Ayer fue un día típico de finales de mayo en nuestra ciudad. El sol ya calienta y los nubarrones que circulan a buena velocidad sobre este cielo azul, no están por la labor de dejar caer su carga sobre las terrazas, permanentes o temporales, que llenan las aceras y los jardines. El 22 de mayo es el día en que comienza el carnaval de los estudiantes en Lund, que se celebra cada cuatro años, porque, tal es el esfuerzo que realizan los estudiantes en organizarlo, que sería imposible hacerlo con mayor frecuencia. Es una ocasión especial, que algunos estudiantes solo viven una vez y otros, más afortunados, la repiten. Los habitantes de la ciudad que tienen un pasado académico, es decir, todos los habitantes de Lund, cuentan su edad como el número de carnavales vividos desde los dieciocho años, edad mínima para la consumición de cerveza, conditio sine qua non para sentirse participante en el júbilo lundense.
Yo estaba ayer en campaña con mi partido, como suelo hacer casi todos los días, de febrero a septiembre los años de elecciones. Éramos solo cuatro esta tarde primaveral, y teníamos aparcado nuestro llamativo triciclo a la puerta de un campo de fútbol en el que se iba a jugar un partido interesante, concurriendo con la celebración del primer día de carnaval. Esperábamos mucha gente y habíamos preparado cientos de botellines de agua y una cestilla con chocolatinas para repartir entre los que se acercasen a dialogar sobre política, que para eso estábamos allí.
Llegaban en grupo jóvenes y menos jóvenes, algunos hacia el estadio, otros de pasada, camino a las instalaciones del palacio de deportes cercano. Unas chicas jóvenes venían de pesarse para un campeonato de taekwondo, otros se acercaban a nuestro tingladillo por curiosidad. Un par de hombres de mediana edad pasaba muy cerca y yo me acerqué a ofrecerles agua y un folleto de información sobre nuestra política. Ellos me recibieron con una franca sonrisa y un “Excuse us, we are not Swedish, we are English!” a lo que yo les respondí en inglés y de ahí, entablamos una pequeña conversación sobre la política de nuestros respectivos países. Ya cuando estaban a punto de partir, les di una de mis tarjetas de representación del partido como recuerdo de nuestra conversación y, cuando vieron en ella mi nombre y apellidos, exclamó uno de ellos en perfecto castellano: “Español, qué bien. Yo he pasado un año de Comenius en España, en Córdoba, y guardo muy buenos recuerdos de esa estancia”. Y seguimos hablando en español, mientras el otro sonreía mirándonos y al final dijo “I understand everything you´re saying even though i don´t speak Spanish”. Y nos explicó que el estaba casado con una peruana y tenía dos hijos medioperuanos, y además, había estado muchas veces en Perú.
Qué pequeño es el mundo, pensé yo, es un pañuelo, dije yo cayendo en una fácil frase hecha. “Yes, it´s a small world!”, dijo el medioperuano. Me vino a la cabeza la importancia del Erasmus, que el Brexit estuvo a punto de cargarse, y de hecho, lo hizo en cuanto a Gran Bretaña. Me puse a pensar en ese millón largo de “Erasmus Babies”[1] nacidos de relaciones internacionales que comenzaron con un a estancia Erasmus. Sí, se ha escrito bastante sobre eso, y el término más difundido es precisamente “Erasmus Babies” o “niños Erasmus” y muchos sociólogos y estudiosos de la integración europea lo consideran un fenómeno cultural importante.
El programa Erasmus Programme, que fue creado por la Comunidad Europea en 1987, facilitó estudios en otros países y, como efecto secundario, también creó redes afectivas, amistades, matrimonios y familias transnacionales. La propia Comisión Europea llegó a estimar que millones de personas habían conocido a su pareja gracias a Erasmus. La expresión “Erasmus Babies” empezó a circular precisamente para describir a los hijos de esas parejas mixtas europeas.
Lo interesante es que, con Erasmus, aparece algo nuevo en la historia europea, que durante siglos Europa estuvo unida por élites monárquicas, diplomáticos, Iglesia y universidades, pero que, a partir de 1987, surge una mezcla social “horizontal”, cotidiana y popular entre jóvenes de distintos países. Ahora ya es muy corriente encontrar parejas compuestas por un italiano y una sueca, una catalana y un flamenco, un alemán y una portuguesa, etc. y esas combinaciones crean hogares donde se hablan varias lenguas y se celebran tradiciones mezcladas. Las fronteras nacionales pierden dramatismo, y los hijos crecen con una identidad múltiple. Ese era en realidad el fin de la reforma Erasmus, el encontrar una nueva coherencia, una identidad europea. Eso tiene una enorme importancia simbólica. Muchos investigadores hablan de una “generación Erasmus”, más acostumbrada a pensar Europa como un espacio vital compartido[2].
No es que todos y cada uno de los que participen en un Erasmus saldrán de él con una identidad europea. Algunos incluso refuerzan su identidad nacional al compararse con otros europeos. Pero, aun así, el fenómeno humano existe y es profundo. Quizá por primera vez desde el Imperio Romano o las viejas redes intelectuales medievales, Europa está produciendo una población que vive naturalmente “entre países”. En cierto modo, esos niños Erasmus son una metáfora histórica, porque son signos de la desaparición parcial de antiguas fronteras mentales. Hay, por tanto, algo casi silenciosamente revolucionario en que un joven sueco se enamore en Sevilla, que una polaca acabe viviendo en Lisboa, que haya niños y ya grandes que sientan natural tener dos o tres patrias culturales. Sí, porque yo creo que se puede tener más de una patria cultural. Todo esto va creando una identidad europea menos ideológica y más biográfica. Las identidades políticas impuestas desde arriba suelen ser frágiles; las identidades nacidas de la vida cotidiana, de los afectos y de las familias, suelen durar más.
El programa Erasmus nació como una decisión administrativa y política de las instituciones europeas, pensada inicialmente para favorecer la movilidad universitaria y la cooperación académica. Pero sus consecuencias más profundas no fueron seguramente económicas ni educativas, sino humanas. Cuando aparecen experiencias personales, amistades, amores, familias mixtas, hábitos comunes, memorias compartidas etc. la idea abstracta de Europa empieza lentamente a encarnarse.
Pero, al mismo tiempo, existe una reacción contraria, que, en períodos de incertidumbre económica, migraciones rápidas o sensación de pérdida cultural, hace reaparecer formas de nacionalismo defensivo, repliegue identitario, nostalgia de comunidades homogéneas, tribalismo. Esos movimientos encuentran apoyo porque ofrecen identidad clara, pertenencia inmediata, relatos simples y enemigos visibles. Los que hemos estudiado la historia europea sabemos que siempre ha oscilado entre dos fuerzas: la tendencia a ampliar círculos de cooperación y la tendencia a cerrarse en identidades exclusivas. La novedad actual es que millones de europeos ya tienen experiencias biográficas que atraviesan fronteras. Eso cambiará, creo yo, lentamente la textura humana del continente. Un tratado puede romperse; una familia mezclada, una lengua aprendida en otro país o una red de amistades internacionales son realidades mucho más resistentes. Europa no se está construyendo solamente en Bruselas, aunque también, sino en aeropuertos, universidades, cocinas familiares, relaciones sentimentales y memorias compartidas. Hoy seguiré repartiendo agua y hablando con la gente.
[1] https://universitytimes.ie/2021/03/you-wouldnt-exist-without-europe-the-phenomenon-of-erasmus-babies/?utm_source=chatgpt.com
[2] https://journals.sagepub.com/doi/10.1177/0001699319833135?utm_source=chatgpt.com
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