Hace mucho frío en Lund, este 31 de enero de 2026. La sensación es de 10 grados bajo cero porque, a los 2 grados bajo cero hay que sumarle un viento de 31 km/h. Vamos bien equipados pero la pequeña porción de piel que no cubre la ropa de abrigo o el gorro de lana, se congela. Hasta las manos, dentro de los guantes, duelen de tanto frío y se sienten torpes cuando trato de hacer algo con ellas, como servir algo de café en un vaso de papel o sacar algún folleto de la caja de nuestra bicicleta. Las banderas de Groenlandia, Ucrania y la del Irán tradicional, la del Sha, ondean violentamente y se enrollan o extienden en sus pequeños mástiles, sujetos a la bicicleta.

Somos un pequeño grupo un tanto heterodoxo en cuanto a procedencia y edad: un estadounidense, un polaco, un español y tres suecos. Nos une nuestra pertenencia al partido liberal sueco, Liberalerna. Estamos aquí, en el centro de Lund, para mostrar con nuestra presencia, con nuestros chalecos azules, nuestra bicicleta de transporte del mismo color y nuestro pendón. Ofrecemos café humeante y diálogo a los viandantes que lo deseen y alguno se detiene para hablar un instante. Las conversaciones suelen oscilar alrededor de la política nacional, aunque nosotros, los que estamos aquí esta fría mañana de invierno, somos políticos locales. Pero, es de comprender, que las conversaciones toquen el gran problema al que nos enfrentamos como partido: el riesgo de desaparecer.

Explicaba yo a Adrián, por el momento nuestro consejero en la oposición y más alto representante de nuestro partido en la política local, que el problema de desaparecer como partido lo había sufrido en España Ciudadanos, un partido liberal que pereció del mal del burro: sí, ese paradigma del burro de Buridán, que se murió de hambre porque no podía decidir de qué montón de heno debía comer.

Ciudadanos nació en 2006 en Cataluña, como una reacción cívica e intelectual frente al clima político que se vivía allí tras años de hegemonía nacionalista. Su origen está en un manifiesto: Por un nuevo partido político en Cataluña, firmado por profesores universitarios, escritores y profesionales muy conocidos entre ellos Albert Boadella, Félix de Azúa o Francesc de Carreras, que denunciaban lo que consideraban una deriva identitaria, el uso político de la lengua y la falta de pluralismo. Desde el inicio, Ciudadanos se presentó como un partido constitucionalista, laico y liberal-progresista, con una fuerte carga racionalista y una estética deliberadamente moderna.

En las elecciones catalanas de ese mismo año, con Albert Rivera como joven líder mediático, el partido obtuvo tres escaños. Fue un éxito simbólico más que numérico: Ciudadanos se convirtió en una voz incómoda pero visible, especialmente en el debate sobre nacionalismo, ciudadanía y derechos individuales. Durante sus primeros años fue un partido pequeño, casi testimonial, pero con una presencia mediática superior a su peso electoral.

El salto decisivo se produjo tras la crisis económica de 2008 y, sobre todo, a partir de 2014. El desgaste del bipartidismo, los escándalos de corrupción y el auge del independentismo catalán crearon un terreno fértil para su expansión. Ciudadanos supo presentarse como una alternativa limpia, moderna y reformista, distinta tanto del PP como del PSOE, y claramente opuesta al secesionismo. En 2015 dio el salto a la política nacional con un discurso de regeneración democrática, reformas institucionales y liberalismo económico con sensibilidad social, social-liberalismo en estado puro.

Entre 2015 y 2018, Ciudadanos vivió su edad dorada. Se convirtió en un partido bisagra, capaz de pactar tanto con el PP como con el PSOE, y ganó un enorme protagonismo durante el procés catalán. En las elecciones catalanas de 2017 fue el partido más votado, con Inés Arrimadas como candidata, aunque sin capacidad de gobernar, porque la derecha y la izquierda identitaria se unió para impedirlo. Ese momento marcó el cénit simbólico del proyecto: Ciudadanos parecía haber encontrado un espacio nacional claro como partido liberal, constitucionalista y urbano.

Sin embargo, Ciudadanos desapareció de la esfera política española por un proceso de desgaste acelerado en el que confluyeron errores propios y cambios profundos del contexto. Nació como respuesta a un momento muy concreto: la crisis del bipartidismo, el malestar con la corrupción, la demanda de regeneración democrática y, sobre todo, el conflicto territorial catalán. Mientras ese escenario estuvo abierto, Ciudadanos tuvo sentido y creció con rapidez. Pero cuando el ciclo empezó a cerrarse, el partido no supo redefinirse.

Su mayor debilidad fue la identidad. Quiso ocupar un espacio liberal, reformista y constitucionalista, pero insistiendo en presentarse como “ni de derechas ni de izquierdas”. Esa ambigüedad funcionó al principio como una virtud, pero con el tiempo se convirtió en un problema, porque ni llegó a consolidar un electorado propio ni logró que se entendiera con claridad para qué servía el partido más allá de coyunturas concretas. La política española, además, entró en una fase de polarización creciente, un terreno especialmente hostil para los partidos de centro.

El momento decisivo llegó tras las elecciones de abril de 2019. Ciudadanos tuvo la oportunidad de convertirse en un partido bisagra, pactando con el PSOE y ocupando el centro real del sistema, pero optó por rechazar cualquier acuerdo y competir con el Partido Popular por el liderazgo del bloque de derechas. Ese giro estratégico le hizo perder a buena parte de su electorado moderado sin lograr atraer de forma estable al votante conservador, que acabó prefiriendo al PP como marca segura. La irrupción de Vox terminó de cerrar el espacio: radicalizó el debate, desplazó el eje político y dejó a Ciudadanos sin un relato diferenciado.

A todo ello se sumó una crisis interna profunda. Tras el batacazo electoral, Albert Rivera abandonó la política y la sucesión fue desordenada. Inés Arrimadas intentó una rectificación, pero llegó tarde y sin una organización sólida que la sostuviera. Ciudadanos era un partido joven, muy dependiente de sus líderes y con una estructura territorial débil, por lo que no resistió el golpe. El sistema electoral y la lógica del voto útil hicieron el resto: muchos antiguos votantes optaron por el PP o el PSOE para no “desperdiciar” su voto.

En última instancia, Ciudadanos encarnó un problema clásico del liberalismo político, que funciona bien como corriente intelectual y como influencia transversal, pero nos cuesta consolidarnos como partido autónomo en contextos polarizados. Ciudadanos perdió su momento histórico, su identidad y su función, y cuando intentó corregir el rumbo, el espacio político que había ocupado ya se había cerrado.

La crisis que tenemos hoy en Liberalerna se parece mucho a la de Ciudadanos porque ambos partidos ocupan, o hemos pretendido ocupar, un espacio liberal, centrista y bisagra en sistemas políticos que se han ido polarizando hasta volverse casi incompatibles con ese papel. En los dos casos, el problema no es solo electoral, sino existencial, la dificultad de explicar para qué sirve hoy un partido liberal de centro cuando el debate público se organiza en bloques cada vez más cerrados.

El primer paralelismo claro es la pérdida de identidad. Tanto Ciudadanos como Liberalerna nacieron[1] o se consolidaron con un discurso liberal moderno, europeísta, reformista y racionalista. Pero con el tiempo ese discurso se volvió difuso. En ambos casos, el electorado dejó de percibir una diferencia clara respecto a los grandes partidos: en España, entre el PP y el PSOE; en Suecia, entre Moderaterna y Socialdemokraterna. Cuando un partido pequeño no tiene un perfil nítido, el voto útil se impone con rapidez.

El segundo punto común es el dilema de las alianzas. Ciudadanos se rompió internamente al decidir si debía pactar con el PSOE o competir dentro del bloque de derechas. Nosotros en Liberalerna vivimos algo muy similar desde que aceptamos apoyar gobiernos de derechas sostenidos, directa o indirectamente, por Sverigedemokraterna, un partido de ultraderecha como Vox. En ambos casos, la decisión estratégica chocó con el ADN histórico del partido. Parte de nuestro electorado liberal y urbano sintió que se había cruzado una línea moral, mientras otra parte pensó que no había alternativa real. El resultado fue desmovilización y fuga de votantes.

Un tercer paralelismo es la tensión entre principios y pragmatismo. Ciudadanos justificó su giro a la derecha como una necesidad para “influir” y “evitar males mayores”. En Liberalerna hemos defendido nuestro apoyo parlamentario a la alianza de derechas, como el precio a pagar para aplicar políticas liberales en educación, economía o integración. En ambos casos, el argumento racional no sido capaz de compensar la percepción de incoherencia ética. En política, es sabido que la coherencia simbólica pesa tanto como los programas.

También comparten una crisis de liderazgo. Ciudadanos dependía en exceso de Rivera y, después, de Arrimadas; nosotros en Liberalerna hemos atravesado varios cambios de liderazgo en pocos años, cada uno con una línea estratégica distinta. Esa inestabilidad ha ido reforzando la imagen de partido inseguro, sin rumbo claro, y dificulta construir lealtades duraderas.

Por último, ambos casos muestran el mismo problema estructural, el estrechamiento del centro político. En contextos de inseguridad cultural, migratoria o geopolítica, los votantes tienden a buscar partidos que ofrezcan certezas simples y relatos fuertes. El liberalismo, basado en el matiz, el equilibrio y la negociación, pierde atractivo. Así, tanto Ciudadanos como Liberalerna quedamos atrapados entre dos fuegos, demasiado moderados para un clima polarizado y demasiado comprometidos para mantener la pureza liberal que nos definía.

La diferencia es que Ciudadanos colapsó rápidamente y desapareció casi por completo, mientras que nuestro partido, Liberalerna, aún sobrevive, aunque sea en una posición frágil y defensiva. Pero el patrón es el mismo: cuando un partido liberal pierde identidad, función y credibilidad moral al mismo tiempo, la erosión no suele ser reversible. Esta tarde se va a reunir la cúpula de nuestro partido para discutir de que manera se puede revertir esta perdida de apoyos. Esperemos que encuentren una solución.

Yo, personalmente, entré en política animado por el entonces alcalde de Lund, Philip Sandberg, un joven carismático y auténticamente liberal, que supo entusiasmarme con su audaz programa. He tenido el honor de representar al partido primero en el consejo técnico y ahora en el consejo de educación e infancia. Seguiré apoyando nuestra ideología liberal y participando en nuestras campañas, como la de este sábado que tenía como fin mostrar nuestro apoyo a la libertad de groenlandeses, ucranianos e iranies en estos días en los que tanto lo necesitan.


[1] Prefiero explicar a pie de página que, en el caso de mi partido Liberalerna, no es que naciera de la nada, sino que se reestructuró, cambiando el nombre de Folkpartiet (partido del pueblo) a Liberalerna i november 2015.