Aquí hace tanto frío como en Davos, y las noticias de allí nos llegan puntuales, por eso no nos podemos quejar. Yo en mi cocina, y millones de otros como yo, ante sus ordenadores, en el tren o el autobús, camino del trabajo o allá adonde tengan que ir, esta mañana de enero, leen con atención los análisis de miles de reporteros y analistas, de lo que ocurre allí, donde los poderosos se concentran por unos días. Mientras pienso en estas cosas, se cuela en mi flujo un nuevo artículo[1] de Víctor Bermúdez Torres que analiza la adición al acontecimiento histórico. Parece que nos hemos interesado por el mismo problema de manera simultánea, como por efecto de la telepatía.
Puede parecer que los acontecimientos históricos, uno más impredecible que otro, se encadenan ahora sin pausa y que la época que vivimos es excepcional. Siempre sobrevaloramos el presente frente al pasado, al menos, desde que Donald Trump volvió a la Casa Blanca hace un año, se están generado titulares que envían ondas de choque por todo el mundo, el más reciente con su planteamiento sobre Groenlandia.
Lo que más preocupa, a mi entender, y lo que más se resalta en los análisis políticos del momento es la pretendida imprevisibilidad de la política de los Estados Unidos, desde que Donald Trump habita la Casa Blanca. Una mirada retrospectiva nos debería tranquilizar, creo yo, porque a lo largo de la historia política norteamericana, la sombra de la imprevisibilidad ha acompañado periódicamente a la institución presidencial.
Cuando un presidente decide romper el protocolo, abandonar las formas diplomáticas o actuar sin previo aviso, nace una zona de incertidumbre. Y en la arena internacional la incertidumbre es oro: puede desestabilizar al adversario, recalcular alianzas y, en ocasiones, modificar el rumbo de la historia. Conviene, sin embargo, subrayar un hecho elemental: la imprevisibilidad no es un atributo clínico ni psicológico, sino una categoría de la percepción. Surge donde un estilo personal entra en fricción con un conjunto de normas, expectativas e instituciones que aún no se han adaptado al mandatario de turno.
Si miramos atrás en el espejo retrovisor de la historia, Andrew Jackson, presidente norteamericano entre 1829–1837, fue el primero en provocar auténtico desasosiego. Su energía desbordada, sus decisiones rápidas y su desdén por las mediaciones formaron un modelo de presidencialismo que no pedía permiso a nadie. Su política exterior fue bastante limitada, pero inauguró un modo de ejercer el poder que reaparecería más adelante, con el presidente como fuerza que irrumpe, en lugar de negociar.
Con James K. Polk, presidente entre 1845–1849, la imprevisibilidad se volvió internacional. Fue Polk el que empujó a los Estados Unidos a la guerra contra Méjico[2] mediante una mezcla calculada de maniobra diplomática y hechos consumados. La crítica contemporánea lo acusó de doble contabilidad, es decir, negaba la intención bélica mientras la preparaba con minuciosidad. Aquí la imprevisibilidad era claramente estratégica y el propósito real permanecía oculto hasta que ya no había vuelta atrás.
Woodrow Wilson, un actor internacional como pocos, presidente entre 1913–1921, encarnó otra forma de desconcierto. Quiso construir un orden mundial basado en el derecho internacional y la seguridad colectiva, para luego, exhausto y enfrentado a su propio Congreso, se retirarse a la política doméstica. Europa lo vio oscilar entre una ambición global, por el cual fue premiado con el Premio Nobel de la Paz, y un repliegue casi monástico. La imprevisibilidad residió en esa brecha entre la grandilocuencia del proyecto y la renuncia a sostenerlo cuando aparecieron los costes.[3]
Otro de los presidentes americanos que actuaron bajo el foco de la escena mundial, en sus momentos más decisivos fue Franklin D. Roosevelt, presidente entre 1933-1945, cuya previsibilidad depende del ángulo desde el cual se le examine. En política interna fue, pese a la magnitud de su reforma, un presidente notablemente previsible: desde 1933 quedó claro que su objetivo era salvar al capitalismo estadounidense mediante una ampliación del papel del Estado, disciplinar los mercados financieros y ofrecer una red básica de seguridad social. Su estilo era experimental, él mismo hablaba de “try something”, pero la dirección de sus acciones nunca estuvo en duda. En cambio, en política exterior fue mucho menos transparente. Entre 1939 y 1941 actuó oficialmente como neutral, extraoficialmente como sostén de Gran Bretaña y, en secreto, como dirigente que preparaba al país para una guerra que juzgaba inevitable. Esa doble capa hizo que para el observador contemporáneo su conducta pareciera zigzagueante, pero, al menos Churchill lo entendió bien: Roosevelt era previsible en los fines, pero imprevisible en los medios. Japón lo leyó mal, porque supusieron que Estados Unidos no asumiría riesgos graves antes de Pearl Harbor. Con el paso del tiempo, la historiografía ha tendido a canonizar su figura y a ver sus decisiones como inevitables, pero esa inevitabilidad es un producto retrospectivo, porque, en su momento no estaba escrito ni que los Estados Unidos intervendrían militarmente en Europa, ni que emergiera un orden multilateral liberal, ni que el dólar se convertiría en moneda mundial. Por eso la fórmula que mejor captura la paradoja es que Roosevelt fue un presidente estratégicamente previsible y tácticamente imprevisible. Sabía qué mundo quería construir, pero rara vez revelaba por adelantado el cómo ni el cuándo.
Tras 1945, con la bomba atómica incorporada al arte de gobernar, la imprevisibilidad adoptó formas más técnicas. El primer presidente verdaderamente mediático, John F. Kennedy, 1961-1963, fue un presidente menos imprevisible de lo que su mito posterior sugiere. Su imagen pública, juvenil, arriesgada, con cierta aura romántica, contribuyó a fijarlo como un líder impulsivo, pero si se observa su presidencia desde la lógica estratégica resulta más legible de lo que parece. En política exterior Kennedy tenía tres objetivos nítidos, a saber: contener al comunismo, reafirmar el protagonismo global estadounidense y experimentar con formas limitadas de intervención. Esa dirección era perfectamente previsible en el contexto de la Guerra Fría. Lo que generó la impresión de imprevisibilidad fueron ciertos métodos empleados en momentos concretos, como en la fallida invasión de Bahía de Cochinos, donde se combinó una audacia mal medida con una notable falta de realismo operativo. Ese episodio alimentó la narrativa de un Kennedy impulsivo, cuando en realidad mostraba más bien una tensión entre el cálculo geopolítico y el deseo de demostrar iniciativa. La Crisis de los Misiles de Cuba matizó de manera decisiva esa percepción: Kennedy optó por una respuesta intermedia, el bloqueo naval, evitando tanto la escalada nuclear como la humillación de la URSS, una solución que reveló un estilo más prudente que aventurero. En política interna fue aún más previsible. Su agenda legislativa, con derechos civiles, reforma fiscal, programa espacial, se inscribía en la continuidad reformista del Partido Demócrata y carecía de sorpresas estructurales; la verdadera imprevisibilidad interna provino de la aceleración del movimiento de derechos civiles y de la reacción social que este desencadenó, fenómenos que superaron a la Casa Blanca más de lo que la Casa Blanca los dirigió. Kennedy operó dentro del marco intelectual tecnocrático típico de la Guerra Fría, con confianza en expertos y planificación.
Richard Nixon, presidente 1969–1974, bautizó su variante como Madman Theory (teoría del loco): si Moscú creía que el presidente estadounidense podía actuar de manera aparentemente irracional, se disuadía al adversario. Era una imprevisibilidad profesionalizada, casi burocrática, un gesto irracional como herramienta racional. La imprevisibilidad de Richard Nixon fue un fenómeno peculiar, porque no derivaba del capricho ni de la improvisación, sino que estaba en gran parte diseñada como instrumento de poder. Nixon concibió la imprevisibilidad como una herramienta estratégica: la famosa lógica de que los adversarios debían creer que él podía ir demasiado lejos, incluso adoptar decisiones irracionales, para así ganar ventaja en la negociación internacional. Esa Madman Theory era una idea que circulaba en memorandos internos y conversaciones privadas, y que se traducía en amenazas veladas, operaciones secretas y decisiones que proyectaban un perfil peligroso. No se trataba de un caos personal, sino de un cálculo geopolítico: que Moscú, Pekín o Hanoi perdieran la capacidad de anticipar la respuesta estadounidense.
A esta imprevisibilidad estratégica se sumaba una imprevisibilidad más doméstica, basada en la opacidad. Nixon era hermético, desconfiado y secretista incluso con sus colaboradores más cercanos. Le gustaba sorprender y despreciaba el consenso. La apertura a China en 1972 es su mejor ejemplo, un giro monumental ejecutado con un secretismo obsesivo, que nadie dentro ni fuera del país había previsto. Esa capacidad de romper los cánones del establishment añadía una capa más a su carácter insondable.
Finalmente, en el tramo final de su presidencia, apareció una imprevisibilidad de naturaleza distinta, más emocional que estratégica: la deriva conspirativa que condujo a Watergate. Ya no se trataba de aterrorizar a adversarios externos ni de ganar margen diplomático, sino de una implosión psicológica del poder presidencial basada en la paranoia, las escuchas ilegales, listas negras y un progresivo deterioro del juicio. Esa parte de la imprevisibilidad de Nixon fue involuntaria y reveló el lado oscuro de la misma estrategia que antes lo había hecho eficaz.
Ronald Reagan practicó un estilo más ligero, a veces ambiguo. Su retórica alarmó a los europeos, mientras el Kremlin trataba de descifrar dónde se encontraba exactamente el umbral estadounidense. Lo singular del caso Reagan es que tras la piel imprevisible existía un método, un presidente que negociaba con calma lejos de las cámaras y tensaba las cuerdas en público.
Con el colapso soviético, la imprevisibilidad volvió por otra vía, los Estados Unidos, arquitectos del orden liberal, empezaron en ocasiones a evadir las reglas que ellos mismos habían instalado. La invasión de Irak en 2003 es el ejemplo más claro, ya que se trató de una decisión que contrariaba las expectativas del sistema internacional. La imprevisibilidad apareció esta vez a través de la decepción, el guardián del orden actuaba sin pedir permiso al orden.
Donald Trump ha llevado el fenómeno de la imprevisibilidad a su extremo más performativo. Reinterpreta las alianzas como acuerdos transaccionales, utiliza las redes sociales como instrumento diplomático directo y trata la incertidumbre como espectáculo político. Aquí la imprevisibilidad deja de ser cálculo para convertirse en estilo, casi en identidad. El desconcierto no se oculta y se ofrece a plena luz del día.
Observando en perspectiva, los presidentes considerados imprevisibles suelen compartir tres rasgos: poca dependencia del aparato del partido, concepción personalista del poder ejecutivo y contextos internacionales donde la incertidumbre funciona como ventaja. Dicho de otro modo, la imprevisibilidad emerge cuando la voluntad presidencial se adelanta a la capacidad del sistema para domesticarla.
Contra lo que podamos creer, Trump no ha inventado la imprevisibilidad presidencial, solo que su estilo visible, inmediato y mediático lo hace más notorio para nosotros, mientras que otros presidentes fueron imprevisibles de manera más estratégica, discreta o secreta, y con el tiempo hemos olvidado esos matices. Él combina la visibilidad mediática total, la inmediatez de sus decisiones y la ruptura con protocolos establecidos, que lo hace parecer más imprevisible que cualquiera de sus predecesores, aunque, en términos históricos, es simplemente la versión más ostensible de una tradición de presidentes que sabían usar la sorpresa como herramienta de poder.
[1] https://www.elperiodicoextremadura.com/opinion/2026/01/21/adictos-acontecimiento-125891099.html?fbclid=IwY2xjawPen4xleHRuA2FlbQIxMABicmlkETBWWWxCT0xlTG42Y3pQUk9Oc3J0YwZhcH
[2] https://millercenter.org/the-presidency/presidential-speeches/may-13-1846-announcement-war-mexico
[3] https://www.loc.gov/resource/2013218776/1919-11-08/ed-1/?sp=1
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