Si las imágenes son auténticas, porque hoy nunca se sabe y conviene ser prudentes, el presidente estadounidense se rodeó ayer de pastores y otros líderes religiosos para ofrecernos una oración conjunta, supongo que para que le vayan bien las cosas de la guerra. En la fotografía, el pie de foto dice: «Pastores y líderes religiosos ofrecen una oración por el presidente Trump en el Despacho Oval, este jueves.»
La escena no deja de tener algo de simbólico. Estados Unidos es un país donde la religión siempre ha tenido una presencia pública mucho más visible que en la mayoría de las democracias europeas. No es casual que su moneda lleve inscrito el lema «In God We Trust», ni que muchos presidentes hayan recurrido al lenguaje religioso en momentos de crisis. Recordamos la imagen de representantes de todas, muy importante aquí, todas las religiones, codo con codo con el presidente Bush, tras el 11 de septiembre.
Es interesante ver como el significado de la oración puede variar. Es interesante observar cómo el significado de la oración puede variar. Incluso el sentido de la propia religión cambia según el contexto en que se invoca. Todos recordamos el lema que llevaban grabado en las hebillas del cinturón los soldados alemanes: “Gott mit uns”, Dios con nosotros. Con esa frase, generaciones de soldados fueron a la guerra convencidos de que la divinidad estaba de su lado. ¿Por qué debería el Dios de todos y cada uno de los humanos, estar de un bando?
La historia muestra claramente que todos los pueblos han invocado a un Dios antes de entrar en combate. Cada bando, naturalmente, convencido de que la justicia y la providencia estaban de su parte. La oración se convierte en un instrumento de legitimación política y moral. Pienso en todos los capellanes de guerra, cantando misas a las tropas de camino a la batalla, para matar y morir por una bandera, a veces, como en la guerra civil española, pensando en que participaban de una cruzada.
Y, parándonos un poco en el caso de España, aunque desde el momento del alzamiento militar, en el verano de 1936, se produjo una fuerte ola de violencia anticlerical en la zona republicana, y muchas iglesias fueron atacadas y numerosos sacerdotes fueron perseguidos o asesinados, hubo religiosos que apoyaron a la República, aunque fueron pocos y normalmente actuaron de forma discreta. En las Brigadas Internacionales hubo algunos capellanes o ministros religiosos protestantes o judíos que asistían espiritualmente a los voluntarios extranjeros.
Pero, durante la Guerra Civil Española se produjo una situación muy singular en el frente del norte. Cuando en 1936 se constituyó el gobierno autónomo vasco bajo la presidencia de José Antonio Aguirre, el nuevo ejecutivo organizó su propio ejército, el Eusko Gudarostea. Aunque combatía en el bando de la Segunda República Española, buena parte de sus dirigentes y soldados eran profundamente católicos, vinculados al Partido Nacionalista Vasco. Por esta razón, junto a los batallones de gudaris se organizó también un servicio religioso atendido por sacerdotes vascos que actuaban como capellanes. Estos celebraban misa en el frente, confesaban a los soldados, acompañaban a los heridos y daban sepultura a los caídos. No era raro que las misas se celebraran en euskera, algo que tenía un fuerte valor simbólico para aquellos combatientes que sentían que defendían al mismo tiempo su fe y la autonomía de su país.
Esta situación resultaba incómoda para la jerarquía de la Iglesia católica española, que en su mayoría había apoyado a los sublevados y presentaba la guerra como una cruzada contra el anticlericalismo. El caso vasco demostraba, sin embargo, que la relación entre religión y política era, y lo sigue siendo, altamente compleja. Para muchos sacerdotes vascos, apoyar al gobierno autónomo no significaba oponerse a la Iglesia, sino defender a su pueblo y a sus instituciones. El asunto llegó incluso a preocupar al Vaticano, que trató de evitar una ruptura abierta dentro del clero, aunque sin respaldar explícitamente la postura de esos sacerdotes.
Cuando el ejército sublevado de Francisco Franco ocupó el País Vasco en 1937, algunos de aquellos capellanes y sacerdotes nacionalistas sufrieron sanciones, traslados o vigilancia por parte de las autoridades eclesiásticas y del nuevo régimen, pese a su condición clerical. Este ejemplo vasco muestra hasta qué punto, incluso dentro de una misma religión, podían existir interpretaciones muy distintas sobre qué causa era justa. En las trincheras del norte se dio así una paradoja histórica, católicos que rezaban antes del combate en ambos bandos, convencidos todos de actuar conforme a su fe.
Quizá por eso conviene recordar que la religión puede consolar, inspirar o unir, pero también puede ser utilizada para justificar decisiones muy humanas, incluidas las más terribles. Pero también recuerda una vieja tradición política, cuando las decisiones son graves y sus consecuencias inciertas, siempre es útil invocar la protección divina. La historia está llena de gobernantes que antes de una batalla, una guerra o una gran empresa política buscaron la bendición de los dioses o de sus representantes en la tierra.
La imagen de Trump reunido en oración con lideres religiosos, me llama la atención pero no me sorprende, porque yo recuerdo perfectamente otra imagen parecida de 26 líderes religiosos en la Casa Blanca, y esa imagen es del 20 de septiembre de 2001, tras los actos terroristas del 11 de septiembre. La reunión tuvo lugar hacia la 1:30 de la tarde en la Sala Roosevelt de la Casa Blanca. Estuvieron presentes el cardenal Bernard Law, arzobispo católico de Boston; el arzobispo Demetrios, primado de la Iglesia Ortodoxa Griega en América; el reverendo Gerald B. Kieschnick, presidente del Sínodo Luterano de Missouri; el reverendo Franklin Graham, y otros representantes de diversas confesiones religiosas, incluidos judíos, metodistas, baptistas, sijs, musulmanes, hindúes y evangélicos, y el presidente de los mormones, Gordon B. Hinckley.
El presidente Bush se dirigió a los líderes religiosos diciendo: “Nunca me he sentido más fuerte, y esa fuerza viene de Dios. Esta es una lucha contra el mal. Afortunadamente, el bien es más grande que el mal. Tenemos la oportunidad de encontrar algo bueno entre los escombros. Esta campaña creará una renovación espiritual en Estados Unidos”.[1]
Aún no ha transcendido lo que se hablo en la reunión de los lideres religiosos con Trump. En el texto bajo la fotografía se dice que se rezó por el presidente. Quizás pidió lo que Bush pidió en sus oraciones: “…obtener sabiduría, fortaleza y claridad de pensamiento.”
Sabiduría y claridad de pensamiento es algo que este presidente de Estados Unidos necesita con toda seguridad. Pero yo no puedo dejar de pensar que si Dios es el creador de todos los seres humanos, lo que todas las religiones predican, resulta difícil sostener que favorezca sistemáticamente a un pueblo, a un ejército o a un partido político concreto. Cuando dos bandos que comparten la misma religión rezan antes de combatir, ambos convencidos de tener a Dios de su lado, la contradicción se vuelve aún más evidente, aunque ese no sea el caso en este momento.
Rezar al creador pidiendo ayuda divina es algo que gobernantes han invocado a lo largo de la historia para justificar guerras, conquistas o decisiones políticas. Decir que Dios está de nuestro lado convierte una causa humana en una causa sagrada, lo que refuerza la moral del propio grupo y debilita las dudas, al menos eso es lo que creen. Desde el punto de vista histórico, esa creencia ha sido casi universal y simultánea en todos los bandos, aunque es una forma compleja y algo forzada de proyectar sobre lo divino las pasiones, intereses y conflictos de los seres humanos.
Busco una imagen de aquel encuentro en la Casa Blanca el 20 de septiembre de 2001 y la encuentro al fin.
[1] https://www.thechurchnews.com/2001/9/29/23243618/religious-leaders-at-white-house/?utm_source=chatgpt.com


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