Es inquietante observar cómo la Immigration and Customs Enforcement (ICE) opera en Estados Unidos, con redadas en centros de trabajo, detenciones administrativas prolongadas, deportaciones sumarias y un clima de miedo que no distingue entre delincuente y trabajador, entre amenaza real y supervivencia económica. Todo ello sucede mientras el gobierno de España avanza en la dirección opuesta, al discutir la posibilidad de regularizar a cientos de miles de inmigrantes “sin papeles”. La coincidencia no es menor: revela que la cuestión migratoria no es un problema homogéneo ni unívoco, sino un campo donde cada sociedad decide qué clase de humanidad quiere construir.
La inmigración es un fenómeno global y persistente, no una emergencia episódica. Las personas no migran por capricho, sino por necesidad, guerras, pobreza, persecución, cambio climático, colapso institucional o simplemente la absoluta falta de horizontes. Desde el punto de vista histórico, migrar ha sido una constante de la experiencia humana. Lo excepcional es el momento moderno, en el que hemos encerrado a los seres humanos dentro de marcos nacionales rígidos, otorgando a algunos el privilegio de moverse y a otros la condena de quedarse. No es casual que en este esquema el pasaporte sea, en la práctica, la última gran lotería del mundo.
La respuesta estatal frente a este fenómeno oscila normalmente entre dos polos: el del control y el de la integración. Estados Unidos, el país que se formó por inmigrantes, ha insistido en el primero, desplegando un aparato migratorio que combina lógica policial con indiferencia institucional. Lo importante es expulsar, disuadir, intimidar o invisibilizar. España, en cambio, país de emigrantes, intenta ahora con el segundo polo, al considerar que, si la economía necesita a esos trabajadores, y la sociedad ya convive con ellos, lo inteligente es regularizar su existencia y reconocerlos como sujetos de derechos. No es romanticismo, sino pura economía, demografía y racionalidad: Europa envejece y se vacía; África, América Latina y El Oriente Medio, crecen y migran. La frontera más que un muro, es un espejo demográfico que anuncia el futuro.
Abordar la inmigración con inteligencia implica aceptar que no hay soluciones mágicas ni discursos fáciles. Ni la apertura absoluta ni el cierre hermético han funcionado en la historia. Lo que sí funciona es una combinación de realismo y humanidad y reconocer a los inmigrantes como agentes económicos, como sujetos culturales y como personas. Humanidad sin realismo es ingenuidad; realismo sin humanidad es crueldad burocrática. Lo de ICE pertenece a este segundo extremo, porque es una máquina que actúa como si la dignidad fuera un lujo reservado para algunos y el Estado un cruel cazador.
La regularización española abre una vía distinta. No eliminará los conflictos ni los miedos, pero, creo yo, puede hacerlos gestionables. El inmigrante irregular es un fantasma jurídico que trabaja, pero no existe, contribuye, pero no tiene voz, paga impuestos indirectos, pero no puede reclamar derechos. Regularizar es convertir un problema clandestino en un fenómeno social visible, y lo visible puede ser gobernado. Lo invisible, solo reprimido, como tratan de hacer en los Estados Unidos.
La inmigración será uno de los grandes desafíos morales y políticos del siglo XXI. Lo será porque pone en tensión principios fundamentales como son la soberanía del Estado frente a la universalidad de los derechos humanos, el temor a perder identidad frente a la necesidad de rejuvenecer sociedades agotadas, la solidaridad frente al egoísmo, el corto plazo electoral frente al largo plazo civilizatorio. Una democracia se mide, en buena parte, por cómo trata a quienes no votan, no tienen pasaporte y no cuentan para las estadísticas del éxito nacional.
Por todo ello, la inmigración no es un asunto de compasión, sino de proyecto. ¿Qué tipo de sociedad queremos? ¿Una fortaleza que administra el miedo o una comunidad que administra la convivencia? Entre esas dos opciones se decidirá el futuro político del siglo que recién empieza. Y, cabe preguntarse: ¿Cómo sería un mundo sin fronteras?
Imaginar un mundo sin fronteras es pensar en una humanidad que aún no ha existido. Es cierto, que fronteras físicas y pasaportes es algo relativamente nuevo. Antes del siglo XX, viajar entre territorios, reinos o imperios no requería papeles especiales, salvo en circunstancias muy concretas. Había aduanas y peajes, sí, pero no existía la idea de que un Estado pudiera prohibirle a un individuo cruzar una frontera por no “pertenecer” a ese territorio.
Las migraciones eran constantes: campesinos, artesanos, mercenarios, comerciantes, peregrinos, estudiantes, mendigos, religiosos, aventureros. Las ciudades europeas del siglo XII o del XVI se llenaban de extranjeros de todo tipo y nadie se planteaba que hubiera que encerrarlos en categorías legales de “regular” o “irregular”. El cierre global de fronteras que hoy nos parece natural es, en realidad, reciente y accidental. Se impuso entre 1914 y 1945, coincidiendo con guerras mundiales, nacionalismos militarizados, crisis económicas y auge del racismo pseudocientífico. Antes de 1914, un judío ruso podía embarcar en Odesa y desembarcar en Estados Unidos sin necesidad de visado. Después de 1924, las leyes estadounidenses establecieron cuotas y filtros raciales que impedirían la entrada precisamente a quienes más necesitaban huir. Aquí surge otra figura moderna: el “refugiado”, un ser humano expulsado de su país, pero no plenamente aceptado en ninguno. Antes de ese periodo no existía la noción jurídica de un ser humano que pudiera estar de facto prohibido del mundo entero. Todo esto no implica que las fronteras no sean necesarias.
Las fronteras no son sólo líneas en los mapas. Funcionan como mecanismos de organización política, económica y cultural. Son la forma que ha encontrado el mundo moderno para recaudar impuestos, distribuir servicios, impartir justicia, administrar recursos y gestionar conflictos. Quitar las fronteras implicaría decidir de forma diferente quién gobierna, quién legisla, quién protege, quién paga y quién reparte. Un mundo sin fronteras podría adoptar a mi entender dos caminos extremos: o bien un Estado mundial con instituciones únicas encargadas de ordenar la economía, la seguridad y la justicia para todos, o bien un mosaico de comunidades autónomas, ciudades y regiones que cooperan libremente sin necesidad de un poder central. El primer escenario aportaría coordinación y capacidad de decisión global, pero arrastraría el peligro de una concentración absoluta del poder; el segundo ofrecería libertad y diversidad, pero arriesgaría desigualdades enormes y posibles conflictos por recursos, territorio, comercio o formas de vida.
Tampoco se puede ignorar que el mapa actual del mundo está atravesado por desigualdades gigantescas. Las fronteras funcionan, entre otras cosas, como diques que contienen la presión migratoria que generan esas diferencias. Si desaparecieran de golpe, millones de personas se moverían hacia regiones más prósperas, y los países ricos no podrían evitar tensiones internas de carácter económico, culturales y laborales. Para que un mundo sin fronteras fuera estable, habría antes que alcanzar una cierta convergencia económica, educativa y sanitaria, y desarrollar una ética cosmopolita que todavía no ha cuajado. A falta de eso, el resultado sería más caótico que liberador.
En cuanto a la guerra, un mundo sin fronteras eliminaría las guerras territoriales entre Estados, pero no la violencia en general. Podrían surgir conflictos por distribución de recursos, por religión, por ideología, por tecnología o por identidad cultural. La violencia no es una consecuencia de los mapas, sino de los seres humanos que los dibujan.
Por eso, un mundo sin fronteras podría ser utopía o distopía según el camino que lo preceda. Si se suprimieran sin haber transformado previamente las instituciones, la economía y las mentalidades, se abriría un escenario inestable. Si se suprimieran después de ese trabajo, podría nacer una ciudadanía verdaderamente global, donde la comunidad política no esté definida por la etnia, la lengua ni el nacimiento, sino por la pertenencia humana. Es decir, la abolición de las fronteras no sería un punto de partida, sino la etapa final de un largo proceso civilizatorio.
Mientras tanto, Silvia Orriols, Jimmie Åkesson y Santiago Abascal representan una familia política que se alimenta del miedo identitario en un mundo que cambia demasiado rápido. Su discurso se basa en la idea de que existe un “pueblo” auténtico que está siendo amenazado por fuerzas externas , la inmigración, el multiculturalismo, Bruselas, el globalismo o simplemente la pérdida de control, y que la misión de la política es proteger esa identidad en peligro. Prometen seguridad, orden y fronteras fuertes en tiempos de incertidumbre económica y cultural, y lo hacen simplificando problemas complejos en soluciones aparentemente claras. Lo interesante es que, aunque hablan lenguajes nacionales diferentes, usan la misma arquitectura emocional: un “nosotros” homogéneo frente a un “ellos” desestabilizador. No buscan tanto transformar la sociedad hacia el futuro como conservar una versión idealizada del pasado, y en ese sentido son movimientos defensivos, no imaginativos. Lo paradójico es que, en sociedades envejecidas que necesitan inmigración para sostener el mercado laboral y el Estado social, sus propuestas chocan con la realidad demográfica. Pero en la política del miedo, la coherencia fáctica importa menos que la capacidad de generar pertenencia. Esa es la verdadera clave de su éxito. Seguiremos hablando de fronteras, de legales e ilegales, de “nosotros” y “ellos” y se irá formando una internacional del nacionalismo rancio y la xenofobia ¡Qué paradoja!

“Altamente establecido y solemnemente ordenado, se hace constar que el suscrito y otros maestros del honorable oficio del zapatero de la ciudad imperial y del Sacro Imperio Romano de Augsburgo, certificamos por la presente que el actual asociado llamado Josef Daniel Amber de Augsburgo, de edad 30 años y de estatura alta, con cabello rubio, ha trabajado con nosotros aquí durante un año, desempeñándose de manera alegre, diligente, tranquila, pacífica y honesta, como corresponde a todo aprendiz de oficio.
Lo cual atestiguamos y, por lo tanto, deseamos recomendar a todos nuestros maestros de oficio para su uso según las normas del oficio.
Augsburgo, el 12 de febrero de 1773
Firmas de los maestros y sellos:
Firmado por los maestros jurados:
- Konrad Kaspar Mühle
- [Nombre ilegible]
- Josef Mathias Zinggeller
- [Nombre ilegible]
Testigo de que el maestro mencionado ha trabajado en este oficio:
Konrad Kaspar Mühle
Guild Papers for the Apprentice Johann Daniel Weber (1773), published in: German History Intersections, <https://germanhistory-intersections.org/en/migration/ghis:image-172> [January 28, 2026].
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