Esta fría mañana de enero, salí a las calles cubiertas de escarcha para asistir a una reunión en el ayuntamiento, como presidente de nuestra ciudad jardín. Es un camino de unos cuatro kilómetros, durante los que da tiempo a escuchar la radio y a pensar muchas cosas. Voy pensando en las relaciones entre Estados Unidos, representados por su presidente, el siempre sorprendente Trump, y Francia, representada por su empavonado presidente, tan sensible a cualquier muestra de desprecio o desconsideración hacia su persona, autoproclamado líder europeo en estos tiempos inciertos, paladín de Ucrania, dispuesto a cualquier cosa por dar muestras de decisión y fuerza.
De biennacidos es ser agradecidos, decía mi madre, pero la memoria histórica es endeble y tiende a evaporarse. Yo les diría a los que celebran el 4 de julio, que piensen en que aquella libertad que deseaban conseguir en su declaración de independencia, no hubiera sido posible sin la ayuda de España y Francia. Se me podrá acusar de rebuscar en la historia, algo que es cierto, pero no se podrá decir que no tengo razón.
Los norteamericanos celebran el 4 de julio porque ese mismo día de 1776, el Congreso Continental aprobó la Declaración de Independencia de las colonias inglesas en América, el documento con el que las trece colonias británicas anunciaron formalmente que dejaban de ser súbditos del rey Jorge III para constituirse en un país soberano: los Estados Unidos de América. La guerra continuaría hasta 1783, pero es el acto político fundacional el que se celebra, porque en ese texto, redactado en gran parte por Thomas Jefferson, las colonias justificaban la ruptura ante el mundo recurriendo a ideas muy avanzadas para la época, a saber: que todos los hombres nacen con derechos naturales, que los gobiernos obtienen su autoridad del consentimiento de los gobernados y que, cuando un gobierno se vuelve tiránico, el pueblo tiene derecho a modificarlo o abolirlo. Además de su contenido moral y filosófico, la declaración tenía una función diplomática, pues buscaba legitimidad internacional y apoyo militar, financiero y naval. Y lo obtuvo, especialmente de Francia, y también de España, cuyo dinero, armas y ayuda naval en el Golfo de México y el Caribe resultaron cruciales para aislar a los británicos.
Cuando se habla de la ayuda española a la independencia de los Estados Unidos, el personaje clave es Bernardo de Gálvez. Militar malagueño y gobernador español de Luisiana, Gálvez fue mucho más que un aliado lejano: abrió el frente sur contra los británicos, obligándolos a dividir sus fuerzas y desviando recursos que habrían podido emplearse contra Washington. Desde Nueva Orleans aseguró la navegación por el Misisipi y, gracias a ello, armas, pólvora, uniformes y dinero llegaban a los insurgentes incluso antes de que España entrara oficialmente en guerra. Sus campañas militares fueron decisivas: tomó Baton Rouge en 1779, Mobile en 1780 y finalmente Pensacola en 1781, operación que expulsó a los británicos del Golfo de México y dejó el sur asegurado para los aliados. A esto se sumó la diplomacia de Floridablanca y el apoyo financiero de Carlos III, mientras La Habana actuaba como el gran arsenal y la gran caja fuerte de toda la empresa: desde allí salió gran parte del dinero que permitió a la flota francesa de De Grasse maniobrar en Yorktown, la batalla que selló la victoria de los colonos. Durante mucho tiempo la historiografía anglosajona minimizó este apoyo, pero la evidencia es clara: sin el frente abierto por Gálvez en el sur y sin el flujo constante de suministros desde territorios españoles, la campaña final habría sido mucho más incierta. No por casualidad, en 2014 el Congreso estadounidense lo reconoció como Ciudadano Honorario de los Estados Unidos, un honor reservado a muy pocos.
Si he de destacar un francés sería Gilbert du Motier, marqués de Lafayette, que fue el puente vivo entre la Ilustración francesa y el impulso revolucionario norteamericano. Cuando apenas tenía veinte años, desobedeció a la corte francesa y se embarcó rumbo a América para ofrecer sus servicios a los insurgentes, movido por una combinación de romanticismo político, ambición militar y auténtica fe en la causa de la libertad. Su proximidad con George Washington lo convirtió en uno de los hilos conductores entre los rebeldes y la diplomacia europea, y su prestigio aristocrático facilitó que París se tomara en serio el conflicto que estallaba al otro lado del Atlántico. Combatió en Brandywine, donde fue herido, volvió a Francia para presionar a su gobierno y regresó con la promesa de apoyo militar francés. Con el tiempo, se volvió una suerte de embajador informal capaz de mover voluntades y bolsas. Su papel en la campaña de Yorktown, donde ayudó a bloquear la retirada británica en Virginia, fue decisivo para forzar la capitulación de Cornwallis en 1781. No era solo un soldado, era un símbolo. Para los norteamericanos, el joven marqués encarnaba el reconocimiento europeo a su lucha y la posibilidad real de vencer a la mayor potencia del mundo. Para los franceses, Lafayette fue el mensajero que trajo de vuelta la idea de que las colonias podían romper con la metrópoli y nacer como república. Por eso, cuando años más tarde regresó a Estados Unidos, ya no como militar sino como héroe, fue recibido como “el hijo adoptivo de la libertad”, porque su figura condensó la ayuda francesa, la alianza atlántica y el triunfo de una revolución que cambió el mundo.
De vuelta en Francia, Lafayette se convirtió en algo tan complejo como un aristócrata liberal atrapado entre dos fuegos. Admiraba la libertad estadounidense y quería reformar la monarquía francesa en un sentido constitucional, sin destruirla. Durante los primeros compases de la Revolución fue un actor central y, como miembro de la nobleza pero defensor del Tercer Estado, participó en la Asamblea Nacional y presentó la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano en 1789, documento inspirado en la experiencia americana que aspiraba a colocar la ley por encima de los privilegios. Para ello, colaboró especialmente con Jean-Joseph Mounier y el abate Sieyès. Este sería un documento que recogiera derechos universales como la igualdad ante la ley, la libertad de expresión y de religión, la propiedad privada y la seguridad individual. Lafayette propuso además que la declaración tuviera un carácter inspirador y accesible, para que los ciudadanos comprendieran sus derechos y pudieran exigirlos.
La popularidad de Lafayette era inmensa y, tras la toma de la Bastilla, se convirtió en comandante de la Guardia Nacional, símbolo de la defensa del nuevo orden constitucional. Sin embargo, resulto demasiado revolucionario para la aristocracia, y demasiado aristócrata para los jacobinos. En 1792, tras la fuga fallida de la familia real, su imagen comenzó a erosionarse. Cuando el radicalismo tomó las riendas, Lafayette se opuso a la caída de la monarquía y trató de frenar la violencia. Eso lo condenó políticamente: fue acusado de traición por los jacobinos y decidió huir hacia territorio austriaco. En lugar de hallar refugio, cayó prisionero del Imperio, que lo retuvo varios años en cárceles alemanas. Mientras Francia atravesaba la fase más turbulenta, del Terror a la era napoleónica, Lafayette quedó como un liberal exiliado de facto, incómodo para todos. Regresó a Francia en tiempos del Directorio y luego vivió para ver restauraciones, regresos y nuevas revoluciones, involucrado en política local, muy lejos del poder.
Y, ya puestos a recordar quienes apoyaron la revuelta de los colonos, no podemos olvidar a un sueco, el fantástico Axel von Fersen. La figura de este sueco suele recordarse por su cercanía a María Antonieta, pero antes de convertirse en protagonista de la tragedia cortesana francesa fue testigo y actor en el nacimiento de Estados Unidos. Desde muy joven, este aristócrata sueco gravitaba en el entorno de las cortes europeas y, en 1779, en París, entró en contacto con Lafayette, recién regresado de América y convertido en defensor apasionado de la causa de los colonos. Ese encuentro no solo encendió su curiosidad, sino que lo empujó a formar parte de la expedición francesa que Luis XVI enviaría para apoyar abiertamente la independencia frente a Gran Bretaña.
En 1780 Fersen se unió al ejército francés bajo el mando del conde de Rochambeau y viajó al otro lado del Atlántico. Allí sirvió como ayudante de campo del general francés, lo que lo situó en un puesto clave durante la campaña. Von Fersen acompañaba al estado mayor, participaba en reuniones estratégicas, actuaba como enlace y, sobre todo, se convirtió en uno de los europeos que trabajaron más estrechamente con George Washington. Sus diarios atestiguan la admiración que le produjo el comandante americano, cuya mezcla de disciplina, moderación y sentido del deber impresionó incluso a los aristócratas más sofisticados de la vieja Europa.
El momento decisivo llegó en Yorktown en 1781, cuando la intervención combinada de tropas francesas y estadounidenses en tierra y la flota francesa en el mar obligaron a Cornwallis a capitular. Fersen vivió la campaña desde la maquinaria estratégica que la hizo posible y, tras la victoria, acompañó a Washington a Filadelfia para informar al Congreso continental, convirtiéndose en un testigo privilegiado no solo de la batalla sino también de la construcción política de la futura república.
A su regreso a Europa, sus escritos y conversaciones contribuyeron a difundir la imagen de América como laboratorio político de las ideas ilustradas. Él mismo personificaba esa circulación atlántica de ideas y experiencias: el hombre que había visto nacer una república en el otro lado del océano se vería, pocos años después, arrastrado al huracán revolucionario francés, intentando salvar a la familia real en Varennes. Su biografía muestra hasta qué punto la independencia americana fue el primer acto de un ciclo revolucionario transatlántico que uniría a europeos y americanos con un mismo vocabulario político hecho de libertad, ciudadanía y derechos. Retornaré otro día a la historia de este personaje porque es digno de tener en cuenta como un personaje único y casi novelesco.
La Revolución americana y la Revolución francesa estuvieron íntimamente ligadas a través del flujo de ideas y experiencias que cruzaron el Atlántico en la segunda mitad del siglo XVIII. La independencia de las trece colonias se inspiró profundamente en la Ilustración francesa, cuyos pensadores como Montesquieu, Voltaire y Rousseau habían desarrollado conceptos de libertad, igualdad y derechos naturales que cuestionaban el poder absoluto de los monarcas. Los colonos estadounidenses, enfrentados a impuestos y restricciones sin tener representación en el Parlamento británico, encontraron en estas ideas un marco para justificar su insurrección y estructurar un nuevo gobierno basado en una constitución escrita, derechos individuales y separación de poderes, plasmados en la Declaración de Independencia de 1776 y la Constitución de 1787.
En este proceso, figuras clave como Benjamín Franklin jugaron un papel crucial. Un diplomático hábil que buscó el apoyo de Francia para la causa americana, un intelectual ilustrado que llevó a Europa el mensaje de que un pueblo podía organizarse políticamente, basándose en la razón y la defensa de los derechos, sin caer en el caos. Franklin se convirtió en un puente entre las ideas francesas y la experiencia práctica americana y su presencia en la corte francesa y sus escritos demostraron que la libertad podía ser compatible con la estabilidad, inspirando tanto a aristócratas ilustrados como a futuros revolucionarios franceses.
Cuando la noticia del triunfo americano llegó a Francia, la experiencia se percibió como un laboratorio vivo de los principios de la Ilustración. Figuras como Lafayette, que había luchado en la guerra americana, regresaron convencidas de que era posible combinar libertad, igualdad y ciudadanía activa.
A partir de 1789, la relación entre el pueblo francés y el pueblo americano se vio marcada por una extraña mezcla de admiración, desconfianza y aprendizaje, dependiendo del contexto histórico. Cuando estalló la Revolución francesa, muchos estadounidenses inicialmente admiraron el entusiasmo por la libertad y la igualdad, recordando su propia independencia reciente. Los principios de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano resonaban con la Declaración de Independencia estadounidense, y muchos ciudadanos y políticos vieron en Francia un ejemplo de cómo un pueblo podía desafiar estructuras de poder injustas. Benjamín Franklin, Lafayette y otros puentes personales entre ambos mundos ayudaron a fortalecer esa percepción positiva, al mostrar que los ideales ilustrados podían ponerse en práctica.
Sin embargo, conforme la Revolución francesa se radicalizó, con la caída de la monarquía, el Reinado del Terror y las guerras revolucionarias, la opinión pública estadounidense se dividió. Algunos, como los federalistas, miraban con alarma el caos y la violencia, temiendo que semejante radicalismo desestabilizara también su joven república. Otros, especialmente los republicanos y simpatizantes de los ideales democráticos, seguían viendo en Francia un espejo de su propia lucha por la libertad, aunque con advertencias sobre los excesos de la pasión revolucionaria.
Por su parte, los franceses veían a los Estados Unidos como el ejemplo práctico del éxito de la libertad y la igualdad, una prueba de que un pueblo podía organizar un gobierno basado en derechos y constituciones, sin depender de la monarquía. Sin embargo, también surgió cierta crítica, ya que algunos franceses consideraban que los estadounidenses eran demasiado moderados o conservadores, que su república era rígida y limitada, y que no explotaban plenamente el potencial de los ideales ilustrados. Durante la segunda mitad del siglo XIX, se vivía en Francia un período de efervescencia republicana tras la caída de la monarquía de julio y los cambios políticos que siguieron a la Revolución de 1848. La intelectualidad y los políticos republicanos franceses buscaban simbolizar la amistad francoamericana y su compromiso con los ideales republicanos.
Y así surgió la idea de regalar una gran estatua a los Estados Unidos en 1865, poco después del final de la Guerra Civil estadounidense. El principal impulsor fue el jurista y pensador Édouard René de Laboulaye, un liberal admirador del sistema constitucional norteamericano. Laboulaye sostenía que la victoria de la Unión y la abolición de la esclavitud hacían de Estados Unidos un ejemplo vivo de la causa republicana y democrática que muchos liberales europeos, entre ellos los franceses, deseaban para sus propios países.
Laboulaye concibió la estatua como un homenaje francés a la libertad americana, pero también como una manera elegante de presionar a favor de la libertad en Francia: era un tiempo en el que el Segundo Imperio de Napoleón III seguía siendo autoritario, un Trump de su tiempo. La idea del monumento atrajo a un joven escultor, Frédéric Auguste Bartholdi, que se entusiasmó con la imagen de una colosal dama sosteniendo una antorcha.
El proyecto tomó forma lentamente y Bartholdi viajó a Estados Unidos en 1871, justo después de la caída del régimen de Napoleón III y la guerra franco-prusiana, para elegir el emplazamiento. Quedó fascinado por la entrada del puerto de Nueva York y pensó que la estatua funcionaría allí como un faro simbólico de bienvenida.
Se decidió que la obra sería una empresa conjunta franco-estadounidense y que Francia construiría la estatua mientras Estados Unidos construiría el pedestal. Para financiarla se iniciaron en Francia suscripciones públicas, loterías, actos, banquetes y donaciones privadas. También participó el mundo intelectual y artístico. Entre los años 1870 y 1880 la estatua fue fabricada en París, primero a escala y luego en piezas gigantes de cobre. El ingeniero Gustave Eiffel, el mismo de la futura Torre Eiffel, diseñó la estructura interna metálica que daría estabilidad al gigantesco manto de la figura.
Mientras tanto, del lado estadounidense, reunir el dinero para el pedestal fue todavía más difícil. Hubo cierta apatía pública hasta que el periodista Joseph Pulitzer lanzó una campaña popular desde su periódico The New York World, pidiendo pequeñas contribuciones de cualquier ciudadano y prometiendo publicar todos los nombres de los donantes. Ese gesto convirtió el pedestal en una obra “del pueblo” también en Estados Unidos.
Finalmente, la estatua fue desmontada en piezas, transportada por mar y llegó a Nueva York en junio de 1885. Una vez reconstruida sobre el pedestal en la isla de Bedloe, hoy Liberty Island, fue inaugurada oficialmente el 28 de octubre de 1886 con el nombre “Liberty Enlightening the World” (La Libertad iluminando al mundo). Un regalo con el que el estado francés quería recordar a Estados Unidos su apoyo en la guerra de independencia del siglo XVIII, como un mensaje universal sobre los valores republicanos.
Aunque con el tiempo la estatua se convirtió en un símbolo de Estados Unidos, su origen fue francés y profundamente político, nacido de la admiración por la libertad americana, del deseo de promover esos mismos ideales en Francia y del empeño de ciudadanos, artistas y periodistas, la sociedad civil, y no los gobiernos. Así se convirtió en uno de los gestos diplomáticos informales más duraderos de la historia contemporánea.
Pero esa amistad tenía muchos matices. Antes de 1945, Francia y Estados Unidos no eran enemigos, pero tampoco formaban un bloque espiritual, estratégico ni cultural. La Guerra de Independencia había dejado una memoria cálida, Francia ayudó a Washington contra Londres, y el regalo de la Estatua de la Libertad simbolizó ese compañerismo republicano. Pero detrás de la retórica, la relación fue en realidad más distante que íntima.
A finales del siglo XIX, ambos países desconfiaban mutuamente de las intenciones del otro, por razones económicas y de prestigio. A los estadounidenses les molestaban las pretensiones culturales francesas y su supuesto “afrancesamiento” aristocrático, mientras que París veía en Estados Unidos una democracia de comerciantes sin refinamiento, joven, provinciana y poco adecuada para educar a Europa. Tocqueville es una excepción ilustre precisamente porque era raro que un francés mirase a EE.UU. con tanto interés intelectual.
No hubo tampoco una alianza militar antes de 1917. Cuando estalló la Primera Guerra Mundial, Estados Unidos tardó casi tres años en entrar en el conflicto, y París lo vivió con una mezcla de frustración y resignación. Tras la paz, Wilson impuso la idea de la Sociedad de Naciones, pero luego, el propio Senado estadounidense se negó a participar en ella, dejando a Francia plantada con el nuevo orden internacional recién diseñado. Para colmo, Washington presionó a París para moderar su exigencia de reparaciones a Alemania, algo que los franceses consideraban esencial para su seguridad.
Entre las dos guerras, el distanciamiento fue sobre todo psicológico. Francia veía el ascenso del fascismo y del militarismo alemán como una amenaza inmediata, mientras los Estados Unidos lo contemplaba desde la distancia geográfica y moral, convencido de que no debía “meterse en los líos de Europa”. El aislacionismo americano de los años treinta incomodaba profundamente a París.
Antes de diciembre de 1941, cuando el ataque a Pearl Harbor empujó definitivamente a Estados Unidos a la guerra contra las Potencias del Eje, en la sociedad estadounidense existían sentimientos encontrados hacia Europa y, en particular, hacia el nazismo alemán. Por un lado, estaba la tradición aislacionista que había marcado la política exterior estadounidense desde la Primera Guerra Mundial: muchos estadounidenses querían mantenerse al margen de los conflictos europeos, viendo la guerra como algo ajeno a sus intereses y temores de repetir lo que habían vivido en 1917–1918. Esta corriente generó indiferencia e incluso simpatía pasiva hacia cualquier actor que pareciera desafiar el statu quo internacional, incluido Hitler en sus primeras etapas, porque se percibía que un conflicto global no debía arrastrar a Estados Unidos a un nuevo desastre.
A esa inclinación aislacionista se sumaron otras corrientes preocupantes. En los años 30 hubo una difusión significativa de propaganda anticomunista, nativista y abiertamente antisemita, en parte alimentada por figuras públicas y organizaciones como el America First Committee, que contaba entre sus miembros a personas influyentes, empresarios y políticos que sostenían que el nazismo, en tanto enemigo del comunismo soviético, representaba una barrera útil frente a la expansión de Moscú. Parte de esa simpatía era pragmática, pero otra parte era ideológica y emanaba del nacionalismo racial y las teorías de supremacía blanca que Hitler representaba y que calaban en ciertos sectores conservadores y racistas de la sociedad estadounidense.
Aunque no eran mayoría numérica, figuras como Charles Lindbergh, de ascendencia sueca, héroe aviador y portavoz de America First, llegaron a elogiar públicamente las fuerzas armadas alemanas y a sugerir que Estados Unidos no debía intervenir contra Alemania, porque los nazis estarían cumpliendo “una función” contra el bolchevismo. Estas expresiones no eran marginales, sino suficientemente visibles como para despertar alarma entre judíos, liberales y progresistas.
Al mismo tiempo convivía en Estados Unidos una amplia oposición al nazismo protagonizada por comunidades judías, socialistas, liberales, intelectuales y activistas antifascistas que denunciaban desde muy temprano las persecuciones, los campos y las leyes raciales en Alemania. Muchos emigrantes europeos y sus familias presionaban a la opinión pública para que Washington tomara una postura más firme contra Hitler.
Pero fue la violencia y expansión nazi, la ocupación de Austria en 1938, la anexión de Checoslovaquia, la invasión de Polonia en 1939 y, sobre todo, los actos abiertos de persecución contra judíos y opositores políticos lo que hizo que la opinión pública, poco a poco, se moviera en dirección contraria. Antes de la guerra, las simpatías eran a menudo indiferencia activa o apoyo táctico al aislacionismo, no un respaldo masivo a Hitler, pero sí una tolerancia peligrosa de sectores poderosos que veían en el nazismo un mal menor frente a lo que percibían como amenazas internas y externas.
La ruptura definitiva llegó cuando Japón atacó Pearl Harbor el 7 de diciembre de 1941. Ese evento galvanizó al país entero en la guerra contra las Potencias del Eje (Alemania, Italia y Japón), y cualquier simpatía residual por el nazismo se desvaneció abruptamente. El Congreso, el presidente y la opinión pública coincidieron en que era imposible mantenerse al margen. Así, Estados Unidos entró plenamente en la guerra, aliándose con Gran Bretaña y la Unión Soviética para derrotar a Hitler.
Tras Pearl Harbor, Washington giró y se implicó a fondo en Europa. Al final de la guerra, los estadounidenses liberaron Francia del nazismo… pero también la desplazaron del centro de la escena internacional. Ese es el punto clave, antes de 1945, el distanciamiento era cultural y político; después de 1945, se volvió estratégico y estructural, porque Estados Unidos pasó a dominar el orden occidental y Francia tuvo que decidir si aceptaba o contestaba esa jerarquía.
La relación entre Francia y Estados Unidos ha sido desde entonces, siempre ambivalente, marcada por la alianza estratégica pero también por una competencia persistente y una desconfianza mutua que asoma cada cierto tiempo. Esta tensión tiene raíces profundas y se debe a que Francia se concibe a sí misma como una potencia soberana, con vocación global y una tradición intelectual y diplomática que no acepta la subordinación automática al liderazgo estadounidense. De Gaulle representó como pocos esa postura cuando, en plena Guerra Fría, decidió retirar a Francia del mando integrado de la OTAN en 1966 y construir en su lugar una “force de frappe”, una capacidad nuclear autónoma para no depender del paraguas norteamericano. Aquella decisión fue una declaración de independencia estratégica que incomodó enormemente a Washington, pues evidenciaba que París no estaba dispuesto a formar parte de la constelación de aliados dóciles.
Décadas después, esa misma lógica reapareció durante la guerra de Irak. Mientras Estados Unidos y Reino Unido se lanzaban a la invasión con el argumento, luego desmentido, de las armas de destrucción masiva, Francia se negó a secundar la operación. El ministro francés de Exteriores, Dominique de Villepin, se convirtió en una figura global cuando defendió en la ONU la postura contraria a la intervención, y aquello encendió una reacción airada en Estados Unidos, donde llegó a hablarse de boicot al “French fries” rebautizándolas como “freedom fries”. La discrepancia no era solo militar, sino filosófica: para Francia, el orden internacional debía estar regido por normas y equilibrios; para Washington, por acción y liderazgo. Esta diferencia persiste hasta hoy.
Un ejemplo más reciente que reactivó las tensiones fue el caso AUKUS en 2021. Estados Unidos, Reino Unido y Australia anunciaron sin previo aviso una nueva alianza estratégica en el Indo-Pacífico que sustituía de golpe a Francia en un tablero donde llevaba años desplegando presencia militar y diplomática. El movimiento tuvo una dimensión económica muy visible: Australia canceló un megacontrato de decenas de miles de millones de euros para comprar submarinos a Francia y optó en cambio por submarinos nucleares estadounidenses. Pero lo verdaderamente ofensivo para París no fue la pérdida del contrato, sino la forma: el acuerdo se negoció en secreto entre Washington y Canberra, sin informar a Francia, que se enteró del acuerdo por la prensa. La respuesta francesa fue inaudita para dos países aliados dentro de la OTAN: retiró temporalmente a su embajador en Washington y acusó públicamente a Estados Unidos de darles una “puñalada por la espalda”. AUKUS mostró con claridad que Washington seguía priorizando el eje anglosajón frente a Europa, y que la visión francesa de una “autonomía estratégica europea” no era una obsesión nacional, sino una necesidad, si el continente quería jugar su propio papel en el siglo XXI.
Todo esto explica por qué no sorprende que Macron adopte una postura frecuentemente disonante con la estadounidense, ya sea ante Rusia, China o la arquitectura de seguridad europeas. Para Francia, la misión histórica es evitar depender de nadie, incluida, y sobre todo, la potencia hegemónica occidental. Esta ambición no nace con Macron, él solamente la continua y la traduce al escenario del siglo XXI, donde la rivalidad entre EE.UU. y China redefinirá el equilibrio mundial y donde París se niega a ser espectadora o satélite. El trasfondo es sencillo: Estados Unidos quiere aliados; Francia aspira a tener socios, pero también autonomía. Y esa diferencia, que parece semántica, cambia la forma de leer todo el tablero internacional.
La postura de Emmanuel Macron como interlocutor incómodo, e incluso antagonista táctico, del presidente estadounidense marca la continuidad de una línea histórica de la política exterior francesa. Desde De Gaulle, Francia ha aspirado a ejercer un liderazgo europeo independiente de Washington. La creación de la force de frappe y la retirada francesa del comando militar integrado de la OTAN simbolizaron ese empeño por mantener un margen de maniobra estratégico propio. Aquella doctrina gaullista, que defendía una “Europa de naciones” capaz de decidir sin tutelas, sigue proyectándose hoy en las fricciones entre París y Washington en materia militar, geopolítica y económica.
Tras De Gaulle, esa vocación de autonomía estratégica francesa siguió manifestándose en distintos momentos. Uno de los más significativos fue la guerra de Irak en 2003, cuando Francia, junto con Alemania, se opuso públicamente a la intervención liderada por Estados Unidos y el Reino Unido, apoyados por la España de Aznar. Mientras Washington hablaba de guerra preventiva y de armas de destrucción masiva, París defendía la vía diplomática, la centralidad de Naciones Unidas y el cumplimiento de los procedimientos internacionales. Aquella divergencia no solo tensó las relaciones transatlánticas, sino que consolidó la idea de que Europa, si quería tener una voz propia en materia internacional, debía ser capaz de disentir incluso del aliado histórico.
Esa Francia que dijo “no” en 2003 respondía a una tradición política profunda: la convicción de que la soberanía europea, y por extensión la francesa, no debía quedar subordinada a las decisiones geoestratégicas de Washington. Esa misma lógica es la que hoy permite a Macron distanciarse, criticar, o incluso confrontar posiciones estadounidenses sin que ello suponga una ruptura, sino una reivindicación de autonomía. Veremos como se desarrolla este conflicto y que final tiene, pero sabemos que no es inédito.
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