Mañana de Reyes. Unos cuantos grados bajo cero y nieve en el jardín. Muchos recuerdos entrañables, sobre todo uno que siempre me llega en este día: uno de mis primeros recuerdos. Tendría yo dos o tres años y no sabía muy bien lo que significaba eso de los Reyes Magos. Magia pura, era todo lo que ocurría a mi alrededor, todos los preparativos de Navidad, el nacimiento, el árbol con las bolitas, la escarcha. Las calles engalanadas, los escaparates iluminados y repletos de juguetes, las pastelerías ofreciendo promesas de sabores deliciosos. Recuerdo que me llevaron a ver a los Reyes a un centro comercial, puede haber sido Mazón o El Corte Inglés, y que a mí me daban mucho miedo esos gigantes barbudos. Recuerdo que me sentaron en las rodillas de Gaspar y sé que me hicieron una foto, que andaba en algún álbum pero que hoy no encuentro.

Una mañana como esta, me despertó la Tita y me dijo que saliera a ver lo que los Reyes me habían dejado en los zapatitos, que la noche anterior me instaron a poner bajo la ventana. Me dijeron que habían pasado por casa en mitad de la noche, sigilosos y veloces, pero se habían comido las galletas y los trocitos de turrón que les dejamos. El platito estaba vacío y, junto a mis zapatos había un paquete muy grande, tan grande como yo o más. Yo me quedé todo quieto, sin saber que hacer. Era la primera vez que yo iba a abrir un paquete por mi cuenta, sin la ayuda de nadie, bueno, casi.

Tardé mucho en abrir el paquete, pero, según iba quitando torpemente el papel, iba reconociendo, por la forma, lo que escondía. Era un camión grandísimo con la caja llena de saquitos y cada saquito estaba lleno de golosinas, todas diferentes. Había chocolate, almendras garrapiñadas, fruta escarchada, piñones, polvorones, pasas y muchas cosas más. Nadie filmó la escena porque en mi casa no teníamos cámara para filmar, tampoco sacaron una foto, pero el recuerdo es tan nítido que no necesito ese testimonio para acordarme de todo como si lo estuviera viendo en una pantalla, además, añadiendo olores y sensaciones. En este mundo en que vivimos hoy, tan repleto de imágenes, creemos que todo se ha de documentar, pero creo que la memoria es el mejor álbum, donde guardar nuestros recuerdos, aunque quizás, con el tiempo, se vayan diluyendo poco a poco.

Pasando a la actualidad, Venezuela está en todos los medios de información. No se habla de otra cosa. Muchos intentan predecir cual será el próximo paso de Trump. Aquí en Lund, hablamos mucho de la situación referente al futuro de Groenlandia, por eso de que somos vecinos de Dinamarca. Casi todos mis colegas están doloridos por el giro tomado por los Estados Unidos respecto a sus aliados europeos, especialmente contra Dinamarca, un aliado que se ha batido en guerras de los Estados Unidos y siempre se ha considerado un aliado fiable. Pero, como dijo San Pablo: “Insondables son los caminos del Señor”[1], y el señor ahora es Donald Trump, y sus caminos tan insondables como el de las alturas.

Ya puestos a revolver el mundo, muchos se preguntan hoy ¿por qué Trump no ataca a Cuba, ya que está en la zona, por decirlo así, y deja tranquila a Groenlandia? Yo quiero exponer algunas razones. Veamos:

Estados Unidos no ataca hoy a Cuba porque el cálculo estratégico ha cambiado. Cuba ya no ocupa el lugar que tuvo durante la Guerra Fría, cuando su alianza con la Unión Soviética la convertía en una pieza sensible del tablero global. Hoy la isla no proyecta poder militar, no exporta revolución, no desestabiliza a sus vecinos ni controla recursos estratégicos cuya pérdida pueda alterar el equilibrio hemisférico. Desde Washington, Cuba es un problema político y simbólico, pero ya no es un problema estratégico.

El régimen cubano, además, lleva décadas contenido. El embargo, el aislamiento financiero, la presión diplomática y el control migratorio han sido suficientes para neutralizarlo sin recurrir a la fuerza. Atacar militarmente a un Estado que ya está debilitado, sin capacidad real de respuesta ni de expansión, no aporta beneficios adicionales. Al contrario, introduciría riesgos innecesarios. Una intervención en Cuba carecería de legitimidad internacional, aunque eso no preocupe mucho a Trump, y provocaría un rechazo casi unánime en América Latina y más allá, justo en un momento en el que Estados Unidos trata de preservar apoyos a su manera en un mundo cada vez menos unipolar.

A diferencia de otros escenarios, Cuba tampoco ofrece hoy un pretexto operativo eficaz. No puede presentarse como un foco central del narcotráfico hacia Estados Unidos, ni como una amenaza terrorista, ni como un actor que ponga en peligro inmediato la estabilidad regional. Sin ese relato funcional, la intervención pierde su justificación pública. A ello se suma el factor migratorio: cualquier acción militar podría desencadenar un éxodo masivo hacia Florida, convirtiendo una operación exterior en una crisis interna de gran magnitud. Los que habéis visto la película Scarface, sabéis a lo que me refiero.

Hay, además, una razón más decisiva. Cuba, tal como está, resulta manejable. Su inmovilismo, su desgaste progresivo y su declive económico juegan a favor de quienes apuestan por el tiempo como herramienta política. Washington no necesita precipitar nada. El régimen envejece, la sociedad se erosiona y la presión actúa sin necesidad de pegar un solo tiro. En esa lógica, Cuba funciona como un problema congelado y no como una urgencia a resolver.

Por último, está el indiscutible valor simbólico del inmovilismo. Paradójicamente, Cuba es útil tal como está como ejemplo de aislamiento prolongado, como advertencia y como un residuo de la Guerra Fría que no necesita ser “resuelto”. El tiempo juega contra Cuba, no contra los Estados Unidos, cambiar ese equilibrio solo introduciría incertidumbre, cuando desde la perspectiva estadounidense, no hay urgencia porque el régimen cubano envejece, la economía se debilita, la sociedad se erosiona. Washington apuesta por el desgaste, no por la ruptura. Por eso, a diferencia de Panamá en 1989, de Irak en 2003 o de lo que hoy se ensaya en Caracas, Cuba permanece fuera del radar militar inmediato, porque no es interesante. En el orden del poder, no todo se resuelve con intervención, a veces basta con esperar y de paso poder mostrar al mundo la calamitosa situación de miseria en la que se encuentran los cubanos con su obsoleto sistema político. Cuba funciona como un escaparate de advertencia contra los efectos del comunismo, y como tal, es tolerable.

Muy diferente es la pregunta sobre si Estados Unidos podría atacar Colombia. Aquí ya hay motivo de preocupación, cuando un presidente de Estados Unidos habla públicamente de un país aliado como si fuera un Estado fallido, gobernado por un “hombre enfermo”, y sugiere con ligereza que una operación militar “suena bien”, no estamos ante una frase suelta.

Dicho esto, conviene separar con cuidado la retórica de la probabilidad real. Colombia no es Venezuela, ni Panamá en 1989, ni Irak en 2003. Durante décadas ha sido el principal aliado estratégico de Estados Unidos en América Latina, el eje de su política antidrogas, el socio más disciplinado del Plan Colombia y un pilar de la presencia estadounidense en la región. Atacar militarmente a Colombia supondría dinamitar ese legado, romper una alianza histórica y provocar probablemente una reacción regional e internacional de enorme alcance, aunque eso no parece ser algo que preocupe grandemente a Trump. No es una decisión que se pueda tomar a la ligera, supongo, ni siquiera por una administración acostumbrada a tensar los límites.

Lo que sí es evidente es que el marco discursivo ha cambiado. El narcotráfico vuelve a ser presentado no solo como un problema criminal, sino como una amenaza de seguridad nacional directa para Estados Unidos. Ese desplazamiento es clave, porque permite justificar acciones excepcionales bajo la lógica de la “defensa propia”. Es exactamente el mismo mecanismo que se ha utilizado en otros escenarios cuando un fenómeno deja de ser político o social y pasa a ser definido como una amenaza existencial. En ese caso, el uso de la fuerza empieza a parecer legítimo para quien la ejerce.

Sin embargo, una intervención directa, abierta, con tropas estadounidenses actuando en territorio colombiano contra el Estado o sin su consentimiento, sigue siendo poco probable. El riesgo militar sería alto y el precedente devastador. Colombia no es un país aislado ni colapsado, sino una nación con fuerzas armadas significativas, con un gobierno que goza de legitimidad internacional y con una historia reciente marcada precisamente por la cooperación con Estados Unidos. Convertirla de repente en objetivo militar sería una ruptura demasiado brusca incluso para la lógica de la Pax Americana.

Lo más verosímil es otra cosa, y es ahí donde conviene afinar el análisis. Presión diplomática creciente, amenazas públicas, condicionamiento económico, sanciones selectivas, operaciones encubiertas o “quirúrgicas” contra objetivos concretos relacionados con el narcotráfico, y una utilización intensiva del lenguaje de la seguridad para marcar límites al gobierno colombiano. Todo eso entra dentro del repertorio clásico de Washington y permite mostrar fuerza sin cruzar formalmente el umbral de la guerra. Por el momento, hay que constatar que el 25% de las fuerzas navales estadounidenses están concentradas en el Caribe, preparadas para atacar a todo lo que se mueva[2].

Y finalmente, Groenlandia. ¿Será posible que Trump decida anexionarse Groenlandia por la fuerza? El interés estadounidense por Groenlandia es real, pero se centra en la presencia estratégica en el Ártico, en la minería y en los recursos energéticos, que se gestionan mediante inversiones, acuerdos y bases militares, no mediante anexión. La idea de compra que Trump planteó en 2019 fue rechazada de inmediato por Dinamarca, y nunca se tradujo en planes militares concretos. Invadir la isla supondría un enfrentamiento con Dinamarca, la UE, la OTAN y con otros actores árticos como Canadá y Noruega, una guerra abierta que Estados Unidos no tiene incentivo para iniciar. Parece, pero con Trump nunca se sabe. Tampoco se sabe cómo reaccionaria la OTAN ¡contra Estados Unidos! ¿Qué es la OTAN sin Estados Unidos?

En la práctica, creo yo, lo que sí puede ocurrir son presiones diplomáticas, acuerdos estratégicos o concesiones sobre recursos y presencia militar, pero una anexión forzosa es prácticamente imposible. Trump puede hablar de Groenlandia como si fuera suya y alimentar titulares espectaculares, pero el mundo real impone límites claros. Creo que Estados Unidos no cuenta con los medios, la justificación legal ni la aceptación internacional para tomar la isla por la fuerza. Es un ejemplo de cómo la retórica y el teatro del poder pueden generar alarma, incluso cuando la acción concreta es inviable, pero altamente inquietante.

Pero, no debemos concentrarnos solo en lo que pasa alrededor del Caribe o en las maquinaciones de Trump sobre Groenlandia. Hoy tenemos más escenarios de los que preocuparnos. Deberíamos pensar en los planes de Xi Jinping para Taiwán o los de Putin para la Europa del Este. En realidad, este escenario hace que los alumnos se interesen más por la historia y las ciencias políticas, al menos a juzgar por los contactos que tengo con profesores y antiguos estudiantes. Durante muchos años, el panorama mundial parecía hasta un poco aburrido, pero hoy, la dinámica es tan rápida que exige estar al tanto. Tengo que remontarme a 1968 para encontrar una época tan politizada como la que estamos viviendo.


[1] Así se dice en sueco en la traducción: (Outgrundliga är Herrens vägar) y en español, la traducción es:¡Qué profundo es el conocimiento, la riqueza y la sabiduría de Dios! ¡Qué indescifrables sus juicios e impenetrables sus caminos! Romanos 13:33-35

[2] https://www.usff.navy.mil/Press-Room/News-Stories/Article/4333057/gerald-r-ford-carrier-strike-group-enters-caribbean-sea/

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