La razón es la capacidad humana de comprender, relacionar y juzgar, es decir, de no reaccionar solo por impulso, sino de pensar lo que hacemos y por qué lo hacemos. La razón es lo que nos permite preguntarnos ¿qué estamos haciendo y por qué? ¿qué consecuencias tiene, y si es justo o injusto?

Tengo la impresión de que, rebuscando en mis recuerdos, llegado a la edad en que tanto iglesia católica como la psicología del desarrollo, por ejemplo, Piaget, asumen que el niño entra en una etapa en la que empieza a hacer uso de esa razón, tengo mis dudas.

La iglesia postulaba que yo, a esa edad, podría distinguir lo correcto de lo incorrecto en un sentido básico. Eso puede ser cierto, según recuerdo. Sobre todo, parecía yo poder distinguir actitudes erróneas en los otros, porque comprendía normas simples y asumía inicialmente cierta responsabilidad moral. Mea culpa, mea culpa, mea grandísima culpa.

Según Piaget yo, a mis siete años ya podía pensar de forma lógica sobre situaciones concretas y comprender reglas estables. Cientos, quizás miles de reglas que uno aprende automáticamente, sin recapacitar en ello, pero que van canalizando nuestra personalidad, nuestra biología, dentro de los moldes de la sociedad. Quizás, ya a esa temprana edad, aprendí a distinguir entre realidad, intención y consecuencia.

Yo aprendí las reglas de la sociedad de forma gradual, casi sin darme cuenta, a través de la convivencia diaria, en un proceso largo de observación, prueba y corrección. Primero estuvo la familia, donde aprendí lo más básico, qué conductas eran aceptadas, qué cosas se premiaban y cuáles se castigaban o se desaprobaban. Mucho de eso no se decía explícitamente; se transmitía en gestos, tonos de voz, rutinas y reacciones.

Después vino la escuela, en mi caso ya a los dos años y medio, el Jardín de la Infancia, donde las reglas se hicieron más explícitas: turnos de palabra, horarios, autoridad, evaluación. Allí también aprendí también que las normas son compartidas por un grupo más amplio, y que tienen consecuencias.

Quizá el espacio más influyente en la infancia y sobre todo en la adolescencia, es la influencia del grupo de iguales. Con amigos y compañeros aprendí normas menos escritas pero muy poderosas, cómo qué se considera aceptable, qué se ridiculiza, qué da prestigio, qué te excluye o te incluye. Aquí las reglas se negocian y se sienten.

Estoy mirando una de las fotografías que tengo de mi primera comunión. Estoy observando el pequeño misal que tengo entre mis manos y trato de no perderme en las palabras que no comprendo del todo. Todo a mi alrededor parece más grande y más serio de lo normal, como si este momento tuviera un peso que aun no entiendo del todo. Siento el rosario deslizarse entre mis dedos y me concentro en no equivocarme, en hacer lo que se espera de mí. No levanto la vista; prefiero quedarme aquí, en silencio, donde nadie note si me distraigo un segundo.

Sé de sobra que es un día importante, me lo han repetido muchas veces, pero dentro de mí hay una mezcla extraña: un poco de orgullo, un poco de nervios, y también un leve cansancio. Me pregunto cuánto falta para terminar, aunque enseguida vuelvo al libro, como si así pudiera mantener todo bajo control. Intento parecer tranquilo, como si entendiera cada gesto y cada palabra, aunque en realidad solo sigo el momento, paso a paso, sin hacer ruido.

Recuerdo claramente el momento más delicado de todo el proceso que me llevó a es momento, la confesión. La primera confesión antes de la primera comunión es un momento importante dentro de la tradición cristiana católica, porque se considera el primer encuentro consciente del niño con el sacramento de la reconciliación. La preparación la hicimos durante semanas o meses, normalmente dentro de la catequesis. La idea era que aprendiésemos qué significa “confesarse”, reconocer errores y pedir perdón. Se trataba de dar la idea de la misericordia con el perdón de Dios y a distinguir entre acciones buenas y malas en su vida cotidiana.

Yo estuve a punto de perderme el acto porque, durante la catequesis, recibí la hostia antes de tiempo, estampada en la mejilla por un sacerdote al que no le gustaba que los catecúmenos tuvieran soldaditos en las manos durante su lección. ¡Plash! No le vi venir, aunque mi compañero de pupitre levanto la vista aterrorizado, pero, cuando miré hacia donde el miraba, por si se trataba de un monstruo o algo así, me vino el golpe como caído del cielo. El zumbido del oído se mezclaba con la imagen, borrosa por las lágrimas, de un señor alto y grueso con sotana, ya de vuelta a su cátedra como si nada hubiera ocurrido, y las miradas atónitas de los otros niños.

Cuando llegué a casa, mi madre vio enseguida la hinchazón en la mejilla y la mancha roja que me había dejado la mano del cura y, tras oír mi versión de los hechos, se puso la gabardina de diario y salió sin decirme que la acompañase. Yo la seguí de todas formas y tenía casi que correr para seguir su paso firme y rápido, esos cientos de metros que separaban nuestra casa de la Plaza del Dos de Mayo, donde estaba mi escuela. Yo sabía que mi madre no había visto nunca al cura, así que pensé que me necesitaría para lo que iba a hacer.

Apenas llegar a la plaza, salía de la escuela el cura con paso parsimonioso y solemne, como solía andar, sacándose un Saci de menta del bolsillo. “ ¿Es ese? – me pregunto mi madre muy seria, y yo asentí aún más serio. Mientras el cura desenvolvía el caramelillo, le le acercó mi madre con paso firme y le espetó: “ ¿Es usted don Luís, el profesor de catequesis de mí hijo? “SÍ” – afirmó el gordinflón, sabiendo que algo desagradable estaba a punto de ocurrir, pero sin hacerse una idea de lo que venía. –“Zás”- La torta fue tan sonora que se oyó junto a la estatua de Daoíz y Velarde, junto a la que jugaban algunos de mis compañeros, que por vivir junto a la plaza, tenían allí su lugar de juegos.

“Tío, asqueroso, abusón, soberbio, mala persona. ¿Cómo puede usted llevar esa sotana y ser tan criminal? Ahora mismo me voy a la comisaría a denunciarle.” El cura, aturdido por la bofetada, pero tratando de recobrar su compostura, con el Saci todavía en la mano, respondió, en un tono que me pareció mucho más humilde que el gastaba con nosotros, sus pequeños discípulos: “Señora, ¿qué hace usted?” y se fue murmurando, camino de la parroquia.

En verdad, no sé lo que pasó después, pero el ya no vino más a darnos clase y yo conseguí hacer la comunión, que para eso me había comprado mi madre un trajecito y habíamos hecho imprimir las invitaciones en la imprenta, con sus bordes dorados y todo. Quedo a mi alrededor una especie de fama heredada de la actitud de mi madre, considerada, poco menos que una heroína popular, por los niños de mí clase y sus madres, y, estoy seguro que también por parte del profesorado.

El episodio de la bofetada fue, más allá del hecho en sí, relevante para mí reflexión sobre el bien y el mal y una ruptura entre la autoridad que enseñaba normas y la experiencia de que esa autoridad puede ser injusta o violenta. Ahí el bien y el mal dejan de ser solo obediencia y empiezan a convertirse en algo más complejo: la posibilidad de que quien representa el bien institucional no actúe bien, y de que otra figura, en este caso mi madre, encarne una justicia más inmediata e instintiva. Hoy llamaríamos a eso coraje civil. La década de los 50 estaba a punto de concluir y con ella gran parte de la bruma que envolvía la razón.