Es tiempo de olimpiadas. Ahora son las de invierno. No es lo mismo, porque en estas olimpiadas solo tienen posibilidad de participar con algunas posibilidades, los que tienen o “gozan” de inviernos largos, fríos y nevados. Entre estos países se encuentran los escandinavos, los ubicados en los Alpes y los que tienen algunas zonas montañosas significantes y habitadas. En todos estos países despiertan los juegos olímpicos la misma fiebre patriotera que los juegos de verano y quizás aún más, especialmente en Suecia, Noruega y Finlandia. Las banderas ondean, los sofás se pueblan de familias enteras y amigos que siguen con verdadera pasión los devenires del curling, de la combinada nórdica o del skeleton, y, con la bandera en una mano y una cerveza en la otra, gritan, animan y maldicen, según les vaya en las pistas a sus países.

Yo he mirado siempre esos juegos de invierno como algo que no me atañía mucho, quizás por eso de las uvas agrias, que decía la zorra. Aunque, reconozco que, a poco de llegar a Suecia me despertó el interés por estos juegos olímpicos cuando vi a Francisco “Paquito” Fernández Ochoa ganar el oro en eslalon, en los juegos de Sapporo, en 1972. Fue el primer medallista olímpico de invierno de España y único campeón olímpico español en invierno, hasta ahora.

Yo, la verdad, veía de niño a jóvenes que en invierno iban a la estación del tren, equipados con gorros de lana multicolores, llevando a cuestas esquíes, sin que eso despertara en mí ganas de ir a la montaña a practicar el deporte. Aquí en Lund me puse alguna vez unos esquíes en épocas de mucha nieve. Con las retrasmisiones televisivas de las hazañas de Ingemar Stenmark, el megacampeón sueco de slalom y superslalom, se paraba Suecia, hasta el punto que mis estudiantes me pedían que hiciésemos una pausa en medio de una lección para ver sus impresionantes bajadas.

Más tarde, ya en los 90, Blanca Fernández Ochoa, hermana pequeña de Paquito, ganó el bronce también en eslalon en Albertville. Esto hizo que yo me fuese interesando más por los deportes de nieve y descubrí a un auténtico esforzado español, un deportista sufrido, el cántabro Juan Jesús Gutiérrez Cuevas que no consiguió medalla olímpica, pero durante décadas fue el referente del esquí de fondo español, llegando incluso a estar entre los mejores del mundo en algunas temporadas y logrando la tercera plaza en la copa del mundo del 2000.

La verdad es que da un no sé qué el ver ondear la bandera de España entre la nieve. Ya sé que es una tontería y que algunos me tacharan de muchas cosas que no soy, pero confieso que era algo reconfortante. Lo raro es que sentí también una forma indescriptible de orgullo cuando vi a Johann Mühlegg, con los colores españoles, volar sobre la superficie blanca, dejando atrás a todos los que de ante mano habían sido declarados candidatos a las medallas en el esquí de fondo. ¡Tres oros, madre mía! Ahí es cualquier cosa. Claro que, la resaca de las cervezas de la celebración fue mala, cuando se descubrió que nuestro alemán nacionalizado había transgredido los límites impuestos por la federación internacional y dio positivo por EPO de nueva generación, y fue despojado de las tres medallas conseguidas.

Para muchos aficionados españoles como yo, que empezábamos entonces a interesarnos por el esquí de fondo, un deporte lejano, casi exótico en comparación con el fútbol o el ciclismo, el triunfo de Johann Mühlegg nos produjo primero la sensación inesperada de que, por fin, España también podía aparecer en las clasificaciones de una disciplina dominada históricamente por noruegos, rusos o finlandeses. Aunque fuera un español de adopción, su victoria la vivíamos como una pequeña ampliación del horizonte deportivo nacional, una prueba de que también desde el sur podía surgir un campeón en las nieves del norte. Para mí era importante, rodeado como estaba de gente orgullosa de sus ídolos nacionales. ¡Qué narices! A todos nos ilusionan nuestros ídolos nacionales. Todos nos quedamos con un trocito de la gloria del héroe de turno, se llame Fernadez Ochoa, Indurain o Alcaraz. ¿Es o no es? Y va el tío y nos deja tirados con la vergüenza de habernos apropiado de medallas que pertenecían a otros.

La noticia de la descalificación nos dejó un sabor particularmente amargo. No fue solo la pérdida de las medallas, que lo fue, sino también la impresión de que una ilusión recién nacida se deshacía casi en el mismo momento de formarse. Los que habíamos aprendido a distinguir las técnicas del clásico y del libre, sentimos algo parecido a una mezcla de vergüenza, decepción y resignación. Habíamos tenido unos días de orgullo discreto, porque “también nosotros estamos ahí” y, de repente, regresaba la vieja sensación de distancia respecto a las grandes potencias del deporte invernal. Pensándolo bien, no es el deporte, el que nos fascina, es el trapo. Sí, la bandera, ese trapo de colores tan reconocible, que parece que nos llama para agruparnos en un rebaño, en cualquier reducto de la Tierra.

Como hoy no tengo mucho que hacer, trataré de dar una relación histórica de nuestra pasión por las banderas. Permitid que me remonte a cierta antigüedad. Históricamente, los estandartes aparecen primero en contextos militares. En la Antigüedad y en la Edad Media, los ejércitos necesitaban signos visibles que permitieran reconocer a los propios en medio del combate. El estandarte romano, los pendones medievales o las insignias dinásticas cumplían esa función práctica, pero ya entonces adquirían un valor emocional, ya que perder la bandera era perder el honor del grupo. Sin embargo, estas banderas no representaban todavía a “la nación”, sino al rey, al linaje o al ejército.

La transformación se produce entre los siglos XVIII y XIX, cuando la idea moderna de nación comienza a imponerse. La Revolución francesa marca un momento decisivo, cuando la bandera tricolor se convirtió en el símbolo del pueblo soberano. Desde entonces, la bandera pasa a encarnar la voluntad colectiva, la idea de que millones de individuos, que no se conocen entre sí, forman una comunidad histórica y política común. El nacionalismo nace como reacción a este impulso francés, y necesitaba símbolos visibles porque la nación es, en gran medida, una comunidad imaginada, como dice Benedict Anderson[1], en el sentido de que no se basa en relaciones personales directas, y los símbolos ayudan a hacer tangible esa pertenencia.

Filosóficamente, la fuerza de la bandera se explica por su carácter simbólico. Un símbolo concentra significados múltiples en una forma sencilla y fácilmente reconocible. Cuando una persona se emociona al ver su bandera, en realidad no reacciona ante el objeto físico, sino ante lo que cree que representa, la historia compartida, los sacrificios colectivos, las victorias, las derrotas, la lengua, la memoria de los antepasados o incluso una cierta idea de futuro común. Por eso las banderas pueden despertar sentimientos intensos de orgullo, solidaridad, pero también, desgraciadamente, rechazo, porque funcionan como focos donde se proyecta la identidad colectiva.

La historia muestra que la relación entre nacionalismo y banderas es ambivalente. En algunos momentos han servido como símbolos de emancipación, por ejemplo, en los movimientos de independencia del siglo XIX o en los procesos de descolonización del siglo XX; en otros, han sido utilizadas y los siguen siendo como instrumentos de exclusión, cuando la nación se define de manera rígida y se convierte en criterio para separar a los “propios” de los “extraños”. De la misma forma, la bandera puede representar tanto la solidaridad política como el cierre identitario, dependiendo del proyecto histórico que la acompañe. Además, es un símbolo completamente subjetivo.

La bandera revela también un rasgo profundo de la vida humana, porque las comunidades políticas necesitan signos visibles que hagan perceptible lo invisible. La nación, como idea, no puede verse ni tocarse; la bandera, en cambio, ondea, ocupa el espacio público y convierte la pertenencia colectiva en algo que puede señalarse con el dedo. De ahí su extraordinaria persistencia histórica: mientras existan comunidades políticas que se conciban como naciones, seguirán existiendo banderas que aspiren a encarnar, en un rectángulo de colores, la compleja realidad de millones de vidas compartidas.

Me llamó profundamente la atención al llegar a Suecia la cantidad de banderas que ondeaban por todas partes. En las zonas de casas unifamiliares, alineadas con una regularidad casi geométrica, se levantaban centenares de mástiles, la mayoría de ellos de unos ocho metros de altura, y en cada uno aparecía la bandera desplegada en los días señalados, porque esa es otra característica que sorprende al recién llegado: quien dispone de mástil suele asumir también la obligación moral de utilizarlo, al menos en los días oficiales de izado de bandera, que suman cerca de una veintena a lo largo del año, desde el Año Nuevo hasta la Navidad, pasando por cumpleaños de miembros de la familia real, fiestas tradicionales como San Juan, el Día Nacional del 6 de junio, el Primero de Mayo, el Día Nobel o el Día de las Naciones Unidas. A esos días oficiales se añaden los privados, igualmente importantes en la vida cotidiana sueca: cumpleaños familiares, bodas, bautizos, confirmaciones, graduaciones, aniversarios significativos o la llegada a una nueva vivienda etc.

En todas esas ocasiones, la bandera se convierte en un signo visible de celebración doméstica, del mismo modo que en situaciones de duelo se iza a media asta como expresión pública de respeto. La bandera, en Suecia, no es solo un símbolo del Estado, sino un elemento cotidiano de la vida social, presente en jardines, colonias y patios familiares, que se integra con naturalidad en el ritmo de las estaciones y de la vida doméstica. Y tampoco se iza ni se arría de cualquier manera, pues existe toda una etiqueta tradicional, que regula su uso con una sobriedad característica: la bandera se eleva con rapidez hasta lo alto del mástil por la mañana, a las ocho en verano y las nueve en invierno, nunca debe tocar el suelo y ha de mantenerse limpia y en buen estado; al final del día se arría lentamente, antes de la puesta del sol, o como máximo hacia las nueve de la noche en verano, se pliega con cuidado y se guarda. En los días de luto se sigue un pequeño ritual adicional, primero izándola completamente y, a continuación, bajándola a media asta, y al retirarla por la tarde se eleva de nuevo un instante hasta la parte superior antes de arriarla definitivamente.

Son normas morales muy estrictas para los particulares, profundamente arraigadas que revelan una cultura cívica donde la bandera se trata con respeto tranquilo, sin estridencias ceremoniales, como parte natural de la vida colectiva. En nuestra ciudad jardín tenemos un responsable para la bandera y él es responsable de que se cumpla el rito. Esté donde esté, siempre se responsabilizará de que la bandera sea izada y arriada a su hora, es una cuestión de honor. Hace unos meses, un vecino de nuestra comunidad, se puso en contacto conmigo en mi función como presidente, para preguntarme por qué no habíamos izado la bandera a media asta, ante la muerte de uno de nuestros vecinos, algo que yo desconocía. Al saberlo, me apresuré a hacer que se izara, consciente de la importancia de este símbolo.

Aquí en Escania (Skåne), en el sur de Suecia, se puede ver en algunos lugares, sobre todo fuera de las grandes ciudades, una bandera roja con la cruz amarilla, la bandera de Skåneland, el antiguo territorio histórico que incluía Skåne, Halland y Blekinge y se utiliza con frecuencia como símbolo cultural e histórico de Escania. El que iza esa bandera, en lugar de la sueca, quiere comunicar que su identidad principal es la escaniana y no la sueca. Carl Bildt, primer ministro sueco en los noventa, escribió un libro cuyo título explica la identidad de alguien que bien podría izar una bandera escaniana: “Hallänning, svensk, europé” (de Halland, sueco, europeo) Es una forma de expresar identidades superpuestas: local, nacional y continental.

El uso cotidiano y social de la bandera que existe en Suecia, la presencia frecuente en viviendas privadas, los días oficiales de bandera y su empleo también en celebraciones familiares, aparece en algunos países con una cultura cívica similar. Noruega tiene una tradición prácticamente idéntica a la sueca: abundan los mástiles en viviendas particulares, existen días oficiales de bandera y es común izarla en cumpleaños, graduaciones, fiestas nacionales y celebraciones familiares. Finlandia, también posee numerosos días oficiales y recomendados de bandera, en los que tanto instituciones como particulares la izan voluntariamente; la tradición doméstica es muy visible, especialmente en casas con jardín. La bandera danesa, Dannebrog, se utiliza ampliamente en celebraciones privadas: cumpleaños, bodas, aniversarios, Navidad y fiestas familiares. Incluso se emplean pequeñas banderas en mesas de celebración, lo que también se hace en Suecia.

Fuera del mundo nórdico hay algunos países con usos parcialmente comparables, como Estados Unidos, donde existe una tradición relativamente extendida de colocar la bandera en viviendas particulares y en determinados días nacionales, como Independence Day, Memorial Day, Veterans Day, aunque su uso familiar cotidiano no es tan sistemático como en los países nórdicos. También en Suiza es habitual ver banderas nacionales y cantonales en casas privadas, especialmente durante fiestas nacionales y celebraciones locales, aunque la tradición doméstica diaria es menos constante que en Suecia o Noruega.

El uso de la bandera en España constituye un fenómeno complejo donde historia, política, identidad y memoria colectiva se entrelazan de manera mucho más intensa que en otros países europeos. Mientras en lugares como Suecia, Noruega o Estados Unidos la bandera funciona principalmente como símbolo cotidiano de pertenencia nacional, en España su significado ha estado condicionado por los conflictos históricos del siglo XIX y, sobre todo, por la Guerra Civil y la dictadura franquista. Porque, durante el franquismo, la bandera rojigualda fue apropiada por el régimen como uno de sus principales símbolos políticos, acompañada del escudo con el águila de San Juan. Esta identificación prolongada entre bandera estatal y régimen autoritario generó, tras la transición democrática, una relación ambivalente con el símbolo nacional: para una parte de la población la bandera representaba la continuidad histórica de España, mientras que para otra evocaba el pasado dictatorial. Aunque la Constitución de 1978 consolidó la bandera actual como símbolo democrático del Estado, la percepción social no se transformó de manera automática. Eso lo viví yo en persona durante la olimpiada de Barcelona.

La fuerte diversidad territorial y la existencia de nacionalismos regionales con símbolos propios muy arraigados, la senyera catalana, la ikurriña vasca, la bandera gallega, entre otras, en muchos contextos, adquirieron mayor presencia cotidiana que la bandera nacional. En Cataluña y Euskadi, la exhibición de la bandera española llegó incluso a interpretarse como una declaración política más que como un gesto cívico neutral, algo muy distinto de lo que ocurre en la mayoría de países europeos, posiblemente con la excepción de Gran Bretaña.

Desde comienzos del siglo XXI, y especialmente a partir de acontecimientos deportivos internacionales y de la creciente polarización política territorial, el uso de la bandera ha experimentado un cambio parcial. Grandes celebraciones deportivas, como las victorias en la Eurocopa o el Mundial de fútbol, mostraron una utilización más espontánea y festiva del símbolo nacional español, desvinculado temporalmente de significados ideológicos. Sin embargo, el debate político sobre la organización territorial del Estado, particularmente el conflicto catalán, volvió a cargar de nuevo de significados políticos su exhibición en determinados contextos. Cuando voy caminando por las calles de Barcelona, suelo mirar hacia arriba, hacia los balcones, para hacerme una idea de cómo está el barómetro independentista.

La bandera española es simultáneamente símbolo del Estado democrático, recuerdo de una historia conflictiva y, en algunos contextos, marcador de posiciones políticas, lo que explica la intensidad del debate que todavía suscita su presencia en balcones, instituciones o actos públicos. En este sentido, la evolución reciente muestra una lenta normalización: cada vez con mayor frecuencia la bandera aparece en eventos deportivos, celebraciones públicas o edificios oficiales sin la carga ideológica que tuvo durante décadas.

Aquí en Suecia, durante la pandemia de COVID, los ministros del gobierno sueco empezaron a lucir pins con la bandera sueca. Esta práctica ha servido para comunicar sus posturas y se ha incorporado a su vestimenta en las ruedas de prensa. Ahora es habitual que los ministros lleven siempre un pin con la bandera sueca en la solapa de la americana.

Que los políticos suecos lleven el pin con la bandera se debe a una combinación de factores nacionales e internacionales. En el ámbito interno, es una forma de reafirmar la identidad nacional en un país que enfrenta debates sobre inmigración, multiculturalismo y cohesión social; mostrar la bandera transmite unidad, cercanía a la ciudadanía y compromiso con los valores suecos, además de conectar con una tradición cívica en la que la bandera no es solo un símbolo estatal sino un referente social presente en la vida cotidiana, pero esto habría sido impensable, creo yo,  sin la irrupción de Sverigedemokraterna en la política sueca.

En el plano internacional, este gesto adquiere otra dimensión: proyecta firmeza y coherencia frente a los desafíos geopolíticos recientes, como la guerra en Ucrania, las tensiones en el Báltico y la adhesión a la OTAN, mientras que en medios globales pretende comunicar estabilidad y unidad, reforzando la reputación del país como seguro y confiable. Al mismo tiempo, colocarse el pin sitúa a Suecia en una dinámica similar a otros países europeos cuyos líderes recurren a símbolos patrios en momentos de crisis o relevancia internacional, mostrando orgullo nacional tratando de no caer en populismos extremos. Así, el pin es un gesto calculado que combina tradición, política y diplomacia visual, comunicando patriotismo y cercanía tanto al público sueco como a la audiencia mundial.

Hasta el día de hoy, en lo que llevamos de juegos en Cortina, Suecia ha logrado dos medallas en total: una de oro y una de plata. Esto sitúa al país en el medallero acumulado, junto a naciones como Francia y los Países Bajos con a esta altura del programa competitivo. España ha logrado un hito histórico en danza sobre hielo ya que las dos parejas españolas: Olivia Smart/Tim Dieck y Sofía Val/Asaf Kazimov, se han clasificado para la final del programa libre, algo muy significativo para el patinaje artístico español. Los nombres de nuestros participantes muestran como el contexto de las banderas está cambiando.


[1] https://ia601200.us.archive.org/25/items/benedict-anderson-imagined-communities/Benedict-Anderson-Imagined%20Communities.pdf