Supongo que alguno de mis lectores estará pensando ya que me repito más que el pepino por la noche, con esto de mi partido y las muchas peripecias que ofrece la política. Hoy me temo que voy a seguir por ahí, pero esta vez me voy a adentrar también por el terreno de Antonio Viudas y será interesante saber qué opina él de mis deliberaciones de lego en la materia.

Nuestro castellano es como todos sabemos una lengua rica en matices. Bástese con poner el ejemplo de como distingue el “ser” del “estar”, una distinción que constituye uno de los rasgos más característicos de las lenguas romances y ha sido ampliamente estudiada en la lingüística, especialmente desde la semántica y la gramática cognitiva. Ambos verbos proceden del latín, pero de raíces distintas: ser deriva de esse, mientras que estar proviene de stare, cuyo significado original era “estar de pie” o “permanecer”. Esta diferencia etimológica resulta fundamental, pues ya anticipa su evolución semántica: esse se relaciona con la esencia o la identidad, mientras que stare remite a una condición o estado situado.

Desde un punto de vista semántico, la oposición puede formularse como una distinción entre propiedades inherentes y estados contingentes. El verbo ser se utiliza para atribuir cualidades que el hablante conceptualiza como definitorias, estables o esenciales del sujeto, mientras que estar se emplea para expresar condiciones transitorias, resultativas o dependientes de un contexto determinado. Así, al decir “es alto”, se presenta la altura como una característica constitutiva, mientras que en “está cansado” se describe un estado circunstancial.

Esta diferencia ha sido analizada en términos de la semántica aspectual mediante la distinción entre predicados de nivel individual (individual-level) y de nivel de estadio (stage-level). Los primeros, asociados a ser, describen propiedades consideradas permanentes o definitorias del individuo, mientras que los segundos, vinculados a estar, se refieren a situaciones acotadas en el tiempo o en el espacio. Sin embargo, esta distinción no debe interpretarse de forma rígida, ya que depende en gran medida de la manera en que el hablante conceptualiza la realidad.

Partiendo de esta distinción, cuando digo que yo soy liberal, estoy expresando algo que pertenece a mi identidad más profunda, a mi manera de entender el mundo y de situarme en la sociedad. No es una circunstancia pasajera ni una etiqueta ocasional, sino una convicción que considero constitutiva de lo que soy: mi defensa de la libertad individual, de la responsabilidad personal y del Estado de derecho forman parte de ese “ser”.

En cambio, cuando digo que estoy en un partido que se denomina liberal, estoy describiendo una situación concreta, histórica y cambiante. Mi pertenencia a ese partido no define necesariamente mi esencia, sino que indica el lugar en el que me encuentro en este momento dentro de la vida política. Es una circunstancia que depende de decisiones, contextos y también de la evolución del propio partido.

Por eso, para mí, no hay contradicción, por el momento, en afirmar ambas cosas a la vez. Mi liberalismo pertenece al ámbito de lo que soy, mientras que mi afiliación política pertenece al ámbito de donde estoy. Y precisamente porque “estar” implica una situación reversible, puedo mantener mi identidad liberal incluso si, en algún momento, considero que el partido en el que estoy ya no refleja plenamente esos principios. De este modo, mi lengua natal me permite expresar con claridad esa posible tensión entre convicción y circunstancia: puedo seguir siendo liberal, aunque cambie el lugar o el partido donde estoy.

En otras palabras, yo soy liberal y aspiro a seguir siéndolo hasta el fin de mis días. Pero al escribirlo, no puedo dejar de preguntarme si ese “ser” del que hablo es tan inmutable como a veces quisiera creer. Porque, del mismo modo que los independentistas sostienen su convicción a lo largo del tiempo, o como quienes han abrazado ideas excluyentes las mantienen incluso al cambiar de siglas, también sabemos, porque la historia y la vida nos lo enseñan, que no todo permanece. Se es, sí, pero también se deviene.

Quizá convenga entonces introducir una cautela, que siempre es bueno hacerlo: aquello que llamamos “ser” no siempre pertenece a una esencia fija e inalterable, sino que puede ser el resultado de una larga sedimentación de experiencias, lecturas y decisiones. Algo que sentimos como propio, como definitorio, pero que no está completamente a salvo del cambio. De este modo, mi liberalismo no es solo lo que soy, sino también lo que he llegado a ser y lo que, de manera consciente, decido seguir siendo. Y en esa decisión, más que en una supuesta inmutabilidad, reside, tal vez, la verdadera fuerza de mí convicción.