El recuerdo es una vida retrospectiva. No vivimos solo hacia adelante, sino también hacia atrás, reconstruyendo lo que fuimos con los materiales de la memoria. A medida que el tiempo avanza, volvemos al pasado una y otra vez, lo reorganizamos, lo interpretamos y, de algún modo, lo habitamos de nuevo. La experiencia no termina cuando sucede; continúa transformándose dentro de nosotros. Lo que en su momento fue confuso, incompleto o incluso doloroso, adquiere con el tiempo una forma más clara, como si la distancia nos permitiese ver el conjunto que antes no podíamos abarcar.

Esa vida retrospectiva no es una repetición exacta, sino una reconstrucción. La memoria selecciona, difumina, ilumina, combina fragmentos. Algunos detalles desaparecen y otros, aparentemente insignificantes, adquieren una importancia inesperada: una luz de tarde, una voz, un gesto, el sonido de una calle, un perfume.  Con esos materiales, que no son totalmente fieles ni totalmente imaginados, volvemos a construir el pasado y, al hacerlo, también nos reconstruimos a nosotros mismos. Porque cada recuerdo dice tanto de lo que fuimos como de lo que somos ahora.

Vivimos así en una doble temporalidad. Por un lado, avanzamos hacia lo desconocido; por otro, regresamos continuamente a lo vivido para darle sentido. El pasado va cambiando con nosotros. Lo que ayer parecía un fracaso puede convertirse en aprendizaje; lo que fue cotidiano puede revelarse como felicidad; lo que dolía puede suavizarse hasta hacerse soportable. La memoria no corrige el significado de los hechos.

La vida es, por tanto, la narración que hacemos de todos los acontecimientos vividos. En esa narración, el recuerdo desempeña un papel decisivo: ordena, interpreta, crea continuidad. Gracias a él, no somos únicamente quienes somos hoy, sino también quienes fuimos y quienes creemos haber sido. La memoria, al reconstruir el pasado, construye al mismo tiempo una identidad. Por eso el recuerdo es una vida retrospectiva, que no puede sustituir a la vida que vamos viviendo, pero la acompaña y la completa. Mientras avanzamos, volvemos atrás para comprender el pasado. Y en ese movimiento silencioso y continuo entre pasado y presente, la existencia va adquiriendo profundidad: no es solo lo que nos sucede ahora, nuestras vivencias cotidianas, sino también lo que recordamos, lo que interpretamos y lo que, desde la distancia, volvemos a vivir.

Que yo dedique la mañana de los martes a recorrer casas de antigüedades y mercadillos buscando olores, colores y formas en objetos varios, puede deberse, creo yo, a la nostalgia, porque la nostalgia es algo más que el recuerdo. Nostalgia significa, literalmente, “dolor por el regreso” o “dolor de querer volver”. Procede del griego: “nostos”, que significa regreso o vuelta a casa, y “algos”, que significa dolor. El término, creado en el siglo XVII por un médico suizo, Johannes Hofer,[1] para describir la melancolía de soldados y estudiantes que vivían lejos de su hogar, adquirió con el tiempo, el significado que le damos hoy. La nostalgia dejo de referirse solo a la patria o a la casa, para aplicarse también a la añoranza de una época, de la infancia, de personas o de una forma de vida. Hoy la nostalgia se entiende como una tristeza suave ligada al recuerdo de algo valioso que pertenece al pasado. La nostalgia siempre implica el deseo de volver, aunque sepamos que ese regreso ya no es posible.

Sabiendo que no podré regresar nunca al pasado, me quedan los martes y mis visitas a las tiendas de antigüedades. Entrar en la tienda de un anticuario, para mí, es como entrar en un tiempo que no es del todo presente ni del todo pasado. Es una sensación difícil de explicar, pero inmediata: nada más cruzar la puerta siento que el reloj cambia de ritmo, como si la vida se hiciera más lenta y más densa al mismo tiempo.

Miro los objetos y no los veo solo como cosas. Cada uno parece contener una vida anterior, una historia que ya no está, pero que de algún modo sigue adherida a ellos. Una radio antigua, una bicicleta, una fotografía descolorida, una silla de madera… todo me habla en un lenguaje silencioso que reconozco sin saber muy bien de dónde.

A veces tengo la impresión de que no estoy mirando objetos ajenos, sino fragmentos posibles de mi propia vida o de la vida de personas que he conocido. Eso me produce una emoción singular, que es una mezcla de calma y melancolía. Calma porque todo parece tener continuidad, como si nada desapareciera del todo. Y melancolía porque esa continuidad siempre apunta a algo que ya no está. Continuidad cíclica, porque parece que nada se pierde, todo reaparece en alguna parte, como “la falsa moneda” de la canción “que de mano en mano va y ninguno se la queda.” Melancolía, por pensar que todos mis objetos, estarán algún día en un lugar como este, y serán contemplados por alguien que, como yo, trate de saciar su nostalgia. Como decía Machado:

“Todo pasa y todo queda,

pero lo nuestro es pasar,

pasar haciendo caminos,

caminos sobre la mar.”

Me ocurre también que pierdo un poco la noción del presente. No en el sentido de desconectarme, sino de situarme en un punto intermedio, como si caminara entre capas de tiempo. No estoy en el pasado, pero tampoco del todo en el ahora. Es una especie de suspensión suave, casi agradable. Y luego están los rastros personales que quedan en las antiguas cartas, en las postales, en las dedicatorias de los libros. Amistad, amor, admiración, petrificados en caligrafía personal, adquirida con esfuerzo y aplicada con esmero, que yo ahora admiro.

Me han cerrado uno de los altos que yo hacía en mi camino, el librero anticuario de la calle de los franciscanos (Gråbrödersgatan), que hasta el final, se negó a aceptar pago con tarjeta y que había leído todos los libros que llenaban su pequeño local. Encontrar en aquel local uno de los libros escritos por mí, me hizo sentir partícipe y miembro de la sociedad de historias olvidadas. Pero ya no está, cerró sus puertas y se convirtió en una tienda de diseño japonés. Por suerte, aún me quedan otros.

Mi suegra me acompaña hoy en mi paseo. A ella, filósofa y lingüista, le gustan otras cosas, pero siempre encuentra algo. Yo no resisto la tentación de los libreros y puedo pasarme horas en los laberintos formados por las pilas de libros y las estanterías polvorientas. En la librería de viejo el tiempo no está roto, solo acumulado en capas que nadie ordena del todo. Los libros no se presentan como novedades ni como reliquias, sino como una continuidad de manos que los han sostenido antes que yo. Algunos aún conservan la forma de una vida: una firma en la primera página, una fecha, una anotación breve al margen que ya no sabremos a qué pensamiento respondía.

Camino entre las estanterías con la sensación de que los objetos me preceden. No están esperando ser vendidos, sino ser tocados otra vez, como si cada contacto pudiera reactivar una memoria dormida. Hay libros que parecen haber sido leídos muchas veces y luego abandonados con respeto, otros que apenas han sido abiertos, como si su vida hubiera quedado en suspenso desde el principio. Muchas tesis doctorales están aún vírgenes, con paginas sin abrir, que hay que ir abriendo con un abrecartas o un pequeño cuchillo.

No suelo preguntar al librero, hablo con él de cualquier cosa, pero no de libros. El librero no interviene más de lo necesario. Observa, sin prisa, como quien ha aprendido a convivir con la idea de que todo aquí es transitorio y, al mismo tiempo, persistente. Nada desaparece del todo en este lugar; simplemente cambia de lugar dentro del orden silencioso de las cosas. Si le pregunto algo me contesta, hay que tener cuidado en no dar la impresión de ser un “entendido” porque entonces se dibuja en sus labios una amarga sonrisa que puede bajar los humos de cualquiera.  

Yo paso la mano por el lomo de un volumen cualquiera y siento algo parecido a un reconocimiento sin nombre. No es nostalgia exacta, sino una forma más difusa de pertenencia, como si ese objeto hubiera atravesado vidas que se parecen a la mía sin llegar a ser la mía. Y pienso que los libros, a diferencia de las personas, no mueren del todo: se separan de sus dueños, pero continúan su circulación lenta, como si la lectura fuera una forma discreta de supervivencia.

Y, sin embargo, al salir de ese templo pagano, el presente vuelve con más fuerza, porque he pasado un rato dentro de él mirado desde otra distancia. Es como si esos objetos, esos libros, me recordaran que la vida humana no desaparece del todo, sino que se va transformando en huellas, en restos, en memoria material. Por eso entro en esas tiendas con una emoción que no es solo curiosidad. Es reconocimiento, nostalgia y, a veces, una especie de gratitud silenciosa por todo lo que ha sido y todavía, de algún modo, sigue estando ahí.

Permitidme unos pequeños versos, hoy que estoy en modo romántico:

Amo la sombra fría de los libros,

su aliento a polvo y siglos consumidos;

en hojas muertas laten los olvidos

que el tiempo sepultó sin hacer ruido.

Las viejas cosas guardan lo que muere,

un rastro débil, casi ya ceniza;

y en su silencio el alma se desliza

hacia un lugar sin nombre que no hiere


[1] https://www.digitale-sammlungen.de/en/view/bsb10672487?page=8,9