Imaginemos por un momento que estamos en el Raval, en el famoso restaurante Casa Leopoldo y que podemos degustar sus especialidades, la paella de marisco, el rabo de toro al vino tinto con parmentier de patata, las albóndigas con sepia y el puerro escalivado con romesco. Todo ello rematado con una minitartaleta de crema catalana y ganache de chocolate con sal y aceite de oliva. ¡Mmm, se me hace la boca agua, nada más pensarlo! Pensar además que estamos sentados a la mesa rodeados de gente interesante como Eduardo Mendoza, Daniel Vázquez Sallés y Carme Ruscalleda.
Me ha ocurrido a veces, que, por una de esas cosas raras de la vida, he podido sentarme a la mesa con gente a la que ya conocía mucho antes y que formaban parte de mi particular santoral, ese santoral pagano que todos llevamos en nuestro subconsciente, lleno de lecturas y noticias que forman parte de esa masa amorfa de nombres conocidos y acontecimientos de la que formamos parte.
Casi siempre ha sido así, que alguien me ha invitado a un acto, o que yo he tenido alguna responsabilidad en la organización. Pocas veces he sido protagonista o he estado en el centro, esas veces se pueden contar con los dedos de la mano y sobran. Pero muy a menudo, al menos durante esa época en la que yo era más activo en todos los conceptos, no solo los académicos, sino también en lo que respecta al deporte y a la política.
Creo que ya he contado mi encuentro con el entonces ministro de hacienda sueco, el inconfundible Gunnar Sträng, en el metro que nos llevó desde Västerhanninge a la estación central de Estocolmo, en 1971. Este hombre, artífice de la política financiera y tributaria de Suecia desde 1955 a 1976, estaba presente todos los días en la pantalla de la televisión, con una voz grave que le caracterizaba y una dicción y vocabulario muy “sui generis”. Este señor, de complexión voluminosa, que entonces contaría unos 65 años, estaba ya sentado en el asiento de la ventanilla. Yo me senté en frente de él y, con la confianza que da la juventud, me dirigí a él y el me contestó con una sonrisa y un movimiento afirmativo de cabeza.
Pienso ahora que tuvo que ser toda una proeza de mi parte mantener una conversación en sueco, apenas 18 meses después de mi llegada a Suecia. El trayecto se completa en aproximadamente media hora y creo que estuvimos hablando todo el tiempo, porque a él le interesaba saber detalles de España, porque durante la guerra civil, Sträng era un dirigente sindical socialdemócrata, y desde el movimiento obrero sueco participó, como me dijo, en campañas de solidaridad con la República española: colectas, apoyo político y movilización sindical.
Cuando nos separamos al llegar a la estación, yo camino del tren para Helsingborg, (que entonces se escribía Hälsingborg) y él para cruzar la calle Vasagatan camino del cercano parlamento, me quedé rumiando complacientemente mi experiencia, pensando en lo agradable de la conversación y sobre todo, la proximidad de una persona tan importante, viajando como cualquier hijo de vecino, en el metro. La diferencia con la España de entonces, donde cualquier funcionario de mediana categoría tenía su coche oficial y su chófer, era, me parecía, abismal.
Mi experiencia con Rudolf Meidner, que describí ya en mi entrada de anteayer, no fue tan placentera. En esa ocasión la relación no fue espontanea, porque tuvo lugar durante una conferencia en La Casa del Pueblo de Lund, con motivo de una visita para explicar la propuesta de los llamados Fondos de Asalariados (Löntagarfonder) que fue presentada por primera vez en 1975 por el mismo Rudolf Meidner dentro de la central sindical LO. Ese año se publicó el llamado Informe Meidner, que formulaba el modelo original de los löntagarfonder, que era transferir gradualmente propiedad empresarial a fondos colectivos controlados por los trabajadores mediante la emisión de acciones ligadas a los beneficios.
La idea respondía a una paradoja del modelo sueco, que las políticas salariales solidarias y la alta productividad estaban concentrando los beneficios en grandes empresas privadas, mientras los trabajadores, aunque con buenos salarios, no adquirían poder real sobre la propiedad. Meidner planteó entonces que una parte de esos beneficios debía transferirse gradualmente a fondos colectivos controlados por los trabajadores, de modo que, con el tiempo, el capital pasara parcialmente a manos sociales sin necesidad de expropiaciones directas.
El mecanismo era relativamente sencillo: las empresas con beneficios superiores a cierto nivel debían emitir nuevas acciones cada año y entregarlas a fondos gestionados de manera colectiva. Se trataba de propiedad en forma de acciones. Esos fondos irían acumulando participaciones en las compañías, y los dividendos obtenidos se reinvertirían, ampliando el proceso. A largo plazo, el sistema conduciría a una socialización gradual de la propiedad empresarial, manteniendo la gestión cotidiana en las empresas, pero desplazando el control último hacia estructuras colectivas vinculadas al movimiento obrero.
La propuesta se insertaba en el contexto del modelo económico sueco asociado a figuras como Gunnar Sträng y a la socialdemocracia gobernante, pero iba más lejos que la política tradicional del partido. Por eso provocó una enorme controversia. Los sindicatos la defendían como una forma pacífica de democratizar la economía; la patronal y los sectores liberales la consideraron un paso hacia la socialización del sector privado. El debate se volvió uno de los más intensos en la historia política sueca contemporánea, movilizando a empresarios, partidos y opinión pública durante años.
Yo ya dominaba bastante bien el sueco y había estudiado a fondo, tanto la historia como la política de mi nuevo país. En la facultad había dos grupos perfectamente reconocibles, un grupo de izquierdas, dominado por comunistas de diferentes siglas, y otro liberal, dominado por moderados y gente del Partido del Pueblo (Folkpartiet), el partido liberal. Yo trataba de nadar entre dos aguas, cosa difícil, pero no quería decantarme por ninguno, porque los de la izquierda me parecían demasiado dogmáticos y los de la derecha demasiado cerrados en sus posiciones. Mi posición era liberal pero más bien libertaria y contraria a cualquier tipo de autoridad impuesta.
Mi pregunta, una de las últimas, se oyó perfectamente en la sala. Muchos se volvieron hacia ese osado joven con marcado acento extranjero qué osaba poner en entredicho una de las bases de la economía socialdemócrata. Dije: “¿Cómo concilia usted, señor Meidner, la necesidad de crecimiento económico continuo que presupone el modelo sueco con la advertencia formulada en el informe del Club de Roma de 1972, Los límites del crecimiento, según la cual la expansión económica y productiva permanente podría resultar dañina a largo plazo, tanto para el equilibrio social como para los recursos globales del planeta?”
Se hizo un silencio, que me pareció interminable. Pensé que se iba a saltar la pregunta y darle la palabra a otro de los que levantaban la mano. Me miró, se quito las gafas, respiró hondo, como para tomar fuerzas y me contestó, mirándome fijamente: “El problema, joven, no es el crecimiento en sí, sino cómo se organiza y quién se beneficia de él. Sin crecimiento no hay base material para el pleno empleo, la política salarial solidaria ni la expansión del Estado del bienestar. Si la economía deja de crecer, la redistribución se vuelve un juego de suma cero: lo que ganan unos lo pierden otros, y el conflicto social aumenta. Por eso, el crecimiento es una condición necesaria para la igualdad. Sobre tu al informe del Club de Roma de 1972, ese planteamiento trataba el crecimiento de manera abstracta, sin distinguir entre tipos de crecimiento. Yo defiendo que una economía planificada mediante políticas públicas, negociación salarial y fondos colectivos puede orientar el crecimiento hacia sectores socialmente útiles, mejorar la productividad y reducir el despilfarro, en lugar de simplemente expandir el consumo.” Sin darme tiempo a replicar la contestación de Meidner, el moderador dio la palabra a una joven rubia a mi derecha y yo me senté en mi butaca con las mejillas ardiendo y el corazón desbocado.
En las próximas elecciones, las del año 76, la socialdemocracia perdió el poder por primera vez desde 1933, en parte por el rechazo que provocó la propuesta de Meidner pero también por el desgaste de los 44 años en el poder y la estagnación de la economía. Finalmente, en 1983, el gobierno socialdemócrata de Olof Palme aprobó una versión muy reducida del proyecto. Los fondos creados eran limitados, financiados parcialmente por impuestos sobre beneficios y no tenían la capacidad acumulativa prevista por Meidner. No conducían a la toma gradual de control de las empresas, sino que funcionaban más bien como inversores institucionales con objetivos amplios. Aun así, el sistema siguió siendo polémico y, tras el cambio político, fue abolido a comienzos de los años noventa.
Ni con Sträng, ni con Meidner, compartí mesa. Pero, en 1988 la compartí, y nada menos que en el Gran Hotel de Lund, con un icono de la socialdemocracia, y esta vez era yo el que estaba en el centro, como autor de un libro sobre la historia de la organización obrera en Lund. Todo empezó aproximadamente un año antes, cuando el entonces catedrático adjunto de historia del trabajo en la universidad de Lund, Lars Olsson, me llamó para preguntarme si quería hacerme cargo de un proyecto que a él le parecía que sería interesante para mí. El sindicato del metal, perteneciente a la central de sindicatos LO, cumpliría cien años de historia en 1988 y la sección de Lund quería escribir su historia, a partir de todos los documentos depositados en el archivo de la ciudad. Ponían a la disposición de la facultad de historia una importante suma de dinero, que serviría para liberar de la docencia al autor durante aproximadamente medio año. Acepté la propuesta y me sumergí en cajas de legajos, que un empleado del archivo traía y llevaba a mi casa en un continuo trajín, mientras yo, trababa a marchas forzadas con la lectura y buscando viejos afiliados para hacerles interviús, que luego utilizaría en el libro. Se puso a mi disposición un ordenador de lo más moderno que había en ese momento y me puse a la tarea de repasar 10000 páginas manuscritas de protocolos y anotaciones, amén de otros muchos materiales de interés.
Llegó la hora de mandar todo a la imprenta, ese momento crucial que se teme y se anhela y, tras los lógicos vaivenes de las últimas horas, el libro quedó impreso a su tiempo, a un tiempo razonable para la celebración del centenario. A la ceremonia y el banquete asistí con mi hija mayor. Y, bueno, a lo que me refería, eso de comer con gente conocida; me pusieron al lado de el entonces presidente del sindicato del Metal, un veterano de la lucha sindical, muy implicado en apoyar al exilio español, Leif Göran Blomberg, más conocido como “Blomman.” Era este hombre un gigante bonachón, con ojos amables y una amena conversación, que unos años más tarde sería viceministro de trabajo con la nueva cartera de integración.
El día que hablamos Leif Blomberg y yo, no sabíamos nada de lo que iba a acontecer a partir de ese momento; nadie lo sabe, claro. Hablábamos sobre la política migratoria de Suecia, que a los dos nos parecía humana y ajustada al derecho internacional. Estábamos a un año y poco más del famoso discurso de Milosevic en Kosovo polje, el 28 de junio de 1989, que marco un giro hacía la exaltación del nacionalismo serbio, que en poco tiempo se convirtió en una guerra civil, que reventó la frágil estructura de Yugoslavia, uno de los Estados surgidos de la primera guerra mundial, que el general Tito había logrado mantener a duras penas.
La crisis política en Yugoslavia fue derivando en un conflicto armado que resultó en la mayor ola migratoria que se había registrado en Europa hasta entonces, desde la segunda guerra mundial. En países como Suecia, Alemania y Austria, la mayoría de refugiados bosnios llegó entre 1992 y 1994, con el punto máximo en 1992. [1]
Le tocó a Leif Blomberg gestionar los efectos de este conflicto en la sociedad sueca, pues sus áreas de influencia dentro del partido eran la política de refugiados e inmigración, junto con la política industrial. Tras la victoria electoral socialdemócrata de 1994, fue nombrado ministro en el gobierno de Ingvar Carlsson. Entre 1994 y 1996 fue ministro adjunto de Trabajo, con responsabilidad sobre cuestiones de integración, migración y derecho laboral. Y fue Blomberg el que personificó un endurecimiento de las reglas de inmigración en Suecia, forzado por la avalancha de exiliados de todas clases que llegaban. Recuerdo que en la pequeña ciudad de Eslöv, se vieron forzados a organizar un campo de acogida en tiendas de campaña.
En ese contexto, a política de inmigración de Leif Blomberg cuando fue ministro adjunto de Trabajo con responsabilidad en integración y migración entre 1994 y 1996 se caracterizó por una orientación más restrictiva del asilo y por la idea de que Suecia debía reducir la llegada de personas sin necesidad de protección. Blomberg defendía que la política sueca debía centrarse en impedir que quienes no cumplían los criterios de refugiado viajaran hasta el país, y que la ayuda a las personas desplazadas debía prestarse en mayor medida en sus regiones de origen o en países cercanos, en lugar de fomentar su traslado a Suecia.
Al mismo tiempo, sostenía que quienes obtuvieran permiso de residencia debían integrarse rápidamente, sobre todo a través del empleo, de modo que la política migratoria estuviera estrechamente vinculada al mercado laboral y a la autosuficiencia. Este enfoque generó naturalmente críticas entre quienes defendían una política de asilo más amplia, y dentro del propio ámbito socialdemócrata algunos sectores consideraron que su línea era demasiado restrictiva y pidieron que abandonara el cargo.
Muchos dirán seguramente que me equivoco, cuando digo que la política restrictiva de Blomberg forma parte de una fase de transición en la que Suecia empieza a endurecer gradualmente su enfoque migratorio dentro de una tendencia europea. Eso, a pesar de ser él personalmente una persona, según me expuso, positiva a la inmigración y al respeto de los tratados internacionales que protegen a los que necesitan protección por cuestiones políticas o de conflictos bélicos. El endurecimiento venía de antes.
Las críticas le vinieron a Blomberg principalmente de nuestro partido, el Partido Liberal que presentó una moción en contra del endurecimiento de las políticas migratorias:
“El 4 de diciembre de 1996, a pesar de la oposición del Partido Liberal (Folkpartiet liberalerna), una mayoría en el pleno del Riksdag aprobó la propuesta del Gobierno sobre una nueva política de refugiados. La propuesta gubernamental de política de refugiados era, lamentablemente, una iniciativa que conducía en una dirección completamente equivocada. Implicaba que menos personas con buenos motivos de asilo obtendrían permiso de residencia en Suecia. La política de refugiados se endurece aún más, y una vez más ocurre sin que los socialdemócratas se atrevan a reconocer que están cambiando el rumbo de la política sueca de refugiados.
La propuesta del Gobierno se basaba en lo esencial en el informe “La política sueca de refugiados en una perspectiva global” (SOU 1995:75), impulsado por el gobierno socialdemócrata y el ministro de inmigración Leif Blomberg bajo gran presión de tiempo. En el debate sueco y europeo desde los años 80 se ha producido una mezcla deliberada entre refugiados e inmigrantes/migrantes en general. Al sugerir que los solicitantes de asilo provienen de países pobres, se pretendía dar la impresión de que buscan principalmente mejorar su situación económica y social. Así se crea la base política para convertir la política de asilo en parte de la política general de inmigración. Al cambiar el título de la propuesta a “Política migratoria sueca en una perspectiva global”, el gobierno socialdemócrata culminó su política iniciada con la conocida “decisión de Lucía” del 13 de diciembre de 1989. El derecho de asilo debe mantenerse separado de la política migratoria general.”[2]
La llamada decisión del día de Lucía, fue un giro importante en la política de asilo de Suecia. En ese momento, el gobierno socialdemócrata decidió endurecer de forma urgente la política de inmigración y asilo debido al fuerte aumento de solicitudes a finales de los años 80, cuando el sistema de acogida estaba bajo presión y se consideraba que el número de llegadas superaba la capacidad del país. En la práctica, la decisión implicó restringir la posibilidad de obtener asilo, interpretar de forma más estricta los criterios de protección, reducir la concesión de permisos por motivos humanitarios y reforzar el control de entradas y solicitudes. Fue una medida adoptada con rapidez y sin un amplio consenso político previo, lo que generó un intenso debate que, para algunos supuso un ajuste necesario del sistema, mientras que para otros marcó el inicio de una línea más restrictiva en la política migratoria sueca que se consolidaría durante los años noventa, con las proposiciones de Blomberg.
Los que disfrutábamos de esa cena, aún no sabíamos nada sobre los acontecimientos, pero Blomberg y yo entramos en una conversación que tenía que ver con unas líneas que yo había escrito referentes a la mano de obra extranjera en Suecia y su adaptación. Él había leído lo que yo había escrito:
“En 1965 se iniciaron, por iniciativa sindical, cursos de sueco para inmigrantes bajo la organización de ABF. Se constató que la mano de obra extranjera que llegaba a Lund no permanecía por mucho tiempo. Se empezó a reflexionar sobre qué medidas podía adoptar la sección para lograr que la nueva fuerza laboral se sintiera a gusto y permaneciera. Se hablaba de: “… ayudar a los nuevos compañeros a sentirse a gusto en su nuevo país.”
Yo resaltaba esta actitud tan positiva respecto a la mano de obra extranjera, y Blomberg, con gran conocimiento del trabajo sindical, que conocía bien la opinión de los afiliados, matizaba, que no todas las delegaciones sindicales eran tan positivas como las de Lund, y ponía como ejemplo los esfuerzos realizados ya en los 60 para detener la ola de inmigración laboral, sacando a las mujeres “del fogón a la fábrica”, como el mismo dijo. Yo en mi libro escribo, siguiendo las fuentes originales del sindicato, en este caso protocolo de reunión anual:
“El sindicato comenzó a impulsar la cuestión de incorporar a las mujeres al mundo laboral mediante campañas como “La mujer como recurso laboral”. Quedó claro que la masiva campaña de reclutamiento que algunas empresas habían iniciado en Grecia, Italia y Yugoslavia para atraer mano de obra cualificada podía acarrear consecuencias de gran alcance y difíciles de prever. En 1967 se introdujeron normas que limitaron la posibilidad de los inmigrantes no nórdicos de conseguir empleo en Suecia.”
A los postres, habíamos llegado a discutir el feminismo y la posición del sindicato del metal respecto a la incorporación de la mujer en la vida laboral y sindical. Yo explicaba que la actitud sindical respecto a la incorporación de la mujer había cambiado significativamente, de completo rechazo por considerarse el trabajo del metal como un espacio de trabajo masculino, tanto por la naturaleza física del trabajo como por las normas sociales de la época. En ese contexto, dentro de sindicatos como el de los metalúrgicos, muchos dirigentes y afiliados no veían la incorporación de mujeres como una prioridad, e incluso en ocasiones la percibían como una posible amenaza indirecta, por el temor a que se usara mano de obra femenina para reducir salarios o precarizar condiciones laborales.
En los debates sindicales del siglo XX, especialmente desde los años 60, se aprecia a menudo la preocupación de que la llegada de mano de obra más barata del extranjero, pudiera utilizarse para presionar a la baja los salarios o debilitar las condiciones laborales conquistadas. Esta preocupación hacía más aceptable la incorporación de la mujer al mundo del trabajo. Pero, con el sistema tributario sueco de la época, donde la familia pagaba impuesto por el salario acumulado, no traía cuenta para la mayoría de las mujeres, trabajar fuera de la casa, ya que la ganancia que pudiera tener, se la “comía” el impuesto.
El problemadel “sambeskattning” empezó a corregirse a partir de los años 70. El cambio decisivo fue la transición hacia la tributación individual, que se implantó 1971. Esta reforma tuvo un impacto muy importante porque hizo económicamente más viable que las mujeres trabajaran a tiempo completo o parcial sin que su salario se viera penalizado por el nivel de ingresos del marido. Junto con otras políticas complementarias, como la expansión de guarderías públicas y permisos parentales, contribuyó de forma decisiva a la alta participación femenina en el mercado laboral sueco. Pero de esto había mucho más que hablar, y no dio para tanto la cena. No volví a encontrarme más con Blomberg, que falleció repentinamente en 1998.
[1] Los refugiados de la antigua Yugoslavia llegaron en varias oleadas entre 1991 y 1999, y no pertenecían a una sola nacionalidad. La primera comenzó en 1991, con el estallido de la Guerra de Croacia. Croatas que huían de las zonas controladas por milicias serbias, y también serbios que abandonaban territorios bajo control croata, empezaron a desplazarse. Muchos se refugiaron inicialmente dentro de la propia Yugoslavia, pero otros se dirigieron a países de Europa occidental. La mayor llegada se produjo a partir de 1992, con la Guerra de Bosnia. Bosnia y Herzegovina tenía una población muy mezclada, con musulmanes bosnios, serbios y croatas, y la guerra se caracterizó por asedios, violencia contra civiles y expulsiones masivas. Como consecuencia, huyeron personas de todas esas comunidades, también judíos y gitanos. Entre 1992 y 1993 se alcanzó el punto máximo del éxodo. Además, muchos desplazados de Croacia volvieron a huir cuando el conflicto se extendió, lo que incrementó todavía más el número total de refugiados.
[2] https://www.riksdagen.se/sv/dokument-och-lagar/dokument/motion/med-anledning-av-skr-19979823-invandrings-och_gl02sf14/
Metalls avdelning i Lund 100 år : 1888-1988 : minnesskrift / på uppdrag av avdelningsstyrelsen utarbetad av Martin Martinez.
































