¡Ay, Díos, cómo echo de menos el espíritu del 68! Sí, de verdad. Yo era un chavalillo de 16 años, pero muy consciente de lo que ocurría a mi alrededor. Leía a Raoul Veneigem en francés, su Traité de savoir-vivre à l’usage des jeunes générations[1] y soñaba con un mundo mejor. En francés, porque entonces había que saber francés para respirar libertad. París era el sueño, y allí fui a parar esa mítica primavera del 68, con Manolo y Flores. Se veía, se olía, sí, se olía la libertad. Era un movimiento difuso, difícil de abarcar, para el que, como yo, se bajaba del tren en la estación de Austerlitz.
Tardé muchos años en comprender del todo lo que había vivido esa primavera, y no es de extrañar porque, cuando se está en medio del “ajo” no se ve la estructura ni se sabe que uno está en medio de una revolución, palabras mayores; revolución, o ¿sería quizás simplemente una revuelta? Lo que sí sé, es que fue un momento único en el que coincidieron el arte, la música y la literatura en abarcar una generación casi por completo.
Llegamos a París marinados en la música que mezclaba rebeldía, compromiso y deseo de libertad. Por un lado, el rock anglosajón, con grupos como The Beatles y The Rolling Stones, que simbolizaban una ruptura con las normas tradicionales y una nueva forma de vivir la juventud. La guitarra incendiaria de Jimi Hendrix y el tono provocador de The Doors acompañaban ese clima de transformación cultural.
Al mismo tiempo, la canción de protesta tenía un peso enorme. Bob Dylan ponía palabras a las preguntas de toda una generación, mientras Joan Baez convertía la música en un vehículo de pacifismo y derechos civiles. En Europa, y especialmente en Francia, la influencia de la chanson fue decisiva: Léo Ferré aportaba un tono libertario y anarquista, Georges Brassens una crítica irónica y profunda de la sociedad, y Jacques Brel una intensidad emocional que conectaba con el deseo de cambiar la vida.
De España traíamos la protesta cultural y las músicas regionales que desafiaban el clima del franquismo. Destacaban figuras como Joan Manuel Serrat, que puso poesía contemporánea y sensibilidad social en canciones que marcaron a muchos jóvenes; Paco Ibáñez, que musicalizó a poetas como Lorca o Celaya y se convirtió en una referencia del compromiso; y Raimon, cuya canción Al vent se convirtió en un símbolo generacional de libertad y resistencia.
También influyeron profundamente los movimientos colectivos: la Nova Cançó catalana, con artistas como Lluís Llach y Maria del Mar Bonet, esta última que yo conocí mucho más tarde, en sus conciertos en Barcelona, que reivindicaban lengua, cultura y libertad; el colectivo vasco Ez Dok Amairu, donde destacó Mikel Laboa; y en Galicia la Nova Canción Galega, con figuras como Benedicto García Villar. Todos ellos conectaban música, identidad y crítica social.
A esto se sumaba la recuperación de la poesía social cantada: textos de Machado, Miguel Hernández o Blas de Otero nos llegaban a través de la música. En un país con censura, estas canciones circulaban en universidades, reuniones privadas y recitales, y funcionaban como espacios de libertad simbólica. Nuestra música eran canciones austeras, con guitarra y palabra, donde lo importante era el mensaje: libertad, dignidad, cultura y cambio.
Toda esa música formaba parte de una manera de pensar y sentir, una mezcla de inconformismo, esperanza y búsqueda de autenticidad que influyó en toda una generación, la mía, y que, para muchos, se convirtió en la banda sonora personal de una época en la que parecía posible transformar el mundo empezando por la propia vida.
Y nosotros leíamos, leíamos todo lo que nos llegaba, que era una literatura muy diversa, pero con un rasgo común: cuestionar la autoridad, la moral tradicional y la sociedad establecida. Era una mezcla de filosofía, novela existencialista, ensayo político y poesía. Entre los filósofos, fueron fundamentales Jean-Paul Sartre y Albert Camus, el cual también era importante para alguno de mis estudiantes en los 90, cuya reflexión sobre la libertad, la responsabilidad individual y el absurdo influyó profundamente en nuestra generación. También tuvieron gran impacto los textos más radicales de Herbert Marcuse, al que descubrí ya en París, especialmente su crítica a la sociedad de consumo, y muy leído fue también Raoul Vaneigem con su Tratado del saber vivir para uso de las jóvenes generaciones, con el que empieza mi relato. También se leía mucho a George Orwell, especialmente 1984, por su crítica al poder y al control social.
En España, la influencia literaria llegó a través de la poesía social: Antonio Machado, Miguel Hernández y Blas de Otero, cuyas obras eran leídas y también cantadas. Igualmente influyó la narrativa crítica de Juan Goytisolo y Luis Martín-Santos con su novela Tiempo de silencio. Para mí, personalmente, tuvo también importancia la literatura utópica y satírica como Voltaire y su Cándido, con la defensa de la acción concreta: “cultivar el jardín”, a la que que siempre regreso. Aquí tengo que recordar mis rutas domingueras por los libreros de viejo en la Cuesta del Molyano y en el Rastro y los consejos de aquellos libreros curtidos, que podían y sabían aconsejar lecturas, y sacaban los libros prohibidos de entre pilas de novelas del corazón. Durante el franquismo, en los puestos del Rastro circulaban ediciones antiguas, libros descatalogados, traducciones latinoamericanas y textos semi-prohibidos que pasaban desapercibidos. Allí podían encontrarse autores como Sartre, Camus, Marx, Freud o novelistas contemporáneos que no siempre estaban disponibles oficialmente.
En el arte influyó mucho el espíritu de las vanguardias: el dadaísmo de Marcel Duchamp, que cuestionaba qué podía considerarse arte, el surrealismo de André Breton, que defendía la liberación de la imaginación, y el arte provocador y simbólico de Pablo Picasso, especialmente obras como el Guernica, que muchos jóvenes veían como un grito contra la violencia y el autoritarismo. Yo tenía una reproducción del Guernica en mi habitación.
También fue importante el arte pop, que mezclaba cultura de masas y crítica social, con figuras como Andy Warhol, y el arte conceptual que ponía la idea por encima del objeto artístico. Este tipo de arte encajaba con nuestra aversión contra las jerarquías. Pero, lo más característico fue el arte callejero y colectivo. Durante las protestas de París, estudiantes ocuparon la escuela de arte École des Beaux-Arts y produjeron carteles serigrafiados con lemas como “La imaginación al poder” o “Prohibido prohibir”. Estos carteles simples y directos, se convirtieron en el símbolo visual de nuestra generación.
En España, la influencia llegó a través del arte crítico y comprometido, como el grupo Equipo Crónica, que reinterpretaba imágenes clásicas con contenido político, o el arte informalista de Antoni Tàpies, que buscaba una expresión libre, material y simbólica. Pedro de las Heras, mi amigo y artista extremeño, sigue inmerso en este mundo de la protesta plástica.
Yo pintaba, pintaba y dibujaba todo el tiempo, vendía algunas cosas que me daban para comprar algún baguette. Tocaba la flauta por todo París, toqué hasta ante la tumba de Tristán Tzara, en el Cementerio de Montparnasse, muy cerca de dónde yo vivía. Y leía, leía, cuando no hablaba y hablaba con todos mis nuevos amigos, aquellos daneses que fumaban Gauloises y bebían vino y absinthe, y entre ellos, Dorte, la chica alta de cabellos de cobre y ojos verde claros que me introduzco en las bases del movimiento, del que yo, sin saber, formaba parte.
Dorte me hablaba de las siete cumbres que había que conquistar. La primera cumbre era la reforma universitaria, la democratización de la universidad, porque los estudiantes pedían participar en la gestión universitaria, cambiar métodos autoritarios y abrir la enseñanza a más capas sociales. Yo estaba a las puertas y me interesaba por ello.
La segunda cumbre que conquistar era, según ella, la liberación de las costumbres y el rechazo de la moral tradicional rígida, con la defensa de la libertad sexual, la igualdad entre hombres y mujeres y nuevas formas de vida. Yo vivía todo eso sin saber que era algo nuevo y revolucionario. Bueno, nuevo no, porque esa libertad ya había sido experimentada en los años 30 y venía ya de muy lejos.
La tercera cumbre a escalar era la de derrotar a la sociedad de consumo. Se cuestionaba el modelo basado en producir y consumir sin sentido, buscando una vida más auténtica y menos materialista. Yo sé que muchos experimentaron a partir del 68 con un regreso a la naturaleza, la Ola Verde, le llamamos aquí, pero casi todos abandonaron esa vida en los 70 u 80. Para mí, pobre estudiante, el vivir fuera de la sociedad de consumo era la forma de vida, nada que yo hubiese elegido. En realidad, lo he comprendido mucho mejor con el tiempo. Claro, es que no era lo mismo para un danés que para un español, porque nosotros en España, apenas estábamos entrando en esa era del consumismo en que se encontraban los países escandinavos.
La cuarta cumbre, según Dorte, era la participación política directa, que se debía a la desconfianza hacia los partidos tradicionales. Se postulaban las asambleas y la autogestión. Esas largas asambleas, esos oradores natos que tomaban la palabra con su voz potente, casi siempre hombres jóvenes, casi siempre acostumbrados a las formalidades y las frases hechas de la política, que yo desconocía en español, aún más en francés. Ella trataba de explicarme el significado de “autogestion”, “contestataire”, g”rève générale”, “comités d’action”, “aliénation” etc. con gestos y largas explicaciones, mientras comíamos galletas y bebíamos vino barato sentados en un banco de La Place de la Concorde. La verdad es que a mi me parecía que todos los compañeros “políticos” pertenecían a algo parecido a una secta; se retiraban para discutir y parece que sabían cosas que yo ignoraba. Para mí, había una especie de “nobleza política” que se destacaba de nosotros, la necesaria comparsa que llenaba las calles en oleadas, de aquí para allá, donde la acción nos llevaba.
Dorte me hablaba de los trabajadores, que según ella exigían mejoras laborales y dignidad del trabajo. Los obreros que se unieron al movimiento reclamaban salarios más altos, menos jerarquía y más control sobre el trabajo, pero la participación de los sindicatos era incierta y se fue retirando poco a poco. Ella me decía que esa era la quinta cumbre a escalar, y yo, que desconocía la vida laboral, trataba de hacerme cuenta de lo que suponía. Era difícil identificarse con los obreros porque, cuando estos participaban; gente madura, hombres de mediana edad, curtidos y serios, parece que nos miraban mal, como a niños que estorban. Es difícil defender los derechos de los que no se conoce, sin saber sus reivindicaciones y haber sentido sus necesidades. ¿Qué sabíamos nosotros de las largas horas en la fábrica? ¿Qué sabíamos nosotros de la angustia de no llegar a fin de mes con el sueldo ganado con tanto esfuerzo?
La sexta cumbre me parecía mucho más fácil de entender, porque el rechazo de las estructuras rígidas en la familia, la escuela, la fábrica y el Estado, el fin del autoritarismo, era algo que yo deseaba de todo corazón. Se pedía una sociedad más horizontal. Se querían transformar la forma en las que las personas se relacionaban entre sí. En la familia, se criticaba el modelo tradicional donde el padre decidía, los hijos obedecían y la autoridad no se discutía. Ese no era mi caso, pero yo conocía muchos amigos que temían a sus padres, como a juez. Los jóvenes pedíamos más diálogo, libertad personal, autonomía para elegir estudios, pareja o estilo de vida. También surgían reivindicaciones de igualdad entre hombres y mujeres. De esto último me di cuenta en Paris, pues no lo había pensado antes, quizás por la autoridad indiscutible de mi madre y la personalidad de algunas de mis amigas, no precisamente sumisas.
En la escuela y la universidad, el profesor era visto como una figura incuestionable y la enseñanza como algo vertical: el maestro hablaba y los alumnos escuchaban, así era en Madrid, y a mí me resultaba fácil imaginar que así sería también en otros lugares, aunque yo tenía la buena experiencia de haber tenido un magnífico profesor, don Agapito, que se salía de esa fotografía. Los estudiantes querían participar, debatir, cambiar programas y métodos, y transformar la educación en algo más abierto y crítico. Y en el Estado, se rechazaba el poder distante, burocrático y poco participativo. Se defendían formas de democracia más directas: asambleas, participación ciudadana, decisiones colectivas. La idea era sustituir la pirámide de autoridad por una organización más horizontal, donde las decisiones surgieran del diálogo y la cooperación.
Dorte creía en todo esto. Para ella eran esas cumbres algo que había que alcanzar a toda costa. La revuelta culminó con una corta huelga general que llevó a los acuerdos de Grenelle, negociados entre el gobierno y los sindicatos que concedían aumentos salariales importantes, reducción de jornada en algunos sectores, reconocimiento sindical más fuerte y mejoras laborales generales. Sin el apoyo masivo de la huelga general, el movimiento estudiantil fue perdiendo fuerza y en junio de 1968 se celebraron elecciones legislativas y el resultado fue sorprendente: la mayoría silenciosa votó masivamente por el orden. El partido gaullista obtuvo una gran victoria, reforzando al gobierno y marcando el final político de la revuelta. Yo ya había regresado a España con Flores y Manolo, todo el camino en autostop, tardamos tres días en llegar a Madrid.
El espíritu del 68 dejó huella. Aunque políticamente terminó con el restablecimiento del poder, culturalmente el 68 no terminó. Cambiaron muchas cosas, se alcanzaron algunas cumbres: la relaciones entre profesores y estudiantes fueron cambiando. Me contaba el director de mi tesis, el catedrático Sven Tägil, que ese año, aquí en Lund también hubo protestas y que sus estudiantes, que hasta entonces se habían levantado al entrar él en el aula, un día, en mayo del 68, le recibieron sentados con los pies en las mesas, y desde allí fue cambiando todo, hasta la gran reforma sueca de la universidad en 1970.
También fueron cambiando las costumbres sociales y sexuales, el papel de la mujer y con ello también la autoridad en la familia. Cambió radicalmente la cultura juvenil y artística, la vida universitaria y laboral. Y Dorte, de la que en bastantes años perdí la pista, regresó a Copenhague, para, según supe más tarde, cuando yo ya me había instalado en Suecia, tomar parte en un laboratorio en pequeña escala, de la sociedad que ella tanto anhelaba.
A finales de los años sesenta, Copenhague sufría escasez de viviendas asequibles, especialmente para jóvenes, artistas y estudiantes y todo aquel que no disponía de mucho dinero. Era algo así como lo que ocurre hoy en las grandes ciudades europeas, tanto en Estocolmo como Lund, Madrid, Barcelona o Salamanca. Al mismo tiempo, existía un ambiente contracultural donde se movía Dorte, que cuestionaba la propiedad privada, la autoridad estatal y las formas tradicionales de vida. En el barrio de Christianshavn había unas grandes casernas militares abandonadas que llevaban mucho tiempo vacíos. En septiembre de 1971, vecinos del área comenzaron a abrir un agujero en la valla para que los niños pudieran jugar dentro del recinto. Poco después, jóvenes sin vivienda y grupos alternativos empezaron a entrar y a ocupar los edificios.
Un periodista y activista, Jacob Ludvigsen, publicó entonces un artículo proclamando el lugar como una “ciudad libre”. La idea prendió rápidamente: llegaron hippies, artistas, familias, músicos y personas que querían vivir de otra manera. Se organizaron asambleas y se decidió que el área funcionaría sin propiedad privada individual, con decisiones colectivas y un estilo de vida comunitario. El artículo original de Jacob Ludvigsen apareció el 26 de septiembre de 1971 en la revista Hovedbladet y fue decisivo para el nacimiento de un enclave libertario dentro de Copenhague. El artículo era una mezcla de crónica, manifiesto y llamada a la acción, muy en el espíritu posterior al Mayo del 68.
Ludvigsen describía la entrada en los antiguos cuarteles militares abandonados, a los que llamaba “la ciudad prohibida del ejército”. Presentaba el lugar como una oportunidad única: grandes edificios vacíos, zonas verdes, talleres posibles, espacios para vivienda y cultura. El texto proponía que los ciudadanos tomaran ese espacio y lo transformaran en una comunidad alternativa. La idea central era construir una sociedad desde cero dentro de la ciudad existente. Hablaba de autogestión, de responsabilidad colectiva y de una vida diferente a la sociedad de consumo. Imaginaba guarderías comunes, talleres artísticos, teatro, espacios de música, zonas de juego para niños y viviendas construidas colectivamente. También insistía en que no debía haber especulación ni propiedad privada tradicional, sino uso común del espacio.
El tono era deliberadamente provocador y práctico. No se limitaba a teorizar: invitaba a ir allí, a instalarse, a experimentar. Presentaba el mini estado Christiania, como se vino a llamar, como “la tierra de los colonos”, un lugar donde probar nuevas formas de convivencia, con menos jerarquía y más participación directa. La propuesta no era destruir la sociedad existente, sino crear un modelo alternativo real a pequeña escala.
Ese artículo tuvo un efecto inmediato: convirtió una ocupación dispersa en un proyecto consciente. Tras su publicación, empezaron a llegar jóvenes, familias, artistas y activistas que tomaron el texto como una invitación abierta. En los primeros años, la organización era muy informal, las casas se ocupaban y se rehabilitaban colectivamente, las decisiones se tomaban en asambleas abiertas, no había coches en muchas zonas, surgieron talleres, sobre todo de bicicletas, teatros, guarderías y espacios culturales, se fomentaba la vida comunitaria y la creatividad
El Estado danés, al principio, toleró la ocupación porque no tenía un plan claro para el terreno y porque la falta de viviendas era verdaderamente serios. Esa tolerancia permitió que Christiania se consolidara como un experimento social real, no solo una protesta simbólica. Christiania fue, en esencia, un intento práctico de aplicar ideas del 68: menos jerarquía, más autogestión, vida comunitaria y búsqueda de una sociedad distinta empezando por un espacio concreto. Así lo conocí yo, cuando lo visité en 1975 y, por casualidad, ¡lo que son las cosas! – encontré a Dorte allí y nos hemos ido viendo ocasionalmente hasta ella falleció, de cáncer me dijeron, en 1991.
Con el tiempo, la droga, siempre aceptada como legal en el recinto, fue convirtiéndose en el mayor negocio de algunos de sus habitantes, que habían dejado la idealidad de los fundadores. En una de sus calles, bautizada como Pushers Street, se vendía la droga abiertamente y jóvenes y menos jóvenes daneses y suecos, visitaba Christiania para abastecerse de hachís y de cosas aun más duras. También surgieron problemas derivados de conflictos sobre propiedad y legalidad, pero la comunidad sobrevivió y continúa existiendo hoy, aunque ya de forma muy diferente, porque Christiania ha cambiado bastante desde su creación en 1971. Sigue siendo una comunidad alternativa, pero muchas de las ideas originales se han adaptado con el tiempo. Si viviera Dorte casi no la conoceía.
Primero, cambió la relación con el Estado danés. Durante años, Christiania fue una ocupación tolerada sin estatus legal claro, pero, a partir de los años 2000 comenzaron negociaciones y conflictos sobre la propiedad del terreno. Finalmente, en 2012, los propios habitantes crearon una fundación colectiva y compraron gran parte del área al Estado, lo que legalizó parcialmente la comunidad. Esto supuso pasar de ocupación informal a una estructura más estable.
También cambió la organización interna. La autogestión sigue existiendo, pero es menos espontánea que en los años 70. Hoy hay reglas más claras sobre construcción, convivencia y actividades económicas. La comunidad sigue tomando decisiones por consenso, pero con procedimientos más definidos.
Otro cambio importante ha sido el turismo. Christiania se ha convertido en una atracción muy conocida de Copenhague. Miles de visitantes la recorren cada año, y esto le ha traído ingresos pero también tensiones: algunos sienten que la comunidad ha pasado de experimento social a lugar casi museístico. Los pocos habitantes fundacionales que quedan se enfadan muchísimo cuando ven a un “turista” haciendo fotografías.
La cuestión de las drogas, especialmente en la famosa Pusher Street, también ha cambiado. Durante décadas hubo venta abierta de cannabis tolerada internamente. Sin embargo, ha habido conflictos con bandas criminales, intervenciones policiales y decisiones internas para limitar o cerrar ese mercado y se ha modificado el ambiente original. Además, la arquitectura ha evolucionado. Al principio había construcciones improvisadas y ocupaciones espontáneas; hoy muchas casas están regularizadas, con servicios básicos y normas de seguridad, aunque se mantiene el estilo creativo y alternativo. Christiania ha pasado de ser una utopía improvisada y rebelde a una comunidad alternativa más institucionalizada: sigue defendiendo la autogestión, la vida comunitaria y la cultura libre, pero dentro de un marco más legal, más visitado y menos espontáneo que en sus comienzos.
Empecé a escribir esto ayer y no pude terminarlo porque hay tanto que decir, que no cabe en una entrada. A mí, lo que viví el 68 me cambió totalmente. La cuestión es si el 68 cambió el mundo y me siento inclinado a decir que sí, que muchas cosas cambiaron. Se alcanzaron muchas cumbres, pero una, la más difícil de las siete, parece que se resiste. Me estoy refiriendo, claro está, a la abolición de la sociedad de consumo.
Es de comprender, que los obreros que revindicaban su derecho a una vivienda digna y una economía más desahogada no pararan sus demandas por el hecho de haber tenido unas ciertas compensaciones salariales. El que ha tenido poco o no ha tenido nada, tiene derecho a pedir y a soñar. El problema es que las aspiraciones materiales son como una espiral ascendente que no tiene fin. Ahí está el problema, que, sin saber, se pasa de la escasez a vivir prisionero de las cosas. Entonces las aspiraciones materiales entran en una espiral ascendente sin término: una casa más grande, más objetos, más consumo, más comodidad, siempre algo nuevo que parece necesario.
Así se pasa, casi sin darse cuenta, de la escasez a otra forma de dependencia. Ya no se está limitado por la pobreza, sino por la necesidad de mantener un determinado nivel de consumo. El trabajo se orienta a pagar cosas, las cosas exigen más trabajo, y el tiempo se organiza alrededor de producir y consumir. La libertad que parecía llegar con el bienestar se transforma en una prisión suave, hecha de objetos, de crédito, de hábitos y expectativas sociales. La sociedad de consumo no obliga por la fuerza, sino con el deseo: crea necesidades, convierte el bienestar en norma y empuja a todos a seguir subiendo en esa escalera que nunca termina.
La crítica que surgió en los años sesenta señalaba precisamente esto: que el progreso material era necesario, pero no suficiente. Una sociedad podía haber superado la miseria y, sin embargo, generar una nueva forma de alienación, donde la vida se reduce a trabajar para consumir y consumir para seguir trabajando. El riesgo es que el bienestar material, en lugar de liberar, termine ocupando el centro de la existencia, y que la persona pase de luchar contra la escasez a vivir prisionera de las cosas.
Nos queda por tanto una cumbre que someter, la del consumismo, cuya “cara fea” o incluso fatal, es precisamente esa dependencia invisible que se oculta tras la promesa de libertad y bienestar. Mientras el consumo se presenta como progreso y felicidad, en realidad puede generar alienación, porque el individuo se define por lo que posee, no por lo que es. La identidad se construye con objetos, marcas y estilos de vida, y el valor personal depende de acumular más. Se convierte en prisionero de la apariencia y de la aprobación social.
Esto no nos da más que ansiedad y frustración, porque la espiral del deseo nunca se detiene. Cada logro material genera nuevos deseos, un teléfono más reciente, un coche más grande, una casa mejor. Nunca hay satisfacción plena; siempre hay “algo más” que alcanzar.
El consumismo requiere producir mucho y barato. Esto reproduce jerarquías económicas y sociales, con trabajadores sobreexplotados en fábricas, recursos naturales agotados y ecosistemas dañados. La “felicidad” de unos depende del sufrimiento de otros. Y esos otros viven lejos de nosotros, Asia es la fábrica de Europa. Mira tu ropa, tus teléfonos, cualquier cosa que poseas y verás que está hecho en Asia. Y, este ciclo de producción y desecho masivo conduce al agotamiento de recursos, contaminación y crisis climática. Vivir prisionero de las cosas tiene un costo colectivo: la tierra misma se empobrece.
¡Y, sí al menos fuéramos felices! Porque, al centrar la vida en acumular y consumir,perdemos dimensiones esenciales: la creatividad, el tiempo para pensar, la relación con otros, la contemplación de la naturaleza. Estamos llenos de cosas y vacíos por dentro, porque el consumismo prometía liberación, pero termina conduciéndonos al abismo: mientras creemos avanzar, nuestra libertad, nuestra salud, nuestra naturaleza y nuestra felicidad se deterioran. Es la trampa de la abundancia: más bienes, más poder adquisitivo, más “comodidad”… pero menos autenticidad, menos libertad y menos sentido.
Echo de menos una revolución del 68 que quiera conquistar esa última cumbre y quiero que a esta se le añada otra, la octava, la más utópica: la paz mundial. Me imagino una inmensa fuerza colectiva de jóvenes tomando las ciudades más importantes del mundo, pidiendo responsabilidad a los gobiernos para detener el cambio climático. He visto algo parecido justo antes de la pandemia, con Greta Thunberg como una pequeña Juana de Arco, un movimiento disperso que no consiguió levantar el vuelo antes de ser aplastado por la pandemia y las guerras.
Las guerras, las guerras…Primero hay que parar las guerras. ¿Por qué es tan difícil? Parar las guerras, mirar lo que tenemos, eso que ven los astronautas del Artemis II, esa pequeña esfera recubierta con un velo azul, donde vivimos todos, y empezar a cuidarla. Echo de menos mis charlas con Dorte, sus enseñanzas, sus galletas, su franca sonrisa.
[1]https://monoskop.org/images/5/58/Vaneigem_Raoul_Tratado_del_saber_vivir_para_uso_de_las_jovenes_generaciones.pdf
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