Este frío domingo lo es por ser enero y por acercarse la fecha, para mí personalmente importante, de la conmemoración, el recuerdo, podríamos decir, el eterno funeral, de las victimas del Holocausto. Mientras camino pienso en el mundo que viene, el incierto futuro que mis nietos y los nietos de sus nietos vivirán. Parece que es algo muy humano el imaginarse como podrá ser el futuro, porque damos por seguro que vendrá una continuación de todo lo que conocemos. Es difícil pensar que no habrá nada después de nosotros. Y, absorto en estos pensamientos, trato de recordar algunas representaciones de como en tiempos pasados, se ha querido imaginar el futuro.
Desde la Antigüedad, parece como si la humanidad hubiera tratado de proyectarse hacia adelante, a mirar hacía el porvenir aunque, durante siglos el futuro fue territorio casi exclusivamente religioso o profético. En los poemas mesopotámicos y en los textos oraculares griegos, el futuro aparece como destino, no como proyecto, y en la concepción bíblico–cristiana, en Daniel y el Apocalipsis, como transformación escatológica del mundo. Nadie imaginaba entonces sistemas sociales alternativos, sino el fin de los tiempos. La ciencia ficción, según la conocemos, aún no existía como tal.
El primer intento importante de aventurarse a un futuro, desde un análisis del presente ocurre en nuestra cultura, que yo sepa, con Tommaso Campanella y Francis Bacon en el siglo XVII, quienes ya no hablan de la Parusía, con la segunda llegada de Cristo, sino de la mejora técnica de la sociedad. La Ciudad del Sol (1602)[1] la Nueva Atlántida (1627)[2] son proto-utopías científicas. El futuro dejaba de ser un juicio divino y empezaba a ser un experimento humano. De ahí se abre un camino hacia el racionalismo ilustrado, que por primera vez asume que el porvenir puede ser mejor que el presente. Voltaire, en Micromegas (1752)[3], introduce elementos espaciales y especulativos; Swift, antes, en Gulliver (1726)[4], había satirizado sistemas sociales imaginarios, que no son exactamente futuros, pero sí mundos pensados.
La Revolución Industrial lo cambió todo y el futuro pasó verdaderamente, de ser teológico a ser tecnológico. A inicios del siglo XIX Mary Shelley publicó Frankenstein (1818)[5], la primera gran novela donde la técnica crea un problema moral y ontológico. Hacia mediados del siglo XIX, con el ferrocarril, el telégrafo y la mecanización, aparece la idea de que el futuro será esencialmente diferente del presente. Edward Bellamy escribe Looking Backward (1888)[6], donde un hombre del siglo XIX despierta en el año 2000 en una sociedad tecnificada socialista, la primera ficción de futuro sistemático con un horizonte temporal datado a lo que William Morris respondió con News from Nowhere (1890)[7] proponiendo una utopía pastoral antiindustrial, mostrando que la batalla por el futuro ya era también ideológica.
A comienzos del siglo XX llega la gran profesionalización del futurismo literario con Jules Verne y H.G. Wells. Verne imagina avances técnicos plausibles (De la Tierra a la Luna[8], Veinte mil leguas de viaje submarino)[9], mientras Wells introduce lo filosófico y evolutivo: en La máquina del tiempo (1895)[10] el futuro está dividido en Eloi y Morlocks; en Cuando el durmiente despierte (1899)[11] surge la megaciudad futurista neoliberal antes de que existan tales conceptos. También Wells sitúa las primeras guerras tecnológicas proyectadas hacia adelante (La guerra de los mundos, 1898)[12], inaugurando la lógica de la anticipación como advertencia.
Mientras tanto, fuera del mundo anglosajón, Yevgueni Zamiatin publica Nosotros (1921)[13], la primera gran distopía totalitaria moderna, antecedente directo de Orwell y Huxley. En Alemania, Thea von Harbou escribe la novela Metropolis (1925)[14], imaginando ciudades estratificadas, trabajadores mecanizados y élites tecnocráticas, que su pareja Fritz Lang, llevó al cine en 1927, inaugurando la imaginería del futuro urbano moderno. Es la primera vez que el futuro adquiere una estética industrial monumental que aún hoy persiste en nuestro imaginario.
Después de la Primera Guerra Mundial, la imaginación del futuro oscila entre utopía tecnológica y temor al totalitarismo. En 1932 Huxley publica Un mundo feliz[15], y en 1949 la respuesta la da Orwell con 1984[16]; las distopías se consolidan como género central del siglo XX. Aquí debemos contar con la sueca Karin Boye y su Kallocaína (1940)[17], tras su experiencia en la Alemania nazi. Pasada la Segunda Guerra Mundial, con la bomba atómica, el futuro se convierte en un problema de subsistencia. Arthur C. Clarke y Isaac Asimov introducen futuros sistemáticos gobernados por leyes de la ciencia, robots y agencias espaciales, y el sueco Harry Martinsson, con su Aniara (1956)[18] sitúa su distopía en un futuro en el que la humanidad abandona una Tierra devastada para colonizar Marte. Stanislaw Lem complejiza filosóficamente la comunicación con lo radicalmente otro, especialmente en Solaris (1961)[19].
El cine, por su parte, se convierte en el gran laboratorio visual. Tras Metropolis y Things to Come (1936), surge el cine nuclear y paranoide de los años 1950 (The Day the Earth Stood Still, 1951). En 1968 Kubrick estrena 2001: A Space Odyssey, que reescala el futuro al cosmos, convirtiéndolo en drama metafísico. Un año después, Planet of the Apes (1968) invierte el tiempo: el futuro es nuestro pasado degradado.
Los años 1980 traen el ciberpunk, donde la tecnología no salva sino que corroe. William Gibson publica Neuromancer (1984), mientras Ridley Scott estrena Blade Runner (1982). A partir de ahí, el futuro se vuelve urbano, húmedo, oscuro y corporativo. En paralelo, surge la distopía ecológica y posapocalíptica: Mad Max (1979), más tarde La carretera de McCarthy (2006). En los 1990 y 2000, el futuro se pliega hacia lo cotidiano: vigilancia digital, biopolítica y genética (Gattaca, 1997; Minority Report, 2002). La ciencia ficción deja de hablar del siglo XXIII y comienza a hablar de dentro de quince años.
En el siglo XXI, especialmente desde 2010, el futuro se multiplica: ya no hay una línea temporal sino escenarios divergentes. El multiverso aparece como síntoma cultural (en literatura con Ted Chiang[20]; en cine con Everything Everywhere All at Once, 2022). Surgen futuros íntimos (Her, 2013), futuros corporativos (Black Mirror, 2011–) y futuros climáticos. La ficción deja de preguntar “¿qué máquinas habrá?” y comienza a preguntar “¿qué tipo de humanidad quedará?”. En 2026, el año en que se sitúa Metrópolis, el cine y la literatura exhiben una ansiedad doble: primero, que el futuro ya llegó (IA, biotecnología, crisis climática), y segundo, que quizá no tengamos un gran futuro unificado, sino fragmentos, prototipos, simulaciones y escenarios de contingencia.
Y ahora, quiero escribir algo sobre una mujer que me fascina por su personalidad es la autora de la novela-guion que subió a las pantallas como la película de culto Metrópolis. Thea von Harbou pareja del director Fritz Lang, es fascinante porque encarna varias tensiones de la Europa del siglo XX en una sola figura. Ella, como mujer nacida en 1888, representa modernidad y tradición, emancipación y obediencia, vanguardia artística y sometimiento político. Ella posee una biografía llena de capas, contradicciones y dilemas morales que la hacen imposible de resumir en fórmulas simples.
Para empezar, fue una mujer que triunfó en un mundo dominado por hombres. Novelista, guionista y directora, trabajó en la cúspide del cine alemán durante la República de Weimar, en paralelo a gigantes como Fritz Lang, que fue su pareja durante muchos años, Murnau o Pabst. No fue solo la esposa de Fritz Lang, sino la creadora de universos narrativos poderosos: Metropolis, M – Eine Stadt sucht einen Mörder (Una ciudad busca un asesino), Der Tiger von Eschnapur (El tigre de Eschnapur), entre otros. Ella entendió intuitivamente el nuevo medio cinematográfico, cómo combinar literatura, política y espectáculo en un lenguaje que todavía estaba naciendo, de una forma que muchos hombres de su generación no lo consiguieron.
Lo más inquietante de su figura es el cruce entre talento y adhesión ideológica. Mientras Fritz Lang huyo de Alemania tras la llegada del nazismo, ella decidió quedarse y colaborar con el régimen, por pura convicción. Von Harbou creía en un proyecto de orden, disciplina, cohesión nacional y destino colectivo que ella veía compatible con su estética y su sentido de lo heroico. Su elección la convirtió en un personaje a la vez incómodo y profundo: alguien que defendió ideas autoritarias mientras creaba mundos visionarios y sensibles. No es la villana caricaturesca, sino la intelectual que se equivocó gravemente de lado en la historia, y por razones que merecen entenderse, no excusarse.
Al mismo tiempo, hay una dimensión romántica en su personalidad, porque le atraían la grandeza, el sacrificio, la monumentalidad, la épica de masas y el mito. Era espiritual sin ser religiosa, nacionalista sin ser necesariamente cruel, de hecho, salvó a mucha gente de los campos de concentración, disciplinada sin resignarse a la mediocridad cotidiana. Es difícil no ver en eso la semilla estética que luego nutriría algunos elementos del fascismo europeo, como la exaltación de la verticalidad, la idea de armonía orgánica entre individuo y comunidad, la estética de la máquina como símbolo de destino histórico, la pureza del propósito colectivo. En ese sentido, Thea von Harbou es un espejo de su época y, por tanto, aunque no lo parezca, también de la nuestra.
Resulta fascinante su relación con el poder. No quiso ser mártir ni exiliada ni crítica externa, quiso ser parte de la maquinaria cultural y política alemana. Y lo fue. Tras la guerra, esa elección la persiguió y fue investigada, depurada, marginada y relegada a escribir traducciones para subsistir. Su caída demuestra una vez más que la historia no perdona.
Thea von Harbou puede decirse que fue a la vez el síntoma y la encarnación de una Europa que soñaba con la grandeza y terminó fabricando catástrofes. Y por eso mismo, estudiarla como persona es imprescindible para comprender cómo puede unirse lo sublime estético con lo peligroso político, un fenómeno que, dicho sea de paso, no ha desaparecido del todo.
Aunque Metrópolis fue filmada en 1927 y se sitúa en el año 2026, resulta sorprendentemente actual. La película imagina un mundo donde la tecnología no libera a los seres humanos, sino que los subordina, algo que hoy reconocemos en debates contemporáneos sobre automatización, inteligencia artificial, robotización del trabajo y sistemas algorítmicos que vigilan y organizan los ritmos laborales. El temor fundacional de la modernidad, que la máquina sustituya a la acción humana, reaparece ahora en clave digital, pero con el mismo trasfondo de pérdida de control. También es vigente la metáfora social de la ciudad partida, segregada. En la película, la élite disfruta de jardines elevados mientras los obreros sobreviven en el subsuelo. Hoy lo vemos en forma de desigualdad económica, segregación urbana, diferencias de acceso a vivienda, educación y salud, y la coexistencia de “ciudades inteligentes” para los privilegiados frente a “ciudades contenedores” para quienes solo pueden administrar su precariedad.
Otro elemento llamativo en el que coinciden la ficción de futuro y la realidad de nuestros días, es la cuestión de la manipulación. En Metropolis, la falsa María actúa como dispositivo de control político, incitando a las masas, sembrando confusión y movilizándolas hacia fines ajenos a su bienestar. Hoy el equivalente no es un robot humanoide, sino las tecnologías de la información, la desinformación, la propaganda digital, deepfakes, bots, microsegmentación electoral y todo un ecosistema comunicativo capaz de alterar el comportamiento colectivo sin necesidad de intermediación física. La película imaginaba máquinas que confundían, mientras nosotros fabricamos algoritmos que gobiernan la atención.

Incluso la estética futurista del film con rascacielos, autopistas elevadas, multitudes sometidas a la velocidad mecánica, ha encontrado su correlato material en ciudades como Shanghái, Dubái, Singapur o Tokio. Si Fritz Lang paseara por ciertos barrios financieros reconocería inmediatamente el paisaje que imaginó hace cien años. Lo que no se cumplió fue el final optimista. La película concluye con la idea de que el “mediador entre la cabeza y las manos debe ser el corazón”, una fórmula conciliatoria entre capital y trabajo que la historia real jamás realizó. En lugar de armonía social, el siglo XX tardío y el XXI eligen competencia global, neoliberalismo, crisis ecológica, precarización y tensiones geopolíticas crecientes.
Thea von Harbou supo identificar con lucidez las ansiedades estructurales de la sociedad industrial, la subordinación humana ante sistemas demasiado grandes para los humanos, la ruptura entre élites y masas, la fascinación técnica y la fragilidad del pacto social. Por eso esa película no envejece. No es una película sobre máquinas, sino sobre personas atrapadas en mecanismos que ellas mismas construyen y que luego no saben gobernar. Y esa sensación, en nuestro 2026, es más reconocible que nunca, creo yo. En la foto posamos la falsa María y yo, en una exposición, “Tiempos inciertos. Alemania entre guerras” que ofrecía una visión transversal de este riquísimo periodo, en el que vivieron y destacaron figuras como Thomas Mann, Käthe Kollwitz, Otto Dix o Jeanne Mammen, y claro está, Fritz Lang y Elsa von Harbou.
[1] https://archive.org/details/campanella-tommaso-la-ciudad-del-sol-o-civitas-solis/mode/2up
[2] https://archive.org/details/bacon-francis.-la-nueva-atlantida-1627-2016/page/n3/mode/2up
[3] https://archive.org/details/micromegasothers0000volt_j7g6/page/n5/mode/2up
[4] https://archive.org/details/losviajesdegulli0000swif_x5y4
[5] https://archive.org/details/shelley-1888-frankenstein/page/n11/mode/2up
[6] https://archive.org/details/lookingbackward01bellgoog/page/n5/mode/2up
[7] https://archive.org/details/newsfromnowhere01morr/page/4/mode/2up
[8] https://archive.org/details/de_la_tierra_a_la_luna/page/n5/mode/2up
[9] https://drive.google.com/file/d/0B-q2noZlu0C3dE1zOE1lNkZQclE/view?resourcekey=0-tz_DXq1GOm-S-jrbAYv7bg
[10] https://archive.org/details/la-maquina-del-tiempo-h.-g.-wells/page/12/mode/2up
[11] https://archive.org/details/cuandodespierte_2202_librivox
[12] https://www.bne.es/es/Micrositios/Guias/NovelaCienciaFiccion/obras_destacadas/guerra_mundos.html
[13] https://archive.org/details/Nosotros/page/n13/mode/2up
[14] https://archive.org/details/metropolisroman0000harb/page/n7/mode/2up en alemán
[15] https://archive.org/details/un-mundo-feliz-huxley-aldous/page/14/mode/2up
[16] https://archive.org/details/1984-george-orwell-espanol/page/n3/mode/2up
[17] https://archive.org/details/arkivkopia.se-littbank-BoyeK_Kallocain
[18] https://archive.org/details/aniara/page/n13/mode/2up
[19] https://archive.org/details/B-001-001-236/page/n9/mode/2up
[20] https://archive.org/details/arrival0000chia/page/n5/mode/2up
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