instituciones democráticas. Era un partido que podía atraer a personas urbanas, educadas y profesionalmente independientes que no se identificaban ni con la socialdemocracia ni con el conservadurismo. El problema es que durante los últimos años esa identidad se ha vuelto mucho más difícil de percibir.
La paradoja es especialmente grande porque, sobre el papel, tenemos hoy una política que debería permitirnos recuperar una parte importante de ese electorado. El nuevo programa coloca la escuela, el conocimiento, los profesores, la lectura, la formación y la libertad individual en el centro. Proponemos, por ejemplo, un máximo de veinte alumnos por clase, mejores condiciones para los profesores, más libros y una mayor responsabilidad estatal sobre la escuela. Es decir, tenemos bastante de lo que históricamente ha constituido el núcleo del liberalismo sueco. Pero ese mensaje no está llegando con suficiente fuerza porque queda eclipsado por otra cuestión, léase nuestra supuesta relación con Sverigedemokraterna y nuestra decisión de continuar formando parte del proyecto de gobierno de Tidö.
Ahí está probablemente la contradicción central. Para una parte del electorado liberal, hemos dejado de ser percibidos como el partido que limita al poder conservador desde una perspectiva liberal y hemos pasado a ser percibidos como uno de los partidos que legitiman el desplazamiento de la política sueca hacia la derecha. El giro de marzo, cuando el partido aceptó la posibilidad de que SD entrara en un futuro gobierno de Tidö, no produjo el esperado salto electoral, y en abril Verian seguía situando a L en el 2,2 por ciento, y señalaba precisamente que el cambio no había generado un impulso significativo.
Y esto nos coloca ante un problema muy delicado: podemos perder por los dos lados. Los electores que quieren una política más dura en inmigración, delincuencia y seguridad tienen una alternativa mucho más grande y poderosa en SD. Los electores que quieren una política liberal, europea, educativa, individualista y abierta pueden preguntarse por qué deben votar a Liberalerna cuando pueden hacerlo por otros partidos del centro o de la oposición. En otras palabras, corremos el riesgo de no ser suficientemente conservadores para conquistar al votante de derechas ni suficientemente liberales para conservar al votante liberal tradicional. Tenemos sin duda un problema de posicionamiento. Y la elección del 13 de septiembre es, en buena medida, una batalla por demostrar que todavía existe un espacio político propio para el liberalismo.
Además, hay una segunda dificultad, la política actual premia mucho más la identidad que la argumentación. La campaña está dominada por cuestiones como el coste de la vida, la inmigración, la delincuencia, la energía y la seguridad. En ese contexto, explicar una política liberal compleja, por ejemplo, por qué la educación es la principal política de libertad, por qué necesitamos una escuela estatal fuerte pero mantener la posibilidad de elegir escuela, o por qué Europa es una condición de nuestra libertad, resulta mucho más difícil que ofrecer un mensaje sencillo sobre impuestos, delincuencia o inmigración.
Y aquí creo que tenemos una oportunidad que todavía no estamos aprovechando suficientemente: la escuela. La escuela permite conectar prácticamente todas nuestras ideas. El liberalismo puede decir que la libertad no consiste simplemente en que el Estado te deje tranquilo; consiste en que tengas realmente las capacidades necesarias para dirigir tu propia vida. Un niño que no aprende a leer no es verdaderamente libre. Un joven que abandona la escuela sin conocimientos tampoco. Un profesor que no puede mantener el orden en su aula tampoco tiene libertad profesional. Y una sociedad en la que el origen familiar determina demasiado el futuro de los hijos tampoco es una sociedad liberal.
Eso nos permitiría volver a una idea muy poderosa, el liberalismo como la política de las oportunidades reales. No como una versión amable del conservadurismo, ni como una izquierda moderada, sino como una fuerza que quiere que cada persona pueda convertirse en autora de su propia vida. Y ahí aparece, a mi juicio, la pregunta decisiva para el 13 de septiembre: ¿qué queremos que piense un votante cuando vea la papeleta de Liberalerna? Si la respuesta es solamente “un partido más dentro de Tidö”, tenemos un problema enorme. Si conseguimos que piense “este es el partido que defiende la escuela, el conocimiento, la libertad individual, Europa, la responsabilidad y la posibilidad de que cada persona avance por sus propios medios”, entonces todavía existe un espacio político muy importante. Porque hay algo paradójico en las cifras actuales, como partido, estamos electoralmente muy débiles, pero las ideas liberales no han desaparecido. El desafío consiste en conseguir que el elector vuelva a identificar esas ideas con nosotros. Y eso exige algo más que pedir un voto táctico para salvar el cuatro por ciento. Hay que explicar por qué debe existir Liberalerna después del 13 de septiembre.
La propia campaña actual ha optado en parte por el argumento táctico, “sin nosotros, la izquierda”, pero ese mensaje puede ser insuficiente precisamente porque convierte al partido en un instrumento para mantener a otros en el poder. Nuestro argumento más fuerte debería ser el contrario: no pedir que nos voten para evitar que gane alguien, sino explicar qué tipo de Suecia queremos construir si ganamos nosotros. Y, especialmente para un partido como el nuestro, yo lo resumiría en una frase, tenemos que dejar de preguntarnos cómo conseguimos que la gente vote a Liberalerna y volver a preguntarnos por qué un liberal necesita que exista Liberalerna. Ahora me voy a Stortorget, a tratar de explicar nuestra política a los votantes desde nuestra cabina electoral.
































