En medio de la niebla, el paisaje escaniano se asemeja al ambiente de una película de Ingmar Bergman. Mientras caminábamos, pensé en El manantial de la doncella, que vi en Madrid en 1969, en versión original, en un cineclub. Llevaba a mis amigos catalanes hacia un lugar cargado de historia y de historias, y también de recuerdos, porque aquí hemos corrido croses tanto Edu como yo, en nuestros días como deportistas de élite. Lo curioso es que nunca había tenido la ocasión de explicar con calma todo lo que se oculta entre la niebla, porque hace cuarenta años no pensábamos en esas cosas: el paraje era sólo el escenario natural e histórico de nuestras competiciones. Hoy, en cambio, ya jubilados los tres, tenemos tiempo de sobra para contemplar y hablar durante horas; preguntas y respuestas, reflexiones y miradas se suceden sin prisa. El tiempo ya no cuenta y caminamos tan despacio que podemos descubrir muchas cosas.
Circulábamos por carreteras estrechas y solitarias. Entre la niebla, como si estuvieran ligeramente borrados con un trapo húmedo, se adivinaban caballos y casas de labor, bosques, prados y hasta algunos restos arqueológicos de la Edad de Bronce. El coche avanzaba despacio y en silencio por la carretera sinuosa, como si también él estuviera tanteando el paisaje, y al final llegamos a Turup. Vicky reaccionó con un júbilo sincero ante la escena: el lago inmóvil, el castillo-palacio envuelto en la bruma, los árboles gigantescos, los caminos todavía cubiertos por una costra de hielo que sólo dejaba un estrecho surco transitable. Caminábamos con cuidado los tres para no resbalar; yo, además, buscaba un lugar donde sentarme y comenzar el relato, porque había demasiadas historias y necesitaba escoger un punto de partida que abriese su apetito de conocimiento.
Encontramos una antigua casona de piedra que oculta en su interior un café acogedor. Allí nos refugiamos del frío y pedimos panqueques con nata y mermelada de frambuesa. Fue el momento perfecto para empezar a contar. Primero les conté la historia del castillo que está relacionada con una mujer de la que ya les hablé en el castillo de Malmö, porque encontramos un cuadro que la representaba, era Görvel Fadersdotter Sparre, viuda de Truid Gregersen Ulfstand, la mujer más rica de Lund, la que mandó construir el actual edificio del castillo en honor de su hijo. Más tarde volvió a casarse con el consejero real danés Lave Brahe (1500–1567). De este modo, Torup pasó finalmente a la familia danesa Grubbe. Durante la época de Sivert Grubbe, Torup fue visitado con frecuencia por Cristián IV, el rey danés. Él hizo que los soldados represaran el lago que rodeaba el castillo hasta 1775. En 1647, Corfitz Ulfeldt compró Torup, que fue confiscado por la corona sueca en 1660, pero en 1735 el nieto de Ulfeldt, Jochum Beck, lo recuperó.
Allí, frente al foso, les conté una antigua y trágica historia. En el siglo XVII, cuando estos edificios no eran destino de paseantes sino escenario de la nobleza escaniana, un grupo de jóvenes aristócratas se ahogó en el mismo foso que ahora veíamos helado. Habían bajado en una barcaza para lucirse durante una fiesta; la embarcación volcó, los vestidos empapados se convirtieron en lastre y la alegría se volvió tragedia en pocos segundos. Ninguno de ellos sabían nadar. Desde entonces, durante generaciones, se decía que en noches de niebla se oían voces saliendo del agua. Vicky escuchaba con los ojos muy abiertos, tal vez porque la niebla daba credibilidad a cualquier relato antiguo.
La tragedia tuvo lugar el 21 de mayo de 1775, cuando el joven alférez Fredrich Trolle del la castillo Trollenäs en Eslöv, de visita en Torup, junto con su tía Fredrica Harmens y sus hermanas Brita Sophia Trolle y Elisabeth Augusta Trolle, durante un paseo tras una fiesta decidieron salir a remar por el lago del castillo. La barca zozobró y los cuatro, que no sabían nadar, cayeron al agua. A pesar de las rápidas actuaciones y de los posteriores intentos de reanimación, no fue posible salvarles la vida. El suceso recibió mucha atención en el país y hoy lo conmemora una pequeña y muy gastada lápida frente al lugar del drama.
Seguimos paseando alrededor del castillo y nos aventuramos a avanzar lentamente por sus terrenos adyacentes hasta llegar a la pequeña casa construida para los infantes, un auténtico palacio en miniatura, aunque hoy se encontraba en obras. Continuamos hasta el cementerio de los perros y demás animales del castillo, donde descansaban desde mascotas caninas hasta un cisne, todos con lápidas propias. Al final de aquel recinto se encontraba también una tumba familiar y otras pequeñas sepulturas de parientes de los antiguos propietarios. Era un cementerio privado, casi una declaración silenciosa de que la propiedad de la tierra se prolonga más allá de la muerte.
Y fue entonces cuando Edu me preguntó cómo era posible que algunas familias hubieran llegado a acumular tanta riqueza y tanto poder sobre la tierra. Para contestar tuve que hacer un recorrido vertiginoso por la historia, que espero no os aburra, porque así se lo explicaba yo también a mis estudiantes cuando surgía la misma pregunta.
Pues bien —dije—, durante la mayor parte del tiempo el ser humano vivió de una manera muy parecida a la de los simios: recolectando lo comestible, bebiendo de los manantiales, siguiendo las estaciones y los frutos, moviéndose en grupos pequeños, posiblemente dirigidos por alguna mujer anciana, porque era ella quien acumulaba experiencia sobre la naturaleza. Todos eran iguales: nadie poseía más cosas que otro.
De repente, en algún momento, algo cambió. Y parece ser que fueron mujeres quienes, en un lugar de la actual Turquía llamado Çatalhöyük, descubrieron la posibilidad de cultivar la tierra. Y ahí empezó todo. Al cultivar, fue necesario quedarse a vivir junto a los campos, para defenderlos y cosecharlos. Al cosechar, apareció por primera vez el excedente: más alimento del que se necesitaba en el momento. Ese excedente se guardaba y permitía vivir sin necesidad de ir de un lado a otro.
Pero tener depósitos de comida atrajo a otros grupos que no cultivaban y que podían arrebatársela. Para protegerse, la comunidad organizó a los varones más fuertes y audaces como defensa. Y así ocurrió algo decisivo: las familias con muchos hijos varones, sanos y fuertes, empezaron a destacar y pudieron exigir tributos al resto como compensación por la protección. Y esos tributos se convertían en más pertenencias, más control y más poder sobre el grupo al que protegían.
Situándonos ya hace unos 6 000 años, a las orillas de grandes ríos caudalosos como el Nilo en Egipto o el Tigris y el Éufrates en Mesopotamia, comenzaron a crecer culturas derivadas de la agricultura, cuya supervivencia dependía de la fertilidad de la tierra. Esa fertilidad era fruto de las inundaciones periódicas, que traían tanto vida como destrucción: lo que hacía florecer los campos podía, en un año desafortunado, arrasar aldeas enteras. Las aguas, al retirarse, dejaban tras de sí los sedimentos fluviales que devolvían la riqueza al suelo.
Por tanto, prever cuándo se producirían las crecidas y organizar el trabajo gigantesco necesario para canalizar el agua hacia tierras más alejadas se volvió vital. Para lograrlo surgió una nueva clase de organizadores: hombres (y posiblemente también mujeres) con suficiente conocimiento, autoridad y prestigio como para dirigir a cientos o miles de personas en obras hidráulicas que duraban generaciones. De ahí salieron los primeros reyes, faraones y administradores, y con ellos las llamadas culturas superiores.
Esta necesidad de organizar la vida colectiva provocó innovaciones enormes: para llevar la contabilidad de graneros, hombres, ganado y tributos se inventó la escritura; para legitimar el orden social se inventaron los dioses que sancionaban el poder y protegían los ciclos naturales; y para mantener ese orden se consolidaron jerarquías, templos, palacios y, más tarde, ejércitos.
Para cortar el relato salté ya a la edad media y puse el ejemplo de los duques de Feria. El escándalo del Duque de Feria estalló a comienzos de los años noventa y sacudió a la sociedad española como pocos casos lo habían hecho desde la Transición. El protagonista, Rafael de Medina y Fernández de Córdoba, XIX Duque de Feria, pertenecía a una de las casas nobiliarias más antiguas del país y estaba casado con la modelo Naty Abascal, con quien tenía dos hijos. En marzo de 1993 fue detenido en Sevilla tras descubrirse que había llevado a su apartamento a una niña de cinco años y la había fotografiado desnuda. Aquello no fue un hecho aislado, sino la punta de un entramado más sórdido que incluía consumo y tráfico de heroína, prostitución de menores, corrupción de menores y la realización de fotografías de carácter sexual con niñas y adolescentes. Según la investigación, una prostituta menor de edad actuaba como intermediaria y recibía droga a cambio.
El caso saltó de inmediato a los medios y se convirtió en un fenómeno nacional. La combinación de aristocracia, drogas, sexo y menores era demasiado potente para un ecosistema mediático que en esos años vivía la expansión del sensacionalismo y la prensa del corazón. Revistas como Interviú llegaron a publicar imágenes del duque con niñas desnudas, algo que no solo escandalizó a la opinión pública sino que también forzó a acelerar el proceso judicial. En 1994 se celebró el juicio y en 1995 llegó la condena: 18 años de prisión, que el Tribunal Supremo acabaría reduciendo a nueve años y medio por circunstancias atenuantes relacionadas con su adicción. La reputación del duque quedó destruida, su matrimonio se vino abajo por completo a raíz del escándalo, aunque la ruptura venía gestándose desde antes.
El que yo eligiera a la familia del duque de Feria y Medinaceli se debe a que es un ejemplo claro de como se formaron las grandes fortunas nobiliarias. Siempre en sus orígenes se debe a la defensa de un territorio, a la fuerza, que una familia pueda ejercer, defendiendo a la corona. Por tanto, el origen de la familia Figueroa, vinculada luego al Ducado de Feria, se remonta a la Baja Edad Media en Castilla, cuando la nobleza se asentaba en territorios fronterizos con Portugal. El primer Figueroa conocido con relevancia en Feria fue Rodrigo Fernández de Figueroa, que vivió en el siglo XIV y ostentaba el señorío sobre la villa de Feria, un territorio estratégico en la actual provincia de Badajoz. La familia Figueroa era descendiente de linajes castellanos antiguos y se distinguía por su servicio militar, defensa de la frontera y lealtad a los reyes de Castilla.
Sus sucesores continuaron consolidando el poder local, elevando la importancia del señorío de Feria. Más tarde, en el siglo XVI, Gómez Suárez de Figueroa, descendiente directo de esta línea, sería el primero en recibir el título de Duque de Feria por Felipe II en 1567, transformando la casa familiar de una nobleza local y militar en una de las grandes casas ducales de España. Así, el apellido Figueroa pasó de ser un linaje regional importante a encabezar un ducado con grandeza de España, marcando el inicio de la influencia aristocrática que perduraría durante siglos y que siglos después se uniría con la Casa de Medinaceli. Se convirtieron en grandes terratenientes y sus posesiones siguen siendo importantes.
Si nos vamos a Cataluña y buscamos los orígenes de la riqueza de familias ilustres, podemos tomar los Güell, los mecenas de Gaudí. La fortuna de los Güell, una de las familias más influyentes de Cataluña, se originó en la primera mitad del siglo XIX gracias a los negocios de Juan Güell y Ferrer, padre de Eusebi Güell, en Cuba, entonces colonia española. Juan Güell acumuló su riqueza en el comercio de productos como azúcar y café, cuya producción dependía directamente del trabajo esclavo africano, y fue propietario de esclavos durante su estancia en la isla. Además, participó en asociaciones que defendían la esclavitud, incluso cuando otros países europeos ya la habían abolido. Este capital inicial permitió que la familia invirtiera posteriormente en industria textil, banca y obras públicas en Barcelona, consolidando su fortuna y estatus social. El más destacado de la familia, Eusebi Güell, se convirtió en mecenas de Antoni Gaudí, encargado de obras como el Parque Güell, la Casa Batlló y la Cripta de la Colonia Güell. Gracias a su éxito económico y a su influencia social, en 1897 fue ennoblecido por la Corona española como Conde de Güell, recibiendo la grandeza de España, y la familia pasó de ser próspera burguesía industrial a formar parte de la aristocracia oficial. Además, Eusebi se vinculó mediante matrimonio con otras familias relacionadas con el esclavismo, como los López y López, marqueses de Comillas. Esta historia ha generado debates sobre la memoria histórica, ya que muchas de las fortunas que financiaron la industrialización catalana, incluyendo la de los Güell, se formaron sobre la base del trabajo esclavo y la explotación colonial, un pasado que ha quedado parcialmente olvidado o suavizado en la tradición histórica de la ciudad. Así es la vida. Luego el tiempo y la poca memoria, borra los orígenes y todo queda perdonado, en algunos casos, no en otros, ya que la estatua del marqués de Comillas fue quitada de su central emplazamiento en Barcelona. Hasta ahora, no se ha producido ningún movimiento contrario a la memoria de los Güell, que yo sepa. Este fue el penúltimo paseo con mis amigos catalanes. Transcurrió entre conversaciones, risas y bromas y me deja un buen recuerdo, uno de esos recuerdos que nos ayudan a gozar de la vida.
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