Hay diferentes varas de medir la democracia. A los que dan en temer el ascenso de los Demócratas de Suecia (SD) al gobierno directo de la nación se les llena la boca de referencias al Apocalipsis y advertencias de que, tras ese acceso, acabarían todos los logros hasta ahora alcanzados en cuanto a los derechos humanos, derechos de la mujer y libertades. Se trata de asustar al votante, al supremo poder de la democracia, para que no siga el impulso de su interés o sus convicciones, pensando en que pudiera haber algo más importante, con creces superior a sus intereses personales o sus convicciones.
Primeramente, deberíamos preguntarnos por qué un partido como SD puede ascender en un par de décadas de la más absoluta irrelevancia a ser la segunda fuerza política en un país democrático como Suecia. O se piensa que los que les votan son completamente ignorantes, y esto nos debería poner ante la pregunta de si todos los habitantes de una entidad política deberían tener voto, o se acotan las libertades para que nadie pueda pensar fuera de los límites impuestos por los que, en algún momento han tenido el poder.
Tratar de asustar al publico con el ejemplo de Hitler es, a mi parecer, comparar momentos históricos tan dispares, que, la pretendida similitud pierde toda credibilidad. El partido nazi de Hitler, el Partido Nacionalsocialista Alemán de Adolf Hitler, llegó al poder en el contexto de la crisis de la República de Weimar, con una democracia frágil, una economía devastada y una fuerte polarización social. Las elecciones de 1933 no fueron plenamente libres porque ya había represión, violencia política y limitaciones a la oposición.
Sverigedemokraterna es un partido que opera dentro de un sistema democrático consolidado como el sueco. Participa en elecciones libres, acepta, al menos formalmente, las reglas del juego parlamentario y no actúa en un contexto de colapso institucional comparable al alemán de entreguerras. Debo corregir lo dicho sobre la aceptación de las reglas del juego, porque, en la última votación en el parlamento, SD rompió con el acuerdo tácito de compensar o neutralizar votos entre partidos cuando algunos diputados no pueden estar presentes en una votación. Por ejemplo, si un diputado de un partido está ausente, otro partido acuerda que uno de sus propios diputados tampoco vote, para que el equilibrio de fuerzas se mantenga. Tras una propuesta del gobierno, al que SD apoya, que trataba las reglas transitorias para nuevos requisitos más estrictos de obtención de ciudadanía, la oposición trataba de suavizar el impacto de los cambios, pero el bloque del gobierno, los llamados Tidöpartierna, logró imponerse gracias a que SD se personó en pleno y votó a favor de la proposición, haciendo caso omiso de la regla de neutralizar los votos de los parlamentarios ausentes.
Pero, volviendo a la cuestión de si la democracia peligra o no, en caso de que SD acceda a puestos ministeriales, creo que primeramente deberíamos dejar claro a qué nos referimos cuando hablamos de democracia, porque como bien sabemos, la palabra ha pasado a ser en muchos casos un disfraz para movimientos autoritarios, preferentemente de izquierdas: República Democrática Alemana, República Popular Democrática de Corea, por poner dos ejemplos significativos.
Partamos de la base de que los que discutimos aquí estamos de acuerdo en una definición de la democracia como la posibilidad de que quienes están sometidos a las decisiones puedan también influir en ellas, corregirlas y, llegado el caso, sustituir a quienes las toman. Sin soberanía popular no hay democracia y, en la tradición liberal, en la que vivimos, esa soberanía se canaliza mediante elecciones libres, separación de poderes y derechos individuales.
Aceptando la definición mencionada arriba, el voto es el mecanismo mediante el cual esa soberanía se expresa de forma ordenada, periódica y reconocible, y se transforman las decisiones colectivas en gobiernos, leyes y mayorías parlamentarias Lo que se manifiesta en él es la voluntad política de la ciudadanía organizada en un sistema. El voto está encuadrado por reglas previas, una constitución, derechos fundamentales, tribunales independientes, que actúan como marco estable. Ese marco existe precisamente para evitar que una mayoría circunstancial pueda, en un momento dado, deshacer las bases del propio sistema o eliminar los derechos de quienes no pertenecen a ella.
Por tanto, no deberíamos rasgarnos las vestiduras por el ascenso de fuerzas como SD en Suecia o Vox en España, por nombrar solo las que más conocemos, sino tratar de comprender que es lo que atrae el voto hacia sus propuestas. Le hacemos un flaco favor a la democracia denunciando que estos partidos son solo marketing o que se nutren de miedos fomentados po ellos mismos. Yo creo que todos los políticos que tienen o han tenido poder durante los últimos 50 años, debemos recapacitar sobre las decisiones que han llevado a una parte de la sociedad a votar alternativas de extrema derecha. Es lo que está haciendo ahora mismo el partido socialdemócrata en Suecia y todos los otros partidos que han tenido responsabilidades de gobierno, en el que también se encuentra mi propio partido.
Ayer estuve haciendo campaña en el centro de Lund. Es algo verdaderamente reconfortante porque, entramos en contacto con la ciudadanía y discutimos asuntos variados de política local, regional y nacional. No hay mejor forma de entender la política que la de salir a la calle a discutir las ideas. Digo discutir, porque en mi caso, no se trata simplemente de defender mis ideas sino de discutirlas con todo aquel que quiera hacerlo. Qué alegría ver que tres muchachos de octavo, chicos de catorce años, se nos acercan para decir que su profesor de ciencias sociales les ha hecho unos exámenes sobre las leyes fundamentales del sistema democrático de Suecia, que no es una constitución, pero que funciona como tal. Tiene gracia, porque, nuestra líder Simona Mohamsson, preguntada por estas leyes en un programa televisivo, no supo contestar adecuadamente, y esto ha provocado un interés nacional por estas reglas fundamentales.
Estas leyes fundamentales son solo cuatro, no saberlas no es en sí una “falta” decisiva, pero sí puede ser significativo en una conversación política, porque revela hasta qué punto la constitución y las leyes fundamentales están presentes, o no, en la conciencia pública.
La leyes fundamentales suecas (Grundlagarna) son:
Regeringsformen (La forma de gobierno): Es la más central. Establece que el poder emana del pueblo, regula el funcionamiento del Parlamento y del Gobierno, y fija los derechos y libertades fundamentales.
Successionsordningen (El orden de sucesión): Determina el orden de sucesión a la monarquía sueca.
Tryckfrihetsförordningen (La libertad de prensa): Protege la libertad de prensa y el derecho de acceso a documentos públicos. Es una de las leyes de este tipo más antiguas del mundo.
Yttrandefrihetsgrundlagen (la libertad de expresión): Garantiza la libertad de expresión en medios como radio, televisión e internet o en el espacio urbano, como nosotros hacemos.
En conjunto, estas leyes, que Simona Mohamsson no pudo recitar de memoria, forman la base del sistema político sueco. No pueden modificarse como una ley ordinaria y requieren un procedimiento especial con dos decisiones del Parlamento separadas por elecciones generales, lo que les da una gran estabilidad. Los muchachos que nos visitaron ayer, las aprendieron en parte gracias al lapsus de nuestra líder. Lo importante es que prevalezcan y que todos sepamos lo que perderíamos si estas leyes fueran eliminadas, y no lo harán, si el pueblo las conoce. No hay mal que por bien no venga y, qué razón tenía el bueno del obispo Thomas cuando ya en 1439 escribió el texto que sigue, ¿verdad?
“La libertad es la mejor cosa
que puede buscarse en todo el mundo;
la libertad que uno posee
es la que realmente tiene valor.”

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