Mi querido hijo Samuel, un joven serio del que respeto su sólido conocimiento y gran cultura general, entró en mi cuarto hace unos pocos días y se dirigió a mí con estas palabras: Papá, ¿estás seguro que la historia eximirá de culpa al gobierno israelí de lo que está ocurriendo a partir del 7 de octubre de 2023? Su pregunta venía de una conversación que habíamos tenido hace un par de años, cuando el ataque de Hamas todavía estaba presente en la memoria.
Yo había dicho algo así como que “el pueblo judío tiene derecho a defender su existencia” y había explicado brevemente la historia de persecuciones, pogromos e intentos de exterminio a los que ese pueblo había sido sometido desde hace más de 2000 años. Tras escuchar su pregunta, quede pensando en silencio, y el no esperó tampoco una respuesta de mi parte. Su pregunta era retórica, o más bien una afirmación retrospectiva, apoyada en los hechos recientes. Desde entonces no he dejado de pensar en su pregunta y voy a tratar de formular una respuesta, que necesariamente será extensa. Quiero dejar claro que lo que escribo es simplemente lo que creo saber, tras una vida de estudio de la historia, y no quiero dar la impresión de contundencia científica, sino, simplemente explicar, cómo interpreto yo las fuentes de las que disponemos.
¿Quién es judío?
Empezaré por tratar de explicar los conceptos de “judío” e “Israel”, porque se confunden con frecuencia, lo que a mi entender contribuye a dificultar el análisis de lo que está ocurriendo. “israelí” no es lo mismo que “judío”: un israelí es simplemente un ciudadano del Estado de Israel, que puede ser judío, pero también árabe, cristiano, musulmán u otras minorías. Desde el punto de vista religioso tradicional del judaísmo, se considera judía a la persona que ha nacido de madre judía o que se ha convertido formalmente al judaísmo siguiendo sus normas. Este criterio es el que sigue el judaísmo ortodoxo y, con matices, también otras corrientes. Desde una perspectiva más amplia, especialmente en contextos modernos y seculares, también puede considerarse judía a una persona que se identifica como tal por su cultura, su historia familiar o su pertenencia a un pueblo, aunque no practique la religión. En este sentido, el judaísmo es a la vez religión, cultura y pueblo. También existen diferencias entre corrientes: por ejemplo, algunas ramas del judaísmo reformista aceptan como judíos a quienes tienen padre judío y se identifican como tales.
Israel como estado
El moderno Estado de Israel fue fundado en 1948, tras la resolución de partición de Palestina aprobada por la Naciones Unidas y en el contexto inmediato posterior al Holocausto, que dio un impulso decisivo al sionismo, el movimiento que defendía la creación de un hogar nacional judío. Para muchos judíos, Israel representa precisamente eso: el cumplimiento de una aspiración histórica de retorno a una tierra asociada durante siglos a su identidad religiosa y cultural. Sin embargo, no todos los judíos lo ven de la misma manera. Existen corrientes dentro del propio judaísmo que cuestionan la legitimidad del Estado moderno de Israel. Algunos grupos religiosos, especialmente ultraortodoxos, consideran que un Estado judío solo debería establecerse con la llegada del Mesías, y que la creación de Israel por medios políticos y humanos es, por tanto, prematura o incluso contraria a la voluntad divina. Otros judíos, desde posiciones más políticas o éticas, critican al Estado de Israel por su actuación en el conflicto con los palestinos o por considerar que no representa los valores universales que asocian al judaísmo.
Al mismo tiempo, hay personas que no son judías, al menos según los criterios religiosos tradicionales, que se identifican como “israelitas”. Aquí conviene distinguir términos. “Israelita” puede tener un sentido histórico o bíblico, refiriéndose a los antiguos pueblos de Israel descritos en la Biblia. En algunos movimientos religiosos contemporáneos, especialmente fuera del judaísmo, hay grupos que se consideran descendientes espirituales o incluso biológicos de las tribus de Israel, aunque no sean reconocidos como judíos por las autoridades religiosas judías. Ejemplos de ello son ciertos movimientos afroamericanos o cristianos que reinterpretan la historia bíblica y se identifican con el pueblo de Israel desde una perspectiva simbólica o teológica.
Un paseo por la historia y sus fuentes
Pasemos a la historia. La historia más antigua del pueblo judío se reconstruye a partir de tres grandes tipos de fuentes: los textos bíblicos, que ofrecen una memoria teológica y narrativa; las evidencias arqueológicas, que muestran la realidad material y social; y los documentos de pueblos vecinos, que aportan referencias externas. Entre ellas no siempre hay coincidencia plena.
La principal fuente es la Biblia hebrea, especialmente los libros del Pentateuco: Génesis, Éxodo, etc., donde se narran los orígenes del pueblo de Israel, los patriarcas como Abraham, Isaac y Jacob, la estancia en Egipto y la liberación bajo Moisés, así como la formación de una identidad colectiva en torno a una alianza con Dios. Estos textos fueron redactados y compilados siglos después de los hechos que describen, probablemente entre los siglos VIII y V a.C., lo que plantea problemas históricos: contienen elementos teológicos, simbólicos y narrativos que no siempre pueden tomarse como crónica literal.
Desde el punto de vista arqueológico, el panorama es más matizado. No hay pruebas directas que confirmen algunos episodios centrales de la narrativa bíblica temprana, como el Éxodo tal como se describe. Sin embargo, sí existen indicios de la presencia de poblaciones semíticas en la región de Canaán durante el segundo milenio anterior a nuestra era, y de la formación progresiva de una identidad israelita dentro de ese contexto. Un hallazgo clave es la Estela de Merneptah[1], donde aparece por primera vez el nombre “Israel”, no como un reino, sino como un grupo o pueblo en Canaán.
Traducción de Flinders Petrie y Wilhelm Spiegelberg:
Los príncipes están postrados, diciendo: ¡clemencia!
Ninguno alza su cabeza a lo largo de los Nueve Arcos (Países extranjeros).
Libia está desolada, Hatti está pacificada,
Canaán está despojada de todo lo que tenía malo,
Ascalón está deportada, Gezer está tomada,
Yanoam parece como si no hubiese existido jamás,
Isr[A]r (Israel) está derribado y yermo, no tiene semilla.
Siria se ha convertido en una viuda para Egipto.
¡Todas las tierras están unidas, están pacificadas!
Referente a la existencia de un antiguo Estado de Israel, la arqueología confirma que, entre los siglos XII y X a.C., se produce una transformación en las tierras altas de Canaán: con nuevos asentamientos de carácter rural, que muchos investigadores asocian con el surgimiento de las primeras comunidades israelitas. Estas poblaciones parecen haber evolucionado en gran medida desde dentro del propio mundo cananeo, más que como resultado de una conquista externa masiva tal como la describe la Biblia hebrea.
A partir del siglo IX a.C., entramos ya en un terreno más sólido desde el punto de vista histórico. Existen referencias externas a reinos organizados, como el Reino de Israel (al norte) y el Reino de Judá (al sur). Por ejemplo, la Estela de Tel Dan[2] menciona la “Casa de David”, lo que sugiere que la figura de David, aunque posiblemente idealizada, podría tener una base histórica dinástica.
También hay abundantes fuentes asirias que documentan campañas militares contra el Reino de Israel, así como la conquista de Samaria en el año 722 a.C. Más tarde, fuentes babilónicas registran la caída de Jerusalén en 586 a.C. y el llamado exilio en Babilonia, un acontecimiento clave en la formación de la identidad judía. Las certezas históricas sobre el Israel antiguo son por tanto, la existencia de un grupo llamado Israel en Canaán ya en el siglo XIII a.C.; la formación progresiva de comunidades en la región; la aparición de reinos organizados en los siglos IX–VII a.C.; y su interacción, a menudo conflictiva, con grandes potencias como Asiria y Babilonia. Debemos tener en cuenta que se trata de un grupo semítico, en principio un grupo cercano al de los pueblos árabes que, a lo largo de siglos, se diferenciaron por su ubicación, lengua, cultura y evolución histórica.
Tras el breve periodo de un reino unificado, durante el reinado de David y Salomón, entramos ya en terreno firmemente documentado. Tras la supuesta monarquía unida, el territorio se divide en dos entidades políticas: El Reino de Israel (al norte), con capital en Samaria y El Reino de Judá (al sur), con capital en Jerusalén.
Ambos reinos aparecen en fuentes externas, especialmente asirias. El Reino de Israel fue conquistado por el Imperio asirio en 722 a.C., lo que supuso su desaparición política, mientras El Reino de Judá sobrevivió más tiempo, hasta que fue conquistado por el Imperio babilónico en 586 a.C., evento que llevó a la destrucción de Jerusalén y al exilio de parte de su población.
La caída del templo y la producción de los textos fundamentales
La caída de Jerusalén a manos del Imperio babilónico y la destrucción del Templo, es un acontecimiento clave, seguido del exilio de parte de la élite del Reino de Judá. Este episodio, conocido como el Exilio babilónico, supone una ruptura radical, ya que desaparece el Estado, se pierde el centro político y religioso, y el pueblo queda disperso. Y, sin embargo, es precisamente en esa ruptura donde ocurre algo decisivo.
En primer lugar, se consolida la escritura y compilación de los textos fundamentales. Gran parte de la Biblia hebrea adquiere su forma en este periodo o poco después. Las antiguas tradiciones, sobre los patriarcas, el éxodo, los reyes, se recopilan, reinterpretan y organizan. Es decir, el pasado se convierte en historia consciente. Nace el relato estructurado de la historia del pueblo hebreo.
En segundo lugar, y esto es muy importante se transforma la religión. Sin templo, sin sacrificios y lejos de la tierra, la relación con Dios se interioriza. Se pasa de una religión ligada a un lugar a una religión portátil, basada en la ley, la palabra y la comunidad. Aquí se sientan las bases del judaísmo como lo conocemos después.
En tercer lugar, nace una identidad que no depende del Estado. Antes del 586 a.C., “Israel” era sobre todo una entidad política con reinos, territorio, dinastías. Después del exilio, se convierte en un pueblo que puede sobrevivir sin soberanía, unido por la ley, la tradición y la memoria. Esta es una transformación fundamental, porque explica la continuidad histórica del pueblo judío a lo largo de siglos de dispersión. Me decía un amigo judío que el llevaba su religión, su estado y su identidad en la maleta.
Además, desde el punto de vista historiográfico, es a partir de este momento cuando disponemos de una tradición más coherente, reflexiva y con intención de interpretar el pasado. La historia deja de ser solo sucesión de hechos y se convierte en una historia con sentido, en la que se busca explicar el sufrimiento, la derrota y la esperanza.
Por eso, muchos historiadores sostienen que la “historia de Israel”, no como hechos, sino como conciencia histórica, comienza realmente en el momento en que el pueblo, al perderlo todo, se ve obligado a repensarse a sí mismo. El año 586 a.C. marca el paso de un Israel político a un Israel espiritual e histórico. Y es ese segundo Israel, nacido en la crisis del exilio, el que ha perdurado hasta nuestros días.
Otro giro decisivo llega en el 539 a. C., cuando el imperio persa, bajo Ciro el Grande, conquista Babilonia. Ciro permite el regreso de los deportados y la reconstrucción del templo en Jerusalén. Comienza así el llamado periodo persa, durante el cual se restablece la vida en Judea, aunque bajo dominio extranjero. El Segundo Templo se reconstruye hacia el 516 a. C., y figuras como Esdras y Nehemías impulsan una reorganización religiosa centrada en la ley, reforzando la identidad del pueblo en torno a la Torá.
Parte del mundo helenístico
Posteriormente, con la conquista de la región por Alejandro Magno en el siglo IV a. C., Judea entra en la órbita del mundo helenístico. Tras la muerte de Alejandro, el territorio queda disputado entre los sucesores, primero bajo dominio de los ptolomeos de Egipto y luego de los seléucidas de Siria. Este periodo introduce una fuerte influencia cultural griega, que genera tensiones internas entre quienes adoptan elementos helenísticos y quienes defienden las tradiciones judías.
Estas tensiones desembocan en la revuelta de los Macabeos en el siglo II a. C., contra el dominio seléucida y las imposiciones religiosas del rey Antíoco IV Epífanes. La revuelta culmina con la purificación del templo y la instauración de un reino judío independiente bajo la dinastía asmonea. Es un momento breve[3] pero significativo de autonomía política y religiosa, en el que el judaísmo se refuerza como identidad nacional.
Sin embargo, en el año 63 a. C., el general romano Pompeyo conquista Jerusalén, y Judea pasa a formar parte del ámbito de Roma. Aunque se mantiene cierta autonomía bajo reyes como Herodes el Grande, la región está sujeta al poder imperial. Durante este periodo surgen diversas corrientes dentro del judaísmo, fariseos, saduceos, esenios, que reflejan distintas formas de interpretar la ley y la tradición en un contexto de dominación extranjera.
El siglo I d. C. está marcado por crecientes tensiones entre la población judía y la autoridad romana, alimentadas por factores políticos, sociales y religiosos. Estas tensiones desembocan en la gran revuelta judía contra Roma (66–70 d. C.). La respuesta romana es contundente: en el año 70 d. C., las legiones al mando de Tito destruyen Jerusalén y el Segundo Templo. Este acontecimiento marca el final de una era. Con la desaparición del templo, el judaísmo se transforma de nuevo: deja de ser una religión centrada en el sacrificio y el santuario para convertirse en una religión de estudio, ley y comunidad, base del judaísmo rabínico que se desarrollará en los siglos posteriores.
El carpintero que cambió el mundo
Antes de la conquista de Tito ocurrió algo que para siempre marcaría la historia mundial y para parte del pueblo hebreo, su religión y tradición. La aparición de Jesús y sus predicaciones impactó profundamente al pueblo hebreo de su tiempo, aunque de manera desigual. Religiosamente, ofreció una interpretación más misericordiosa y cercana de la Ley, generando tanto esperanza entre los marginados como rechazo entre los líderes religiosos tradicionales. Socialmente, su mensaje promovía inclusión y solidaridad, desafiando jerarquías establecidas y atrayendo a sectores humildes. Políticamente, su proclamación mesiánica fue percibida como una amenaza por las autoridades judías y romanas, lo que llevó a su crucifixión. A largo plazo, aunque muchos hebreos se distanciaron de sus enseñanzas, su influencia sentó las bases de transformaciones religiosas y culturales que superarían su contexto histórico inmediato.
El Mesías, que significa “ungido”, era originalmente una figura elegida por Dios, como un rey, sacerdote o profeta, con una misión concreta para guiar y proteger a Israel. Con el tiempo, especialmente durante épocas de opresión, se le esperaba como un salvador que restauraría la justicia, la paz y la independencia del pueblo, ya fuera como líder político o guía espiritual. Jesús fue considerado por sus seguidores como el Mesías, pero su mensaje se centraba en un Reino de Dios espiritual, enfocado en la misericordia y la transformación interior, lo que contrastaba con las expectativas tradicionales del Mesías como líder terrenal.
Judíos y cristianos
Tras la predicación de Jesús, los judíos se dividieron entre los que creían en él como Mesías, principalmente sectores populares que aceptaban su mensaje sobre el Reino de Dios y la misericordia, y los que no creían, la mayoría del judaísmo tradicional, que esperaba un Mesías político o militar y veía sus enseñanzas como una amenaza al orden religioso y social. Inicialmente muchos creyentes seguían participando en la vida judía, pero con el tiempo y especialmente tras la destrucción del Templo en 70 d.C., los seguidores de Jesús se separaron definitivamente del judaísmo, dando origen al cristianismo como religión distinta y abierta a gentiles.
Tras la muerte de Jesús en la cruz, se inicia una expansión cultural y religiosa de carácter judeocristiano: sus seguidores difunden sus enseñanzas por toda la región mediterránea, reinterpretando la tradición hebrea a la luz de su mensaje sobre el Reino de Dios, la misericordia y la salvación universal. Estas primeras comunidades cristianas mantienen raíces judías, pero van incorporando elementos nuevos que atraerán a gentiles y consolidarán una identidad distinta, basada en la fe en Jesús como Mesías. Al mismo tiempo, los judíos que no aceptaron a Jesús permanecen como una minoría dentro de territorios cada vez más cristianizados, conservando sus prácticas, su lengua y sus costumbres, pero aislados social y religiosamente, lo que marca una separación definitiva entre judaísmo y cristianismo en la historia posterior.
Tras la muerte de Jesús, la Torá triunfa al integrarse en la expansión del cristianismo, reinterpretada y difundida a través de sus enseñanzas, convirtiéndose en la base cultural y espiritual de una nueva fe que se extiende por el mundo mediterráneo y europeo. Al mismo tiempo, los judíos que no aceptaron a Jesús como Mesías quedan marginados, aislados y convertidos en minoría, preservando sus prácticas, su lengua y su identidad, mientras su tradición original es absorbida y transformada por el cristianismo, consolidando así una separación definitiva entre judaísmo y judeocristianismo.
El antisemitismo
Es verdaderamente extraño que, de una religión surgida del judaísmo, que toma la Torá como base y veneración, surja un antisemitismo estructural. Mientras el cristianismo se expande y se consolida como religión dominante en Europa, los judíos que mantienen la tradición original quedan marginados, aislados y a menudo culpados de la muerte de Jesús. Así, la misma raíz hebrea que inspira y nutre al cristianismo se convierte en motivo de segregación y persecución, mostrando la paradoja histórica de que una fe nacida del judaísmo termine alimentando la hostilidad hacia quienes lo practican.
Las raíces del antisemitismo son complejas y se entrelazan a lo largo de la historia. Desde el cristianismo primitivo, los judíos fueron acusados de la muerte de Jesús y vistos como reacios a aceptar la “verdad”, lo que los marcó como distintos. Su aislamiento en guetos y comunidades cerradas, sus costumbres y su lengua generaron desconfianza, mientras que su concentración en oficios como el comercio y la banca provocó resentimiento económico. Todo esto, junto con la percepción cultural de “lo otro” frente a la mayoría cristiana, alimentó expulsiones, pogromos y persecuciones, mostrando cómo factores religiosos, sociales, económicos y simbólicos se combinaron para consolidar siglos de hostilidad.
La diáspora constante
Durante la Edad Media, el antisemitismo se intensifica con acusaciones de crímenes rituales, control económico y herejía, estableciéndose guetos, expulsiones y pogromos, consolidando así un odio estructural que marcará la historia europea durante siglos. Sefarad es el nombre bíblico que designa a la península ibérica y simboliza la comunidad judía que floreció en España antes de 1492. Los sefardíes desarrollaron una cultura rica, combinando tradiciones judías con influencias españolas y árabes, destacando en la filosofía, la medicina, el comercio y la poesía. Tras la expulsión ordenada por los Reyes Católicos, muchos se dispersaron por el Imperio Otomano, el norte de África, Italia y los Países Bajos, llevando consigo su lengua, el ladino, y preservando sus costumbres y su identidad, que perduran hasta hoy en la diáspora sefardí.
Los ashkenazíes son la comunidad judía originaria de Europa Central y del Este, que desarrolló su identidad adaptándose a las lenguas y costumbres locales pero preservando la Torá y la tradición hebrea. Crearon una cultura propia, con su idioma, el yidis, y tradiciones religiosas, literarias y musicales distintivas. A lo largo de la historia enfrentaron persecuciones, expulsiones y pogromos, pero también dejaron una profunda huella en el pensamiento religioso, la filosofía, la literatura y las ciencias, manteniendo viva su identidad en medio de un mundo muchas veces hostil.
El Holocausto
El antisemitismo se institucionalizó mediante leyes, guetos y expulsiones; en la Edad Moderna se acusaba a los judíos de conspiraciones o manipular la economía; en el siglo XIX surgió un antisemitismo racial ligado a teorías nacionalistas; y en el siglo XX alcanzó su forma más extrema con el nazismo, que convirtió el odio hacia los judíos en política de Estado, culminando en el Holocausto, que es uno de los genocidios más documentados de la historia y sus cifras han sido cuidadosamente investigadas por historiadores y organismos especializados: Se estima que aproximadamente 6 millones de judíos fueron asesinados por el régimen nazi y sus colaboradores entre 1941 y 1945. Entre las víctimas había 1,5 millones de niños judíos. Además de los judíos, los nazis persiguieron a otros grupos: 2 a 3 millones de prisioneros de guerra soviéticos murieron en condiciones de hambre y ejecuciones. 200.000 a 250.000 gitanos (romaníes y sinti) fueron asesinados. Decenas de miles de personas con discapacidades, comunistas, socialistas, testigos de Jehová, homosexuales y otros grupos considerados “indeseables”.
Las muertes se produjeron en campos de concentración y exterminio como Auschwitz-Birkenau, Treblinka, Sobibor, Majdanek y Chelmno, mediante fusilamientos, trabajo forzado, hambre, enfermedades y cámaras de gas. Algunos líderes palestinos adoptaron estrategias de alianza con los nazis, Haj Amin al-Husseini, el Gran Muftí de Jerusalén, fue el líder más conocido que colaboró activamente con los nazis. Buscó apoyo de Alemania y el Eje para impedir la creación de un Estado judío en Palestina y promovió propaganda antisemita, llegando a reunirse con Hitler y apoyar políticas que afectaban a los judíos europeos.
Aunque no todos los palestinos ni todos los líderes árabes compartieron esta postura; muchos estaban motivados por la oposición al sionismo y al mandato británico que por la ideología nazi en sí. La colaboración con los nazis se centró en objetivos políticos locales, como impedir la inmigración judía y frenar la formación de un Estado judío, más que en abrazar plenamente el antisemitismo racial de Alemania, aunque sí hubo participación en propaganda y acciones antijudías.
El sionismo
El sionismo es un movimiento político, ideológico y nacionalista surgido a finales del siglo XIX que buscaba establecer un hogar nacional para el pueblo judío en la región histórica de Palestina, impulsado por la necesidad de garantizar seguridad, autonomía y preservación cultural tras siglos de persecución y antisemitismo en Europa. Su origen se vincula a las ideas de Theodor Herzl, quien, tras observar el antisemitismo en Europa central y el caso Dreyfus en Francia, promovió la necesidad de un Estado judío soberano como respuesta a la discriminación y la violencia.
El sionismo combinaba elementos nacionales, culturales y religiosos, aunque inicialmente fue mayormente secular y político, centrado en la creación de instituciones y asentamientos en Palestina. A lo largo de su historia, se diversificó en corrientes: Sionismo político, enfocado en diplomacia y reconocimiento internacional. Sionismo laboral o socialista, que impulsaba kibutzim y asentamientos agrícolas como base de la sociedad futura. Sionismo religioso, que veía la recuperación de la Tierra de Israel como cumplimiento de la promesa divina.
Tras el Holocausto y la Segunda Guerra Mundial, el sionismo logró apoyo internacional decisivo, culminando en la proclamación del Estado de Israel en 1948, consolidando la idea de un hogar seguro y soberano para los judíos. El sionismo es la respuesta moderna del pueblo judío a siglos de persecución y dispersión, un movimiento que combina identidad nacional, histórica y cultural con el proyecto político de un Estado propio.
La fundación del Estado de Israel y la reacción de los países árabes
El conflicto entre palestinos y judíos surge con la fundación del Estado de Israel en 1948, cuando se declara un Estado judío en una región donde ya vivía una población árabe palestina con siglos de raíces históricas y culturales. La resolución de partición de la ONU de 1947, que proponía dividir Palestina en dos estados, fue aceptada por los líderes judíos pero rechazada por los árabes, quienes consideraban que perdían tierras y soberanía. La proclamación de Israel provocó la primera guerra árabe-israelí, con la intervención de los estados vecinos, y resultó en el desplazamiento de cientos de miles de palestinos, un éxodo conocido como la Nakba. Desde entonces, la región ha vivido un conflicto prolongado, marcado por guerras, ocupaciones, asentamientos y reivindicaciones territoriales, donde se enfrentan la necesidad de seguridad y autodeterminación de Israel con los derechos históricos y nacionales de los palestinos.
Tras la creación del Estado de Israel en 1948, los países árabes vecinos emprendieron varios intentos militares y políticos para eliminarlo, marcando décadas de conflicto en Oriente Medio. Inmediatamente tras la proclamación de Israel, Egipto, Jordania, Siria, Líbano e Irak invadieron el territorio intentando impedir la consolidación del nuevo Estado, pero Israel logró resistir y ampliar sus fronteras más allá del plan de partición de la ONU.
En 1956, durante la crisis de Suez, Egipto nacionalizó el Canal de Suez y la intervención militar conjunta de Israel, Reino Unido y Francia mostró la tensión permanente entre Israel y los estados árabes. En 1967, durante la Guerra de los Seis Días, Israel, anticipando ataques coordinados de Egipto, Siria y Jordania, lanzó un ataque preventivo y ocupó la Franja de Gaza, Cisjordania, Jerusalén Este, los Altos del Golán y la península del Sinaí, consolidando su posición, pero aumentando las reivindicaciones árabes de destrucción del Estado israelí.
En 1973, durante la Guerra de Yom Kipur, Egipto y Siria atacaron sorpresivamente a Israel intentando recuperar territorios perdidos, y aunque Israel repelió la ofensiva, quedó demostrada la continuidad de los intentos árabes de eliminar o reducir al Estado israelí. Además de las guerras, algunos estados árabes y grupos militantes palestinos promovieron boicots, propaganda y ataques terroristas contra Israel y sus ciudadanos, buscando debilitar su existencia. En conjunto, desde 1948 hasta finales del siglo XX, los intentos árabes por desaparecer Israel combinaron guerra abierta, presiones diplomáticas y conflictos fronterizos, aunque Israel logró consolidar su existencia y mantener su soberanía.
La lucha armada palestina
Al-Fatah y Hamas son dos de los principales movimientos políticos y militares palestinos, con raíces, estrategias y objetivos distintos dentro del conflicto con Israel: Al-Fatah: Fundado en 1959 por Yasser Arafat y otros líderes palestinos, es un movimiento nacionalista secular que buscó inicialmente la liberación de Palestina mediante la lucha armada, pero con el tiempo ha apostado por negociaciones políticas y acuerdos con Israel, como los Acuerdos de Oslo de 1993. Es la fuerza dominante en la Autoridad Palestina, especialmente en Cisjordania.
Hamas: Fundado en 1987 durante la Primera Intifada, es un movimiento islamista que combina actividad social, religiosa y militar. Su Carta fundacional promovía la resistencia armada contra Israel y la creación de un Estado islámico en toda Palestina histórica. Hamas tiene fuerte presencia en la Franja de Gaza y es considerado por muchos países como organización terrorista debido a sus atentados y ataques indiscriminados.
Diferencias clave: Al-Fatah es más secular y pragmático, dispuesto a negociar la existencia de Israel a cambio de un Estado palestino, mientras que Hamas es más religioso e intransigente, centrado en la resistencia armada y en la retórica de confrontación.
Ambos han estado involucrados en Intifadas, negociaciones de paz y enfrentamientos militares con Israel, pero también han tenido conflictos internos entre ellos por el control político de los territorios palestinos. La Intifada es el nombre de los levantamientos populares palestinos contra la ocupación israelí, expresando frustración y resistencia ante la falta de libertad y autodeterminación. La primera, entre 1987 y 1993, comenzó en Gaza y Cisjordania con protestas, huelgas y ataques de piedras, atrayendo atención internacional y conduciendo a los Acuerdos de Oslo. La segunda, entre 2000 y 2005, fue mucho más violenta, con atentados suicidas palestinos y fuertes operaciones militares israelíes, causando miles de muertos y profundizando la desconfianza y la polarización. Ambas Intifadas muestran cómo la resistencia palestina ha marcado la dinámica del conflicto y dejado cicatrices profundas en ambas sociedades.
Gaza
La Franja de Gaza es un territorio palestino estrecho y densamente poblado, situado en la costa del Mediterráneo, fronterizo con Israel y Egipto, que se ha convertido en el epicentro de uno de los conflictos más complejos del mundo. Tras la retirada israelí en 2005, Gaza quedó bajo control palestino, pero pronto Hamas asumió el poder, enfrentándose a Al-Fatah y estableciendo un gobierno de facto. La problemática de Gaza tiene varias dimensiones:
Israel mantiene un bloqueo parcial sobre Gaza, controlando fronteras, espacio aéreo y marítimo, argumentando razones de seguridad frente a ataques con cohetes. Esto genera tensiones constantes y limita la movilidad de personas y bienes. La población sufre altos niveles de pobreza, desempleo y escasez de recursos básicos, incluyendo agua potable, electricidad y servicios médicos, exacerbados por los conflictos armados periódicos.
Hamas mantiene estructuras militares y lanza ataques contra Israel, lo que provoca represalias, bombardeos y enfrentamientos recurrentes, dejando a la población civil atrapada entre ambos bandos. La rivalidad entre Hamas y Al-Fatah dificulta la gobernanza unificada de los territorios palestinos y complica los esfuerzos de paz o mediación internacional. La Franja de Gaza es, por tanto, un territorio marcado por el aislamiento, la tensión política y el sufrimiento humano, donde la lucha entre Israel y grupos palestinos, junto con la fragmentación interna, mantiene una situación crónica de crisis y conflicto.
Israel mantiene el bloqueo sobre la Franja de Gaza principalmente por razones de seguridad, buscando impedir que grupos armados como Hamas o la Yihad Islámica introduzcan armas y explosivos para atacar su territorio. El bloqueo le permite controlar fronteras, supervisar quién entra y sale, y destruir túneles utilizados para infiltraciones o contrabando, además de presionar políticamente a Hamas para limitar su capacidad militar y administrativa. Aunque estas medidas protegen a Israel, generan una grave crisis humanitaria en Gaza, con escasez de alimentos, agua, electricidad y medicinas, dejando a la población civil atrapada entre la seguridad israelí y la presión del bloqueo.
Los que mantienen a Hamas
Hamas recibe armas, recursos y apoyo principalmente de actores estatales y no estatales que comparten su agenda política y militar contra Israel. Entre los principales proveedores se encuentran Irán y Hezbolá. Irán, que es el principal patrocinador de Hamas, suministra armas, cohetes, entrenamiento militar y fondos. Irán ve a Hamas como un aliado estratégico en su confrontación con Israel y en la influencia regional. Hezbolá, grupo Shi libanés, ha colaborado con Hamas en entrenamiento militar, tácticas de guerra urbana y transferencia de tecnología de cohetes. A esto se suman donaciones y organizaciones externas: Algunos grupos islámicos y donantes privados, principalmente de países del Golfo, han enviado fondos y ayuda humanitaria que en ocasiones se redirige a fines militares.
Dentro de Gaza, Hamas fabrica cohetes y explosivos de manera artesanal y utiliza túneles de contrabando desde Egipto para introducir armamento, materiales para la fabricación de misiles y equipos militares. Este apoyo externo combinado con producción interna permite que Hamas mantenga su capacidad militar, aunque siempre bajo presión del bloqueo israelí y los esfuerzos de seguridad internacionales.
El ataque del 7 de octubre
El ataque de Hamas a Israel el 7 de octubre de 2023 fue un asalto militar sorpresa de gran escala que marcó el inicio de una nueva fase del conflicto entre Israel y los grupos armados palestinos, y desencadenó la guerra en la Franja de Gaza que siguió en los meses posteriores. En la mañana de ese día, durante una festividad judía, Hamas lanzó miles de cohetes desde la Franja de Gaza hacia comunidades israelíes y al mismo tiempo militantes atravesaron la barrera fronteriza en múltiples puntos utilizando vehículos, tractores, paracaídas y otros medios, sorprendiendo a las fuerzas israelíes.
Los atacantes no solo dispararon cohetes, sino que entraron en poblados y kibutzim cercanos a Gaza, donde mataron a civiles y soldados, incendiaron viviendas y cometieron atrocidades contra la población civil, incluyendo en un festival de música al aire libre, que fue uno de los episodios más mortíferos del ataque. El resultado fue uno de los días más sangrientos en la historia de Israel: según los balances disponibles, alrededor de 1 200 personas murieron, incluyendo cientos de civiles, entre ellos mujeres y niños, además de miles de heridos, y unos 250 civiles y militares fueron capturados y llevados a Gaza como rehenes.
El ataque sorprendió a la sociedad israelí y fue descrito por algunos líderes como la peor masacre de judíos en un solo día desde el Holocausto, debido a la magnitud y brutalidad de los atentados contra civiles. En respuesta, el gobierno israelí declaró formalmente la guerra a Hamas, comenzando una intensa campaña militar en la Franja de Gaza, que ha continuado con enfrentamientos, bombardeos e incursiones, y que ha tenido un enorme coste humano y material, especialmente para la población civil de Gaza.
Guerra de exterminio contra Hamas
La guerra entre Israel y Hamas, iniciada tras el ataque sorpresa del 7 de octubre de 2023, dejó un saldo devastador, ya que en Gaza murieron más de 59 000 palestinos y alrededor de 142 000 resultaron heridos, mientras casi 1,9 millones de personas fueron desplazadas dentro del territorio; en Israel, unos 1 139 civiles y soldados murieron y miles resultaron heridos, además de que muchos fueron secuestrados como rehenes, provocando también evacuaciones de entre 200 000 y 240 000 israelíes en las regiones fronterizas. La infraestructura civil de Gaza quedó severamente dañada, con hospitales, escuelas y viviendas destruidas, y los servicios de salud operando más allá de su capacidad. La experiencia traumática marcó profundamente la sociedad israelí, mientras que las condiciones de bloqueo, los enfrentamientos intermitentes y la violencia fronteriza mantienen la tensión y la inestabilidad en la región, sin que se haya alcanzado un acuerdo de paz duradero.
Un plan para la paz
El plan de Donald Trump para Gaza buscaba un cese inmediato de hostilidades entre Israel y Hamas, la liberación de rehenes israelíes a cambio de prisioneros palestinos, un retiro escalonado de las tropas israelíes y el desarme completo de Hamas, mientras una administración transitoria de tecnócratas palestinos supervisada por una “Board of Peace” internacional gobiernaría el territorio con fuerzas de estabilización que garantizan seguridad y control de fronteras, y un programa de reconstrucción y desarrollo económico reactivarían Gaza. Aunque el plan cuenta con respaldo internacional, su implementación enfrenta obstáculos porque Hamas exige garantías sobre la retirada israelí antes de aceptar el desarme y los conflictos regionales complican las negociaciones.
Ahora a la pregunta: ¿Cuál es la responsabilidad de Hamas en esta catástrofe para el pueblo de Gaza? Hamas es responsable de la catástrofe en Gaza porque gobierna el territorio y toma decisiones militares que ponen a la población civil en riesgo, lanzando cohetes y operando bases dentro de barrios, escuelas y hospitales, lo que provoca que los ataques israelíes golpeen a la gente común; además, sus ofensivas, como la del 7 de octubre de 2023, desencadenan represalias masivas, desplazamientos y destrucción, mientras que su control interno limita la libertad de movimiento y reprime la oposición, dejando a los habitantes atrapados entre la confrontación armada y la devastación.
Mi respuesta a la pregunta de Samuel
Y, para finalizar, un intento de respuesta a la pregunta de Samuel: ¿estás seguro que la historia eximirá de culpa al gobierno israelí de lo que está ocurriendo a partir del 7 de octubre de 2023? La respuesta es no, no es seguro que la historia eximirá al gobierno israelí de responsabilidad, porque aunque Hamas provoca conflictos y pone a la población civil en riesgo, Israel también carga con culpa por sus decisiones: sus bombardeos masivos han destruido infraestructura civil y causado miles de víctimas, el bloqueo prolongado ha generado escasez de alimentos, medicinas y agua, y cada escalada militar refleja decisiones políticas que deben evaluarse en términos de proporcionalidad y previsibilidad; en conjunto, la historia juzgará a ambos bandos según sus acciones, intenciones y consecuencias sobre la población civil.
Pero, la responsabilidad de Hamas por el gran número de víctimas en Gaza es directa y significativa, porque sus acciones militares crearon situaciones que pusieron a la población civil en riesgo, usando de escudos humanos. Hamas opera bases, almacenes de armas y lanza cohetes premeditadamente desde zonas densamente pobladas, incluyendo barrios residenciales, escuelas y hospitales, exponiendo a civiles a los ataques israelíes.
Sus ofensivas, como el ataque del 7 de octubre de 2023, desatan represalias masivas de Israel, que causan muerte, destrucción y desplazamiento y, muy importante, Hamas mantiene el poder en Gaza y limita la movilidad de la población, reprimiendo a quienes intentan escapar o buscar seguridad, lo que aumenta la vulnerabilidad de los civiles. Al priorizar objetivos militares dentro del territorio civil, Hamas asume riesgos que directamente se traducen en víctimas entre la población común.
Desde un punto de vista legal e internacional, Hamas no tiene derecho a atacar a civiles ni a lanzar cohetes indiscriminados contra Israel, porque eso viola el derecho internacional humanitario, que prohíbe atacar deliberadamente a población civil y obliga a distinguir entre objetivos militares y civiles. Por eso su “defensa” se convierte en un acto que genera muerte y destrucción en Gaza y en Israel, y no puede considerarse legítima. Si quisieran defender al pueblo palestino de manera legítima, podrían hacerlo negociando con Israel y la comunidad internacional para aliviar bloqueos, garantizar derechos humanos y promover la reconstrucción de Gaza. También podrían promover movilizaciones civiles, boicots internacionales, campañas de información y denuncia de abusos, siguiendo ejemplos históricos de movimientos de resistencia no armada. Y, en caso de operaciones militares, podrían organizar evacuaciones, refugios seguros y sistemas de alerta para minimizar víctimas en caso de ataque.
Otra forma de lucha legítima sería trabajar con ONG, Naciones Unidas y países terceros para recibir ayuda humanitaria, reconstrucción y mediación política, evitando que la población quede atrapada entre ataques y represalias. La única defensa legítima es no exponiendo a civiles a la guerra, sino usando canales legales, diplomáticos y humanitarios para proteger la vida y los derechos de la población.
La culpa en esta tragedia, creo yo, se reparte de manera compleja y multidimensional. Por un lado, Hamas tiene responsabilidad directa por colocar a la población civil en riesgo al lanzar ataques desde áreas densamente pobladas, almacenar armas en barrios, operar militarmente en medio de la gente y provocar represalias masivas. Por otro lado, Israel también carga con responsabilidad, porque sus bombardeos, incursiones y bloqueos prolongados generan destrucción generalizada, miles de muertos y condiciones de vida insoportables para la población civil de Gaza. La historia, muy probablemente, juzgará a ambos según la magnitud de sus acciones, sus intenciones y las consecuencias sobre los civiles. No será un juicio simple: Hamas será visto como provocador y responsable de exponer a su pueblo, mientras que Israel será evaluado por la proporcionalidad de su respuesta, la devastación que causó y la forma en que gestionó la seguridad y la vida de los civiles. En conjunto, la historia verá un conflicto donde la tragedia humana surge de decisiones de ambos lados, y donde la población civil quedó atrapada entre la confrontación armada y la represalia masiva. Esta es, en fin, mi respuesta.
[1] La Estela de Merneptah, también llamada Estela de la victoria o Estela de Israel, es una losa de granito gris, erigida por el rey Amenhotep III e inscrita más tarde, en el reverso, por el rey Merneptah para conmemorar su victoriosa campaña militar en tierras de Canaán hacia 1210 a. C. La estela fue descubierta en 1896 y se encuentra hoy en el Museo del Cairo, en la sala R12.
[2] La estela de Tel Dan es una piedra con inscripciones descubierta recientemente, entre 1993 y 1994 durante excavaciones llevadas a cabo en Tel Dan en el norte de Israel. Es la primera vez que se haya el nombre de David en una fuente cercana a la época en la que se cree que vivió el rey David.
[3] La dinastía asmonea gobernó Judea aproximadamente desde 167 a.C. hasta 37 a.C., por lo que duró alrededor de 130 años. Comenzó con Matatías y sus hijos, líderes de la revuelta de los Macabeos contra el Imperio seléucida, destacando Judá Macabeo y terminó con Hircanio II y la intervención romana que llevó a Herodes el Grande al poder en 37 a.C.