Mi amigo Xavier, geógrafo de profesión y afición, comparte hoy información de el diario Segre sobre los conocimientos de geografía de los estudiantes catalanes. Según el artículo, los estudiantes de secundaria no tienen ni idea de quién es el presidente de la Generalitat o dónde está el Valle de Arán.
Esto es sin ninguna duda un problema. Que estudiantes catalanes de secundaria no sepan quién es el presidente de la Generalitat de Catalunya, hoy Salvador Illa, o no puedan situar el Valle de Arán, puede parecer, a primera vista, una señal clara de empobrecimiento cultural, y en parte lo es, porque revela una pérdida de referencias básicas sobre el entorno político y geográfico inmediato, algo que tradicionalmente se ha considerado imprescindible para formar ciudadanos informados. Sin embargo, conviene no precipitarse en el diagnóstico. No es la primera vez que una generación es acusada de ignorar lo esencial; existe una constante histórica en la que los mayores percibimos en los jóvenes una falta de conocimientos que nosotros consideramos fundamentales, cuando en realidad lo que ha cambiado es el tipo de saber que se valora y se adquiere.
Hoy la educación ha ido desplazándose desde un modelo más memorístico hacia otro centrado en competencias, en la capacidad de interpretar, relacionar y analizar fenómenos. En ese tránsito, es posible que se hayan debilitado ciertos conocimientos básicos, como la localización de lugares o la identificación de figuras institucionales, sin que necesariamente haya desaparecido la comprensión de procesos más complejos. A ello hay que añadir el impacto del entorno digital: los jóvenes saben que la información está siempre disponible y, por tanto, tienden menos a almacenarla de forma permanente. Esto no implica necesariamente una menor inteligencia o curiosidad, sino una relación distinta con el conocimiento.
Con todo, el problema existe en la medida en que una sociedad necesita un mínimo de referencias compartidas. Saber situar un territorio o reconocer a sus representantes no es un lujo, sino una base para la participación cívica y la comprensión del mundo cercano. Si esa base se pierde, se debilita también el vínculo entre el individuo y su entorno. Pero más que hablar de decadencia absoluta, quizá debamos entenderlo como un desajuste entre lo que se enseña, lo que se exige y lo que realmente se necesita. La cuestión de fondo no es solo que los alumnos sepan dónde está el Valle de Arán, sino que comprendan qué representa, por qué tiene una identidad propia y cómo se inserta en un contexto más amplio. Si se pierde esto último, entonces sí estaríamos ante un problema profundo; si solo se pierde la memorización puntual, estamos más bien ante una transformación, discutible, sin duda, de las formas de aprender.
O, expresándolo de otra manera: necesitamos nuevos y mejores métodos de enseñanza, ligados al desarrollo cognitivo de los alumnos. Recuerdo como si fuera ayer la primera clase de didáctica de la historia que recibí en la universidad de manos de un gran historiador y pedagogo, Christer Karlegärd, que nos decía que la historia había que enseñarla “de lo próximo a lo lejano” y con eso nos quería inculcar que teníamos que comprender el estado de cognición en el que se encontrase el alumno. Si queremos que el alumno sea consciente de la historia, debemos empezar por lo más cercano e ir aumentando en círculos hasta llegar a la historia global.
El aprendizaje de la historia y la geografía debe de comenzarse, creo yo, en párvulos y aumentar en círculos crecientes, a medida que la capacidad de cognición y movilidad del alumno aumentan, hasta llegar a la madurez, momento en que el desarrollo intelectual permite comprender lo abstracto. Desgraciadamente, la tendencia es ahora empezar con lo abstracto, por ejemplo, celebrando el día de las Naciones Unidas con globos terráqueos y banderas multicolores, que para los pequeñines no representan nada concreto.
Sería mucho mejor salir del colegio y explorar las inmediaciones, mostrando lo que había allí hace cien, mil o un millón de años. Ya Jean Piaget insistía en que el desarrollo cognitivo del niño pasa por etapas en las que lo concreto precede necesariamente a lo abstracto. Y en el ámbito de la didáctica, esa idea se tradujo en: empezar por el entorno inmediato.
Para un niño pequeño, un globo terráqueo o una bandera no son más que objetos vacíos si no están anclados en una experiencia vivida. Son abstracciones sin contenido emocional ni cognitivo real. En cambio, la alternativa: salir del aula y explorar las inmediaciones, tiene una fuerza pedagógica enorme. Ahí aparece la historia encarnada: una calle que antes fue un camino, un edificio que sustituyó a otro, un paisaje que guarda huellas de siglos o milenios. Ese tipo de aprendizaje no solo transmite conocimiento, sino que crea vínculo entre el alumno y el mundo que habita.
El viejo principio didáctico escandinavo de “från det nära till det fjärran” (de lo cercano a lo lejano), que fue central en la formación del profesorado en lugares como Malmö durante los años 70 y 80. Siguiendo este principio se evitarían fallos como los que muestra el artículo. Si los estudiantes de secundaria no saben quién es el presidente de la Generalitat de Catalunya, probablemente tampoco saben quiénes son los concejales de su municipio. Esto no es simplemente un fallo de memorización, sino un síntoma de una desconexión entre la enseñanza y el mundo que los rodea.
Lo mismo ocurre con la geografía: no pueden situar el Valle de Arán si nunca han salido de excursión, si no han explorado ni siquiera su propio entorno cercano. El aprendizaje real ocurre cuando se ve, se toca y se experimenta: caminar por una comarca, observar su relieve, su arquitectura, sus ríos, sus calles… todo esto convierte la información abstracta en conocimiento vivido.
En un modelo ideal, alumnos de 14 años deberían haber recorrido buena parte de Cataluña, conocer distintos paisajes, ciudades y regiones históricas, y así entender cómo se articulan política, historia y geografía. Solo a partir de esa base concreta se puede pasar a conceptos más abstractos, como la administración autonómica o las relaciones entre territorios. Es decir, sin experiencia directa, la educación se queda en el papel y en los globos terráqueos; con experiencia, se convierte en algo significativo y memorable.
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