Las imágenes del día en todos los medios son columnas de humo, explosiones, ruinas. Podían ser de cualquier conflicto pasado. A simple vista son imágenes tan cotidianas que no nos sorprenden. Otra guerra, más destrucción, más de lo mismo. Me paro a pensar en la suerte que algunos hemos tenido, naciendo donde y cuando hemos nacido. Hablo desde Europa occidental y desde una generación que nació cuando ya las ruinas de la gran guerra habían dejado de humear.

Nadie elige el país donde nace, ni puede controlar la estabilidad política de su entorno. Nadie puede decidir si su infancia transcurrirá en paz o en guerra, si tendrá acceso a educación, sanidad o libertad. Esas circunstancias marcan trayectorias enteras.

Hoy, por ejemplo, nacer en un país en guerra como Sudán, Irán, Líbano, o en zonas devastadas de Ucrania, significa crecer bajo bombardeos, desplazamientos y trauma. En cambio, nacer en países estables como Suecia, España o Canadá implica, estadísticamente, mayor esperanza de vida, protección social y oportunidades.

Los filósofos llaman a esto “lotería del nacimiento”. John Rawls hablaba de las “circunstancias moralmente arbitrarias”,  factores que determinan nuestra vida pero que no dependen de mérito alguno. Sin embargo, hay algo importante que debemos tener en cuenta: la historia demuestra que los lugares cambian en el tiempo.

Ex oriente lux, durante la Antigüedad, los grandes centros de prosperidad estuvieron en Mesopotamia, Persia, India y China. Ciudades como Babilonia o Chang’an eran gigantes urbanos cuando Europa era periférica. Bajo el Imperio romano, el eje económico se concentraba en el Mediterráneo oriental: Egipto, Siria y Asia Menor eran más ricos que Britania o Germania. Durante gran parte de la historia, las regiones más ricas y sofisticadas del mundo no estaban en Europa occidental, sino en Asia y el Mediterráneo oriental.

Hasta alrededor de 1700, Asia, especialmente China e India, concentraba más de la mitad del PIB mundial. Europa occidental era dinámica, pero de ninguna manera dominante. El gran cambio no llegó hasta la “Gran Divergencia”, entre los siglos XVIII y XIX, cuando Europa occidental y luego América del Norte experimentaron la industrialización. Factores como la revolución científica, el acceso a carbón abundante, la expansión colonial y nuevas instituciones económicas impulsaron un crecimiento sin precedentes. El centro de gravedad económico se desplazó hacia el Atlántico.

En el siglo XX, Estados Unidos se convirtió en la principal potencia económica y tecnológica, especialmente tras la Segunda Guerra Mundial. Europa occidental se reconstruyó y prosperó. Asia, en cambio, sufrió colonización, guerras internas y estancamiento en muchas regiones. Pero el panorama está cambiando en el siglo XXI. China ha recuperado un peso económico comparable al que tuvo antes de 1800; India crece rápidamente; el sudeste asiático se industrializa. Algunos economistas hablan ahora de una “reorientación” del centro económico mundial hacia el Indo-Pacífico.

Si miramos en términos muy largos, la supremacía occidental de los últimos dos siglos podría verse como una excepción histórica relativamente breve dentro de un arco mucho más amplio en el que Asia fue central. Fortuna mutabilis est.

Europa fue durante siglos escenario de guerras devastadoras; hoy es una de las regiones más estables. Japón pasó de la destrucción total en 1945 a convertirse en una potencia económica. Corea del Sur era uno de los países más pobres del mundo en los años 50, algo parecido ocurrió en España o Irlanda. Como decía mi madre: “no hay bien ni mal que cien años dure”. Todo puede cambiar.  

Leo hoy en un periódico sueco que “si las bombas sobre Irán siguen cayendo, pronto estaremos ante una nueva ola de inmigración”. [1] Si eso sucediese, ¿cómo reaccionaria el gobierno sueco que ahora dice estar apoyando al pueblo iraní contra la tiranía de los ayatolas?

La gran realidad es que, cada vez que los Estados Unidos comienzan una guerra “justa”, producen una ola de emigración hacia occidente. Si empezamos en Vietnam, tras la caída de Saigón en 1975, aproximadamente 1,5 a 2 millones de vietnamitas huyeron del país entre 1975 y los años 90, más de un millón de ellos llegaron a Estados Unidos, pero también llegaron a Canadá, Australia y Europa. Tras la invasión de Iraq liderada por los Estados Unidos, con el apoyo de Gran Bretaña y España, entre 4 y 5 millones de iraquíes fueron desplazados y de ellos aproximadamente 2 millones huyeron al extranjero, principalmente a Siria, antes de su propia guerra, Jordania y a países europeos. Estados Unidos acogió decenas de miles, pero proporcionalmente menos que los países vecinos.

El conflicto prolongado en Afganistán, especialmente tras la invasión estadounidense en 2001, obligó a más de 6 millones de afganos a vivir como refugiados en las últimas décadas. Tras la retirada de 2021, se produjo otra ola de salida. Los destinos principales han sido Pakistán, Irán y Europa. No olvidemos la última ola de inmigración de 2015 que, concretamente en Suecia, cambio por completo el plano político, lanzando a la extrema derecha.

Algo parecido ocurrió en Libia en 2011, cuando los ataques contra el gobierno de Khadafi produjeron un colapso estatal, con cientos de miles de desplazados. En fin, es solo una pequeña muestra, porque las muchas guerras han estado nutriendo la población desplazada, que lógicamente, intenta salvar su vida o mejorar sus posibilidades de futuro, es completamente comprensible y así habríamos hecho todos si hubiésemos estado en su lugar.

Esta nueva guerra nos traerá con toda seguridad una nueva oleada de inmigración y, ante ella, deberíamos comenzar a pensar cómo vamos a afrontarla, en la idea central de Joseph Carens, especialmente expresada en The Ethics of Immigration y en su artículo Aliens and Citizens: The Case for Open Borders[2], el argumento parte de una premisa sencilla pero poderosa: si tomamos en serio los valores liberales, igualdad moral de las personas, libertad individual y respeto a los derechos básicos, entonces el sistema actual de fronteras cerradas es muy difícil de justificar. El punto de partida es precisamente la “lotería del nacimiento”. Nacer en Canadá, Suecia o Estados Unidos, frente a nacer en Irán, Haití o Sudán, no depende de ningún mérito personal; es puro azar. Sin embargo, esa circunstancia determina de manera abrumadora las oportunidades de vida: ingresos, esperanza de vida, educación, seguridad, libertad política.

Carens sostiene que la ciudadanía heredada funciona como un privilegio feudal moderno. En la Edad Media, los derechos dependían del estamento en que uno nacía; hoy dependen del pasaporte. Si aceptamos que dentro de un Estado no es legítimo distribuir derechos fundamentales según el origen social, ¿por qué aceptamos que a escala global sí sea legítimo hacerlo según el país de nacimiento?

La libertad de movimiento, declara Carens, debería ser considerada un derecho humano básico, comparable a la libertad de movimiento dentro de un Estado. No obstante, Carens no ignora las objeciones prácticas. Reconoce que los Estados tienen intereses legítimos en regular la inmigración, proteger instituciones democráticas y mantener cohesión social. Por eso, en su libro de 2013, The Ethics of Immigration, adopta un tono más gradualista que en su artículo de 1987. Allí defiende que, aunque las fronteras completamente abiertas pueden ser un ideal moral, en la práctica se pueden justificar restricciones temporales o limitadas. Pero insiste en que la carga de la prueba recae en quien quiere restringir, no en quien quiere moverse.

En síntesis, su argumento es que, si creemos en la igualdad moral de las personas, el hecho de que el azar del nacimiento determine radicalmente nuestras oportunidades exige una justificación moral muy fuerte. Y, según Carens, esa justificación rara vez se ofrece de manera convincente. Es una reflexión que debemos hacer ante la nueva ola de inmigración que esta guerra originará.


[1] https://www.dn.se/ledare/susanne-nystrom-om-bomberna-fortsatter-att-falla-kommer-nasta-flyktingvag-snart-till-sverige/

[2] https://www.scribd.com/document/646290171/Carens-1987-1