Siempre encuentro algún motivo para intentar profundizar en hechos históricos. Para mí es como un vicio que no puedo evitar, porque me produce placer, cosas de los vicios. Llegado el dos de mayo, suelo consultar el material que ha recopilado la Real Academia de la Historia y que se puede consultar en la red[1]. Al encontrar una relación biográfica de los participantes en la revuelta, me lanzo a reconstruir los acontecimientos en el cuartel de Monteleón, es decir, lo que se sabe sobre esas tres horas del dos de mayo de 1808.
Busco naturalmente las figuras de los capitanes Daoiz y Velarde, el teniente Ruiz y las heroínas Manuela Malasaña y Clara del Rey en el parque de artillería de Monteleón. Trato de reconstruir esas tres horas, desde la 10 de la mañana a la una del mediodía. Las fuentes me dejan ver como la reacción aparentemente espontanea de algunos transeúntes en las cercanías del Palacio Real de Madrid, al ver que salían en sendas carrozas el príncipe Francisco de Paula y su hermana, la reina de Etruria, se amplificó hasta llegar a la Plaza Mayor y la Puerta del Sol y, poco más tarde, a Monteleón.
Encuentro poco material sobre la revuelta en sí, la reacción popular en el momento de la salida de los carruajes. Me gustaría saber si había algún tipo de organización detrás, pero no lo puedo encontrar en las fuentes. Lo que sí es fácil encontrar es las biografías de los capitanes y, leyéndolas, me doy cuenta que hay un personaje muy importante que ha permanecido casi en la sombra y que cuya actuación, tanto ese día como los precedentes, puede haber tenido una gran importancia para el devenir de los hechos.
En la biografía de Daoiz leo su reacción al saber que su compañero Velarde había hecho participe de unos planes de revuelta armada desde Monteleón al ministro O´Farrill: “Todo está perdido, pero tú y yo sacrificaremos la vida por España”. Y es que el propio capitán Velarde hizo partícipe al ministro O´Farrill, casi en el último momento, del plan secreto contra los invasores. Su lealtad acendrada en la cadena de mando, chirriaba posiblemente en su conciencia, y desveló sus planes más inmediatos al ministro de la guerra O´Farrill, que hasta entonces había sido su superior, como general jefe de la artillería española.
Y este O´Farrill, me parece interesante sacarle del anonimato hoy. Para comenzar nos iremos primero a la isla de Monserrat, que fue colonizada por católicos irlandeses en 1632, quienes fueron enviados allí por Sir Thomas Warner, el primer gobernador británico de la vecina isla de San Cristóbal (St Kitts). Tras el establecimiento inicial, más colonos irlandeses llegaron desde la colonia de Virginia y establecieron plantaciones para cultivar tabaco e índigo, a lo que posteriormente se añadirían el algodón y el azúcar. ¿Adónde vas? Estarás ya pensando. ¿Qué tendrá que ver el tabaco y el índigo con el dos de mayo? Pues, sí, querido lector, tiene que ver y mucho. Te explicaré:
A mediados del siglo XVII, los católicos irlandeses constituían la mayoría de las aproximadamente 1.000 familias residentes en la isla de Montserrat, recientemente conquistada por los ingleses. Tras la victoria de Cromwell en Irlanda en 1653, se estima que hasta 10.000 católicos fueron trasladados a las Indias Occidentales, y algunos de ellos se asentaron en Montserrat. Estos asentamientos irlandeses en Montserrat estuvieron estrechamente vinculados al crecimiento de la esclavitud y al comercio que la acompañaba. Los sirvientes contratados (indentured servants), una forma de esclavitud limitada en el tiempo, constituían la mayoría de las personas de raza blanca (ingleses e irlandeses) que emigraban a Montserrat. Casi entre el cincuenta y el sesenta por ciento del flujo de mano de obra procedente de Gran Bretaña hacia sus numerosas colonias durante los primeros años del siglo XVII estaba formado por este tipo de trabajadores.
Los irlandeses representaban más del 70 % de la población blanca de Montserrat a finales del siglo XVII, lo que hacía de la isla el lugar con la mayor concentración de personas de etnia irlandesa de cualquier colonia en la historia tanto del primer como del segundo imperio inglés. Uno de estos emigrantes fue Richard O’Farrill, que nació en Derry alrededor de 1640, pero emigró a Montserrat alrededor de 1667.
Cuando Richard tenía un año tuvo lugar la gran rebelión católico-gaélica para recuperar las tierras usurpadas por los ingleses, a la que más tarde se unieron los católicos anglo-irlandeses en Irlanda. Bajo el liderazgo del jefe irlandés Rory O’More, se organizó una conspiración para tomar Dublín y expulsar a los ingleses. Los católicos poseían el 59 % de la tierra en Irlanda. En 1649, cuando Richard tenía nueve años, el lord protector protestante de Inglaterra, Oliver Cromwell, desembarcó en Dublín. Sus tropas mataron a 2.000 hombres. Gran parte de las tierras en Munster, Leinster y Ulster (Drogheda y Wexford) fue confiscada y repartida entre los soldados ingleses.
He perdido de vista durante los años que van entre el 1649 y el 1667, año en el que emigra a Montserrat. Quería ver si era uno de los irlandeses esclavizados, pero fue en 1672 cuando 6000 jóvenes irlandeses, hombres y mujeres fueron vendidos como esclavos. Los datos que encuentro en Family Search me confunden un poco, porque en esa recopilación de datos figura como casado con una Mary Catherine O´Daly, nacida en 1645, “aproximadamente” en 1665 en Kinsale, Saint Anthony, Montserrat. Puede ser, por tanto, que hubiese emigrado, ya sea voluntariamente o como sirviente contratado en alguna fecha anterior.
Encuentro a sus hijos, el mayor de ellos Francisco Ambrosio O’Farrill O’Dally, nacido en 1673, seguido de otros cinco, pero no puedo establecer cuando los O’Farrill dejaron Montserrat para viajar los 1700 kilómetros que la separan de Cuba y establecerse en esta isla. Y así llegamos al ministro O´Farrill, Gonzalo O’Farrill y Herrera, nacido en La Habana en 1754, quien en su niñez emigro a España tras un corto periodo en Francia. De él se puede leer en el Portal de Archivos Españoles[2] que fue “Militar y político español nacido en La Habana (Cuba), el 22 de enero de 1754. Hijo de Juan José O’Farrill y de Luisa Herrera, de origen irlandés. En el Ejército español sirvió en los presidios de África y en Navarra y los Pirineos orientales, durante la guerra contra la Convención. En 1798 fue nombrado Inspector general de Infantería, y en 1799 pasó a Rochefort. Viajó en misión oficial reservada por Alemania, Suiza, Italia, Holanda e Inglaterra. Ministro plenipotenciario en la corte de Berlín hasta 1805. Napoleón no lo admitió en París por considerarlo irlandés. En marzo de 1806 fue a Florencia, donde mandó la división española encargada de la defensa de Etruria. Redactó el Reglamento de las Milicias, y también en marzo de 1808 Fernando VII le nombró director general de Artillería. El 5 de abril de 1808 fue designado ministro de la Guerra, y tras la marcha del Rey a Bayona fue miembro de la Junta de Gobierno.”
Seguramente Daoiz estaba muy bien informado de la relación de O´Farrill con José Bonaparte, y es por eso que recibió con contrariedad que su compañero Velarde le contase que había informado al ministro de la guerra de su intención de sublevar el cuartel de Monteleón. Se explica cómo pudieron reunir los franceses 2000 hombres en unas pocas horas para neutralizar el intento de sublevación de los artilleros.
Es posible que O´Farrill actuara de buena fe, queriendo evitar males mayores, pero su colaboración con el rey José I Bonaparte y los invasores franceses provocó que en abril de 1809 la Junta Central confiscara sus bienes por traidor.
O’Farrill escribió cartas a Castaños, Saavedra y Cevallos, animándolos a sumarse al Gobierno de José I con el objetivo de “españolizarlo”. También escribía artículos como el publicado en la Gaceta de Madrid el 31 de enero de 1810, en que cifraba las esperanzas de todo buen español en “un gobierno que asegure nuestra independencia, nuestra libertad civil, que reconozca y mejore las instituciones que nuestros padres no llegaron a consolidar, y que tome por pauta de sus operaciones y de sus leyes la que tiene ya trazada la experiencia de los siglos en los pueblos más ilustrados, cifrando toda su gloria en la felicidad individual y en la prosperidad nacional”[3]. Todo ello, a su juicio, lo garantizaba el rey José: “Reunámonos a éste y salvemos la patria”[4], concluía O´Farril. En realidad, creo yo, lo que deseaba O´Farrill era que cesara la guerra de guerrillas, que hacía mucho daño a las tropas invasoras. Décadas más tarde, el exiliado ministro y Miguel José de Azanza publicaron en su exilio de París en 1815 “Memoria sobre los hechos que justifican su conducta desde marzo de 1808 hasta abril de 1814”[5]. O´Farrill falleció en París, todavía en el exilio, el 19 de julio de 1831.
Encuentro otros españoles de ascendencia irlandesa en los dos bandos, enfrentados por su ideología o por su oportunismo político. Al contrario de O´Farrill, otro español de ascendencia irlandesa, Demetrio O’Daly Fernández de la Puente, nacido en San Juan de Puerto Rico en 1780, hijo del coronel de Ingenieros Thomas O’Daly Blake, de origen irlandés, y María Gertrudis Fernández de la Puente y Franco. Demetrio O´Daly fue enviado a Sevilla a los cinco años para vivir con su abuelo y continuar formándose en el Colegio de San Telmo, y a los doce años consiguió plaza de cadete en el Regimiento de Infantería de Burgos. Ascendido a segundo subteniente en febrero de 1793, seguidamente luchó contra los ejércitos de la Convención francesa en la Guerra del Rosellón, en las acciones de Argèles y Collioure, que le valdrían, en enero del año siguiente, el ascenso a primer subteniente.
Al término de la campaña, se dedicó a prestar servicios de guarnición en diversas plazas y al estudio de las Matemáticas en la Academia de Ingenieros establecida en Cádiz, a cuya finalización en 1801 pasó a la plaza de Ceuta, donde se encontraba su Regimiento. Curioso lo de las matemáticas, tan importantes para los artilleros, como lo fueron para Velarde, que las enseño durante su última etapa en Madrid.
En octubre de 1799 había obtenido el ascenso a segundo teniente y en diciembre de 1802 obtuvo el de primero, pasando entonces a servir en el Batallón Ligero de Campomayor, de guarnición en Cádiz, en el cargo de maestro de cadetes. En 1804, por haberse declarado la guerra a los ingleses, fue trasladado al campamento de Buenavista, frente al Peñón de Gibraltar, a las órdenes del general Castaños, hasta que en 1807 pasó a formar parte del Ejército de Operaciones de Portugal.
Al producirse el levantamiento del 2 de mayo, se integró en las fuerzas del general Castaños, y participó en el mes de junio en el ataque y defensa del puente de Alcolea y al mes siguiente en la batalla de Bailén, tras lo cual pasó a combatir a Aragón, en octubre en la acción de San Adrián. Ascendido a capitán en el mes de noviembre y trasladado al Batallón de Santa Fe, antes de finalizar 1808 luchó en Agoncillo, Cascante, Briviesca y Tarancón.
Al año siguiente, concurrió a la defensa y retirada de Santa Cruz de la Zarza, en la provincia de Toledo, y a la posterior y desafortunada batalla de Uclés, el 13 de enero, siendo al mes siguiente ascendido a sargento mayor y destinado al Regimiento de las Órdenes Militares, con el que se batió en la acción de Ciudad Real, en la que cayó herido. Una vez recuperado y tras hallarse en las acciones de Valdepeñas, Aranjuez y Almonacid, sufrió la derrota de Ocaña y la posterior retirada hacia Andalucía.
En enero de 1810, trató de impedir la penetración de los franceses hacia tierras andaluzas y se estabilizó en el cerro de Matamulas, en Sierra Morena, donde la mayor parte de la fuerza de su Regimiento fue puesta fuera de combate o cayó prisionera, al no haber querido atender las órdenes de retirada dadas por el general Vigodet; durante este combate volvió a resultar herido. Seguidamente se replegó a Murcia y de allí pasó a Cartagena, donde se embarcó con destino a Cádiz. En septiembre obtuvo el empleo de comandante en el Regimiento de Irlanda. Ya en Cádiz, en marzo de 1811 se distinguió al recuperar con sólo dos compañías el puente de Sancti Petri, y al día siguiente participó en la la batalla de Chiclana y, más adelante, ya en mayo en la de La Albuera. Terminó el año con el empleo de teniente coronel y el mando del Batallón Ligero de Canarias.
Tras luchar en 1812 en la provincia de Alicante en las acciones de San Juan e Ibi, en diciembre ascendió a coronel, conservando el mando de su Batallón. En abril de 1813 se halló en la segunda batalla de Castalla, en agosto en el bloqueo de Tarragona y en mayo de 1814 en el sitio de Sagunto.
Al huir Napoleón de la isla de Elba, se incorporó con su Batallón en el mes de agosto de 1815 al cuerpo de Ejército que, al mando de Castaños, penetró en Francia, ya con el empleo de brigadier. Al año siguiente se trasladó con su Batallón a la Isla de León, para pasar a formar parte del Ejército Expedicionario a Ultramar, concediéndosele al llegar el mando de la Brigada Ligera de Infantería y en 1818 el de la 1.ª Brigada.
Podría decirse que O´Daly actuó como un héroe nacional, pero, acusado de conjura, fue detenido en el mes de julio de 1819 en el campamento del Palmar, junto con Arco Agüero, San Miguel y otros generales, a los que se encausó. Al producirse al año siguiente el pronunciamiento de Las Cabezas de San Juan, se encontraba privado de libertad en el castillo de San Sebastián de Cádiz, consiguiendo fugarse días después y presentarse a Quiroga. Al triunfar el levantamiento liberal, fue ascendido a mariscal de campo en el mes de abril y nombrado comandante general del Campo de Gibraltar, un cargo que ejerció hasta el mes de julio siguiente, en que fue elegido diputado por Puerto Rico.
Reunidas las Cortes, de las que fue nombrado vicepresidente, decidieron en 1822 concederle la Gran Cruz de San Fernando con dispensa de todos los requisitos exigidos por los reglamentos, en atención a la notoriedad de su hazaña, y se le señaló una renta anual de 40.000 reales de vellón, todo ello por su destacada actuación en los sucesos de enero a marzo de 1820. Al terminar la legislatura 1820-1821 fue nombrado comandante general de Huelva y en septiembre capitán general de Castilla la Nueva.
Al aproximarse en 1823 a Madrid el Ejército aliado, salió de Madrid para enfrentarse al general Bessières, pero su inferioridad numérica le obligó a retirarse. Reforzadas sus tropas, persiguió a Bessières hasta Cariñena, pero una vez más el fracaso le obligó a retornar a Madrid, desde donde, al mando de una división, se retiró a Cádiz, donde en el mes de octubre embarcó emigrado con destino a las Antillas[6], donde vivió con su familia hasta que en 1831 se trasladaron a Burdeos. Al morir Fernando VII, consiguió regresar a España en 1834 y quedó en situación de reserva en Madrid, hasta que en septiembre fue nombrado gobernador militar de Cartagena. Tres años después le sería reconocido el empleo de mariscal de campo hasta 1841, cuando fue separado del cargo por orden del tribunal de cuentas, pero quedó absuelto y puesto en libertad. La vida difícil de un liberal. Tenemos, por tanto, un irlandés afrancesado: O´Ferrill y un irlandés liberal y masón: O´Daly. Pero también podemos encontrar irlandeses absolutistas, que fueron seguidores de Fernado VII.
José O´Lawlor fue otro irlandés coetáneo a O´Farrill y O´Daly y como este último opuesto a la política del ministro de la Guerra afrancesado. O´Lawlor era el primogénito de una de las familias más nobles de Irlanda, se vio obligado a salir de su país natal debido a la persecución sufrida, siendo confiscados sus bienes y dispersos los miembros de su familia, que pasaron al continente y a América. Una prima hermana suya fue la fundadora en los Estados Unidos de la Orden de la Visitación.
O’Lawlor ingresó como cadete del Regimiento de Infantería de Irlanda y estudió Matemáticas en la Academia de Barcelona. Con el empleo de subteniente se encontró en el sitio y bombardeo de la plaza de Ceuta entre 1790 y 1791, por el sultanato marrioquí, y estuvo agregado al Real Cuerpo de Artillería todo el tiempo que duró el segundo sitio. A continuación, combatió a las órdenes del general Ricardos en la campaña del Rosellón contra los franceses, hasta la declaración de la paz en 1795. En octubre de 1802 se le concedió el cargo de visitador general de Rentas del Reino de Granada. Pasó seguidamente de capitán al Regimiento de Caballería de Farnesio, como comisionado a la Inspección General del arma, hasta el 2 de mayo de 1808, que se fugó de Madrid y se incorporó en el Ejército de Andalucía. No sabemos si estaba advertido de la revuelta, pero seguramente conocía la preparación de la sublevación armada.
Fue comisionado por la Junta Central en el Ejército británico del general Moore, con el que participó, entre otras, en la acción de Benavente. En la retirada y batalla de La Coruña, para no quedar prisionero, se fugó a Inglaterra. A su regreso formó parte como comandante del escuadrón del Regimiento de Borbón, hasta que fue de nuevo comisionado a Portugal en representación del Gobierno para solicitar la cooperación de Wellington en la batalla de Talavera. Al tomar Wellington el mando de las tropas angloespañolas, pasó a sus órdenes inmediatas en unión del general Álava y participó en las batallas de Talavera y Fuentes de Oñoro; en el sitio y toma de Ciudad Rodrigo y Badajoz; en la batalla de Arapiles, en la entrada de Madrid y toma del Retiro; en el sitio y retirada de Burgos; en la acción de Vitoria, y todas las batallas libradas contra los Ejércitos napoleónicos hasta la caída del emperador francés. Además, fue comisionado y representante del Gobierno en el Ejército británico, y fue el secretario de Wellington.
O’Lawlor ascendió a mariscal de campo en 1814, y fue nombrado en 1815 comandante general de todas las partidas empleadas en persecución de contrabandistas y malhechores en el distrito de la Capitanía General de Granada[7]. Por orden del capitán general Francisco Eguía, se encargó de la defensa de Granada y Jaén contra las posibles acciones de Riego, al que persiguió en varias direcciones hasta Aguilar de la Frontera, mereciendo su conducta y la de la tropa bajo su mando la felicitación del general Eguía. Juró la Constitución en 1820, solicitando la dimisión de su cargo de comandante militar de Granada y Jaén, no admitiendo su nombramiento en ningún otro cargo militar ni civil durante el Gobierno revolucionario.
En julio de 1823 se encargó de nuevo de la Capitanía General, y cooperó eficazmente al restablecimiento de la autoridad soberana del Rey, disolviendo los Ejércitos de los generales José de Zayas y Francisco Ballesteros y contribuyendo eficazmente a la derrota y prisión de Riego. En 1924, como gobernador interino de Málaga, frustró los planes revolucionarios de Gibraltar y Tarifa. Su perfil absolutista está bien demostrado. A la muerte del Rey, el 29 de septiembre de 1833, renunció O’Lawlor a su cargo.
A partir de lo poco que he podido sacar de las biografías de estos españoles de ascendencia irlandesa, encuentro las tres tendencias en las que se dividía a política española durante la guerra de la independencia: afrancesados, liberales y absolutistas. Las tres tendencias, pretendidamente defensoras de la patria, pero, tan alejadas una de otra, que estaban decididos a matarse unos a otros.
O´Farrill, afrancesado, creía que lo mejor para España sería seguir la estela francesa, y conducidos por Napoleón, liberar la nación de la funesta interferencia de la Iglesia. En su artículo, o carta abierta a la Gaceta del 31 de enero de 1810[8], O´Farrill escribe:
“Señores: desde los principios de la mudación política de nuestra España a nadie oculté mis sentimientos ni mi modo de pensar, pero mucho menos a mis compañeros en la milicia.
Vacilar entre la anarquía y un gobierno que nos aseguraba la tranquilidad y la paz, me pareció siempre un delito de lesa patria.
El no adherir con sinceridad a un gobierno que nos ofrecía con una Constitución liberal la integridad del territorio y la independencia nacional, me pareció el mayor extravío de la razón humana.
La independencia nacional sólo estriba en dos cosas: en las fuerzas propias del gobierno, y en la confianza que inspira a los vecinos cuando estos son poderosos.
La anterior dinastía, por decrepitud o por la decadencia inseparable de todo lo humano, había ya agotado los manantiales de la fuerza y del poder, y llevaba vinculada en su propia sangre la enemistad de un vecino poderoso e irresistible.
Ninguno de nosotros tuvo parte en acelerar la época de su destrucción; bien al contrario, trabajamos algunos, según nuestros empleos, en precaverla o retardarla; pero era vano, pues que la Providencia lo había decretado de otra suerte.
En el torbellino de las pasiones sucede a los hombres lo que a los cuerpos de poca gravedad con el viento arremolinado; los que se hallan en la esfera de actividad de éste giran sin dirección fija, mientras los demás, en razón de su gravedad o de su distancia, permanecen tranquilos.
No hubo un solo general de los constituidos en los primeros mandos del reino que no resistiese estos primeros vértigos populares; algunos fueron víctimas de su verdadero patriotismo o de su prudencia; otros, que no perdieron el reposo sin ceder al torrente, se desviaron de él; pero todos, sin excepción alguna, acreditaron con sus acciones, sus escritos y aun su silencio, que el intento de resistir la mudanza que se preparaba era lo mismo que causar la ruina y destrucción entera de España.
En prueba de esta verdad apelo a los mismos generales que aún existen, o a los empleados cerca de los que han fallecido; y estoy pronto a manifestar a la nación entera la correspondencia de oficio que tuvieron en aquella época crítica con el ministerio de mi cargo cuantas personas obtenían entonces los mandos de todas clases.
Los primeros magistrados de la nación que, después de formado el torrente de la opinión popular, abrazaron esta por no haberla sabido dirigir, nos dieron mil pruebas de que pensaban de este mismo modo, cifrando en esta unanimidad de sentimientos la tranquilidad pública; si alguna voz contraria llegó entonces a oírse, fue por lo común el eco de alguna pasión exaltada, o del interés propio, siempre diestro en aprovechar tales circunstancias.
Varios incidentes, harto desgraciados para la nación, han llegado a conducirla al borde del precipicio y de su ruina; pero corramos un velo sobre todo lo pasado y tratemos de precaver los males venideros.
¿Cuáles son las esperanzas de ustedes, cuáles los medios de realizarlas, y cuál también debiera ser, sin vacilación alguna, el objeto que actualmente debe proponerse todo buen español?
¿Por ventura parecerá a nadie fundada la esperanza de sostener una lucha tan desigual entre tropas tantas veces derrotadas; tropas que no han tenido ni aun el tiempo de conocer el arma que manejan; tropas que apenas saben el nombre de sus oficiales, y al fin tan descuidadas por un gobierno que, lejos de su desgracia, ¿les atribuye sus derrotas, que carecen hasta del escaso alimento y del preciso vestuario de los tiempos de paz?
¿Acaso, conocida la imposibilidad de sostener la lid en campo abierto, se pretenderá sustituir a esta especie de guerra —la única en que pueden empeñarse los pueblos libres y civilizados— otra clase de resistencia? Díganlo los habitantes de las provincias que por su desgracia han querido abrazar este sistema de guerra, los males que aún lloran, y si no hubieran querido a toda costa evitarlos.
El pueblo más instruido y morigerado que durante algún tiempo se propusiese combatir por estos medios a sus enemigos acabaría siempre llenándose de asesinos, que lo serán de sus mismos compañeros cuando la necesidad los obligue, y de todos modos del oprobio de su nación.
Semejantes grupos de gente armada podrán frustrar alguna vez las miras de un corto destacamento, pero jamás los planes de un ejército fuerte y numeroso, ante cuyo aspecto deben desaparecer como las sombras ante la presencia del sol.
¿A qué, pues, podemos y debemos aspirar en esta situación? A tener un gobierno que asegure nuestra independencia, nuestra libertad civil; que reconozca y mejore las instituciones que nuestros padres no llegaron a consolidar, y que tome por pauta de sus operaciones y de sus leyes la que tiene ya trazada la experiencia de los siglos en los pueblos más ilustrados, cifrando toda su gloria en la felicidad individual y en la prosperidad nacional.
Tales son las ventajas que nos ofrece a todos el reinado de nuestro soberano José I, garantía bien fundada en las prendas singulares de su corazón, en su notoria sabiduría y en los públicos testimonios que ha dejado en el país que acaba de gobernar.
Los militares especialmente hallarán en su carrera una existencia proporcionada a su empleo y clase de servicios; optarán a los ascensos y a los premios según su mérito; cesarán de envidiar la suerte de los que abracen otra profesión; y, satisfechos y colmados de distinciones en la suya, acreditarán que lejos de ser una carga para el Estado, van a ser su principal apoyo.
Pero esta fuerza de opinión solo puede darla el trono dignamente ocupado, según se halla ahora: reunámonos a este y salvemos la patria.”
Desgraciadamente no he encontrado ningún texto original de carácter político ni de O´Daly ni de O´Lawlor. Lo único que tenemos son referencias o documentos relativos a ordenes dadas o documentos legales. Sabemos al menos que O´Daly era constitucionalista y trató de oponerse a la imposición de la monarquía absoluta, enfrentándose a Fernando VII y colaborando con Riego. Seguiré buscando, porque en la relación O´Daily- Riego encuentro cosas interesantes respecto a la liberación de las colonias española es America, en las que me gustaría profundizar un poco. Continuará.
[1] https://www.rah.es/2-de-mayo-de-1808/
[2] https://pares.mcu.es/ParesBusquedas20/catalogo/description/111671?nm
[3] https://www.cervantesvirtual.com/obra/num-31-31-de-enero-de-1810/
[4] https://www.cervantesvirtual.com/obra/num-31-31-de-enero-de-1810/
[5] https://www.digitale-sammlungen.de/en/view/bsb10455673?page=18,19
[6] https://pares.mcu.es/ParesBusquedas20/catalogo/description/4244899?nm
[7] https://pares.mcu.es/ParesBusquedas20/catalogo/description/3139075?nm
[8] https://www.cervantesvirtual.com/obra/num-31-31-de-enero-de-1810/
Leave a Reply