Estoy francamente cansado de abrir los periódicos y encontrarme a diario una cantidad de artículos y noticias sobre la hecatombe que se nos viene encima. Ya está bien, de amenazar con el lobo, digo yo, porque un discurso público dominado por el tono de crisis permanente puede generar dos efectos contraproducentes, la sensación de que todo está perdido, la llamada fatiga democrática o, si el deterioro parece inevitable, hasta desmovilización. ¿Para qué actuar? – dicen muchos. En jóvenes, además, ese mensaje repetido se transforma a menudo en cinismo temprano hacia la política y las instituciones.

También hay que entender por qué ocurre, claro. Los medios, especialmente en ecosistemas competitivos y digitales, tienden a enfatizar lo excepcional, lo conflictivo y lo alarmante porque capta atención. Eso no significa necesariamente que la situación global esté colapsando en la misma proporción en que se comunica, sino que la lógica informativa amplifica los riesgos y reduce la percepción de los avances lentos, que suelen ser menos visibles, pero que yo veo con claridad. En cifras comparables, en todos los parámetros, estamos ahora mejor que a principios de este siglo. Baste saber que vivimos de media siete años más hoy que en el 2000, 73 años contra los 68 de comienzos de siglo. Yo creo que los que falta es educación, pero con un matiz importante: no basta con educación entendida solo como transmisión de contenidos, sino como formación en capacidad de acción. Cuando las personas, especialmente los jóvenes, comprenden cómo funcionan las instituciones, cómo participar, cómo organizar iniciativas colectivas y cómo influir en decisiones públicas, la narrativa deja de ser “todo se pierde” y pasa a ser “existen herramientas para intervenir”.

Además, hay un punto psicológico relevante: las sociedades necesitan un equilibrio entre conciencia de los riesgos y confianza en la capacidad de mejorar las cosas. Si solo se habla de amenazas, aparece el derrotismo; si solo se habla de logros, aparece la complacencia. La educación puede actuar precisamente como ese espacio que introduce complejidad y muestra que los derechos y las libertades nunca están garantizados automáticamente, pero también que históricamente han avanzado gracias a la acción organizada de ciudadanos comunes, como tú y como yo.

En otras palabras, el mensaje más productivo no es “todo va a peor” ni “todo está bien”, sino mostrar que los avances democráticos siempre han sido frágiles, pero también han sido posibles porque la gente decidió sostenerlos. Y esa conciencia, que combina responsabilidad y posibilidad, es probablemente el tipo de aprendizaje cívico que más fortalece a una generación.

Desde la docencia no se puede “imponer” la adhesión a la democracia, ya lo sé por mí propia experiencia, pero sí se pueden formar hábitos intelectuales y cívicos que hagan más difícil el arraigo de posiciones autoritarias. La experiencia histórica muestra que la defensa de la democracia no nace tanto de discursos abstractos como de prácticas educativas concretas. De nuevo: las nuevas generaciones actúan como ven actuar a los mayores, no como estos digan que deben hacerlo.

En primer lugar, es fundamental enseñar pensamiento crítico real, no solo como consigna. Esto implica trabajar con fuentes contradictorias, sí contradictorias, muy importante mostrar todas las posiciones. Hay también que analizar propaganda histórica, estudiar cómo han surgido los regímenes autoritarios y mostrar los mecanismos mediante los cuales se erosionan las instituciones democráticas. Cuando los estudiantes comprenden cómo funcionan la manipulación informativa, la polarización o el uso político del miedo, adquieren herramientas para resistirlas, pero ojo, no todos van a pensar como nosotros, y eso es completamente lícito.

En segundo lugar, la escuela puede convertirse en un espacio de experiencia democrática cotidiana. La participación en consejos escolares, debates estructurados, simulaciones parlamentarias o procesos de deliberación en clase permite que los jóvenes vivan la democracia como práctica y no únicamente como teoría. La democracia se aprende también ejercitándola, pero no solo en teoría. Es importante que los estudiantes vean que su actividad democrática sirve para algo y que les sirve a ellos.

Un tercer elemento es la educación histórica comparada. Conocer las consecuencias concretas de las dictaduras del siglo XX, no como relatos moralizantes sino como procesos sociales reales que afectaron la vida cotidiana, ayudaría a comprender el valor práctico de las instituciones democráticas. Cuando la democracia se percibe solo como un ideal abstracto, resulta más fácil cuestionarla; cuando se conoce lo que ocurre cuando desaparece, su significado se vuelve más tangible.

También es importante reducir la distancia entre política y vida cotidiana. Muchos jóvenes desconfían de la democracia porque la identifican únicamente con partidos o élites. Mostrar cómo las decisiones públicas les afectan directamente a ellos por la educación, la vivienda, el trabajo o el medio ambiente,  para que entiendan que la democracia no es solo un sistema institucional, sino un conjunto de mecanismos que influyen en la vida diaria.

La docencia puede fomentar una cultura del desacuerdo respetuoso. Aprender a discutir sin deshumanizar al adversario, aceptar la pluralidad de opiniones y comprender que el conflicto político es inevitable pero regulable son aprendizajes esenciales para la estabilidad democrática. La democracia no requiere ciudadanos que piensen igual, sino ciudadanos capaces de convivir con quienes piensan distinto.

Por tanto, creo yo que la educación puede contribuir a revertir tendencias antidemocráticas creando generaciones que sepan analizar información, participar, discutir, comparar experiencias históricas y comprender que las instituciones democráticas, con todas sus imperfecciones, siguen siendo el sistema que mejor protege la libertad individual y la convivencia colectiva.

Se ha fallado, a mi entender, en haber reducido con frecuencia la educación cívica a contenidos formales y declarativos, centrados en memorizar instituciones, fechas constitucionales o estructuras administrativas, sin convertir la democracia en una experiencia vivida dentro del propio sistema educativo. Muchos estudiantes conocen el nombre de las instituciones, pero no han experimentado procesos reales de deliberación, responsabilidad colectiva o toma de decisiones compartidas.

También ha existido un fallo en la desconexión entre escuela y realidad social. Cuando la enseñanza de la política aparece desligada de los problemas cotidianos, como puede ser el empleo, la vivienda, la desigualdad, el medio ambiente etc., los jóvenes perciben la democracia como un sistema distante que no resuelve sus preocupaciones reales. Esta distancia favorece el desencanto y hace más atractivos los discursos simplificadores o antisistema.

Otro punto débil, repito porque es importante, ha sido la insuficiente formación que les hemos dado en análisis de información y cultura mediática. Las nuevas generaciones viven en entornos saturados de redes sociales, algoritmos y desinformación, pero la escuela ha tardado en incorporar de manera sistemática herramientas para analizar propaganda, sesgos informativos, manipulación emocional o construcción de narrativas políticas. Sin estas herramientas, el estudiante queda expuesto a influencias muy poderosas fuera del ámbito educativo.

Se ha fallado también en no cuidar suficientemente la experiencia de justicia dentro de la propia escuela. Cuando los jóvenes perciben arbitrariedad en normas escolares, escasa participación en decisiones que les afectan o desigualdades no corregidas, la credibilidad del discurso democrático se debilita, porque la institución educativa deja de funcionar como ejemplo práctico de aquello que pretende enseñar.

Lo que puede mejorarse pasa, en consecuencia, por varias líneas claras. Es necesario convertir la escuela en un espacio más participativo, donde existan órganos estudiantiles con funciones reales, debates reglados, proyectos colectivos de decisión y responsabilidad compartida. No se trata solo de enseñar la democracia, sino de practicarla cotidianamente.

Debe fortalecerse también la educación mediática crítica, incorporando de manera sistemática el análisis de información digital, la verificación de fuentes, la comprensión de los mecanismos de polarización y el estudio del funcionamiento de los algoritmos informativos que moldean la opinión pública contemporánea.

Asimismo, resulta esencial relacionar la enseñanza cívica con los problemas concretos de la sociedad, mostrando cómo las decisiones políticas influyen en cuestiones tangibles que afectan directamente a la vida de los jóvenes. Cuando comprenden esa conexión, la política deja de parecer un espectáculo lejano y pasa a percibirse como un ámbito donde sus intereses están en juego.

Finalmente, y veo que me estoy repitiendo, es fundamental recuperar el prestigio del conocimiento histórico comparado, mostrando cómo han evolucionado las democracias, cómo se han deteriorado en determinados momentos y qué consecuencias han tenido los sistemas autoritarios. La conciencia histórica por sí sola no garantiza la defensa de la democracia, pero reduce la ingenuidad con la que pueden aceptarse soluciones aparentemente simples a problemas complejos.

Para redondear, el desafío no consiste solo en transmitir valores democráticos, sino en crear condiciones educativas donde la democracia se experimente como práctica cotidiana, como conocimiento crítico y como herramienta eficaz para comprender y transformar la realidad social. Dejémonos de profecías apocalípticas y arremanguémonos ante la faena que tenemos delante.