Declaro abiertamente y sin tapujos que me autoproclamo historiador de guardia. Lo hago porque me gustaría que algunos colegas, la mayoría más eruditos que yo, tomasen cartas en el asunto y participaran en las discusiones sobre la actualidad que vivimos. Porque el historiador no debería limitarse a ordenar los hechos del pasado como si fueran piezas de un museo y a toro pasado, sino también ayudar a comprender el presente a la luz de la experiencia acumulada por las generaciones anteriores y por los hechos que han marcado a la humanidad. Si no, ¿para que necesitamos la historia?

Vivimos en una época en la que las decisiones políticas se comentan y se juzgan con rapidez vertiginosa: desde los platós de televisión hasta las redes sociales. Sin embargo, en ese ruido constante, a menudo falta la voz pausada de quienes conocen la larga duración de la historia, de quienes saben que los conflictos, las revoluciones y las intervenciones extranjeras rara vez producen los resultados que imaginan quienes las promueven. Abundan los politólogos, loes estrategas militares, los economistas y, a veces, los sociólogos, pero faltan historiadores.

No se trata de que los historiadores dictemos soluciones, la historia no ofrece recetas, sino de que recuerden hasta qué punto los acontecimientos del presente suelen repetir errores ya cometidos. Cuando observamos las intervenciones militares que se justifican en nombre de la democracia o de los derechos humanos, conviene recordar cuántas veces, en el pasado, esas mismas intenciones acabaron produciendo consecuencias muy distintas de las deseadas.

Tal vez por eso me permito este gesto modesto, casi irónico, de declararme historiador de guardia: alguien que, cuando el debate público se llena de certezas rápidas y de juicios simplificados, intenta recordar que la historia es compleja, que los pueblos siguen caminos propios y que las buenas intenciones de las potencias extranjeras no siempre conducen a buenos resultados. Ojalá no tuviera que hacerlo solo. Ojalá más historiadores se sintieran también de guardia. Porque en tiempos de confusión, la memoria histórica no es un lujo académico: es una necesidad pública.

Memoria histórica digo, y muchos pensarán en algo que se inventó en España para no dejar que se enfriase el brasero del rencor, aireando las cenizas de los muertos de un bando. Pero no, yo, cuando hablo de memoria histórica, me refiero a toda la experiencia que el conocimiento de la historia nos debe dar, a los que vivimos hoy, y, sobre todo, a los que están en condición de tomar decisiones sobre nuestro presente y nuestro futuro, las dos cosas, porque las decisiones que se toman en el presente condicionan nuestro futuro.

Como historiador de guardia, quiero profundizar hoy en el hecho de que las revoluciones no son exportables. Lo digo así y me quedo tan ancho, y si alguien no está de acuerdo, que levante la mano y me llame mentiroso. Por no irme muy lejos en el tiempo, empezaré por la revolución francesa. Los revolucionarios franceses, que llevaron a cabo la revolución soñada por los filósofos de la Ilustración, no se conformaron con transformar Francia. Muy pronto pensaron que aquellas ideas, la soberanía popular, la igualdad ante la ley, el fin de los privilegios feudales, debían extenderse por toda Europa. En su imaginación, la revolución no era sólo un acontecimiento nacional, sino el comienzo de una nueva era para la humanidad.

En ese clima nació la idea de exportar la revolución. Los ejércitos franceses comenzaron a cruzar las fronteras convencidos de que, allí donde llegaran, los pueblos recibirían con entusiasmo la liberación del antiguo régimen. Durante un tiempo pareció posible. En varios territorios se proclamaron repúblicas hermanas y se abolieron viejos privilegios aristocráticos.

Pero la historia tomó pronto otro rumbo. Con la llegada al poder de Napoleón Bonaparte, aquella expansión revolucionaria adoptó la forma de un imperio. Napoleón se veía a sí mismo como heredero y portador de los principios de la revolución, y en parte lo fue: allí donde llegaron sus ejércitos se introdujeron códigos legales modernos, se reformaron administraciones y se suprimieron restos del feudalismo. Sin embargo, al mismo tiempo esas reformas venían acompañadas de ocupación militar, impuestos y subordinación política a Francia.

Lo que en París se presentaba como liberación, en muchas regiones empezó a percibirse como dominación extranjera. Así surgieron resistencias nacionales que acabaron convirtiéndose en una de las principales fuerzas que derrotaron al propio Napoleón. El caso de España fue especialmente significativo: una guerra iniciada en nombre de la modernización terminó alimentando un poderoso movimiento de resistencia que combinaba patriotismo, religión y defensa de las tradiciones.

La paradoja fue evidente. El intento de imponer por las armas los ideales universales de la revolución terminó despertando los nacionalismos que más tarde dominarían la política europea del siglo XIX. Napoleón quiso revolucionar Europa y, en cierto modo, la transformó profundamente. Pero no logró el objetivo que imaginaba: los pueblos no adoptaron aquellas ideas porque llegaran en los cañones de un ejército extranjero.

La lección histórica es clara y sigue siendo actual. Las ideas pueden viajar, influir y transformar sociedades, pero cuando se imponen desde fuera mediante la fuerza militar suelen provocar reacciones inesperadas. La historia europea del tiempo de Napoleón es uno de los primeros grandes ejemplos de ese límite.

Si nos trasladamos un siglo más adelante, la Revolución rusa se encontró muy pronto con un dilema semejante. Los bolcheviques que tomaron el poder en 1917 no concebían su triunfo como un acontecimiento exclusivamente ruso. En la tradición marxista, la revolución proletaria tenía una vocación universal: debía extenderse a los países industrializados de Europa y, en última instancia, transformar el sistema capitalista mundial.

Durante los primeros años tras la revolución, muchos dirigentes bolcheviques estaban convencidos de que Rusia sería sólo el primer eslabón de una cadena de levantamientos. Se esperaba que Alemania, con su poderoso movimiento obrero, siguiera pronto el mismo camino. Para impulsar ese proceso se creó en 1919 la Internacional Comunista, conocida como la Komintern, cuyo objetivo era coordinar y fomentar revoluciones en otros países.

Sin embargo, la realidad fue mucho más compleja. Los intentos revolucionarios en Alemania, Hungría y otros lugares fracasaron, y Rusia quedó aislada. Ese aislamiento abrió un intenso debate dentro del propio movimiento bolchevique. Algunos dirigentes, como Trotski, defendían la idea de la “revolución permanente”: sin una extensión internacional, el nuevo régimen soviético corría el riesgo de quedar cercado y finalmente sucumbir.

Otros, encabezados por Stalin, adoptaron una postura distinta. Ante la ausencia de revoluciones en Europa, sostuvieron que era posible construir el socialismo en un solo país. La prioridad debía ser consolidar el poder soviético dentro de sus propias fronteras, fortalecer el Estado y transformar la economía.

De ese debate surgió una evolución decisiva. La Unión Soviética continuó apoyando movimientos comunistas en todo el mundo, pero al mismo tiempo concentró enormes esfuerzos en su propio desarrollo interno. Con el paso de los años, la revolución que había nacido con ambición universal terminó convirtiéndose también en la base de un poderoso Estado nacional. En el caso de España, la Unión Soviética actuó según su teoría, y la ayuda soviética a la República fue acompañada por un crecimiento rápido del Partido Comunista de España, que antes de la guerra era un partido pequeño, pero el prestigio de la URSS como principal apoyo militar de la República le dio una influencia política muy superior a su tamaño.

El PCE defendía una línea marcada desde Moscú: no realizar inmediatamente una revolución social radical, sino ganar primero la guerra mediante un Estado fuerte, un ejército regular y disciplina política. Esta estrategia chocaba con los sectores revolucionarios del bando republicano, especialmente los anarquistas de la CNT y la FAI y el partido marxista antiestalinista POUM.

La influencia soviética también se ejercía a través de la Internacional Comunista, el Komintern, que coordinaba los partidos comunistas del mundo. Desde allí se organizaron las Brigadas Internacionales, formadas por miles de voluntarios extranjeros que fueron a España a luchar en defensa de la República.

Una vez más, la historia mostraba una tensión que se repite con frecuencia: las revoluciones suelen nacer con vocación universal, convencidas de portar ideas destinadas a toda la humanidad, pero cuando intentan extenderse más allá de sus fronteras chocan con realidades políticas, culturales y sociales que no se transforman tan fácilmente desde fuera.

Y tras la Segunda Guerra Mundial la Unión Soviética volvió a enfrentarse, de otra manera, al viejo problema de la expansión de su modelo político. El avance del Ejército Rojo hacia el oeste, en la lucha contra la Alemania nazi, cambió profundamente el mapa político de Europa. A medida que las tropas soviéticas liberaban o, según la perspectiva, ocupaban territorios que habían estado bajo control alemán, se fueron estableciendo gobiernos comunistas aliados de Moscú.

Así surgió un amplio cinturón de Estados socialistas en Europa oriental: Polonia, Hungría, Rumanía, Bulgaria, Alemania oriental y Checoslovaquia, en alguna medida también Yugoslavia y Albania. En estos países, el modelo político y económico soviético fue implantándose progresivamente entre finales de los años cuarenta y comienzos de los cincuenta. Aunque en algunos casos existieron inicialmente coaliciones con otros partidos, el poder terminó concentrándose en partidos comunistas estrechamente vinculados a Moscú

La Unión Soviética no se limitó a Europa. A partir de la revolución china de 1949 y de los movimientos revolucionarios que surgieron en Asia, África y América Latina durante la descolonización, el bloque socialista se fue ampliando o encontrando aliados en diferentes partes del mundo. Corea del Norte, Vietnam, Cuba o Angola se integraron en mayor o menor medida en esa órbita política e ideológica.

Sin embargo, como ya había ocurrido en otros momentos de la historia, la expansión de una idea política más allá de su contexto original generó tensiones y contradicciones. Algunos países aceptaron el modelo soviético bajo fuerte presión política o militar; en otros, los movimientos revolucionarios tuvieron raíces propias y siguieron caminos distintos. Incluso dentro del mundo comunista surgieron profundas divisiones, como el conflicto entre la Unión Soviética y China en los años sesenta.

De nuevo aparecía la constante histórica de que las ideologías que nacen con vocación universal, la revolución francesa, el comunismo soviético o incluso ciertos modelos de democracia liberal, como es el caso de Estados Unidos, tienden a imaginarse como fórmulas exportables al resto del mundo. Pero cuando esas ideas se trasladan a sociedades con historias, culturas y estructuras políticas distintas, su implantación rara vez resulta sencilla y casi nunca produce los mismos resultados.

Los pueblos no cambian porque alguien desde el exterior decida cómo deben organizarse, sino porque su propio desarrollo económico, social y cultural abre el camino a nuevas formas de gobierno. Las transformaciones políticas profundas rara vez pueden imponerse desde fuera; cuando se intenta hacerlo, las instituciones resultantes suelen ser frágiles, porque no nacen de la evolución interna de la sociedad que debe sostenerlas. Como historiador de guardia, me permito advertir a los que ahora creen que van a cambiar Irán a fuerza de bombas, que recapaciten sobre la historia.