Luce el sol con todo el resplandor que puede este 29 de diciembre y llena mi cocina de una luz extraña. El sol no ilumina del todo, simplemente, roza. Se mantiene cerca del horizonte como si no quisiera imponerse. No hay sombras largas y dramáticas, sino una claridad uniforme, fría, que lo iguala todo. Los colores se atenúan en una gama de grises pálidos, a veces con un leve tono rosado o dorado, como si alguien hubiese pasado un pincel con desgana.
Leo a Condorcet y desde las primeras líneas, rezuma el texto su momento crítico. Pertenece a un momento muy preciso de la historia intelectual europea, el instante en que la Ilustración cree haber encontrado una ley del devenir humano, una dirección. Desde la primera línea se percibe esa confianza en el ser humano, que nace dotado de facultades cognitivas que, al ejercerse en contacto con el mundo y con los otros, se desarrollan necesariamente. El progreso es casi una consecuencia natural.
Hay aquí una antropología optimista. El hombre no es bueno por naturaleza en sentido moral, es perfectible en sentido racional. Las sensaciones, la memoria, la comparación, la combinación de ideas y el uso de signos forman una cadena acumulativa. Nada se pierde. Todo se conserva y se reorganiza a un nivel superior. Esta es la matriz del pensamiento histórico moderno, la idea de que el tiempo sedimenta.
Condorcet escribe, no conviene olvidarlo, en condiciones extremas. El Esquisse es un texto póstumo, redactado mientras huye de la persecución política durante la Revolución francesa. Y, sin embargo, o quizá por eso mismo, no hay en él desencanto, sino una fe casi obstinada en la razón. La historia humana aparece como una marcha larga, irregular, pero orientada. Incluso los retrocesos se integran en el movimiento general. La violencia, la ignorancia o la tiranía son solo obstáculos transitorios.
Desde una perspectiva histórica más amplia, este texto fija uno de los polos fundamentales de nuestra manera occidental de pensar el tiempo, la historia como proceso lineal y escatológico, despojada ya de Dios, pero conservando su estructura. Donde antes estaba la Providencia, ahora está el Progreso. Donde antes el Juicio Final, ahora un horizonte indefinido de emancipación intelectual y moral.
Y, sin embargo, leído hoy, el texto produce una incomodidad inevitable. No porque sea ingenuo, sino porque conocemos demasiado bien lo que vino después. El siglo XIX llevó esta fe al extremo, el siglo XX mostró su reverso. La razón, lejos de garantizar por sí sola la mejora moral, demostró ser compatible con la dominación técnica, la guerra industrial y la destrucción sistemática.
Aquí aparece la tensión que quiere atravesar mi propio texto: entre una historia que avanza y una historia que repite. Condorcet piensa el tiempo como acumulación, Polibio lo piensa como ciclo; Nuria y yo introducimos la hélice, una figura intermedia que reconoce el retorno sin negar el desplazamiento. Quizá ahí esté la clave: no renunciar al aprendizaje histórico, pero tampoco confiar ciegamente en su automatismo.
El Esquisse sigue siendo un texto fundamental porque expresa con claridad una esperanza estructural de la modernidad, la idea de que comprender el mundo nos hará necesariamente mejores. Nuestra experiencia posterior nos obliga a matizarla, pero no a descartarla sin más. Entre el optimismo ilustrado y el fatalismo cíclico, seguimos buscando una posición habitable.
Condorcet creyó que la razón bastaba. Nosotros sabemos que no. Pero también sabemos que sin ella no hay nada. Y quizá esa conciencia, más sobria y menos segura de sí misma, sea ya una forma de progreso, si no histórico, al menos intelectual. Dice así Condorcet:
“El hombre nace con la facultad de recibir sensaciones, de percibir y distinguir, entre las que recibe, las sensaciones simples de las que están compuestas; de retenerlas, reconocerlas, combinarlas, conservarlas o evocarlas en su memoria; de compararlas entre sí, de captar en estas combinaciones lo que tienen en común y lo que las distingue; de asociar signos a todos estos objetos para reconocerlos mejor y facilitar nuevas combinaciones.
Esta facultad se desarrolla en él por la acción de las cosas exteriores, es decir, por la presencia de ciertas sensaciones compuestas, cuya constancia, ya sea en la identidad de su conjunto, ya sea en las leyes de sus cambios, es independiente de él.”
El que escribió esas líneas nació en una antigua familia nobiliaria del Delfinado. Ese origen no lo define, pero sí le concede tiempo, educación y acceso temprano al mundo de la abstracción. A los veintidós años, con su “Essai sur le calcul integral”, entró en la República de las Letras por la puerta estrecha de las matemáticas, ese territorio donde la razón todavía cree poder demostrarse a sí misma. La Academia de Ciencias lo acogió, Berlín lo premia, las academias europeas lo incorporan: es miembro de La Real Academia Sueca de las Ciencias (Kungliga Vetenskapsakademien) desde 1785, y La Sociedad Científica de Uppsala (Vetenskapssocieteten i Uppsala) a partir de 1788.
Pero el cálculo no basta. Hay en él, y esto lo separa de tantos otros ilustrados, una inquietud moral que no se deja domesticar por fórmulas. La matemática le da método; la injusticia le da dirección. De ahí el tránsito, casi inevitable, hacia la filosofía, la política, la escritura combativa. No escribe para brillar, sino para corregir. Contra los impuestos injustos, contra la superstición teológica, contra la servidumbre económica. En la Enciclopedia de Diderot y d´Alembert es un trabajador asiduo, en la causa americana, un aliado, en la lucha contra la esclavitud, una voz persistente.
Su matrimonio con Sophie de Grouchy es una alianza intelectual. Ella traduce a Adam Smith; él piensa la igualdad. Ambos creen que la razón no tiene sexo, y que la moral puede ser objeto de análisis sin perder humanidad. En ese hogar se ensaya, en pequeño, la sociedad ilustrada que la historia aún no ha concedido.
La Revolución de 1789 lo deslumbra, como posibilidad. Condorcet es un hombre instituciones, prensa, asambleas, constituciones. Redacta proclamas, preside sesiones, imagina una república fundada en derechos y educación. Pero su racionalismo no soporta el fervor sin freno. Cuando la Revolución se endurece, cuando el poder se absolutiza en nombre del pueblo, Condorcet queda fuera de lugar, por coherencia.
La caída de los girondinos lo arrastra. El pensador de la perfectibilidad humana es declarado enemigo de la República. Se esconde. Huye. Y es en esa huida, en la clandestinidad, donde escribe la Esquisse, como un acto último de fidelidad a la razón. Mientras la historia lo expulsa, él intenta comprenderla.
La idea central es simple: el ser humano es indefinidamente perfectible por acumulación de conocimiento y extensión de la libertad. El mal no es natural; es producido. Sacerdotes y monarcas aparecen como sistemas de bloqueo. La desigualdad es para Condorcet una construcción. La igualdad que espera es una igualdad de derechos; no supresión de diferencias, sino libertad compartida. Todos son iguales en la medida en que nadie domina.
Que este texto, escrito a las puertas de la muerte, respire confianza en el futuro es un desafío. Condorcet ha visto triunfar la violencia, pero se niega a concederle la última palabra. Su odio a la religión dogmática y a la monarquía nace de la convicción de que todo poder que se declare eterno es enemigo del pensamiento.
Lúcido y consecuente, atacó ya en 1781 una lastra que la revolución no supo erradicar: la esclavitud. Condorcet fundamenta la prohibición de la trata de esclavos en un razonamiento que es, a la vez, moral, político y racional, fiel a su confianza ilustrada en la perfectibilidad humana.
Condorcet publicó en Suiza, bajo el pseudónimo de M. Schwartz (“Señor Negro”), la primera denuncia sistemática de la esclavitud argumentada en los principios del derecho natural y los ideales de libertad y fraternidad humanas. La primera edición de estas “Reflexiones sobre la esclavitud de los negros”, no tuvo gran repercusión, pero su reedición en 1788 suscitó un importante debate y estuvo en el origen de la corriente que llevó a la abolición de la esclavitud por parte de la Convención revolucionaria en 1794.
“Queridos amigos. Aunque no tenga el mismo color que vosotros, siempre os he considerado como mis hermanos. La naturaleza os ha formado para tener la misma inteligencia, la misma razón y las mismas virtudes que los blancos. Sólo hablo aquí de los blancos de Europa, pues respecto a los de las colonias no os insultaré comparándoos con ellos; sé cuántas veces vuestra fidelidad, vuestra rectitud y vuestro valor han hecho avergonzarse a vuestros dueños. Si fuéramos a buscar a un hombre en las islas de América, no lo encontraríamos, desde luego, entre gente de piel blanca”.
Condorcet sostiene que la esclavitud contradice la naturaleza misma del ser humano, entendido como un ser dotado de razón y de derechos. Ninguna circunstancia histórica, económica o cultural puede legitimar que un hombre sea convertido en propiedad de otro. La trata no es un abuso accidental, sino un crimen estructural: reduce a personas a simples mercancías y, al hacerlo, destruye el principio universal de igualdad natural.
Condorcet rechaza además el argumento económico. Afirma que ninguna utilidad puede justificar una injusticia, y que un sistema basado en la violencia y la deshumanización no solo es inmoral, sino también ineficiente a largo plazo. La esclavitud corrompe tanto al esclavizado como al esclavista: uno es privado de su dignidad; el otro se acostumbra a mandar sin razón, a dominar sin límites, a vivir fuera de la moral civil.
Hay también un argumento político central: la esclavitud es incompatible con cualquier régimen que se pretenda libre. Un pueblo que tolera la trata niega en los hechos los derechos que proclama en los textos. Para Condorcet, no puede haber coherencia entre la defensa de la libertad, la igualdad ante la ley y la existencia de hombres encadenados por el color de su piel o su origen.
Finalmente, Condorcet sitúa la abolición de la trata en el marco más amplio del progreso histórico. La esclavitud pertenece a las etapas más oscuras del desarrollo humano, sostenidas por la ignorancia, la superstición y el interés de castas. Prohibir la trata no es solo reparar una injusticia presente, sino acelerar el movimiento de la historia hacia una humanidad más racional, más justa y verdaderamente universal. Así, la lucha contra la trata de esclavos es para Condorcet una exigencia lógica del proyecto ilustrado porque, sin libertad para todos, no hay progreso, solo una ilusión de civilización construida sobre la violencia.
Y es que la teoría y la práctica no siempre coinciden. La Declaración de Independencia de 1776 proclamaba que “todos los hombres son creados iguales y poseen derechos inalienables”, y la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789 afirmaba que “los hombres nacen y permanecen libres e iguales en derechos”. Palabras de un brillo moral deslumbrante, pero palabras que, en la práctica, no alcanzaron a los esclavos. En las colonias americanas, la economía del Sur dependía del trabajo forzado en plantaciones de tabaco, algodón y azúcar. Los líderes, conscientes de que un ataque frontal contra la esclavitud habría fracturado la unidad frente a Gran Bretaña, optaron por el silencio: la igualdad se proclamaba, pero solo para los hombres libres, blancos y propietarios. En Francia, la situación era similar: las colonias esclavistas, como Saint-Domingue, sostenían economías enteras, y los revolucionarios temían perder aliados poderosos si abolían la esclavitud de inmediato. La Declaración francesa consagró derechos universales solo para los ciudadanos metropolitanos; los esclavos permanecieron fuera de la mirada de la razón ilustrada, al menos hasta años después, y aun entonces de manera precaria.
Estos ejemplos muestran con crudeza la tensión entre ideal y contingencia. La palabra “igualdad” podía brillar en los papeles, pero se estrellaba contra intereses económicos, presiones políticas y concepciones limitadas de la ciudadanía. La historia obliga a leer estos textos con admiración por su audacia intelectual, pero también con incomodidad: los principios universales chocan con la realidad social, y la igualdad puede convertirse en una promesa incumplida. Condorcet lo comprendía: por eso no se conformó con proclamas que dejaran esclavos atrás. Su insistencia en la abolición de la trata no es solo un gesto moral, sino una exigencia racional. La libertad de todos, entendida como un derecho universal, es para él la condición misma de cualquier progreso real; sin ella, la civilización no avanza, solo finge avanzar. Por esas cosas raras de la vida, Condorcet murió a pocas semanas de proclamarse la libertad de los esclavos, perseguido por aquellos que al fin, habían seguido su consejo.
Así, mientras el sol de diciembre roza la cocina con una claridad fría y uniforme, uno puede ver la historia de la libertad: a veces brillante, a veces parcial, siempre en construcción. Condorcet escribe desde esa luz intermitente, donde la razón y la moral se buscan en el borde de lo posible, recordándonos que la emancipación es un camino que hay que abrir paso a paso. Recomiendo la lectura de los textos de Condorcet[1]. Hasta mañana.
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