Sucedió en un tramo conocido, casi cotidiano para miles de viajeros. Un trayecto que yo mismo he recorrido con mi familia, en ese tren que desde su inauguración simbolizaba la modernidad, la velocidad y, sobre todo, la seguridad. Durante años, el AVE fue la demostración palpable de que España podía reducir distancias, unir territorios y hacer que la vida viajara a 300 kilómetros por hora sin que latiera una sola alarma.

Pero la confianza, como ocurre tantas veces, es la cara invisible de la fragilidad. En cuestión de segundos lo que parecía una ruta segura  se convirtió en un escenario de metal retorcido y silencio interrumpido por sirenas. No hubo tiempo para pensar en estadísticas, récords técnicos o modelos de ingeniería: sólo quedó el instante irreparable en que la máquina abandona su línea y el drama se hace inevitable.

Las imágenes que llegaron después mostraban vagones volcados, un convoy partido casi como una maqueta, pasajeros atrapados, otros caminando descalzos en el balasto con la mirada perdida, y equipos de emergencia atravesando lo que horas antes había sido una infraestructura impecable. Los bomberos y sanitarios trabajaban mientras caía la noche, y el país entero volvía a aprender que no existe tecnología blindada frente al azar, el error o la suma de imprevistos.

Mientras tanto, en las estaciones más próximas, los paneles electrónicos seguían anunciando retrasos y cancelaciones con la frialdad de los sistemas informáticos, incapaces de comunicar que al final de la vía no estaba la espera, sino la tragedia. Y lo que fue diseñado para unir ciudades terminó uniendo, por un momento, la misma consternación en todo el país.

Al caer la noche, comenzaron a conocerse las cifras, aún no los nombres. Como siempre, las cifras preceden a los nombres, porque duelen menos: víctimas, heridos, familiares que buscan información. Pero después llegan las historias personales, los que viajaban por trabajo, los que volvían de una visita familiar, los que estrenaban billete por primera vez, familias enteras. Entonces el accidente deja de ser un hecho y se convierte en un duelo.

Y quizá lo más desconcertante es que todo ocurrió allí mismo, en ese trayecto que yo conozco, que he recorrido, que parecía domado por la técnica. Allí donde, hasta hoy, el tren corría veloz y seguro y nadie imaginaba que en la línea recta, la vida pudiera torcerse de forma tan brutal.

Y ayer se fueron mis amigos catalanes, amigos de hace medio siglo. Con Eduard y Vicky, que ya forman parte de nuestra vida desde hace tantos años, los paseos se volvieron conversación y la conversación, memoria. Con ellos compartimos no sólo caminatas, sino una larga colección de momentos que empieza en otras ciudades, otras sobremesas y otras edades, cuando el mundo parecía más lento y nosotros más jóvenes. Reímos recordando episodios que ya hemos contado cien veces, y que, sin embargo, vuelven a hacer gracia, y añadimos otros nuevos, porque la amistad, cuando es buena, siempre sigue produciendo material fresco.

Hay algo curioso en esas amistades largas: el paisaje se convierte en decorado, y lo importante ocurre en las palabras y en la complicidad. Mientras algunos turistas fotografiaban la fachada de un castillo, nosotros fotografiábamos mentalmente escenas de otros tiempos: viajes, veranos que ahora parecen más luminosos de lo que seguramente fueron, pequeñas discusiones políticas en las que nadie pretendía convencer a nadie, pero todos disfrutábamos del ejercicio. Brindamos, como siempre, por nada en especial, y caminamos sin prisa, porque con ellos no hace falta. Y, en fin, ya llegó la hora del “hasta luego” que esperemos que sea pronto.

Una de las cosas de las que hablamos durante estos días es sobre la desigualdad que reina en el mundo, donde unos pocos viven en la ostentación y el lujo, mientras muchos apenas sobreviven en la miseria. Hablamos de los datos comparables y, naturalmente, llegamos al último Informe Oxfam.

Los informes de Oxfam[1], una confederación internacional de organizaciones que trabajan contra la pobreza y la desigualdad, pintan un panorama contundente sobre cómo se distribuye la riqueza en el mundo y las consecuencias sociales de esa distribución. En sus análisis más recientes, Oxfam muestra que la riqueza de los milmillonarios ha alcanzado niveles sin precedentes, con un incremento muy fuerte en los últimos años: en 2025 la fortuna conjunta de los cerca de 3 000 milmillonarios del mundo alcanzó unos 18,3 billones de dólares, tras crecer alrededor de un 16 % en un solo año, cifra que representa una concentración extrema de recursos en muy pocas manos mientras millones viven en pobreza.

Desde mediados de la década de 1990 hasta 2023, la riqueza privada global ha crecido mucho más rápido que la riqueza pública, ocho veces más, y esta acumulación ha favorecido de manera desproporcionada al 1 % más rico, cuya nueva riqueza desde 2015 supera los 33 trillones de dólares, suficiente, según la organización, para acabar con la pobreza global muchas veces si se redistribuyera.

El informe también subraya que esta enorme concentración de riqueza viene acompañada de poder político y social desproporcionado para las élites económicas: los más ricos tienen un acceso mucho mayor a puestos de poder y a la influencia sobre políticas públicas, y son mucho más propensos que la ciudadanía común a ocupar cargos políticos o controlar medios de comunicación, lo que según Oxfam refuerza aún más las ventajas del 1 % y dificulta el cambio de las reglas del juego económico.

Además de esta visión global, Oxfam y sus ramas locales (como Oxfam Intermón en España) han señalado desigualdades concretas en distintos países, como la enorme brecha entre los salarios de los altos directivos y los trabajadores, donde los ejecutivos pueden ganar más de 100 veces el salario medio de sus empleados, o la polarización entre los multimillonarios y la población más pobre, que vive con menos de 8,30 dólares al día en muchos casos.

Para Oxfam, estos datos no son solo estadísticas: muestran un sistema económico donde la riqueza se autorefuerza en las élites y donde la acumulación de capital va acompañada de políticas fiscales y legales que muchas veces benefician a los más ricos, como reducciones de impuestos, facilidades para la evasión fiscal o escasa regulación de monopolios, mientras se recortan ayudas y servicios públicos que podrían beneficiar a la mayoría.

La ONG propone, entre otras medidas, impuestos progresivos sobre grandes fortunas y patrimonios, leyes que limiten la influencia política de las élites económicas, más inversión pública en servicios básicos (salud, educación, cuidados) y una cooperación internacional para contrarrestar la desigualdad.

El informe de Oxfam sostiene lo que ya sabíamos o presentíamos, que millones de personas viven en pobreza mientras una pequeña élite monopoliza la riqueza y el poder, y que esta brecha no solo es injusta, sino que frena el desarrollo sostenible, dificulta la lucha contra la pobreza y aumenta tensiones sociales y políticas en todo el mundo.

En España, el informe de Oxfam Intermón aporta datos muy claros sobre la concentración de riqueza: en 2025, 33 milmillonarios españoles acumularon más riqueza que el 39 % más pobre del país. Esta acumulación se produjo mientras muchos hogares perdían poder adquisitivo y enfrentaban altos costos de vida. Además, Oxfam Intermón señala una brecha salarial notable en las grandes empresas españolas, donde los altos directivos ganan en promedio 111 veces más que los trabajadores, una desigualdad que agrava aún más la concentración de riqueza. Para contrarrestar este desequilibrio, Oxfam propone reformas fiscales progresivas, límites a las brechas salariales legales y mayor inversión pública en servicios esenciales. Aún siendo como soy liberal, no puedo defender un reparto tan injusto de la riqueza.

En Suecia, aunque el informe global no ofrece cifras detalladas por país, la rama sueca de Oxfam destaca que el 1 % más rico posee más riqueza que el 95 % restante de la población mundial, un dato que evidencia las implicaciones también en países desarrollados. Informes relacionados muestran que Suecia ha visto un crecimiento notable de su riqueza interna pese a su reputación de “Estado social”, con un aumento de millonarios impulsado por cambios fiscales desde los años 1990, como la reducción de impuestos sobre patrimonio y herencias, lo que ha generado preocupación por la creciente desigualdad. En comparación con España, no hay datos tan recientes y robustos que indiquen una proporción ejecutivos/trabajadores tan extrema como la 111:1. Algunas estimaciones previas basadas en datos de sindicatos y organismos sugieren que en Suecia el ratio podía ser notable, pero muy inferior, alrededor de 60:1 según datos de la OCDE.

En Estados Unidos, la concentración de riqueza es aún más pronunciada, el país alberga más milmillonarios que cualquier otro, con casi 932 residiendo allí y contribuyendo con más de 7,9 billones de dólares al total global. El informe de 2026 indica que gran parte del crecimiento de la fortuna de los milmillonarios estadounidenses representó una porción significativa del aumento total de riqueza global en 2025, impulsado sobre todo por políticas fiscales favorables a los ricos y la valorización de sectores como la tecnología. Oxfam subraya que, mientras la pobreza y la inseguridad económica persisten para millones de estadounidenses, los bajos impuestos a las grandes fortunas y la influencia política de los superricos refuerzan el desequilibrio.

En el Reino Unido, el informe destaca que el 1 % más rico posee más riqueza que el 70 % de los británicos combinados. El crecimiento de la fortuna de los milmillonarios va acompañado de protestas públicas y preocupaciones sobre la sostenibilidad de la democracia, cuando un reducido grupo controla tanto capital y poder. Para hacer frente a esta concentración, Oxfam propone imponer impuestos sobre grandes fortunas, reducir las ventajas fiscales de las élites y reforzar las normas de financiación política para evitar que el poder económico se traduzca en un control excesivo sobre la política.

La concentración extrema de riqueza no es un fenómeno reciente ni casual, sino el resultado de siglos de historia, decisiones políticas y dinámicas económicas que favorecen a quienes ya poseen recursos. Muchas de las grandes fortunas tienen raíces que se remontan a la propiedad de la tierra, los monopolios comerciales, la industria colonial o la banca, y su persistencia no depende solo de la habilidad individual, sino de la capacidad de aprovechar ventajas heredadas y consolidarlas a lo largo de generaciones. Esta desigualdad estructural ha llevado a que el 1 % de la población controle más riqueza que la mayoría combinada, creando un círculo donde el poder económico se traduce en influencia política, y esta a su vez perpetúa la acumulación de capital y limita la movilidad social.

La globalización y las políticas fiscales han acelerado este proceso. La riqueza se mueve con facilidad por el mundo, aprovechando paraísos fiscales y regímenes impositivos favorables, mientras que los salarios y los impuestos de la mayoría quedan atrapados en sistemas nacionales. Esta dinámica ha sido especialmente visible en países como Estados Unidos, donde los milmillonarios controlan

sectores estratégicos como tecnología, energía o finanzas; en España, donde algunas familias acumulan más riqueza que amplios sectores de la población; en Suecia, donde la expansión de la riqueza de unos pocos desafía la reputación de Estado social; y en Reino Unido, donde el poder económico de un pequeño grupo genera preocupación por la sostenibilidad democrática.

Además, la concentración de riqueza tiene efectos culturales y sociales: cuando unas pocas familias o individuos controlan gran parte de los recursos, se normaliza la desigualdad y se invisibiliza la pobreza estructural, creando una narrativa que justifica el desequilibrio. Por eso, esta concentración amenaza la cohesión social, dificulta la inversión en bienestar común y pone en tensión la capacidad de los países para sostener sistemas democráticos equitativos. En definitiva, el fenómeno refleja una combinación de historia, economía y política: no se trata solo de ricos que se hicieron ricos, sino de sistemas que facilitan que unos pocos acumulen mientras la mayoría tiene pocas oportunidades de progresar.

Desde mi punto de vista social-liberal, la concentración extrema de riqueza es un problema que debe abordarse desde la combinación de libertad económica y responsabilidad social. Creo que el capitalismo y la iniciativa privada son motores esenciales de la innovación, el crecimiento y la creación de empleo, pero cuando la riqueza se concentra de manera desproporcionada en unas pocas manos, se generan desigualdades que no solo son injustas, sino que socavan la cohesión social y la confianza en las instituciones. La libertad económica debe ir acompañada de reglas claras que garanticen que el mercado funcione para todos, no solo para los más poderosos.

Desde esta perspectiva, considero legítimo que los individuos puedan acumular riqueza gracias a su esfuerzo, su talento o su creatividad, pero también pienso que el Estado tiene un papel vital para redistribuir oportunidades y recursos de manera justa: mediante impuestos progresivos, sistemas de educación y sanidad accesibles, protección social y regulaciones que eviten abusos de poder económico y financiero. La riqueza excesiva no regulada tiende a traducirse en poder político y mediático, y eso amenaza la democracia, porque

quienes controlan los recursos pueden influir en las normas y las decisiones que deberían beneficiar al conjunto de la sociedad.

Por eso, un enfoque social-liberal propone un equilibrio: fomentar la iniciativa privada y la innovación, pero al mismo tiempo garantizar que los beneficios de la riqueza se compartan de manera que todos puedan desarrollar su potencial. Esto implica que se debe combatir la evasión fiscal, limitar las desigualdades salariales extremas en las empresas y asegurar que la educación, la sanidad y los servicios públicos sean de calidad y accesibles, de modo que el origen económico no determine el futuro de nadie.

En definitiva, desde mi visión, el verdadero liberalismo no es la ausencia de reglas, sino la existencia de reglas justas que protejan la libertad de todos, mientras que el componente social asegura que esa libertad no se convierta en privilegio de unos pocos. La riqueza es valiosa y necesaria para el progreso, pero debe coexistir con justicia, equidad y responsabilidad hacia la sociedad. Mis amigos ya están de vuelta en Barcelona, por suerte, sanos y salvos.


[1] https://www.oxfam.org/en/research/resisting-rule-rich