Nunca faltan cuestiones que abordar en el blog, porque la vida es compleja y los acontecimientos se suceden precipitadamente, y siempre, llevan consigo raíces históricas, que es a lo que yo dedico este espacio en las redes. Hoy es Nuria, la que escribe en nuestro foro de WhatsApp sobre una película, The Swedish Theory of Love[1], que ofrece unas facetas no muy conocidas, aunque no ignoradas, sobre el modelo sueco. En este caso se trata de las relaciones afectivas interindividuales, el amor y la amistad.
La fuerza de esta película está en que plantea una crítica desde dentro del propio modelo nórdico o modelo sueco, como lo queramos llamar. No cuestiona los logros sociales de Suecia, que son evidentes, sino que pregunta por su precio humano. Ahí toca esta película una fibra sensible, porque el espectador entiende enseguida que no se trata de rechazar la independencia ni de idealizar antiguas dependencias familiares, muchas veces opresivas, sino de interrogarse sobre el equilibrio entre libertad y pertenencia. La película simplifica y elige casos extremos para construir contrastes deliberadamente fuertes, pero deja imágenes difíciles de olvidar. Suecia aparece como un laboratorio adelantado de algo que está ya afectando a toda Europa occidental: sociedades con más derechos individuales, más capacidad de elegir, menos obligaciones familiares tradicionales y, al mismo tiempo, más aislamiento y vínculos más frágiles.
La cuestión de fondo que deja Gandini es: cómo ser libre sin quedar aislado, cómo garantizar la autonomía sin perder el tejido invisible de la amistad, el cuidado mutuo, la vecindad o la intimidad compartida. En ese sentido, la película habla de Suecia, pero también de todos nosotros. Porque muestra que el bienestar puede organizarse desde el Estado, pero la pertenencia no puede decretarse. La seguridad puede garantizarse por ley, pero la necesidad humana de compañía, afecto y reconocimiento sigue buscando caminos propios. El interés más profundo del documental es, a mi parecer, que muestra que una sociedad puede alcanzar un altísimo grado de civilización material y seguir preguntándose, con total honestidad, cómo seguir siendo humana.
Por tanto, The Swedish Theory of Love debe entenderse como un ensayo cinematográfico sobre una de las grandes paradojas de la sociedad moderna, no solo la sueca, que es, qué ocurre cuando una sociedad logra hacer del individuo un ser extraordinariamente libre y autónomo, pero, por esa misma libertad, reduce la necesidad cotidiana de depender de los demás. Erik Gandini parte de una idea nacida en la Suecia de los años setenta, que fue el ideal político de construir ciudadanos independientes, capaces de vivir sin depender económicamente de la familia, de la pareja o de redes privadas de ayuda. Ese proyecto tuvo un sentido profundamente emancipador y permitió sobre todo a muchas mujeres romper dependencias materiales, fortaleció derechos individuales y convirtió el bienestar en una responsabilidad pública en lugar de familiar. La película introduce una pregunta incómoda, que podría formularse así: si ya no necesitamos a nadie para sobrevivir, ¿qué pasa con el vínculo humano?
Y ahora, pasemos del documental a mi propia experiencia. Yo llegué a Suecia en 1970. Entonces Suecia era un país que transmitía una sensación de estabilidad y confianza poco común en Europa. El contraste con España era inmenso. Visto desde hoy, parecía haber alcanzado una especie de equilibrio histórico: prosperidad económica, paz social, instituciones sólidas y una fe muy profunda en que el futuro podía planificarse y mejorar gradualmente. La Suecia de entonces estaba en el apogeo del llamado “modelo sueco”, gobernada desde hacía décadas por el partido socialdemócrata y la figura de Olof Palme empezaba a representar una nueva etapa más internacional y combativa dentro de esa tradición.
La alianza entre el movimiento obrero, el Estado y buena parte del sector empresarial había dado resultados extraordinarios: pleno empleo, crecimiento industrial fuerte y expansión continua del bienestar. El país fabricaba acero, barcos, papel y automóviles. Marcas como Volvo, Saab o SKF eran símbolos del éxito industrial. Eso era lo que percibía yo, pero en realidad era ya historia porque, justamente 1970 es casi el momento en que el llamado “modelo sueco” empieza a mostrar sus primeras fisuras, aunque todavía desde fuera parecía muy sólido. Durante los años 50 y 60 Suecia había construido un sistema muy coherente: crecimiento industrial, pleno empleo, expansión del Estado del bienestar y un alto nivel de consenso entre sindicatos, patronal y gobierno. Pero hacia 1970 empiezan a aparecer tensiones estructurales que luego se harían más visibles en la década siguiente.
La primera fisura fue la económica. El modelo dependía de un crecimiento industrial fuerte y de una economía exportadora muy competitiva. A finales de los 60 ese motor empieza a perder dinamismo. La competencia internacional aumenta y la productividad ya no crece al mismo ritmo. El pleno empleo deja de ser tan automático como antes. Otra tensión fue la política e ideológica, cuando el consenso socialdemócrata que había articulado el sistema comienza a fragmentarse. El sindicalismo seguía siendo fuerte, pero las demandas salariales crecían y aparecieron conflictos más abiertos entre capital y trabajo. El Estado, que había sido visto como árbitro eficaz, empezó a asumir más funciones, lo que empezó a generar también más burocracia y más crítica.
Para hacerse cargo de como funcionaba este sistema, hay que saber que existía una simbiosis entre el partido socialdemócrata y los sindicatos. Para acceder a un trabajo, había que pertenecer a un sindicato, por ejemplo, para la mayoría de trabajadores asalariados, Landsorganisationen (LO) y, por la cuota que se pagaba al sindicato, quedaba uno adscrito automáticamente al partido socialdemócrata. Recuerdo perfectamente cuando fui admitido como trabajador en una fábrica de radiadores (AGA-plåt) y recibí mi librito rojo con las siglas de LO. No olvidaré nunca la cara del capataz que, al darme el librito, parecía decir: “lo siento chico, pero aquí es la costumbre.” Esta pertenencia obligatoria y automática al partido socialdemócrata continuó hasta 1991.
Aprendí rápidamente que, en Suecia, si uno no quiere quedar completamente aislado, debe pertenecer a alguna organización. Lo que quiero decir es que en Suecia existe una paradoja bastante interesante, ya que, por un lado, es una sociedad con una enorme densidad de organizaciones, sindicatos, asociaciones deportivas, culturales, de vivienda, de estudio, y, al mismo tiempo, una sensación de que, si uno no quiere vivir completamente solo, necesita pertenecer a alguna de ellas. La sociabilidad cotidiana, más espontánea o familiar en otros países, aquí está en gran medida canalizada a través de estructuras organizadas. Esto tiene ventajas evidentes, porque garantiza igualdad de acceso y evita dependencias informales, pero también hace que la vida social dependa más de la decisión individual de integrarse en alguna forma de asociación. No es que falte comunidad, sino que la comunidad se ha institucionalizado hasta el punto de que, en muchos casos, la pertenencia pasa por entrar en una organización ya existente. Ahí aparece la paradoja de una sociedad tan organizada que, precisamente por estarlo, puede hacer que la vida en soledad sea más probable si uno no participa activamente en esas estructuras.
Yo tenía un amigo que vivía en Estocolmo y que se divorció. Con ocasión de participar en una carrera muy popular y conocida, que se llama Lidingeloppet, fui a visitarle y descubrí, que en su barrio vivían cientos, posiblemente miles, de hombres solos. No vi ni una mujer, y naturalmente ningún niño, solo hombres mayores. Las tiendas de ultramarinos tenían solo envases pequeños y la fruta se vendía por piezas. Me quedó una impresión desoladora de aquel barrio silencioso, habitado por hombres grises y tristes. En el único lugar donde se servía alcohol, una pizzería, se veían docenas de hombres solos, sentados cada uno en su mesa, sin hablar con nadie, bebiendo su cerveza. Suspiro.
Los vínculos familiares en Suecia eran diferentes a los de un español, al menos a los de un español de alrededor de 1970, cuando la familia seguía siendo una estructura muy densa, con fuerte presencia de la familia extensa y con una vida cotidiana muy apoyada en la convivencia entre generaciones y en redes familiares casi obligadas para la vivienda, el trabajo o el cuidado. En Suecia, en cambio, la familia estaba ya centrada en el núcleo inmediato, con una mayor autonomía de los hijos respecto a los padres y una independencia residencial que llegaba antes, pocos mayores de 20 años vivían con sus padres. Muchas funciones que en España estaban cubiertas por la familia, como apoyo económico, cuidado, protección social, en Suecia habían sido ya asumidas en gran parte por el Estado y por instituciones públicas. Esto permitía que el individuo pudiera vivir con mayor independencia sin quedar desprotegido y traía la consecuencia de que la familia dejara de ser una estructura imprescindible de supervivencia y pasase a ser más una relación afectiva que una red obligatoria de soporte.
Comprendí muy rápido que, en Suecia, la amistad tiene una forma bastante distinta a la que muchos españoles conocíamos, sobre todo si la comparamos con la cultura mediterránea de los años 70, donde los vínculos eran más rápidos, intensos y espontáneos. Aquí los amigos existen y pueden llegar a ser relaciones muy profundas y duraderas, pero el proceso para llegar a ellos suele ser más lento y gradual. No es una cuestión de frialdad, como se suele decir, sino más bien de estilo social. El contacto inicial suele ser correcto, amable, incluso cercano en lo superficial, pero el paso hacia una relación más íntima requiere tiempo, repetición y continuidad en contextos estables. Por eso las organizaciones, el trabajo, los estudios o las asociaciones juegan un papel importante, porque son los espacios donde la amistad puede ir creciendo de forma natural.
Aquí influye mucho la idea de privacidad y autonomía personal, que hace que al principio haya menos invasión del espacio del otro, menos visitas improvisadas y menos sociabilidad espontánea en casa. Pero cuando la amistad se consolida, puede ser muy sólida y fiable, basada más en la confianza que en la frecuencia del contacto. En comparación con un modelo como el español de los años 70, donde la familia, la calle y el vecindario generaban relaciones más inmediatas, el sueco puede parecer más distante al principio, pero esa distancia inicial no significa ausencia de vínculo, sino simplemente otro ritmo de construcción de la relación. La espontaneidad la conservamos aquí los españoles, así que esta tarde, dentro de unas horas, iremos mi compañera y yo a casa de nuestra amiga madrileña Ana y su compañero Peter y comeremos una paella en familia, sin los hijos, que tanto los suyos como los nuestros tienen sus propios planes para la tarde.
En Suecia, la amistad se forma sobre todo en el trabajo, en los estudios, en las organizaciones, en asociaciones deportivas o culturales, o en actividades regulares donde las personas se ven una y otra vez en un marco compartido. La repetición es clave: no es tanto el encuentro casual, sino la continuidad lo que va creando el vínculo. Esto está relacionado con una estructura social donde la vida privada es muy respetada y el espacio público es relativamente formal. Por eso, los círculos sociales no se expanden tanto por azar o por redes familiares extensas, sino por participación activa en estructuras organizadas. Yo tengo muchos conocidos, pero pocos amigos-amigos.
Con la familia en Suecia el contacto suele ser más espaciado y concentrado en ocasiones concretas, más que en una convivencia frecuente del día a día como en otros países. Uno se encuentra sobre todo en celebraciones como bodas, cumpleaños, graduaciones o en algunas fiestas tradicionales como Navidad o Midsommar, y esos momentos adquieren un valor especial precisamente porque no están insertos en una interacción cotidiana constante. La familia sigue siendo importante, pero en general funciona más como una red de relación afectiva que se activa en ocasiones señaladas, mientras que la vida diaria de cada uno transcurre con un alto grado de autonomía individual.
La soledad en Suecia aparece como un proceso gradual ligado a la forma en que está organizada la vida social. Una de las vías más habituales es la alta autonomía individual: uno sale pronto del hogar familiar, vive a menudo solo y puede desarrollar su vida cotidiana sin depender de redes familiares extensas, lo que da mucha libertad, pero también hace que, si no se construyen activamente vínculos en el trabajo, los estudios o las asociaciones, el círculo social pueda ir reduciéndose sin que uno apenas lo note. Otra vía es el ritmo de formación de amistades y relaciones, que suele ser más lento y basado en contextos estables, de manera que si se pierde un entorno por un cambio de ciudad o de trabajo no siempre se sustituye de inmediato por otro. Y hay también un elemento más estructural: en una sociedad donde el Estado y las instituciones cubren muchas necesidades, la dependencia entre personas disminuye, lo que no genera soledad de forma automática, pero sí hace que la vida social dependa más de la iniciativa individual.
En cuanto a quiénes están más expuestos, no es un único grupo, pero suelen aparecer más los mayores que pierden redes laborales o familiares, por divorcio o viudedad, los jóvenes que no entran en asociaciones o entornos estables, o caen en el paro, los inmigrantes recién llegados sin acceso inmediato a estructuras sociales, y personas que viven en ciudades con mucha movilidad y cambios frecuentes. Y respecto a la baja natalidad, Suecia forma parte de una tendencia general europea, pero con rasgos propios, que hacen que la independencia nos lleve a la conclusión que tener hijos no sea una necesidad social ni económica sino una decisión muy consciente. La igualdad de género y el alto nivel educativo implican que la maternidad se retrase o se planifique más, la inseguridad práctica en vivienda y estabilidad vital en etapas jóvenes también influye, y el propio modelo de vida más individualizado hace que la crianza dependa de un núcleo familiar reducido sin grandes redes de apoyo. Soledad y baja natalidad parecen tener un trasfondo común, una sociedad muy orientada a la autonomía individual donde los vínculos se eligen más de lo que se heredan.
En cuanto a la crítica del modelo sueco, ya en los 70 había películas documentales que lo ponían en entredicho, como el documental Sweden: Heaven and Hell (Svezia, inferno e paradiso)[2], una obra muy conocida del llamado cine de reportaje sensacionalista sobre la Suecia de finales de los años 60 y comienzos de los 70. En esta película, Suecia se presentaba como una especie de experimento social extremo, donde todo parecía llevarse al límite, y mezcla observación de la realidad con una fuerte interpretación editorial. La imagen que ofrecía es ambivalente, como lo es la de The Swedish Theory of Love, por un lado, un país de libertad sexual, bienestar material, igualdad de género y modernidad avanzada, y por otro una sociedad marcada por la soledad, el alcoholismo, la fragilidad familiar y cierto vacío emocional. Los dos documentales buscan el choque cultural, especialmente dirigido a un público del sur de Europa, creo yo.
Para terminar, la cuestión de fondo que deja Gandini cómo podemos sostener independencia y comunidad a la vez. Cómo ser libre sin quedar aislado. Cómo garantizar la autonomía sin perder el tejido invisible de la amistad, el cuidado mutuo, la vecindad o la intimidad compartida. En ese sentido, la película habla de Suecia, pero también de todos nosotros. Porque muestra que el bienestar puede organizarse desde el Estado, pero la pertenencia no puede decretarse; que la seguridad puede garantizarse por ley, pero la necesidad humana de compañía, afecto y reconocimiento sigue buscando caminos propios. Una sociedad puede alcanzar un altísimo grado de civilización material y seguir preguntándose, con total honestidad, cómo seguir siendo humana.
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