He recibido algunas reacciones sobre mi texto de anteayer. Las más críticas vienen de personas con una alta religiosidad, católicos y protestantes practicantes, no pocos musulmanes tanto suníes como chiíes y, sobre todo de algunos que se autoidentifican como humanistas. A algunos les he contestado personalmente, pero, con esta entrada, considero que respondo al resto. Vayamos por partes. A todos les respondo en principio que no existe una respuesta demostrable y definitiva sobre qué visión es “la correcta”, porque todas intentan responder a preguntas que hoy siguen estando parcialmente fuera del alcance de la verificación científica. Por tanto, el origen último de la existencia, la conciencia y qué ocurre tras la muerte se entiende de diferentes formas, todas respetables, pero imposibles de verificar según el método científico. Pero, creo que sí podemos comparar qué tipo de explicación ofrece cada una y qué grado de coherencia tiene con lo que conocemos actualmente.
El creacionismo literal o clásico, según se intenta enseñar en algunas escuelas en Estados Unidos y un poco aquí y allá, es la idea de que un Dios creó el mundo y las especies tal como aparecen en los textos sagrados y entra en conflicto con gran parte de la evidencia científica acumulada que muestra la evolución biológica, la antigüedad del universo, la genética, la paleontología y la cosmología. Como explicación literal del origen de la vida y del universo, resulta hoy difícil sostenerlo científicamente, pero, allá cada cual con sus creencias.
La tradición cristiana es mucho más compleja que el creacionismo literal y muchos teólogos modernos aceptan ya por ejemplo el Big Bang, la evolución y la ciencia contemporánea. La diferencia es que interpretan el universo como una creación con sentido, partiendo de la existencia de una dimensión espiritual y la supuesta supervivencia del alma, lo que significa una continuidad personal tras la muerte. La fuerza de esta tradición está en la experiencia moral y la esperanza en la continuidad de la identidad personal.
Para los fieles seguidores del Corán, Dios creó los cielos y la tierra con un acto de voluntad divina. El universo no es eterno, sino creado. La creación aparece descrita en varios pasajes de forma poética y simbólica. En algunos versículos se menciona que la creación tuvo lugar en “seis días” o seis períodos, aunque muchos teólogos musulmanes interpretan esos “días” como etapas y no necesariamente como jornadas literales de 24 horas.
El ser humano, Adán, ocupa un lugar central. El Corán afirma que Adán fue creado por Dios a partir de barro, arcilla o polvo, y que recibió directamente el aliento divino. Eva (Hawwa) también forma parte de la tradición islámica, aunque el Corán da menos detalles que el Génesis bíblico. Una diferencia importante respecto a ciertos sectores del cristianismo moderno es que el mundo islámico clásico no desarrolló históricamente un movimiento creacionista organizado comparable al “creacionismo científico” protestante norteamericano. Durante siglos, muchos pensadores musulmanes combinaron la fe religiosa con la observación racional de la naturaleza. De hecho, en la civilización islámica medieval hubo un notable interés por las ciencias naturales. Filósofos y sabios como Avicena o Averroes intentaron armonizar razón y revelación.
Sin embargo, en los siglos XX y XXI sí han surgido corrientes islámicas creacionistas más combativas frente a la teoría de la evolución de Charles Darwin. Algunos autores musulmanes rechazan la evolución humana porque consideran incompatible que el hombre descienda de otros seres vivos si Adán fue creado directamente por Dios. Uno de los creacionistas islámicos contemporáneos más conocidos es Harun Yahya, pseudónimo de Adnan Oktar. Sus libros y documentales sostienen que la evolución es falsa y defienden un diseño divino directo del mundo y de las especies.
Pero el islam no tiene una posición única y obligatoria sobre la evolución. No es difícil encontrar musulmanes actuales que aceptan la evolución biológica parcial o incluso completa, y que interpretan el Corán de forma simbólica o compatible con la ciencia moderna.
El humanismo materialista y secular suele sostener que la conciencia surge del cerebro y la muerte es el final de la experiencia individual. El sentido debe, por tanto, construirse dentro de esta vida. El humanismo tiene la ventaja de apoyarse estrictamente en lo verificable. Pero para muchas personas deja abiertas preguntas muy difíciles, que permanecen sin contestar, como por qué existe conciencia subjetiva, por qué el universo posee leyes inteligibles, o por qué el ser humano parece resistirse tan profundamente a la idea de la nada absoluta.
Yo trato de mantenerme intelectualmente prudente, porque a mi juicio, la ciencia, hasta donde yo entiendo, explica extraordinariamente bien cómo funciona el universo observable. Pero, eso no quita que todavía sabemos muy poco sobre el origen último de las leyes físicas, la naturaleza profunda de la conciencia, y si la experiencia subjetiva puede reducirse completamente a materia.
Por eso, vivo en una constante incertidumbre, lejos de una certeza religiosa absoluta, o de un materialismo completamente cerrado. No contribuyo a afirmar dogmas, pero intento mantener juntas tres cosas: la experiencia humana del envejecimiento y la muerte, la ciencia moderna, y la intuición persistente de que la realidad puede ser más profunda de lo que alcanzamos a comprender. No creo que sea solamente miedo a la muerte. Más bien siento que existe en el ser humano una resistencia íntima a aceptar que todo aquello que ama, recuerda, sueña y piensa pueda apagarse sin dejar rastro. Quizá por eso me interesan tanto las religiones, la filosofía y ahora también ciertas reflexiones de la física moderna. Me sorprende observar cómo algunos científicos contemporáneos, acostumbrados a laboratorios y ecuaciones, empiezan a hablar con prudencia de dimensiones de la realidad que todavía no comprendemos bien. No hablan necesariamente del alma en el sentido religioso tradicional, pero sí de la posibilidad de que la conciencia forme parte de una realidad más profunda de lo que el materialismo clásico imaginaba.
He pasado muchos años leyendo historia de la ciencia, filosofía y física, y cuanto más leo, menos sólida parece la realidad. La materia resulta ser casi vacío, el tiempo depende del observador y las partículas existen como probabilidades antes de manifestarse. Todo eso despierta inevitablemente mi asombro. No porque crea haber encontrado respuestas definitivas, sino porque empiezo a sospechar que el universo es mucho más extraño y profundo de lo que nuestra intuición cotidiana alcanza a comprender.
Respeto profundamente todas las creencias humanas cuando nacen de una búsqueda sincera de sentido. Respeto al creyente que reza, al agnóstico que duda, al científico que investiga y también a quien encuentra serenidad pensando que tras la muerte no hay nada más. A estas alturas de mi vida he comprendido que casi todos, cada uno a nuestra manera, tratamos de responder a las mismas preguntas fundamentales. Y lo hacemos condicionados por nuestra cultura, nuestras experiencias, nuestras pérdidas, nuestras lecturas y también nuestras esperanzas.
Pero precisamente porque respeto las creencias ajenas, también reivindico mi derecho a tener las mías propias, aunque sean provisionales, imperfectas y estén todavía en construcción. No me interesa repetir dogmas cerrados ni aceptar respuestas definitivas simplemente porque otros las hayan dado antes. Necesito pensar, leer, comparar, profundizar y tratar de entender. Tal vez porque llevo toda una vida haciéndome preguntas y porque la curiosidad intelectual no desaparece con la edad; al contrario, a veces se vuelve más intensa.
No afirmo poseer ninguna verdad absoluta. Solo observo que cuanto más avanzan algunas ramas de la ciencia, más espacio parece abrirse nuevamente para el asombro y el misterio. Y ahí, en ese territorio incierto donde se cruzan la física, la filosofía, la conciencia y la experiencia humana, sigo buscando humildemente mis propias respuestas. Tal vez por eso sigo caminando cada día, sigo escribiendo y sigo haciéndome preguntas. Porque, aunque el cuerpo vaya deteriorándose lentamente, hay algo dentro de mí que continúa esperando, deseando y buscando sentido. Algo que todavía no ha aprendido del todo a aceptar la idea de la desaparición absoluta.
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