Me pregunto por qué nos preocupa tanto el crecimiento económico. Por qué lo damos por supuesto, como si fuera una ley natural, como si no pudiera ser de otra manera. ¿Por qué la economía tiene siempre que crecer? ¿Para qué? ¿Qué es exactamente lo que debe crecer, y en beneficio de quién?

Nos hemos acostumbrado a medir el bienestar en términos de aumento: más producción, más consumo, más riqueza. Pero rara vez nos detenemos a pensar si ese crecimiento continuo es compatible con un mundo finito. Como si el simple hecho de crecer fuera, en sí mismo, un bien incuestionable. Y, sin embargo, basta con observar nuestro entorno para intuir que esa lógica nos conduce a un límite, a un punto en el que el progreso material empieza a confundirse con el deterioro. Tal vez la pregunta no sea por qué crece la economía, sino por qué nos cuesta tanto imaginar que no lo haga. Y en esa dificultad, quizá, se encuentra una de las claves de nuestro tiempo.

Parece ser que los seres humanos arrastramos una necesidad de notoriedad que nos empuja a desear no tanto lo que necesitamos, sino aquello que nos distingue de los demás. No compramos solo para vivir mejor, sino para ser vistos, admirados y envidiados. Y en ese gesto, aparentemente inocente y seguramente atávico, se esconde una dinámica profundamente problemática: la competición silenciosa por tener más, por tener lo más caro, por exhibir éxito a través de objetos que, en muchos casos, resultan innecesarios.

Coches cada vez más potentes, viviendas desproporcionadas, relojes, bolsos y accesorios de precios exorbitantes… todo ello forma parte de una carrera que no tiene meta, porque su verdadero motor no es la necesidad, sino la comparación. Y mientras una minoría de la humanidad consume muy por encima de lo razonable, agotando recursos finitos, una mayoría lucha simplemente por no caer en la pobreza. Esta asimetría no es solo económica, sino también moral.

En este contexto, la cuestión del cambio climático, sobradamente avalada por la ciencia, se aborda con una mezcla de timidez y autoengaño. Se proponen soluciones parciales que apenas rozan el núcleo del problema. Se habla, por ejemplo, de electrificar el transporte como si ello bastara. Pero rara vez se dice con claridad lo evidente: si queremos revertir el proceso de calentamiento global, no solo debemos cambiar el tipo de energía que utilizamos, sino también reducir el nivel de consumo. No basta con sustituir todos los coches de combustión por vehículos eléctricos; es necesario preguntarse por ejemplo cuántos coches necesitamos realmente.

Porque incluso esa transición aparentemente limpia tiene un coste que es la extracción masiva de materiales estratégicos, el impacto ambiental de su producción, la presión sobre territorios y ecosistemas. Pensar que basta con cambiar de tecnología sin cambiar de hábitos es, en el fondo, otra forma de aplazamiento, una versión contemporánea de ese optimismo que confía en que el progreso técnico resolverá lo que no queremos cuestionar en nuestro modo de vida.

Creo que la respuesta es más sencilla y, al mismo tiempo, más exigente. No se trata de renunciar al bienestar, sino de redefinirlo. De preguntarnos, con honestidad, qué necesitamos realmente y qué estamos consumiendo únicamente para satisfacer una pulsión de reconocimiento. Frenar ese impulso, especialmente quienes tenemos la posibilidad de consumir más, no es un sacrificio estéril, sino una forma de responsabilidad.

Ahí, quizás, se encuentra una propuesta de futuro y también una esperanza: en la capacidad de desplazar el valor desde la acumulación hacia otras formas de sentido, menos visibles, pero más duraderas. Porque, al final, no será la tecnología por sí sola la que determine el rumbo, sino la medida en que estemos dispuestos a cambiar nuestra relación con las cosas, con los demás y con el propio planeta.

Sería una verdadera revolución si fuéramos capaces de revertir ese impulso casi automático que nos empuja a consumir cada vez más. No una revolución tecnológica ni política en el sentido clásico, sino una transformación interior, silenciosa, pero de consecuencias inmensas. Porque lo que está en juego es más que un modelo económico, es una forma de entender la vida.

El consumismo ha ido desplazando, casi sin resistencia, tradiciones de pensamiento que durante siglos defendieron la sobriedad como virtud. Muchas filosofías orientales[1] enseñaban que la plenitud no se alcanza acumulando, sino reduciendo, desprendiéndose de lo superfluo para encontrar un equilibrio más profundo. Esa sabiduría, que parecía ajena al ruido del mercado, ha sido en gran medida arrasada por una lógica que identifica bienestar con posesión.

Pero tampoco Occidente puede decir que no conocía otro camino. La antigua máxima griega, esa invitación a la medida, a la moderación, a no caer en el exceso, formaba parte de una concepción del mundo donde el equilibrio era signo de inteligencia. La mesótes[2] aristotélica, el término medio, no era mediocridad, sino la forma más alta de sabiduría práctica: saber hasta dónde llegar, saber cuándo detenerse. En Suecia teníamos el “lagom”[3] que todos comprendemos, pero cuya percepción es tan individual que no nos sirve de medida.

Hoy, sin embargo, ese límite se ha desdibujado. La exageración se ha normalizado, incluso se ha convertido en aspiración. Tener más ya no es una excepción, sino un ideal. Y en ese desplazamiento hemos perdido algo más que una regla de conducta: hemos perdido una forma de orientarnos en la vida.

Por eso, revertir ese impulso no sería solo una respuesta al cambio climático o a la crisis de recursos, sino una recuperación de sentido. Volver a la medida no como imposición, sino como elección consciente. Descubrir que hay una forma de bienestar que no depende de la acumulación, sino de la relación que establecemos con lo que tenemos.

Si algo así llegara a producirse, no harían falta grandes proclamas. Bastaría con que suficientes personas decidieran, de manera discreta pero firme, vivir de otro modo. Y quizá entonces, sin estridencias, comenzaría esa nueva y verdadera revolución


[1] En el hinduismo, encontramos una crítica implícita al apego material en textos fundamentales como la Bhagavad Gita. En ella se insiste en la idea de actuar sin apego a los frutos de la acción (nishkama karma). Es decir, el problema no es tanto poseer cosas, sino quedar interiormente atado a ellas. Krishna aconseja a Arjuna que cumpla con su deber, pero sin convertir el resultado, la ganancia, el éxito, la recompensa, en el centro de su vida. Esta enseñanza choca directamente con la lógica consumista, donde el valor de la acción está precisamente en lo que se obtiene. Además, dentro del hinduismo, el concepto de aparigraha (no posesividad) invita a limitar la acumulación y a vivir con lo necesario, evitando el deseo constante de más. Por su parte, el budismo formula esta crítica de manera aún más explícita. En las Cuatro Nobles Verdades, se afirma que el sufrimiento (dukkha) tiene su origen en el deseo (tanha), es decir, en el anhelo constante de poseer, de experimentar más, de aferrarse a lo que nos gusta y rechazar lo que no. Desde esta perspectiva, el consumismo no es solo un problema social o ecológico, sino una fuente directa de insatisfacción personal. Cuanto más se alimenta el deseo, más crece, sin llegar nunca a saciarse.

[2] En la antigua Grecia la moderación era un valor muy apreciado. De hecho, en el templo de Apolo en Delfos hay dos inscripciones, una de ellas muy famosa y la otra completamente olvidada: “Gnóthi seautón”, que significa “conócete a ti mismo”, y “Medèn ágan”, que quiere decir “nada en exceso”. Esta última alude a la moderación de los sentidos, de las acciones y de las palabras.

En realidad, ambos aforismos están relacionados, porque solo un profundo conocimiento de uno mismo puede indicarnos hasta dónde somos capaces de llegar y cuándo es el momento de detenerse para no excederse. Por esta razón, Aristóteles hablaba a menudo a sus discípulos de la “mesótes”, o el justo medio (ver budismo), concepto que también desarrolló en su tratado “Ética a Nicómaco”. https://archive.org/details/etica-a-nicomaco/mode/2up

[3] Los estudios etimológicos más rigurosos, como los recogidos por la Real Academia Sueca, sitúan su raíz en el término antiguo “laghum”, relacionado con lag (ley), en el sentido de lo que es conforme a la norma o adecuado según una medida establecida. Es decir, aquello que es “justo” no en un sentido moral abstracto, sino en relación con un orden compartido. https://svenska.se/?activeTab=saob&id=225288&q=lagom&homografNr=1&highlightLabel=&exactMatch=true