En su obra “Ética a Nicómaco”[1] Aristóteles introdujo el concepto “eudaimonía” del griego eu (bien) y daimon (espíritu, genio o fuerza vital), que se considera central en su filosofía. Aristóteles se plantea aquí cuál es el fin último del ser humano y concluye que todo acto humano apunta a un fin, pero que algunos fines son medios para otros. El fin último, el que se busca por sí mismo y no como medio, es la eudaimonía, entendida como vida plena, autosuficiente y completa, el bien supremo al que aspira todo ser humano.
No es placer ni riqueza lo que define la eudaimonía, sino la actividad racional en conformidad con la virtud, que se desarrolla a lo largo de toda la vida. Las virtudes se dividen en éticas e intelectuales; las primeras, como justicia, templanza y coraje, se cultivan mediante hábitos correctos de acción; las segundas, como sabiduría y entendimiento, mediante ejercicio del pensamiento y la deliberación.
Aristóteles subraya además que la eudaimonía se realiza mejor en sociedad, porque la naturaleza humana es social y el florecimiento individual depende de la justicia, la amistad y la participación en la polis. En los libros II a V de la Ética a Nicómaco, explica cómo la práctica constante de estas virtudes construye el carácter y permite alcanzar la vida plena. La eudaimonía no es por tanto un estado momentáneo, sino un proceso continuo de florecimiento humano, donde cada acción virtuosa contribuye a la coherencia, sentido y desarrollo de la propia existencia dentro de un marco social.
Para Aristóteles, todo ser humano, por su propia naturaleza, tiende a buscar la eudaimonía, porque vivir bien y realizar nuestro potencial es la expresión de nuestra esencia como seres racionales y sociales. No se trata de un deseo aprendido ni de una elección accidental: el impulso hacia la vida plena está inscrito en nuestra naturaleza. Desde que nacemos, tenemos la capacidad y la inclinación a desarrollarnos, a aprender, a actuar y a relacionarnos de manera que podamos florecer. Aquí, creo yo, que en la realidad actual en que vivimos, hemos perdido la capacidad de buscar esa eudaimonia.
Hoy vivimos en una especie de jungla de fines, donde abundan metas externas, estímulos inmediatos y expectativas sociales que no siempre coinciden con nuestra naturaleza esencial. Aristóteles hablaba de que para alcanzar la eudaimonía debemos actuar según nuestra razón y virtud, pero el ritmo y la complejidad de la vida moderna hacen que muchas veces perdamos la brújula interior que nos guía hacia lo que realmente nos permite florecer.
Nos bombardean con valores y recompensas que son medios disfrazados de fines: la acumulación de bienes, la fama, la productividad sin sentido o la aprobación de los demás. Estas “metas” nos distraen de la búsqueda genuina de sentido, de acción virtuosa y de relaciones auténticas que constituyen la verdadera eudaimonía. En ese contexto, la capacidad de reflexionar, elegir y actuar de manera que nuestra vida sea coherente y plena se debilita, y muchas personas confunden el hacer constante con el vivir bien.
La capacidad de buscar la eudaimonia conscientemente sí se ha atrofiado, porque nuestra atención y nuestra energía se dispersan en fines externos que no coinciden con nuestra naturaleza. Aristóteles insistiría en que volver a la eudaimonía requiere pausar, observar nuestras acciones y educar nuestra voluntad, reconstruyendo un horizonte de sentido propio en medio de la confusión de la jungla moderna.
En esto, mientras camino, vengo a pensar que estamos continuamente tratando de explicar cómo es posible que tantas personas voten a partidos de extrema derecha. ¿Qué está pasando? Mirando a nuestro alrededor, en países occidentales con un nivel de vida generalmente alto, la explicación no puede reducirse simplemente a afirmar que son los excluidos del bienestar quienes optan por la ultraderecha, o por la ultraizquierda. Al menos eso es lo que indican los estudios más rigurosos, pues, las investigaciones muestran que factores subjetivos como la percepción de reconocimiento social, el sentimiento de pertenencia, la confianza interpersonal y la satisfacción vital influyen tanto o más que las variables económicas tradicionales a la hora de explicar los comportamientos electorales.
En este contexto, comienza a adquirir relevancia una dimensión quizás menos visible pero decisiva: la experiencia subjetiva de la vida cotidiana. La soledad social, la sensación de no ser escuchado, la percepción de que la propia existencia carece de dirección o de reconocimiento público generan un terreno fértil para los discursos políticos que prometen identidad, pertenencia y claridad moral.
Estamos sin duda ante déficits de significado y de confianza. Allí donde las personas sienten que los vínculos sociales se debilitan y que su experiencia vital no encuentra eco en las instituciones ni en el lenguaje político dominante, crece la disposición a apoyar opciones que se presentan como radicales, restauradoras o antisistema. En ese sentido, comprender los cambios electorales contemporáneos exige mirar menos exclusivamente a los indicadores económicos y más a la textura emocional y relacional de las sociedades en las que vivimos. Oigo los discursos de Vox y de Aliança Catalana, como los de Sverigedemokraterna, y quiero comprender que lleva a miles y miles de votantes a apoyar a esos partidos.
Cada año, el World Happiness Report[2] clasifica a los países del mundo según su nivel de felicidad basándose en una única pregunta de la encuesta Gallup World Poll[3]. La pregunta es:
“Por favor, imagine una escalera con peldaños numerados desde cero en la parte inferior hasta diez en la parte superior. La parte superior de la escalera representa la mejor vida posible para usted y la parte inferior representa la peor vida posible para usted. ¿En qué peldaño de la escalera diría que siente personalmente que se encuentra en este momento?”
La pregunta está deliberadamente formulada para no referirse a conceptos amplios como felicidad, bienestar o satisfacción. Además, puede traducirse y entenderse fácilmente en muchos idiomas. La organización Gallup recopila datos utilizando esta pregunta desde 2005. Los países que de forma constante se sitúan en los primeros puestos de la tabla mundial de felicidad incluyen las cuatro naciones nórdicas: Finlandia, Dinamarca, Suecia y Noruega. En 2025, Finlandia encabezó la clasificación por octavo año consecutivo, logrando una puntuación media trienal de 7,736 sobre un máximo posible de 10.
Tras la publicación del Informe de 2025, muchos medios destacaron el descenso en la clasificación de Estados Unidos, que pasó del puesto 23 al 24. La mejor posición alcanzada por Estados Unidos fue el puesto 15 en 2023. Según los informes, la caída en la clasificación estadounidense se debe al creciente descontento entre las generaciones jóvenes del país. En cambio, los adultos estadounidenses mayores (más de 60 años) ocuparon el décimo lugar en felicidad global. Canadá también descendió en la clasificación, mientras que otros países de América del Norte ascendieron. Costa Rica pasó del puesto 23 en 2023 al 6 en 2025, mientras que México subió del 25 en 2024 al 10 en 2025.
El Economic Times[4] informa que los países occidentales industrializados son, en general, menos felices ahora que entre 2005 y 2010. Quince países han experimentado descensos significativos en la felicidad, mientras que solo cuatro han registrado aumentos. Tres naciones occidentales, Estados Unidos, Suiza y Canadá, han sufrido descensos sustanciales, cada uno superior a 0,5 en una escala de 0 a 10.
Las altas posiciones de los países nórdicos en los rankings de felicidad suelen atribuirse a sus amplios programas de bienestar social, a los fuertes vínculos comunitarios y a la intensa interacción con la naturaleza. Finlandia también se beneficia de bajos niveles de corrupción y de un énfasis cultural en el equilibrio en lugar de la búsqueda incesante del rendimiento. A algunos puede sorprenderles que los largos inviernos no reduzcan de forma significativa la felicidad en los países nórdicos. Sin embargo, los editores del Informe Mundial de la Felicidad 2025 señalan que el clima tiene un efecto mínimo en los niveles generales de felicidad.
A España la encontramos en el lugar 38, con una puntuación media alrededor de 6,4-6,5 sobre 10. No deja de ser paradójico que España se sitúe relativamente baja en el World Happiness Report mientras muchas personas de otros países la consideran uno de los mejores lugares para vivir, pero esto tiene una explicación bastante sencilla: el informe no mide qué país resulta más atractivo, sino cómo evalúan su propia vida quienes viven en él. Es decir, no pregunta dónde se viviría mejor, sino hasta qué punto las personas se sienten satisfechas con su vida en el presente y con sus perspectivas de futuro.
España ofrece numerosos elementos que la hacen especialmente deseable desde fuera, clima, vida social intensa, gastronomía, cultura urbana y una vida cotidiana relativamente agradable, pero la evaluación subjetiva de la vida depende también de factores estructurales que pesan considerablemente en las respuestas como la precariedad laboral, especialmente entre los jóvenes, la dificultad de acceso a la vivienda, la inseguridad en las trayectorias profesionales y la percepción de que las oportunidades no siempre se corresponden con las expectativas educativas. Cuando la distancia entre lo que se espera y lo que realmente se consigue es grande, la satisfacción vital tiende a disminuir, incluso si el entorno cotidiano resulta agradable.
A ello se debe añadir, creo yo, un elemento cultural. En sociedades donde la comparación social es intensa y donde las personas se evalúan continuamente en relación con sus iguales, las percepciones subjetivas de bienestar pueden verse afectadas por el sentimiento de no avanzar lo suficiente o de no alcanzar determinadas metas sociales. En España nos comparamos mucho con el vecino. En cambio, en países con sistemas institucionales más estables y previsibles, como los países nórdicos, la sensación de seguridad futura y de control sobre la propia vida eleva la valoración general que las personas hacen de su existencia, aunque su vida cotidiana no resulte necesariamente más placentera en términos relacionales.
Y es que la cultura nórdica, valora la igualdad, la confianza en las instituciones y la autonomía individual, y esto genera un marco de referencia subjetivo más optimista y confiable. Además, la percepción de bienestar se alimenta de normas sociales que favorecen la transparencia, la cooperación y la baja tolerancia a la corrupción, y la comparación interna se hace en un entorno considerado justo y estable.
En consecuencia, España puede ofrecer un alto bienestar cotidiano, una vida social rica, vínculos familiares sólidos y una cultura del disfrute diario y, al mismo tiempo, registrar puntuaciones más bajas en las evaluaciones globales de felicidad, porque estas reflejan sobre todo la percepción de estabilidad, confianza y perspectivas de futuro.
Bueno, hasta ahí, tenemos la percepción subjetiva de los ciudadanos, aunque si miramos con lupa y empezamos a tener en cuenta datos concretos, vemos que, en Suecia, donde los ciudadanos se consideran muy felices, la frecuencia de suicidios es casi el doble que la de España. La tasa de suicidio en la población sueca de 15 años o más fue de 15,2 suicidios por cada 100 000 habitantes en 2023, con más de 1 200 muertes por suicidio ese año.[5] Según datos oficiales del Instituto Nacional de Estadística (INE) para 2023, España tuvo 4 116 fallecidos por suicidio, con una tasa aproximada de 8 suicidios por cada 100 000 habitantes.[6] Estas son cifras a tener en cuenta, aunque su explicación no es sencilla.
Y, volviendo a mi preocupación por saber que es los que hace que la gente vote a partidos de la extrema derecha. En las elecciones nacionales recientes, España y los países escandinavos muestran porcentajes de votantes de extrema derecha que, curiosamente, son aproximadamente comparables, aunque los contextos políticos y culturales sean distintos. En España, el partido Vox, que se identifica como de extrema derecha, obtuvo en las elecciones generales de 2023 alrededor del 16 % del voto, y las encuestas actuales lo sitúan cerca del 17‑18 %, consolidándose como la tercera fuerza nacional. En Suecia, los Demócratas Suecos, clasificados como partido populista nacionalista y de extrema derecha, alcanzaron en las elecciones generales de 2022 aproximadamente 20,5 % del voto, convirtiéndose en la segunda fuerza del Parlamento sueco y aumentan en las encuestas. En Noruega, el Partido del Progreso, de derecha populista, obtuvo en las elecciones generales de 2025 cerca del 24,7 % del voto, mientras que en Finlandia, el Sann Finländarna (Los finlandeses de verdad), con posturas nacionalistas y populistas, lograron el 20,1 % del voto en las elecciones generales de 2023. Esto muestra que, aunque los sistemas políticos y las culturas electorales difieren, el apoyo a fuerzas de extrema derecha o populistas de derecha se sitúa en un rango similar, entre 16 % y 25 %, tanto en España como en los países nórdicos. Uno de cada cinco no ha encontrado su eudaimonia.
Lo que une a los votantes de extrema derecha, tanto en España como en los países nórdicos, es una serie de preocupaciones y valores compartidos que tocan lo profundo de la vida social y personal y que muchos perciben como obstáculos para su bienestar y realización personal, su propia búsqueda de eudaimonía. Comparten un miedo a la pérdida de identidad y cohesión social, temen que la cultura, las tradiciones o la forma de vida que consideran propias estén amenazadas por inmigración, globalización o cambios sociales rápidos, y creen que recuperar un orden que perciben como seguro y familiar les permitirá vivir de manera más coherente y plena.
También comparten desconfianza hacia las élites y el sistema político, considerando que los partidos tradicionales o las instituciones no representan sus intereses ni sus valores, y piensan que sólo mediante un cambio político radical, encarnado por partidos que hablan por ellos, podrán sentirse escuchados y realizar una vida más plena y con sentido.
Además, buscan seguridad material y personal: la sensación de vulnerabilidad económica, laboral o de seguridad personal los impulsa a votar por fuerzas que prometen control, orden y protección, y ven su eudaimonía ligada a la protección de lo que ya poseen y a la previsibilidad de su entorno más que al placer o a la autorrealización abstracta.
Los votantes de esos partidos sienten una necesidad de comunidad y pertenencia porque muchos consideran que la sociedad actual no ofrece vínculos claros ni valores compartidos que den sentido, y creen que fortaleciendo la identidad nacional o cultural recuperarán una red de apoyo simbólica y emocional, un espacio donde sus vidas tengan coherencia y propósito. En términos aristotélicos, estos votantes buscan su eudaimonía no a través del desarrollo de virtudes en una comunidad inclusiva, sino a través de la recuperación de seguridad, cohesión y reconocimiento de su propia visión del mundo; es una visión de plenitud muy centrada en la estabilidad externa, la identidad y la pertenencia, más que en la deliberación ética o la actividad racional universal.
Pero lo que es seguro, es que los votantes de la extrema derecha no han salido de la tierra como setas, de la noche a la mañana, no surgen de repente, sino que son personas cuyas ideas o preocupaciones han estado latentes durante décadas, a veces generaciones. Lo que cambia es el contexto político y social que les permite expresarse de forma visible y organizada.
Durante mucho tiempo, estas personas habían “encajado” en partidos tradicionales, adoptando sus planteamientos sobre seguridad, inmigración, economía o identidad nacional dentro de las líneas convencionales. Pero factores como la crisis económica, la globalización, la migración masiva o la percepción de pérdida de valores tradicionales han creado un espacio donde los partidos de extrema derecha se sienten legitimados y donde los votantes se sienten identificados sin necesidad de moderar sus opiniones.
No es, por tanto, que los votantes de la extrema derecha hayan aparecido de la nada, sino que el entorno político y cultural ha cambiado, y ahora hay partidos que les permiten expresarse plenamente sin tener que “disfrazar” sus ideas. Esa sensación de encaje ha hecho que antes permanecieran discretos o votando a partidos convencionales, y ahora puedan manifestarse abiertamente.
Al final, todo se reduce a la eudaimonía: esa vida plena y coherente que Aristóteles pensó como nuestro fin último. Hoy, muchos buscan su sentido fuera de sí mismos, en seguridad, identidad o pertenencia, porque la modernidad dispersa nuestra brújula interior. El auge de los partidos de extrema derecha no es casual, más bien refleja la ausencia de plenitud y reconocimiento que nos permite actuar y vivir con coherencia. Comprender la política contemporánea es, en última instancia, reconocer que lo que buscamos es lo que siempre hemos buscado: una vida que tenga sentido, que nos pertenezca y que nos haga verdaderamente humanos.
[1] https://archive.org/details/etica-a-nicomaco_202207/page/n15/mode/2up
[2] https://wellbeingintl.org/world-happiness-report-2025/?gad_source=1&gad_campaignid=19927449109&gbraid=0AAAAACQfav2NPi_U6UaY3UnWCQyJhJHTF&gclid=CjwKCAiAssfLBhBDEiwAcLpwfmClWddmiDzSZnw0sfr92kd71BOtXrKkK_j4e1uYj4Bn33hH8EaqFBoCKfIQAvD_BwE
[3] https://www.gallup.com/analytics/318875/global-research.aspx
[4] https://economictimes.indiatimes.com/news/international/global-trends/world-happiness-report-2025-the-happiest-country-revealedand-its-not-the-us/articleshow/119242870.cms
[5] https://www.folkhalsomyndigheten.se/the-public-health-agency-of-sweden/living-conditions-and-lifestyle/mental-health/suicide-prevention/statistics-on-suicide-in-sweden/?utm_source=chatgpt.com
[6]https://www.sanidad.gob.es/areas/calidadAsistencial/estrategias/saludMental/docs/Plan_de_accion_para_la_prevencion_del_suicidio_2025_2027.pdf?utm_source=chatgpt.com
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