Sigue el otoño avanzando imparable tras los cristales. Yo también sigo con mi enumeración de las mujeres que han contribuido en la historia al avance de las ciencias y las letras. Ayer quedé un poco desolado al no poder encontrar apenas los escritos de muchas mujeres que se han presentado como ejemplos. Lo de La Latina fue lo peor, porque buscando las fuentes, se fue evaporando, entre fuentes secundarias y obras literarias. Al fin, ni profesora, ni maestra de cuatro reinas, ni nada. Ateniéndome a los datos ofrecidos por Thérèse Oettel y Ana Carabias, las afirmaciones de que tanto Beatríz Galindo como Luisa de Medrano hubieran tenido algo que ver con la universidad, no tienen fundamento, pues no han dejado huella en las matrículas. Sus nombres no aparecen por ninguna parte.
Repuesto ya de esta decepción, de no encontrar fuentes de primera instancia de estas dos mujeres, que sigo pensando se debe a la poca atención que se les ha dispensado, me pongo a buscar más ejemplos, en España y en el mundo. A ver que encuentro.
Pues sí, encuentro rápidamente en Gran Bretaña algo que yo hubiera querido encontrar en España, una relación de mujeres ilustres escrita en 1752, “Memoirs of several ladies of Great Britain, who have been celebrated for their writings or skill in the learned languages, arts and sciences”(Memorias de varias damas de Gran Bretaña, que han sido célebres por sus escritos o por su habilidad en las lenguas eruditas, las artes y las ciencias.). Justo lo que yo necesitaba.
Gracias a esta relación, la historia intelectual británica conserva los nombres de mujeres cuya labor desafió los límites de su época. Juliana Berners, monja benedictina del siglo XIV, ya mostraba una sorprendente erudición al compilar The Book of St. Albans, un tratado sobre caza, heráldica y pesca que se convirtió en un referente de su tiempo. En el siglo XVI, la educación humanista permitió que figuras como Margaret Roper, hija de Sir Thomas More, destacase como traductora y defensora de los ideales renacentistas.Margaret More Roper (1505–1544) fue, a la edad de diecinueve años, la primera mujer escritora de la Inglaterra Tudor en la era moderna temprana y la primera mujer no perteneciente a la realeza en publicar un libro en lengua inglesa. Como hija mayor de Sir Thomas More, Roper recibió una educación avanzada en latín y griego, prácticamente sin precedentes para una mujer. Además de alcanzar una reputación internacional por su destacada erudición, Roper fue confidente de More durante su encarcelamiento. Su correspondencia de este período ofrece una valiosa perspectiva sobre un momento clave de la historia inglesa. La turbulenta vida de Lady Jane Grey, que fue reina por apenas nueve días, se cruzó con la de Catherine Parr, sexta esposa de Enrique VIII, quien no solo sobrevivió a la corte sino que escribió y promovió la educación femenina.
Elizabeth I, reina de Inglaterra, no solo gobernó un reino, sino que se convirtió en emblema del Renacimiento inglés, mientras que Lady Anne Bacon, madre del célebre Francis Bacon, cultivó una mente refinada y curiosa. Mary Sidney Herbert y su sobrina Lady Mary Wroth continuaron esta tradición, escribiendo poesía y traducciones que reflejaban la riqueza intelectual de su linaje. En el siglo XVII, Katherine Philips, conocida como “La Orinda”, y su amiga Mary Aubrey, tejieron redes de correspondencia literaria que mostraban la capacidad creativa de la mujer frente a los límites sociales impuestos. Lady Chudleigh se sumó a esta corriente con sus poemas y reflexiones sobre la posición femenina, y Constantia Grierson, aunque de vida breve, fue celebrada por su erudición y su amistad con Jonathan Swift.
El siglo XVIII consolidó estos logros femeninos. Mary Astell defendió la educación de las mujeres con argumentos filosóficos que anticipaban siglos de debate, mientras Ann Baynard exploraba la filosofía natural con aguda inteligencia. Escritoras como Elizabeth Bland y Catherina Boevey desarrollaron sus talentos en hebreo, filantropía y literatura. Lady Mary Wortley Montagu se destacó no solo por su escritura, sino también por introducir la práctica de la inoculación contra la viruela en Inglaterra, mostrando cómo la ciencia y la cultura podían ir de la mano en manos femeninas. Otras, como Anne Finch, Elizabeth Egerton, Frances Freke o Elizabeth Bury, tejieron un legado literario y moral que inspiró a generaciones futuras, mientras que Sarah Chapone, Mary Delany y Mary Scott defendieron la voz y los derechos de las mujeres mediante la escritura y la creatividad, consolidando una tradición que demostraría que la erudición no es patrimonio exclusivo de los hombres.
Más difícil es sin duda encontrar una relación parecida a esta inglesa, en otros países, pero buscando en la historia de la ciencia europea, uno se sorprende al descubrir que, a pesar de las enormes dificultades sociales y culturales, las mujeres también dejaron su huella en el conocimiento científico, desde el siglo XVII hasta el XIX. Comenzando en Silesia,en la actual Polonia, encontramos a Maria Cunitz (1604–1664), una astrónoma que revolucionó la comprensión de los cielos con su obra Urania propitia (1650), un esfuerzo por simplificar las complejas tablas de Kepler y hacerlas accesibles a otros astrónomos. Posiblemente María Cunitz es la primera mujer que realmente merece el nombre de científica. Un poco más al este, en la propia Polonia, Elisabeth Hevelius (1647–1693) trabajó codo con codo con su marido Johannes Hevelius en observaciones astronómicas, y tras la muerte de éste continuó su labor, asegurando que los logros de su familia en el firmamento no se perdieran.
En Alemania, Maria Clara Eimmart (1676–1707) unió la precisión de la astronomía con la delicadeza del arte, dejando memorables grabados de las fases de la luna y de eclipses que aún hoy son admirados por su exactitud y belleza. Más tarde, en Francia, Émilie du Châtelet (1706–1749) demostró que el intelecto femenino podía abordar los más altos desafíos de la física y las matemáticas; no solo tradujo al francés los Principia de Newton, sino que añadió comentarios fundamentales que ayudaron a comprender la mecánica del universo. A su lado, Nicole-Reine Lepaute (1723–1788) calculó la órbita del cometa Halley en 1758, colaborando con grandes matemáticos como Clairaut y Lalande, y mostrando que la precisión científica no conocía género.
Caroline Herschel (1750–1848) marcó un hito al descubrir varios cometas y convertirse en la primera mujer astrónoma remunerada por la Corona británica, mientras que en Escocia Mary Somerville (1780–1872) se dedicaba a traducir y popularizar la compleja Mecánica Celeste de Laplace, convirtiéndose en un puente entre la matemática avanzada y el público general. Por último, en la Rusia del siglo XIX, Sofía Kovalevskaya (1850–1891) abrió un camino impensable hasta entonces: se convirtió en la primera mujer profesora de matemáticas en Europa, en la Universidad de Estocolmo, y dejó aportaciones fundamentales a la teoría de ecuaciones diferenciales.
Estas historias muestran que, a pesar de siglos de obstáculos, las mujeres científicas florecieron en toda Europa, de Silesia a Escocia, de Alemania a Francia y Rusia, dejando huella en la astronomía, la física, la matemática y la divulgación científica. Encontrarlas exige curiosidad y paciencia, pero la recompensa es descubrir un legado que la historia convencional, muchas veces dominada por hombres, ha tratado de ocultar. Y, al sur de los Pirineos también florecía la ciencia entre las damas, como vamos a ver a continuación.
En España, la irrupción de las mujeres en la ciencia se produjo algo más tarde que en otros rincones de Europa, pero su contribución fue decisiva para abrir caminos que hasta entonces parecían vedados. A principios del siglo XVIII, en Zaragoza, María Andrea Casamayor de La Coma (1720–1780) demostró que el talento femenino podía abordar las matemáticas con rigor y pedagogía. Su Tyrocinio aritmético (1738) fue uno de los primeros manuales de matemáticas en castellano escritos por una mujer, un testimonio de su empeño por transmitir conocimiento y de su audacia para incursionar en un campo dominado por hombres.
Varias décadas después, en Madrid, María Isidra de Guzmán y de la Cerda (1767–1803) se convirtió en un símbolo del saber femenino. Conocida como “la doctora de Alcalá”, fue la primera mujer en obtener un doctorado en Filosofía y Letras en España en 1785, y desde entonces defendió con convicción la educación femenina, convencida de que el conocimiento debía estar al alcance de todas.
El siglo XIX vio surgir figuras aún más notables. En Barcelona, Dolors Aleu i Riera (1857–1913) se convirtió en la primera mujer licenciada en Medicina en España en 1879 y en doctora en 1882. Su obra “La mujer de porvenir” defendía la igualdad educativa y profesional, dejando claro que la medicina no debía ser un privilegio masculino, sino un terreno abierto a la competencia y el talento de las mujeres.
Un poco más tarde, Trinidad Arroyo Villaverde (1872–1959), nacida en Palencia y desarrollando su carrera en Madrid, se destacó en la oftalmología, convirtiéndose en una de las primeras médicas especialistas del país. Su activismo feminista acompañó siempre su labor científica, demostrando que la dedicación a la ciencia y la defensa de los derechos de las mujeres podían ir de la mano, construyendo un legado que inspiraría a generaciones futuras.
Suecia se podía considerar también un país periférico respecto a los grandes centros científicos, pero aún aquí, como en España, surgieron mujeres cuya curiosidad y talento marcaron hitos notables. En Suecia, Sophia Elisabet Brenner (1659–1730) abrió caminos en la educación y la cultura como poeta y humanista; no fue científica estricta, pero defendió con pasión la instrucción de las mujeres en las artes y las ciencias, mostrando que la erudición no estaba reservada a los hombres. Un poco más tarde, Ulrika Eleonora Stålhammar (1688–1733) desafió los límites impuestos a su sexo al disfrazarse de hombre para servir en el ejército, y aunque su historia no esté vinculada a experimentos o laboratorios, ilustra muy bien las barreras que enfrentaban las mujeres para participar en cualquier ámbito técnico o público.
La ciencia comenzó a abrirse a las mujeres suecas de manera más tangible en el siglo XVIII, con figuras como Eva Ekeblad (1724–1786), agrónoma brillante y primera mujer admitida en la Real Academia Sueca de Ciencias en 1748, quien descubrió cómo extraer harina y alcohol de las patatas, contribuyendo de manera directa a combatir el hambre en su país. En paralelo, Charlotta Frölich (1698–1770) destacó como escritora y agrónoma, publicando tratados sobre economía agrícola e historia que recibieron reconocimiento académico en su época. Y más adelante, Anna Sundström (1785–1871) se convirtió en la primera química profesional en Suecia, colaborando con Jöns Jacob Berzelius, uno de los fundadores de la química moderna, lo que le permitió acceder a un mundo académico reservado casi exclusivamente a hombres. Y ya que entre las mujeres españolas nombro a Dolors Aleu i Riera, la primera doctora en medicina española, también nombraré a Hedda Andersson (1861–1950) que fue una pionera sueca en la medicina, destacando como una de las primeras mujeres en obtener el título de médica en Suecia y un símbolo del avance femenino en la ciencia en un país que, como España en su momento, podía considerarse periférico. Nacida en Malmö, se enfrentó a una sociedad donde la profesión médica estaba dominada por hombres, pero logró graduarse y abrirse paso en la práctica médica, especialmente en la atención a mujeres y niños.
Andersson no solo ejerció la medicina, sino que también participó activamente en la defensa de los derechos educativos y profesionales de las mujeres, apoyando su formación en ciencias y medicina. Su trayectoria se inscribe en la misma tradición de mujeres suecas arriba nombradas como Anna Sundström y Eva Ekeblad, quienes desafiaron las barreras de género para dejar una huella duradera en la ciencia y la academia del país. Su ejemplo muestra cómo, incluso en contextos sociales y profesionales restrictivos, la determinación y la excelencia podían abrir caminos que décadas antes parecían inaccesibles. Una muestra del reconocimiento que se les está dando a estas mujeres pioneras en la ciencia es, que hace dos años asistí, como miembro del consejo de educación de Lund, a la inauguración de un instituto que lleva su nombre en nuestra ciudad.
De todas estas mujeres nos quedan escritos de su mano, trabajos y publicaciones que permiten asomarnos a su pensamiento y a su talento. Yo, en este artículo, simplemente adjunto unos pocos enlaces por si queréis leer sus obras y descubrir por vosotros mismos la riqueza de sus contribuciones. Estos documentos son testimonio de que, aunque Suecia y España se encontraban a veces en la periferia de los avances científicos europeos, sus mujeres no se resignaron al atraso ni al olvido. Con ingenio, perseverancia y audacia, supieron abrir brechas, enseñarnos que la ciencia no tiene género y que, incluso en contextos adversos, el talento femenino encuentra maneras de brillar y dejar una huella indeleble. Los que pretenden esconder i prohibir el talento de las mujeres, dejan el mundo a medias.
The Book of Sanct Albans: The Boke of Saint Albans | Project Gutenberg
Katherine Philips: The Best Poems by Katherine Philips
Katherine Philips a Mary Aubry: 6th April 1651 L’Amitie: To Mrs. M. Awbrey by Katherine Philips
Lady Chudleigh: Mary, Lady Chudleigh, “To the Ladies”
Contantia Grierson: P. Vergilii Maronis Opera : Virgil : Free Download, Borrow, and Streaming : Internet Archive
Mary Astell: English Philosophical Texts Online
Ann Baynards obituary: A sermon at the funeral of… Mrs. Ann Baynard,… 1697 : Prude, John : Free Download, Borrow, and Streaming : Internet Archive
Lady Mary Wortley Montagu https://ia801404.us.archive.org/17/items/lettersandworks11montgoog/lettersandworks11montgoog.pdf
Mary Scott: Nonconformist and Dissenting Women’s Studies, 1650-1850 – Scott, Mary
Guzmán y La Cerda, María Isidra | Biblioteca Nacional de España
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