Voy paseando hacia la sede de mi partido. Hoy vamos a hacer una de nuestras campañas para dar a conocer nuestro programa político. Mientras camino bajo este cielo azul de primeros de mayo, me pregunto hasta que punto esto que hago yo sirve para algo. Recuerdo todas las razones que me he ido dando a lo largo de mi vida para mantener mi actividad política; razones que ahora me vienen a la cabeza.

La política no surge porque el ser humano quiera complicarse la vida, sino porque vivir en común lo exige. Allí donde hay una comunidad aparecen preguntas inevitables: cómo se reparten los recursos, quién decide las normas, cómo se resuelven los conflictos. Eso es, en esencia, la política. Ya Aristóteles hablaba del ser humano como un “animal político”, no en el sentido partidista, sino como alguien que solo puede realizarse plenamente en relación con otros, dentro de una polis. Estos argumentos, al parecer, contundentes, no convencen a muchos jóvenes. Y es que, honestamente, el tomar responsabilidades políticas no nos hace más felices, si es que es felicidad lo que buscamos.

El acto de votar puede dar una sensación de pertenencia, de responsabilidad compartida, incluso de dignidad cívica: durante un instante, uno forma parte de algo más grande que sí mismo. Pero también puede vivirse con indiferencia, escepticismo o frustración, sobre todo si se percibe que las decisiones importantes se toman lejos o que el voto tiene poco efecto. Queda entonces la posibilidad de pertenecer a un partido. La política puede contribuir a crear las condiciones para una vida digna, educación, seguridad, justicia, pero no garantiza por sí misma la felicidad.

Además, los partidos políticos interpretan de manera distinta qué significa “vida digna”: qué tipo de educación priorizar, cómo equilibrar libertad y seguridad, qué modelo de justicia es más justo o eficaz. En ese sentido, elegir un partido implica elegir también una determinada visión de la sociedad. Pero no todo depende únicamente del partido que gobierna. En las democracias modernas existen marcos comunes que limitan y orientan esas diferencias, como las constituciones, los sistemas judiciales independientes o los acuerdos internacionales. Por ejemplo, en países como Suecia o España, aunque cambien los gobiernos, hay ciertos principios básicos, o al menos, debería haberlos, en educación pública, derechos fundamentales, legalidad, que se mantienen.

Estuve el otro día asistiendo a una conferencia a la que invitaba el partido de izquierdas (Vänsterpartiet), los antiguos comunistas. La conferencia se trataba de discutir las escuelas llamadas “libres” (Friskolor), un fenómeno sueco, único en el mundo. La reforma de las escuelas libres en Suecia se introdujo en 1992 bajo el gobierno moderado de Carl Bildt y transformó profundamente el sistema educativo. Hasta entonces, la escuela era esencialmente pública y gestionada por los municipios. Con la reforma se introdujeron tres elementos clave, que fueron el “skolpeng” (cheque escolar), por el que el dinero público sigue al alumno; cada estudiante lleva consigo una financiación que puede usar en una escuela pública o privada a su elección, pudiendo, por tanto, las familias elegir escuela sin pagar matrícula. Esta reforma abrió el mercado a actores privados: se permitió crear escuelas financiadas con fondos públicos pero gestionadas por entidades privadas.

Lo que hace a este sistema particularmente singular, y muy debatido, es que, con el tiempo, Suecia permitió que estas escuelas fueran gestionadas por empresas con ánimo de lucro y que pudieran repartir beneficios a sus propietarios, algo muy poco común en sistemas educativos financiados públicamente.

Se considera único en el mundo no porque Suecia sea el único país con escuelas privadas financiadas con dinero público, algo que existe en muchos lugares, sino por la combinación de varios factores. En primer lugar, existe una financiación completamente pública y universal: las friskolor reciben por ley prácticamente el mismo dinero por alumno que las escuelas públicas. A esto se suma que, en la mayoría de los casos, no pueden cobrar cuotas, por lo que en teoría no seleccionan por capacidad de pago y el acceso se mantiene abierto. Al mismo tiempo, se permite la gestión privada con fines de lucro, lo que hace posible que grandes grupos empresariales operen escuelas y generen beneficios, algo poco común en comparación internacional. Además, funciona un mercado escolar completamente libre, donde las escuelas compiten por atraer alumnos, introduciendo lógicas de reputación, resultados y marketing. Todo ello ha alcanzado una escala significativa, especialmente en secundaria y en áreas urbanas, donde una parte importante del alumnado asiste a estas escuelas.

Este sistema ha generado un intenso debate durante décadas. Sus defensores, a los que hasta ahora ha pertenecido mi partido, sostienen que aumenta la libertad de elección, introduce competencia que puede mejorar la calidad y favorece la diversidad pedagógica. Sus críticos que principalmente se encuentran en la izquierda, en cambio, argumentan que incrementa la segregación social y académica, incentiva la inflación de notas, permite que dinero público se convierta en beneficio privado y dificulta la planificación del sistema educativo.

En la conferencia participaron como ponentes académicos y políticos vinculados a partidos de la izquierda, con una parlamentaria de Vänsterpartiet como promotora. Yo participé a título privado, pero, llegado el momento de hacer preguntas, presenté la posición de mi partido. Recurro aquí a mis apuntes de la reunión:

“Notas sobre la conferencia del 27 de abril en  Butulfshörnan, sobre el futuro de la reforma de escuelas libres:

Martijn van Praagh, del Vänsterpartiet en Lund, dirigió la reunión. Tras una breve presentación, se dio la palabra a los participantes según el siguiente orden.

1. ¿Cómo afecta la búsqueda de eficiencia económica a profesores y alumnos?

Mikael Karlsson, Universidad de Gotemburgo. Profesor universitario, Departamento de Didáctica General y Trabajo Pedagógico, sostiene que la introducción de un mercado escolar ha creado competencia entre centros y también entre docentes, lo que ha cambiado el trabajo en la escuela. Según su investigación, la lógica de mercado hace que los profesores se individualicen más y comiencen a competir entre sí en lugar de colaborar. Describe también cómo los resultados medibles, como las notas, se convierten en herramientas de competencia entre escuelas, lo que afecta a la enseñanza. En el debate sobre la reforma de las escuelas independientes, vincula este desarrollo con la política neoliberal y el New Public Management, que, según él, están en la base del sistema actual.

2. Cuatro mitos sobre la escuela de mercado

Marcus Larsson, think tank Balans:

Según Balans, la escuela de mercado se compone de tres elementos: financiación por alumno (cheque escolar), libre elección de centro y escuelas independientes que compiten con las municipales. Larsson afirma que esto obliga a los centros a atraer alumnos, cuidar su reputación y marketing, reducir costes y mostrar buenos resultados (notas).

3. ¿Qué opinan los profesores de Suecia sobre la escuela de mercado?

Henrik Magnusson, sindicato de profesores Sveriges Lärare:

El sindicato mantiene una postura claramente crítica con la escuela de mercado y las escuelas privadas con ánimo de lucro. Sus puntos principales son:

La mayoría del profesorado está en contra de los beneficios en la escuela.

Una encuesta muestra que casi nueve de cada diez profesores se oponen a que las escuelas obtengan beneficios sin que el dinero vuelva a la enseñanza.

La lógica de mercado empeora la calidad.

La organización considera que la competencia y la mentalidad de “cliente” presionan a los docentes y provocan inflación de notas.

Los recursos se desvían de la enseñanza.

Defienden que los fondos públicos deben destinarse a la educación y no a los propietarios.

Quieren cambiar el sistema.

Proponen, entre otras cosas, eliminar progresivamente las sociedades anónimas como forma de gestión, reformar la financiación según necesidades, regular la elección de centro y reducir la competencia.

4. Una mirada local y nacional desde la izquierda

Helena Falk, concejala en Lund (V), y Hanna Gunnarsson, diputada el parlamento:

Helena Falk habló sobre recursos y equidad, subrayando la responsabilidad del municipio hacia todos los alumnos y criticando sistemas que generan planificación ineficiente y competencia. Mostró escepticismo hacia la adaptación de la escuela a la lógica de mercado y abogó por calidad y grupos más reducidos.

En la política local del partido, el foco está en reforzar la escuela pública, aumentar recursos para salud estudiantil y enseñanza, reducir la competencia y mejorar la equidad.

Hanna Gunnarsson expresó una crítica aún más clara a las escuelas gestionadas como empresas. Defendió que el bienestar es un derecho, no un mercado, y advirtió que las iniciativas privadas pueden anteponerse a las necesidades de los niños. Esto coincide con la postura nacional del partido: frenar beneficios en la escuela, limitar sociedades anónimas, reducir el sistema de mercado y fortalecer la escuela común.

Tras las intervenciones, se abrió el turno de preguntas. Pedí la palabra, me presenté y comencé con una breve historia de la reforma: cuándo, cómo y por qué. Señalé que en más de 30 años ningún gobierno sea de derechas o de izquierdas, desde Carl Bildt hasta Ulf Kristersson, pasando por Ingvar Carlsson, Göran Persson, Fredrik Reinfeldt, Stefan Löfven y Magdalena Andersson,  ha eliminado el sistema básico (cheque escolar, libre elección y escuelas independientes). Esto, dije, obliga a preguntarse por qué.

Expuse que revertir la reforma se ha vuelto políticamente, jurídicamente y prácticamente difícil: la libre elección se ha consolidado, muchas familias lo valoran y retirarlo sería visto como limitar la libertad. Además, existen obstáculos legales y económicos.

Sostuve que hoy hay un amplio consenso en torno a ciertos elementos, por lo que el debate debería centrarse en la regulación, no en la abolición. Presenté entonces nuestro programa de reforma:

Mantener escuelas independientes y elección de centro, pero reformar el sistema.

Priorizar el derecho del alumno sobre el beneficio.

Limitar beneficios (prohibición en ciertas fases y ante déficits de calidad).

Exigir mayores requisitos a los propietarios, prohibiendo capital riesgo y evaluando más estrictamente.

Debatir la prohibición de propiedad extranjera.

Crear un sistema nacional común de elección de centro para mayor equidad.

Utilicé aquí la metáfora de “no tirar al niño con el agua sucia”.

Falk me respondió que muchos de estos planteamientos podrían facilitar una mayoría parlamentaria para una reforma profunda del sistema. No se habló de abolirlo. Cuando Karlsson defendió volver a una escuela estatal completa, respondí que bastaría con una responsabilidad estatal clara y mecanismos de control sobre transparencia y equidad.

He aquí un ejemplo bastante claro de cómo funcionan las democracias modernas cuando un sistema se ha consolidado en el tiempo.

En primer lugar, aparece una tensión clásica: la distancia entre la crítica intelectual y política y la realidad institucional. Las intervenciones de Mikael Karlsson, Marcus Larsson y Sveriges Lärare representan una crítica fuerte al modelo de mercado en la escuela. Sin embargo, esa crítica convive con un hecho difícil de ignorar: el sistema lleva más de treinta años en pie. Aquí se ve algo fundamental en política: no basta con que una idea sea criticada para que desaparezca; si ha generado prácticas sociales, expectativas y estructuras, adquiere una inercia propia.

En segundo lugar, mi intervención introduce una dimensión que a menudo falta en estos debates: la del tiempo político. Recordar que gobiernos de signos distintos, desde Carl Bildt hasta Ulf Kristersson, han mantenido el sistema obliga a desplazar la discusión desde lo ideológico hacia lo estructural. La pregunta deja de ser “¿es bueno o malo?” y pasa a ser “¿por qué ha resistido?”. Y esa es una pregunta más profunda, porque apunta a factores como la adaptación de la ciudadanía (el hábito de elegir escuela), los costes de reversión, los límites jurídicos y económicos y, finalmente, la aceptación parcial incluso por parte de los críticos

Esto nos lleva a un tercer aspecto, que es la transformación del conflicto político. Lo que originalmente pudo ser una confrontación entre modelos, escuela pública contra mercado, tiende con el tiempo a convertirse en un debate sobre regulación. Es decir, el conflicto no desaparece, pero se desplaza: de “sí o no” a “cómo”. En ese sentido, la metáfora de no “tirar al niño con el agua sucia” expresa bien una lógica reformista que es muy característica de sistemas políticos estables.

Un cuarto elemento interesante es que el encuentro muestra la posibilidad, aunque sea incipiente, de zonas de consenso transversal. Cuando Helena Falk reconoce puntos de contacto con una posición liberal, se vislumbra algo que no siempre es evidente en el discurso público: que, más allá de las diferencias ideológicas, puede existir acuerdo en torno a ciertos diagnósticos, como problemas de calidad, desigualdad, necesidad de control etc. Esto no elimina el conflicto, pero lo hace más negociable.

Finalmente, hay una cuestión más de fondo que conecta con una idea clásica de la teoría política, ya presente en Aristóteles, según la cual la política no consiste solo en afirmar principios, sino en deliberar sobre lo posible. En ese sentido, lo que relato no es tanto un triunfo de una posición sobre otra, sino un ejemplo de cómo la política, cuando funciona, se desplaza desde la confrontación pura hacia la búsqueda de soluciones viables dentro de límites compartidos. En resumen, mi experiencia ilustra algo bastante general: en sociedades complejas, los sistemas duraderos rara vez se desmantelan de forma abrupta, más bien se reforman gradualmente, y ese proceso exige precisamente escuchar, reconocimiento mutuo y una cierta disposición al consenso sin renunciar a las propias convicciones. Eso es o, al menos, debería ser, la política.

Sigo caminando con paso más firme. Estoy convencido de que la política es importante. Dentro de un rato estaré en plena campaña, no para vocear mis puntos de vista ni para menospreciar las ideas de otros o poner en entredicho sus razones, sino para escuchar lo que mis conciudadanos necesitan y esperan de nosotros. Como partido, representamos una pluralidad de posiciones ante los problemas del presente y del futuro, todas ellas legítimas dentro de un marco común de valores y responsabilidad democrática. Los partidos políticos encarnan intereses, sí, pero también visiones del mundo: distintas ideas sobre qué es una sociedad justa, cómo debe organizarse y qué prioridades debe tener. En una democracia, esa diversidad no es un problema, sino una condición necesaria, y por ello merece respeto. Sinceramente, algunas prácticas de los partidos políticos españoles me resultan profundamente preocupantes y me hacen pensar que aún queda un largo camino por recorrer para alcanzar una práctica democrática plenamente madura.