Como español viviendo en Suecia, no puedo dejar de compararlo todo. Creo que es un vicio intelectual y hasta casi una condición existencial. Vivir en Suecia me coloca en una especie de mirador permanente desde el que España se vuelve visible de otra manera, y Suecia muestra transparencias. Comparar se convierte en una forma de pensar y, a veces, en una forma de defenderme.

Para un español en Suecia, la comparación empieza en lo cotidiano y termina en lo político. Empieza en los horarios, en el trato con la administración, en la escuela de los hijos, en la relación con el Estado, y acaba inevitablemente en preguntas más profundas: por qué aquí las cosas funcionan así y allí no, qué se gana y qué se pierde con cada modelo, qué tipo de ciudadano produce cada sociedad. La comparación está cargada de biografía. No compara dos abstracciones, sino dos experiencias vividas.

Compararlo todo significa vivir con una doble conciencia. En Suecia, el español ve con claridad la potencia de un Estado que cumple, de instituciones previsibles, de una democracia que se aprende desde la infancia como práctica cotidiana. Pero al mismo tiempo percibe sus rigideces: el exceso de normatividad, la frialdad en las relaciones, la dificultad para el conflicto abierto. Desde España, o al pensar en ella, la mirada se invierte: se reconocen la calidez social, la flexibilidad, la capacidad de improvisación, pero también el peso de la arbitrariedad, la precariedad normalizada y la distancia entre discurso democrático y experiencia real.

Esa comparación constante genera una incomodidad productiva. El español en Suecia, en este caso yo, rara vez puedo entregarme al entusiasmo acrítico por el “modelo nórdico”, pero tampoco puedo volver a mirar España sin una cierta melancolía crítica. Suecia deja al descubierto hasta qué punto en España muchas disfunciones se han naturalizado; España, a su vez, revela que no todo lo que funciona bien produce necesariamente sentido de pertenencia o calor humano.

Compararlo todo es también una forma de resistencia a la idealización. Vivir fuera impide refugiarse en relatos simples: ni España es solo caos y atraso, ni Suecia es una utopía racional. La comparación constante obliga a pensar en términos históricos, culturales y sociales, no morales. No se trata de quién lo hace mejor, sino de qué tipo de vida democrática produce cada sociedad y a qué precio.

Compararlo todo significa vivir en una cierta intemperie identitaria. Uno ya no encaja del todo en los tópicos españoles, pero tampoco se disuelve en la normalidad sueca. Esa posición intermedia, incómoda y a veces solitaria, tiene una enorme ventaja, pienso yo, ya que me permite ver lo que los nativos de uno y otro país ya no ven. Comparar es tratar de comprender desde la distancia. Y para quien ha vivido entre España y Suecia, esa distancia acaba siendo una forma exigente, y lúcida, de estar en el mundo.

Hubo un tiempo en el que yo intenté comparar con rigor académico el movimiento obrero en los dos países. Recibí tanta critica que al fin desistí, ya que, como bien sabe el que haya intentado tomarse en serio el análisis comparativo, y más aún cuando se tocan objetos tan cargados de historia, identidad y moral como el movimiento obrero,  encuentran una incomodidad profunda que parece que siempre genera la comparación cuando desactiva relatos nacionales muy asentados.

El análisis comparativo, sobre todo en historia social, siempre vive bajo sospecha. Se le reprocha fragilidad porque obliga a poner en relación procesos que no comparten ni cronologías, ni estructuras estatales, ni culturas políticas, ni trayectorias estratégicas. En el caso de España y Suecia, esa sospecha se multiplica al querer comparar Suecia y España. Desde esa asimetría, muchos colegas concluyen que comparar es forzar.

Pero ahí está precisamente el malentendido, sigo pensando, aunque abandoné el intento de comparar, porque yo no buscaba simetrías, sino relaciones, contrastes estructurales, y sobre todo entender cómo condiciones distintas producen diferentes culturas políticas.

Parece que mi intento de comparar España y Suecia tocaba nervios sensibles. En España, el movimiento obrero está atravesado por la épica del sacrificio, la represión, el heroísmo y la derrota. En Suecia, por la negociación, la institucionalización y el éxito reformista. La comparación pone en cuestión dos mitologías a la vez: la española, que tiende a moralizar el conflicto, y la sueca, que tiende a naturalizar su propio éxito como si fuera casi inevitable. Eso incomoda, porque desplaza el foco desde la virtud o la culpa hacia las condiciones históricas concretas.

Dicho esto, quiero explicar que este vicio mío, de comparar, sigue acompañándome y que busco a diario, casi sin saber por qué algo que comparar. Mis contactos diarios con educadores de ambos países y mi propia experiencia, hacen que me interese especialmente por la juventud. Cuando yo estaba en activo y vivía rodeado de jóvenes creía comprender su forma de encontrarse en la sociedad, sus inquietudes y su disposición a enfrentarse a los retos de la actualidad. Creía compartir en cierto modo sus sueños, aun sabiendo la gran cantidad de alternativas abiertas.

Alejado ya de la docencia y en estos tiempos que vivimos, me interesa comprender las tendencias que se mueven entre la juventud, sus sueños de futuro, que es el futuro de la humanidad y su compromiso con la sociedad en la que viven y, de pronto, encuentro un artículo en la red, escrito por alguien que ha osado comparar y, claro está, me pongo a leerlo con mucha atención. La autora es María José Vicente Vicente de la Universidad de Castilla la Mancha, publicado en la revista Barataria, Revista Castellano-Manchega de Ciencias Sociales. El título “Percepción y participación juvenil en democracia: un estudio comparativo entre España y Suecia”[1], despierta naturalmente mi interés.

El artículo de María José Vicente es un texto valioso, serio y bien construido, pero también, me doy cuenta, revelador de los límites del enfoque dominante con el que hoy se analiza la desafección democrática. Su principal virtud es tomar en serio una idea que rara vez se desarrolla, que la democracia no se sostiene solo en instituciones y normas, sino en experiencias vitales, en biografías que permitan a los individuos reconocerse como ciudadanos con capacidad real de influencia.

La comparación entre España y Suecia funciona bien como dispositivo analítico. España aparece como un país donde la precariedad laboral, la emancipación tardía y una educación cívica débil erosionan la confianza en el sistema democrático desde edades tempranas. Suecia, en cambio, se presenta como un modelo de socialización democrática, con participación escolar, consejos juveniles, aprendizaje práctico del consenso y del conflicto. El contraste es claro y, en términos generales, convincente. El artículo acierta al subrayar que sin autonomía material no hay ciudadanía plena y que la participación política difícilmente florece cuando la vida cotidiana está marcada por la inseguridad y la dependencia.

Especialmente interesante es la lectura que hace del escepticismo juvenil sueco. No se trata de una desafección antipolítica, sino de una crítica exigente, fruto de altas expectativas y de una formación cívica que enseña a reclamar resultados, no solo procedimientos. En este punto, el texto evita la trampa de idealizar acríticamente la participación y muestra que más implicación puede ir acompañada de más cuestionamiento, algo que suele olvidarse en los discursos normativos sobre la democracia.

Sin embargo, el artículo también presenta debilidades que conviene señalar. En primer lugar, confía en exceso en indicadores agregados y establece relaciones causales que no siempre están suficientemente demostradas. La educación cívica sueca aparece casi como una explicación autosuficiente del compromiso democrático, mientras que en el caso español el legado histórico y la precariedad parecen operar de forma homogénea sobre toda la juventud. Falta aquí una voz más directa de los propios jóvenes, una dimensión cualitativa que permita entender cómo interpretan ellos mismos su relación con la política y la democracia. En el caso sueco, esa voz la he tenido yo en cuenta en mi trabajo cotidiano.

Además, la imagen de Suecia resulta en algunos momentos demasiado coherente, casi modélica e idílica. Se mencionan tensiones, desempleo juvenil emergente, jóvenes de origen migrante, pero no se integran plenamente en el análisis. La Suecia que emerge del texto es más un horizonte normativo que una sociedad atravesada, como las demás, por conflictos crecientes, polarización cultural y el auge de fuerzas iliberales. Esa idealización no invalida la comparación, pero la simplifica, a mi juicio, innecesariamente.

También llama la atención la escasa presencia del conflicto político real. La democracia aparece definida sobre todo como participación y educación, menos como lucha por el poder, antagonismo social o disputa ideológica. Apenas se aborda cómo los jóvenes se posicionan ante cuestiones centrales del presente como inmigración, desigualdad, identidades nacionales, cuando precisamente en esos terrenos se están produciendo hoy las derivas más preocupantes hacia opciones iliberales o excluyentes.

Leído entre líneas, el artículo sugiere algo que no formula de manera explícita: el problema de la democracia en España no es tanto una crisis de valores como una crisis de experiencia. Los jóvenes no rechazan la democracia porque no crean en ella, sino porque no la viven como un sistema que organice su vida de forma justa, previsible y digna. Frente a ello, los jóvenes suecos pueden permitirse ser más críticos porque han aprendido, desde la infancia, que la crítica forma parte del juego democrático.

En conjunto, me da la impresión de que se trata de un texto sólido, útil y honesto, más descriptivo que teóricamente innovador, pero muy pertinente para pensar políticas públicas y educación cívica. La mayor aportación es que nos recuerda que la democracia se transmite con trayectorias vitales habitables. Allí donde la democracia no garantiza una mínima seguridad existencial, acaba convirtiéndose en una palabra vacía. Y ese, más que un problema juvenil, es un problema profundamente político. Y yo, por mi parte, sigo comparando.


[1] https://www.revistabarataria.es/web/index.php/rb/article/view/719/830