Camino por una densa capa de nieve, que de nuevo cubre campos y calles, dando a todo un aspecto inmaculado, tapando imperfecciones, uniformándolo todo bajo un manto blanco. A partir de mi entrada de anteayer, me puse a repasar lo que tengo en casa sobre Emmanuel Swedenborg, porque, como ya expliqué en mi entrada, me fascina la relación de la ciencia con la muy humana posición interrogante, ante lo trascendental. Encontré uno de los mejores estudios que existen sobre la doctrina de las correspondencias de Swedenborg, escrita por Inge Jonsson en 1969, perfectamente documentada. No es una lectura fácil, pero, dándole su tiempo, abre una perspectiva altamente interesante sobre los límites de la ciencia y lo trascendental. El término doctrina de la correspondencia, se refiere a una correspondencia estructural entre el mundo espiritual y el mundo material: cada realidad visible tendría un significado espiritual interno que la refleja. Según esta idea, la naturaleza, el cuerpo humano, los objetos y los acontecimientos son expresiones externas de realidades espirituales más profundas.

Swedenborg llegó a integrar directamente sus experiencias espirituales en un sistema cosmológico completo que pretendía describir tanto el mundo físico como el espiritual. Hoy, por razones metodológicas y culturales, esa fusión total es mucho menos frecuente que en el siglo XVII, aunque el impulso intelectual, comprender científicamente la realidad sin renunciar a las preguntas últimas, sigue existiendo en algunos pensadores contemporáneos como Roger Penrose[1], físico matemático y premio Nobel, quien ha defendido que la conciencia humana no puede explicarse completamente mediante procesos computacionales clásicos y ha explorado la posibilidad de que existan dimensiones profundas de la realidad física aún desconocidas que estén relacionadas con la mente. El enfoque de Penrose es estrictamente científico, pero su reflexión abre preguntas claramente metafísicas.

Otro investigador que se abre a este tipo de preguntas es Francis Collins[2], genetista que dirigió el Proyecto Genoma Humano. Collins ha escrito ampliamente sobre la compatibilidad entre ciencia y fe, y defiende que el estudio científico del universo no excluye la dimensión espiritual y que la búsqueda de sentido trascendente forma parte legítima de la experiencia humana.

También puede mencionarse en el mismo sentido a Christof Koch[3], neurocientífico conocido por sus investigaciones sobre la conciencia, quien ha defendido hipótesis como el panpsiquismo o teorías según las cuales la conciencia podría ser un rasgo fundamental del universo, no simplemente un producto secundario del cerebro. Koch se aproxima a las conclusiones a las que yo me refería anteayer, tras la lectura del libro de Björkhem y Johnson.

Sin embargo, hay una diferencia importante entre los científicos que cito y Swedenborg, porque los científicos actuales suelen mantener una separación explícita entre investigación científica y especulación metafísica, mientras que Swedenborg llegó a integrar directamente sus experiencias espirituales en un sistema cosmológico completo que pretendía describir tanto el mundo físico como el espiritual. Hoy, por razones metodológicas y culturales, esa fusión total es mucho menos frecuente, aunque el impulso intelectual, comprender científicamente la realidad sin renunciar a las preguntas últimas, sigue existiendo en algunos pensadores contemporáneos.

Yo aquí especulo, quiero dejarlo muy claro. Escribo mis pensamientos y mis lecturas, pero no soy ningún científico experto en física. De todos modos, me atrevo a creer que, para ofrecer una explicación plenamente científica del origen del universo aún faltan varias piezas fundamentales del conocimiento físico. Desde una perspectiva filosófica, la ciencia ha logrado describir con notable precisión la evolución del universo desde sus primeras fracciones de segundo, pero aún permanece en la frontera de lo desconocido cuando intenta explicar su origen absoluto. La falta de una teoría que unifique la relatividad y la mecánica cuántica impide comprender el estado inicial del cosmos, mientras que la naturaleza de la materia y la energía oscuras revela que la mayor parte de la realidad física sigue siendo en gran medida inaccesible al conocimiento empírico. Así, el problema del origen del universo no es únicamente un problema físico, sino también epistemológico, ya que muestra los límites estructurales del método científico cuando se enfrenta al comienzo mismo de las condiciones que hacen posible toda explicación. Incluso si algún día se alcanzara una teoría completa del primer instante cósmico, quedaría abierta la cuestión metafísica fundamental, por qué existen esas leyes y no otras, y por qué existe algo en lugar de nada, una pregunta que, más que desaparecer, señala el punto en el que la investigación científica y la reflexión filosófica necesariamente vuelven a encontrarse, creo yo, desde mi perspectiva de a pie.

La búsqueda de una “preexistencia” anterior a las primeras fracciones de segundo del universo se ha intentado abordar principalmente por tres caminos: el físico-teórico, el cosmológico-matemático y el filosófico-metafísico.

Desde la física teórica, el esfuerzo central ha sido construir una teoría cuántica de la gravedad que permita describir el estado del universo cuando la densidad y la energía eran tan extremas que la relatividad general deja de ser suficiente. Programas como la gravedad cuántica de bucles, la teoría de cuerdas y los modelos de cosmología cuántica intentan describir un escenario en el que el Big Bang no sería un “comienzo absoluto”, sino una transición —por ejemplo, un rebote cósmico desde un universo anterior, una fluctuación cuántica del vacío o la emergencia de nuestro universo desde un estado cuántico primordial sin espacio ni tiempo clásicos definidos.

Desde la cosmología matemática se han desarrollado modelos que exploran condiciones anteriores al Big Bang en sentido conceptual más que temporal. Algunos proponen un universo cíclico, otros la existencia de un multiverso donde nuestro cosmos sería solo una región entre muchas, y otros sugieren que el tiempo mismo podría ser una propiedad emergente, lo que significaría que la pregunta ¿qué había antes? pierde su sentido habitual, del mismo modo que no tiene sentido preguntar qué hay al norte del Polo Norte.

Finalmente, la tradición filosófica ha intentado comprender esa preexistencia no tanto como un estado físico concreto, sino como un problema ontológico: si el universo tiene una causa, si las leyes de la naturaleza requieren una explicación externa, o si la existencia del cosmos debe entenderse como un hecho fundamental sin causa previa. En este plano se sitúan tanto las antiguas ideas de un principio eterno, la sustancia, el logos, el ser necesario, como las interpretaciones modernas que consideran las leyes físicas mismas como el “fondo” último de la realidad.

Todos estos esfuerzos muestran que la ciencia ha logrado acercarse extraordinariamente al instante inicial del universo, pero que la cuestión de una realidad previa continúa siendo una zona limítrofe donde la física especulativa y la reflexión filosófica inevitablemente se entrelazan y aquí me encuentro yo, tratando de pensar en todo esto, mientras camino sobre la mullida nieve.


[1] https://www.scribd.com/document/395108932/Roger-Penrose-El-Camino-a-La-Realidad-2006

[2] https://archive.org/details/como-habla-dios-francis-s.-collins/page/n7/mode/2up

[3] https://www.scribd.com/document/405460429/The-Quest-for-Consciousness