Escribiendo sobre la inmigración y las bandas juveniles, me doy cuenta que casi nadie ha querido estudiar el relato de los protagonistas, los inmigrantes. Durante mis largos paseos, entro a veces en algún anticuario o tienda solidaria, por el placer de buscar alguna perla entre los muchos libros que se ofrecen por unos 3 euros. A veces encuentro cosas fascinantes, como el otro día, que encontré un libro escrito por una mujer nacida en Kirwan, en la provincia de Elâzığ, en el sureste de Turquía, de padres kurdos. Dilsa Demirbag-Sten, nacida en 1969, llegó a Suecia con sus padres en 1976, al año siguiente de la famosa proposición sobre la inmigración. La historia que nos cuenta es la de muchas familias que, tras un corto viaje, saltaron de una vida cuasi medieval a un mundo moderno, con todo lo que eso representa para los que lo viven y para la sociedad que los recibe.
El libro, que lleva por título “Árbol genealógico” (Stamtavlor) muestra lo que suponen los conceptos fundamentales en el estudio de las migraciones que se usan para explicar por qué las personas salen de un lugar y se sienten atraídas por otro, los famosos factores de expulsión y atracción (push & pull factors). La realidad en las regiones turcas habitadas por clanes turcos era dura ya de por sí y se endureció aún más con la guerra de poca intensidad entre el estado turco y las fracciones insurrectas influenciadas por ideologías marxistas. Entre los años 1974 y 1976, asesinatos políticos casi diarios, y aumento de ataques contra activistas kurdos en el sureste, hacían la vida, ya de por sí dura, prácticamente insoportable en los poblados nómadas del sureste.
Y, en ese espacio insoportable de pobreza, paro y miseria, se recibe una carta, una carta que una tía del padre de Demirbag escribía desde un país del norte de Europa, Suecia, país desconocido para los que recibieron la carta, que alguien les leyó, porque ellos no sabían leer. En la carta, la tía, que había emigrado a ese país exótico con su marido, les decía que las fabricas estaban sedientas de mano de obra. La madre de Selahattin, padre de Demirbag, pidió a un escribano que escribiera a su hermana pidiendo que buscara algo para su hijo. La tía les contestó que, “si viene a Uppsala, yo le acogeré en nuestra casa y podrá buscar trabajo.”
Eso de las cartas del emigrante lo conocemos ya de antiguo. En cartas escritas por emigrantes llegados a América a sus parientes en Suecia, se contaban las excelencias del país de acogida en contraste con la pobreza que reinaba en Suecia. El resultado en muchos casos era que, aquellos que recibían las cartas, vendían todas sus pocas posesiones para comprarse un pasaje al paraíso. Primero se iban los hombres jóvenes y tras ellos, como en el caso de la familia de Demirbag, la mujer y los hijos. Este relato es de comienzos de los años 70, y la diferencia entre la vida semitrashumante en el sureste de Turquía y Uppsala era abismal. Desde la pequeña aldea kurda donde Demirbag, su madre y dos hermanas, esperaban con ansiedad las cartas del padre, se tardaba seis horas a lomos de caballo para llegar a la ciudad más próxima, no había teléfono ni electricidad. Selahtin en sus cartas describía su país de acogida y su nueva ciudad como lugares de ensueño; limpios, bien ordenados, con gente educada y autoridades bienintencionadas, fiables y amables. Además, escribía Selahtin, ya tenía permiso de residencia, trabajo, un piso de tres habitaciones, televisión, nevera y todo lo que uno se podía desear y Nura, la madre de Demirbag, se lanzó a la aventura con sus hijos, el último, recién nacido.
Para salir de Turquía tuvieron que pagar a “traficantes” de personas, un termino muy variante y que depende de quién y cómo lo use. El término traficante de personas es muy reciente. Durante casi toda la historia, quienes facilitaban movimientos clandestinos eran vistos según el marco moral del momento, no según categorías jurídicas universales. La percepción cambia radicalmente según quién huye y de qué huye y, claro está, de quién controla las fronteras y quién narra la historia. Los “traficantes” que ayudaban a judíos a escapar no eran vistos como criminales, hoy son héroes morales. Raoul Wallenberg[1], Ángel Sanz Briz[2], Sebastián de Romero Radigales[3], Bernardo Rolland de Miota[4], José Rojas Moreno[5], Varian Fry[6], las redes del Mouvement de Libération Nationale, Comité de Secours, grupos protestantes franceses, etc. Muchos usaron métodos que hoy se asociarían a traficantes modernos, porque usaban documentos falsos, rutas clandestinas, sobornos, pasos nocturnos por montañas, contactos en puertos, guías en la frontera. La situación hoy es distinta y Organizaciones de ayuda como Open Arms, Alarm Phone, iglesias fronterizas, redes de vecinos en Grecia o Sicilia, son vistas por algunos gobiernos como traficantes, colaboradores de mafias, incentivadores de migración. Pero para los migrantes son los únicos que les salvan la vida. Las acciones de estas personas y grupos muestran que la diferencia entre la vida y la muerte de miles de personas puede depender de la voluntad ética de un individuo, la capacidad de crear redes solidarias y la desobediencia civil frente a leyes injustas. Aquí encontramos ejemplos de humanismo práctico, sin ideología, sin grandilocuencia, con una mezcla de valor, ingenio y compasión dispuesta a actuar.
Más anónimos y no siempre altruistas, fueron los pescadores que en medio de la ocupación nazi de Dinamarca arriesgaron vida y barcos para salvar a los judíos daneses, cruzando el Sund en noches de mar revuelta. Desde los puertos de Helsingør, Gilleleje, Snekkersten, Dragør, Køge, Humlebæk, hasta puntos de la costa sueca como Helsingborg. Era una travesía corta, a veces menos de 4 km, pero extremadamente peligrosa, pues la costa estaba vigilada por barcos alemanes y patrullas costeras. Los pescadores actuaron dentro de una red de resistencia local conocida como la Ruta de Helsingør, coordinada por figuras como la bibliotecaria Elsebet Nielsen y el pastor Henrik Kaufmann. Ocultaban judíos en bodegas, entre redes y compartimentos falsos, saliendo de noche, fingiendo faenar. Muchos lo hicieron sin cobrar; otros cobraron para cubrir costes y para sobornar, porque está claro que estas acciones no habrían podido llevarse a cabo sin una cierta condescendencia de los cuerpos de seguridad daneses y alemanes. De los aproximadamente 7.800 judíos daneses, alrededor de 7.200 lograron huir a Suecia. Se calcula que unos 500 pescadores participaron directamente en las operaciones de cruce.
A esos pescadores los recordamos hoy, con razón, como “salvadores”, “resistentes”, “ángeles del mar”, pero ¿Cómo serían vistos hoy? No es difícil imaginarlo. Serían acusados de tráfico de personas. Sus barcas serían incautadas. Serían interrogados, procesados, quizá juzgados por introducir “migrantes irregulares”. En las tertulias se debatiría si lo que hacen es altruismo o negocio. Y en ciertos periódicos recibirían el nombre que ahora se reserva para quienes ayudan a los desesperados en el Mediterráneo, en el Egeo o en la selva del Darién: se les llamaría contrabandistas y traficantes.
La diferencia entre cómo se reconoce esa ayuda es incómoda, casi insoportable. Los pescadores daneses actuaban bajo una dictadura y contra un régimen genocida. Los que ayudan hoy a afganos, eritreos, sirios o centroamericanos se mueven en un espacio legal complejo, fronterizo, a menudo dominado por mafias reales que explotan el hambre y el miedo. Pero en ese paisaje oscuro también existen, y deberíamos reconocerlo sin hipocresía, personas que actúan movidas por la misma fibra moral que movió a aquellos pescadores en 1943: la idea de que todos merecemos vivir en libertad y nadie merece morir en una frontera, si se les puede ayudar.
La historia nos pone a todos al fin en nuestro sitio. A Wallenberg, a Sanz Briz, a Varian Fry o a los pescadores daneses, muchos gobiernos de la época los miraron con sospecha. Algunos los perseguían; otros los toleraban sin entusiasmo. Solo después entendimos que eran un espejo de humanidad en medio de la catástrofe.
Quizá algún día, cuando la bruma política se disipe, también sepamos distinguir, entre quienes se lucran con el sufrimiento ajeno y quienes intentan evitar una tragedia, a aquellos que hoy acompañan a las familias que cruzan un desierto, saltan un tren, o se embarcan en un bote hinchable. Puede que entonces, mirando atrás, comprendamos que las fronteras, como los estrechos, son espacios donde se revela con crudeza quiénes somos.
En el Sund de 1943, unos pescadores eligieron ser hombres antes que súbditos ciegos e insensibles. Tal vez la pregunta que nos lanza su gesto, como una luz desde aquella noche, es si nosotros sabremos hacer lo mismo cuando la necesidad vuelva a llamar a nuestra puerta.
Regreso al relato de Dilsa Demirbag, la niña que logró salir de Turquía con la ayuda de “traficantes de personas” junto a su madre y hermanos, para reunirse con su padre. Dejaron un poblado aislado a lomos de mulas y caballos, una vida medieval, dentro de un clan regido por rígidas reglas estáticas e inmutables, donde las mujeres ocupaban un lugar cercano al de las bestias. Aterrizaron, tras muchas vicisitudes, en uno de los países más secularizados y modernos del mundo, y ahí las dejamos por hoy. Mañana utilizaré el relato para explicar el choque emocional y cultural que los inmigrantes procedentes de lugares atrasados, dominados por clanes, experimentan al llegar a Suecia y cómo esto en sí puede explicar algunos de los problemas sociales a los que nos enfrentamos hoy. No es mi intención valorar, sino explicar el choque cultural para contribuir a la comprensión de la problemática social.
[1] Wallenberg era un diplomático sueco, proveniente de una influyente familia de banqueros, arquitectos y empresarios. En 1944, cuando los nazis y las milicias húngaras de la Cruz Flechada iniciaron la deportación masiva de judíos de Budapest, Suecia lo envió como secretario de la legación sueca con una misión clara: salvar vidas. Su labor fue extraordinaria por su creatividad, su atrevimiento y su determinación moral y emitió miles de pasaportes de protección (“Schutzpass”), documentos inventados por él mismo, con apariencia oficial sueca, que ponían a los judíos bajo “protección del reino de Suecia”. De esta manera ayudó a salvar entre 20.000 y 30.000 vidas. Wallenberg desapareció en 1945. Se cree que fue llevado a la Unión Soviética como prisionero.
[2] Sanz Briz era encargado de negocios en la legación española en Budapest en 1944, cuando Hungría cayó bajo control directo nazi y comenzó la deportación sistemática de judíos hacia Auschwitz. A pesar de representar a la España franquista, un régimen ambivalente hacia los judíos y desde luego no filosemita, Sanz Briz actuó guiado por razones humanitarias, legales y morales. Aprovechó un decreto olvidado de 1924 de la dictadura de Primo de Rivera que permitía otorgar nacionalidad española a judíos sefardíes y emitió pasaportes de protección española. Al principio, Madrid le autorizó únicamente 200 pero él multiplicó el número añadiendo dígitos, series y extensiones y convirtió 200 en alrededor de 5.000 a 6.000 documentos, según los cálculos más aceptados. Como Raoul Wallenberg o los diplomáticos de otros países neutrales, creó un conjunto de edificios bajo bandera española, declarados “anexos de la legación”. Allí alojó a miles de judíos perseguidos, sacándolos del alcance de las patrullas de la Cruz Flechada.
[3] Romero Radrigales fue nombrado cónsul de España en Atenas en 1943, en plena ocupación alemana. Se encontró allí con una comunidad judía antigua, floreciente y de hondas raíces sefardíes, especialmente en Tesalónica, que estaba siendo sistemáticamente deportada a Auschwitz y Bergen-Belsen. A diferencia de Ángel Sanz Briz, que pudo aprovechar ciertos márgenes diplomáticos, Romero Radigales actuó en abierta tensión con Madrid. España no quería hacerse cargo de los sefardíes, temiendo tensiones diplomáticas, costes económicos o complicaciones políticas. En repetidas ocasiones, el Ministerio de Asuntos Exteriores le ordenó no intervenir, pero Romero Radigales desobedeció y tramitó visados y protección para sefardíes griegos y consiguió que varios centenares de judíos sin nacionalidad o con nacionalidad dudosa fueran considerados protegidos por España, basándose en interpretaciones creativas de la normativa sobre sefardíes. Además, presionó a las autoridades alemanas para retrasar deportaciones y sacar de los trenes a algunas familias y organizó rutas de evacuación desde Grecia hacia Estambul, España o territorios neutrales.
[4] Rolland de Miota era cónsul general de España en París. Su puesto era particularmente complejo porque París estaba bajo ocupación alemana y el régimen de Vichy colaboraba activamente en la persecución de los judíos. España mantenía una política ambigua, a menudo pasiva, respecto al destino de los sefardíes y otros judíos vinculados al país. En este escenario, Rolland actuó con un notable grado de independencia moral protegiendo a judíos españoles y sefardíes, tanto de nacionalidad española como sefardíes sin nacionalidad clara, pero con vínculos históricos con España y algunos judíos extranjeros que buscaron refugio bajo la bandera española. Emitió pasaportes provisionales, certificados de nacionalidad y documentos de protección. A veces, como Sanz Briz o Romero Radigales, amplió los criterios de quién podía considerarse “español”. En cientos de casos logró impedir deportaciones a Drancy, Rivesaltes o Pithiviers y a los campos de exterminio.
[5] José Rojas Moreno fue otro de los diplomáticos españoles cuya actuación, aunque mucho menos conocida que la de Ángel Sanz Briz o Sebastián de Romero Radigales, resultó crucial para la protección de judíos durante la Segunda Guerra Mundial. Su nombre aparece en los estudios sobre diplomáticos que ayudaron a sefardíes y a judíos con algún vínculo documentable con España en Europa oriental. Rojas Moreno era un diplomático español destinado en Polonia, concretamente en Cracovia, durante los años duros de la ocupación nazi. Su cargo lo situaba en un espacio extremadamente peligroso y complejo, pues Polonia fue el epicentro de la maquinaria de exterminio alemana. Aunque los documentos son escasos, en parte debido a la destrucción de archivos consulares durante la guerra, muchas investigaciones coinciden en que Rojas Moreno intervino para intentar proteger a sefardíes residentes en el territorio del Gobierno General, particularmente aquellos que podían demostrar algún tipo de vínculo con España, con la emisión de documentos como certificados de nacionalidad provisional, cartas de protección y pasaportes temporales.
[6] Fry no era diplomático ni espía. Era simplemente un intelectual horrorizado por lo que había visto en Berlín en 1935, donde presenció el antisemitismo nazi en acción. Ese viaje lo marcó profundamente: comprendió que el peligro era real y que la mayoría del mundo miraba hacia otro lado. Cuando Francia cayó en 1940, un grupo de intelectuales estadounidenses, entre ellos Thomas Mann, Alfred Barr (del MoMA) y varios pacifistas, antifascistas y filántropos, crearon el Emergency Rescue Committee para evacuar a artistas y escritores amenazados por Vichy y la Gestapo. Y propusieron que Fry fuera su hombre sobre el terreno. Fry llegó a Marsella en agosto de 1940 con 3 000 dólares cosidos en el forro del traje y una lista de personas a rescatar. Marsella era el último puerto semilibre de Francia, pero el régimen de Vichy cooperaba con los nazis, así que fugitivos, refugiados judíos y opositores políticos vivían atrapados, sin visados para salir y sin dinero para huir. En pocos meses, Fry organizó una extraordinaria red de colaboradores, con el alemán antifascista Albert Hirschman, la americana Miriam Davenport, el joven escritor Daniel Bénédite y la artista Mary Jayne Gold, que, con guías, contrabandistas y montañeros que cruzaban la frontera clandestinamente hacia España o Suiza salvaron a Marc Chagall, Max Ernst, Hannah Arendt, André Breton, e indirectamente a Marcel Duchamp, Victor Serge, Jacques Lipschitz, Heinrich Mann, Lion Feuchtwanger y cientos de desconocidos que huían solo con un nombre y un número. No era un programa “para artistas famosos”: Fry ayudó tanto a refugiados comunes como a intelectuales. Hoy, Varian Fry es el primer estadounidense reconocido como Justo entre las Naciones por Yad Vashem, homenajeado por Francia con la Legión de Honor y considerado por muchos como “el Schindler americano”, aunque su operación fue más intelectual, más improvisada y más corta.
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