Ayer, como tantas veces, fue un artículo de mi amigo Víctor el que me despertó las ganas de escribir. Me pareció apreciar en su relato una visión muy oscura de la realidad que, en nuestros días, vive el docente. Estamos de acuerdo en muchas cosas, porque, tanto él como yo, hemos vivido muchos años envueltos en estas realidades y hemos visto como la escuela, la española y la sueca, han experimentado cambios, que, en muchos casos, han sido muy negativos. Yo por mi parte, pienso darle al problema un enfoque salutogénico y, siguiendo mi costumbre, empiezo por la historia.

La pedagogía tiene raíces que se pierden en la historia. Allá por casi custro milenios y medio, en el antiguo Egypto, un alto funcionario de nombre Ptahhotep, dejó una lista de instrucciones o colección de consejos dirigidos a los jóvenes y a quienes debían aprender a gobernarse y comportarse en sociedad. Habla de escuchar antes de hablar, de moderación, de justicia y de cómo ejercer autoridad sin arrogancia. Es, en cierto modo, un maestro escribiendo para sus alumnos y, por tanto, le considero como el primer maestro de nombre conocido. Eso sí, no podemos saber cómo consideraban sus alumnos sus enseñanzas, ni si las seguían o pasaban de ellas. Como sé que no es muy conocido este texto y a mí por lo menos me maravilla leerlo, lo traduzco aquí desde el inglés y os dejo leer esta maravilla de más de 4400 años:

1. No te enorgullezcas por ser instruido; conversa con el ignorante igual que con el sabio. No puede ponerse límite a la habilidad, ni existe artesano que posea toda ventaja. La palabra justa es más rara que la esmeralda hallada por las esclavas entre las piedras.

2. Si encuentras a alguien discutiendo contigo, alguien bien dispuesto y más sabio que tú, baja los brazos, inclina la espalda y no te enfades si no está de acuerdo contigo. No hables mal ni te opongas mientras él habla. Si te trata como a alguien ignorante, tu humildad vencerá su resistencia.

3. Si encuentras a alguien discutiendo contigo y es tu igual, no calles si dice algo equivocado; así demostrarás más sabiduría que él. Los que escuchan te elogiarán y tu nombre será bien visto entre los poderosos.

4. Si encuentras a alguien discutiendo y es pobre, es decir, no es tu igual, no lo desprecies por su condición humilde. Déjalo hablar y él mismo se confundirá. No lo humilles para satisfacer tu corazón ni descargues tu ira sobre él. Es vergonzoso confundir a quien tiene la mente sencilla. Si estás a punto de hacerlo, reprímelo como algo indigno.

5. Si eres un lider y guías a la multitud, procura actuar siempre con benevolencia, para que tu conducta sea irreprochable. Grande es la verdad y recto es su camino; no ha sido derribada desde el reinado de Osiris. Quien traspasa la justicia será castigado. El codicioso es quien cruza los límites, pero su riqueza acaba desapareciendo. Porque dice: “Obtendré para mí por mí mismo”, y no: “Obtendré porque me está permitido”. Los límites de la justicia permanecen firmes: eso es lo que el hombre aprende de su padre.

6. No inspires miedo entre los hombres, porque también eso castiga el dios. Hay quien cree que ahí está la vida y pierde el pan de su boca. Otro piensa que el poder consiste en tomar para sí lo que ve. Pero cae derrotado. En cambio, prospera quien da a quien no tiene. Vive en la casa de la bondad y los hombres acudirán por sí mismos con regalos.

7. Si estás entre los invitados de un hombre más importante que tú, acepta lo que te ofrezca y llévalo a tus labios. No lo mires fijamente. Es desagradable para el alma sentirse observado. No hables hasta que él se dirija a ti. Habla cuando te pregunte y tu palabra le parecerá buena. El noble reparte la comida según le dicta el corazón y favorece a quien desea. Así el pan se distribuye bajo la providencia del dios; solo el ignorante discute eso.

8. Si eres enviado de un noble a otro, transmite el mensaje exactamente como te fue dado. No provoques enemistades con tus palabras ni enfrentes a unos con otros deformando la verdad. No repitas lo que alguien haya dicho al abrirte su corazón, sea príncipe o campesino. Eso repugna al alma.

9. Si has arado, recoge tu cosecha en el campo y el dios la hará crecer en tus manos. No llenes tu boca en la mesa del vecino. El hombre astuto que posee riquezas roba como un cocodrilo entre los sacerdotes.

No envidies al que no tiene hijos ni te entristezcas por ello. Incluso el padre poderoso puede sufrir, y la madre de hijos tiene menos paz que otros. Cada hombre ha sido creado por el dios para su destino.

10. Si eres humilde, sirve a un hombre sabio, y así tus actos serán buenos ante el dios. Si conociste a alguien insignificante que luego fue elevado, no lo trates con arrogancia por lo que sabes de él. Hónralo por lo que ha llegado a ser.

Mira: la riqueza no llega sola. Es la regla de quien la desea. Si trabaja y la reúne, el dios lo hará prosperar; pero lo castigará si es perezoso.

11. Sigue a tu corazón durante tu vida; no hagas más de lo que te ha sido ordenado. No acortes el tiempo de seguir al corazón; eso es detestado por el espíritu, que vea reducido su tiempo de descanso. No acortes el día más de lo necesario para mantener tu casa. Cuando se adquieren riquezas, sigue al corazón, pues las riquezas no sirven si uno está agotado.

12. Si quieres ser un hombre sabio, engendra un hijo para agradar al dios. Si él sigue tu ejemplo y ordena correctamente tus asuntos, hazle todo el bien posible, pues es tu hijo, nacido de tu propia esencia. No apartes tu corazón de él, o el hijo que engendraste te maldecirá. Si es negligente y transgrede tus normas y su boca profiere palabras violentas, corrígelo con golpes, para que su habla sea adecuada. Manténlo alejado de quienes desprecian lo que está mandado, pues ellos lo vuelven rebelde.

13. Si estás en la cámara de consejo, actúa siempre conforme a las reglas que te fueron asignadas al comienzo del día. No faltes, o serás expulsado; estate preparado para entrar y dar informe. Amplio es el asiento de quien sabe hablar. La cámara de consejo actúa con reglas estrictas y todos sus planes siguen un método. Es el dios quien coloca allí a cada uno; no lo hace con los que empujan.

14.Si estás entre la gente, hazte amado; el amor es el principio y el fin del corazón. El que no conoce su camino dirá al verte: “El que se conduce bien llega a la riqueza; imitaré su conducta”. Tu nombre será bueno aunque no hables; tu cuerpo será alimentado; serás visto entre tus vecinos y recibirás lo que necesites. Pero el hombre cuyo corazón obedece a su vientre provoca repulsión en lugar de amor.

15. Informa de tus actos sin ocultación; declara tu conducta cuando estés en consejo con tu superior. No es malo para el enviado que su informe no reciba del príncipe la respuesta “sí, lo sé”, pues lo que él sabe no incluye esto. Si cree que lo contradices, pensará: “Callará porque yo he hablado”.

16. Si eres un dirigente, haz que las normas que has establecido se cumplan y actúa como quien recuerda los días futuros, cuando la palabra ya no sirve. No seas generoso en exceso, pues eso conduce a la servidumbre y a la negligencia.

17. Si eres un dirigente, sé benévolo al escuchar a quien suplica. No le impidas expresar lo que desea decirte; busca aliviar su sufrimiento. Permítele hablar libremente para que su petición pueda cumplirse. Un corazón bien instruido escucha con facilidad.

18. Si deseas conservar la amistad en cualquier lugar donde entres —como maestro, hermano o amigo—, evita relacionarte con mujeres de forma desordenada. Ningún lugar prospera donde eso ocurre. Muchos han sido arruinados por un placer breve como un sueño. Es algo que conduce incluso a la muerte.

19. Si deseas que tus acciones sean buenas, mantente alejado de la malicia y de la codicia, que es una enfermedad grave del interior. No caigas en ella. Destruye la armonía entre familias y separa a marido y esposa. Reúne todos los males; es el cinturón de toda injusticia.

20. No seas codicioso en cuanto a las partes que no te pertenecen. No codicies a tus vecinos; para un hombre recto, la alabanza vale más que la fuerza. El codicioso vuelve de sus vecinos vacío, sin haber conseguido persuadir a nadie. Uno se arrepiente incluso de una pequeña codicia cuando el corazón se enfría.

21. Si quieres ser sabio, cuida tu casa y ama a tu esposa que está en tus brazos. Alimenta su vientre, viste su espalda; el aceite es el remedio para su cuerpo. Alegra su corazón durante tu vida, pues ella es un bien provechoso para su señor. No seas duro con ella, pues la suavidad la domina mejor que la fuerza. Dale aquello que su corazón desea y aquello hacia lo que mira su ojo, y así la mantendrás en tu casa.

22. Satisface a tus servidores con lo que posees; es el deber de quien ha sido favorecido por el dios. En verdad, es difícil contentar a los servidores. Uno dirá: “Es un hombre generoso; no se sabe lo que puede venir de él”. Y al día siguiente pensará: “Es un hombre demasiado estricto”. Y cuando se les muestra favor a los servidores, dicen: “Nos iremos”. No hay paz en una casa donde los servidores son desgraciados.

23. No repitas palabras exageradas ni las escuches; son expresiones de un corazón inflamado por la ira. Cuando tales palabras te sean transmitidas, no las escuches, mira al suelo. No hables de ellas, para que el que está ante ti reconozca la sabiduría. Si se te ordena cometer un robo, procura que la orden sea retirada, pues es algo detestable según la ley. Lo que destruye una visión es el velo que la cubre.

24. Si quieres ser sabio y sentarte en consejo con tu superior, aplica tu corazón a la perfección. El silencio te es más provechoso que la abundancia de palabras. Considera cómo puedes ser contradicho por un experto que habla en consejo. Es cosa necia hablar de todo, pues quien discute tus palabras las pondrá a prueba.

25. Si eres poderoso, hazte respetar por tu conocimiento y por tu moderación. Habla con autoridad, pero no como quien sigue órdenes, pues el humilde en alto cargo cae en errores. No eleves tu corazón para no ser humillado. No calles del todo, pero evita la ira en la respuesta. Domínate, pues el corazón airado lanza palabras ardientes.

26. No dejes que un príncipe sea interrumpido cuando está ocupado; no oprimas el corazón de quien ya está cargado. Pues será hostil hacia quien lo retrasa, pero abrirá su alma a quien lo ama. El destino de las almas está en manos del dios, y lo que él ama es su creación. Por eso, tras una disputa violenta, busca la paz con quien es tu adversario.

27. Instruye a un noble en lo que le sea útil, para que sea bien recibido entre los hombres. Su satisfacción recaerá en su señor, pues tu sustento depende de su voluntad. Gracias a ello tu vida será satisfecha y tu casa vestida. Haz que reciba tu corazón, para que tu hogar prospere y tu honor se mantenga.

28. Si eres hijo de un hombre del sacerdocio y enviado para conciliar a la multitud, habla sin favorecer a una parte. No se diga de ti: “Actúa como los nobles, inclinando su palabra hacia un lado”. Dirige tu esfuerzo hacia el juicio justo.

29. Si has sido benevolente en el pasado, perdonando a un hombre para guiarlo al bien, no lo humilles después ni le recuerdes lo ocurrido una vez que ha guardado silencio sobre ello.

30. Si eres grande después de haber sido insignificante, y has obtenido riquezas tras la pobreza, siendo el primero en la ciudad, y tienes conocimiento de las cosas útiles, no encierres tu corazón en tus bienes. Pues eres administrador de lo que el dios ha concedido. No eres el último; otro será igual a ti, y a él le llegará la misma suerte.

31. Inclina tu espalda ante tu superior, tu jefe en el palacio del rey, pues tu casa depende de su riqueza y de tu salario en su momento. Es necio quien discute con su superior, pues el hombre solo vive mientras él le es favorable. No robes las casas de los dependientes ni tomes las cosas de un amigo, no sea que te acuse ante ti mismo y eso te destruya el corazón. Si él lo sabe, te causará daño. La disputa en lugar de la amistad es una cosa insensata.

32. [Sobre la continencia].

33. Si quieres conocer la naturaleza de un amigo, no la preguntes a ninguno de sus compañeros; pasa un tiempo con él a solas, para no dañar sus asuntos. Habla con él después de un tiempo; prueba su corazón en la ocasión del diálogo. Cuando te haya contado su vida pasada, te habrá dado la oportunidad de avergonzarte de él o de familiarizarte con él. No seas reservado cuando él te hable, ni le respondas con desprecio. No te apartes de él ni interrumpas a quien aún no ha terminado de hablar, al que aún es posible ayudar.

34. Que tu rostro esté alegre mientras vivas. Lo que entra en el almacén debe salir de él; el pan debe ser compartido. El que es avaro en la hospitalidad terminará con el vientre vacío; el que causa disputas cae en el sufrimiento. No tomes a tal persona como compañero. Son las buenas acciones de un hombre las que se recuerdan después de su vida.

35. Conoce bien a tus comerciantes; pues cuando tus asuntos estén en mala situación, tu buena reputación entre tus amigos será un canal que se llena. Es más importante que los honores de un hombre, pues la riqueza de uno pasa a otro. La buena reputación del hijo de un hombre es su gloria, y un buen carácter es lo que permanece en el recuerdo.

36. Corrige principalmente; enseña en consecuencia. El vicio debe ser expulsado para que la virtud permanezca. Y esto no es una desgracia, pues el que contradice se convierte en fuente de conflicto.

37. Si haces que una mujer se avergüence, una mujer de corazón inquieto, conocida por su ciudad como mal considerada, sé amable con ella durante un tiempo; no la rechaces; dale de comer. La inquietud de su corazón aceptará tu guía.

38. Si obedeces lo que te he dicho, toda tu conducta será excelente, pues la verdad está entre sus virtudes. Guárdalas en la memoria de los hombres, pues sus enseñanzas son buenas. Ninguna de estas palabras desaparecerá de esta tierra para siempre, sino que servirán como modelo para los príncipes. Ellas instruirán al hombre en cómo hablar después de haberlas escuchado, y será hábil en obedecer y excelente en hablar. Le llegará la buena fortuna y será de alto rango. Será amable hasta el final de su vida y estará satisfecho siempre.

39. Grande es la obediencia del hijo obediente; entra y escucha con obediencia. Excelente en escuchar, excelente en hablar es todo hombre que obedece lo noble. La obediencia es mejor que todas las cosas; produce buena voluntad. Es bueno que un hijo tome de su padre aquello que le permite llegar a la vejez. Lo que el dios desea es la obediencia; la desobediencia le es aborrecible.

40. El corazón es el que hace que el hombre obedezca o desobedezca, pues la vida sana del hombre está en su corazón. El que obedece lo que se le dice es el que cumple los mandatos. El obediente llega a ser alguien obedecido. Es bueno cuando un hijo obedece a su padre, y el padre se alegra de ello. Ese hijo será amable, y quien lo escuche obedecerá también. Será honrado y su recuerdo permanecerá en la boca de los vivos.

41. El hijo que escucha es como un seguidor de Horus. Es bueno después de escuchar; llega a la vejez y al honor. Transmite a sus propios hijos las enseñanzas de su padre, renovando así la instrucción. Cada hombre enseña como lo hizo su padre, repitiéndolo a sus hijos. No cambies ni una palabra ni la sustituyas por otra. Ten cuidado con lo que dices cuando un sabio te escucha.

42. Deja que tu corazón sea abundante, pero refrena tu boca. Que tu conducta sea correcta entre los nobles y adecuada ante tu señor, haciendo lo que se te ha ordenado. Un hijo así hablará ante quienes lo escuchan, y su padre será favorecido. Aplica tu corazón cuando hables, de modo que los nobles digan: “Qué excelente es lo que sale de su boca”.

43. Cumple las órdenes de tu señor. Es bueno el consejo del padre de un hombre, pues proviene de quien habló de su hijo incluso antes de que naciera. Lo que se hace por él es más de lo que se le ha ordenado. En verdad, el buen hijo es un don del dios; hace más de lo que se le pide, actúa con rectitud y pone su corazón en todo lo que hace.

Cierre final

Si alcanzas mi posición, tu cuerpo prosperará, el rey estará satisfecho con todo lo que hagas y obtendrás años de vida no menores que los que he vivido en la tierra. He vivido ciento diez años, pues el rey me concedió favores más que a mis antepasados, porque practiqué la verdad y la justicia para el rey hasta mi vejez.[1]

Dejamos a Ptahhotep y su manual de comportamiento para un funcionario egipcio reconociendo que estamos ante una de las primeras tentativas conocidas de comunicar a las nuevas generaciones cómo vivir bien entre otros. Es pura pedagogía.

Lo primero que aparece en este texto es una idea muy clara de la fragilidad del orden humano. Nada se sostiene solo. Ni el poder, ni la riqueza, ni el prestigio. Todo depende de la conducta. Y la conducta, a su vez, depende del dominio de uno mismo. Por eso el texto insiste una y otra vez en la moderación del lenguaje, en el control de la ira, en la capacidad de escuchar antes de responder. La palabra no es aquí un simple instrumento; es una fuerza que puede construir o destruir el orden social. Por la boca muere el pez, diría mi madre.

Ptahhotep conoce la codicia, el orgullo, la violencia, el deseo de imponerse. Su consejo es no negar el conflicto, pero domesticarlo. No niega el impulso, lo encauza. La sabiduría consiste en no dejar que el deseo se vuelva desorden. El centro moral del texto es la capacidad de medida. Saber cuánto hablar, cuánto tomar, cuánto intervenir, cuánto dejar pasar. La vida buena aparece como una cuestión de proporción. Aquí el mundo se salva por pequeñas correcciones del comportamiento cotidiano.

En el texto encontramos una antropología implícita, ya que el ser humano se define por su capacidad de relación. El otro no es enemigo por defecto, sino alguien cuya dignidad debe ser preservada incluso en el conflicto. Por eso se repite la advertencia contra la humillación del débil, contra la arrogancia del fuerte, contra la violencia verbal que rompe la posibilidad de convivencia. ¡Ay, qué bueno sería si nuestros mandatarios recordasen esta lección!

Quien gobierna debe hacerlo como si estuviera siempre bajo observación del orden moral del mundo. La riqueza y la autoridad no son propiedades absolutas, sino depósitos temporales que exigen responsabilidad. En el fondo, el poder no legitima la conducta: es, o debería ser, la conducta la que legitima el poder.

Y hay un último elemento que atraviesa todo el texto, que es la confianza en que el orden moral es estable. Ptahhotep cree que la verdad, la justicia y la medida, lejos de ser invenciones humanas arbitrarias, son virtudes que preceden al individuo y lo sobrepasan. El hombre lo aprende, lo transmite, lo conserva o lo traiciona. Leído hoy, el texto propone que la civilización depende de una disciplina interior constante, donde la ética es necesaria.

Es lógico pensar que estas ideas de cómo vivir en armonía forman parte de la sabiduría natural de todas las culturas. En realidad, no importa la antigüedad de los textos, lo importante es que coinciden en la importancia de guardar un equilibrio social para preservar la paz, tanto exterior como interior, la felicidad, si así preferimos decirlo. Y para esto, son necesarios los buenos pedagogos. El padre de uno de mis alumnos, alcalde de Lund en su momento, me regaló un libro en el que escribió: “Los mejores de cada promoción deberían consagrarse a la enseñanza en beneficio de la humanidad.”


[1] https://www.gutenberg.org/files/30508/30508-h/30508-h.htm#chap02

OPINIÓN VÍCTOR BERMÚDEZ | ¿Quién quiere ser docente?