¡Lo que son las cosas! Ayer fue un día típicamente escaniano, concretamente de noviembre en Lund, esta ciudad universitaria en la que vivo. La nieve de la semana pasada ha quedado en las calles y, con el baile de la temperatura alrededor de los cero grados, el suelo está resbaladizo y a la vez algo mojado. Un cielo gris plomizo limita el horizonte y todos los colores se unen en un espectro lúgubre. Por las calles circulan aguerridos ciclistas y peatones bien abrigados. A nadie le importa el vuelo de un pajarillo entre las ramas o la rápida carrera de una ardilla. Además, era lunes, es importante saberlo para entender lo que voy a escribir a continuación.

En septiembre, entre exquisitos canapés y copas de cava, en la inauguración de las instalaciones de una escuela culinaria dentro del instituto Vipan, me pidieron como un gesto de vieja amistad, que les ayudase a mostrar nuestra ciudad a un grupo de profesores y estudiantes belgas y alemanes. Me lo pedían, porque en mis casi tres décadas como catedrático de historia en esa institución, hasta mi jubilación, tenía por costumbre enseñar la ciudad a todos nuestros visitantes. En realidad, es casi una obsesión por mi parte partir del lugar en que estamos para explicar la historia: “cava desde donde estés, profundiza en la historia partiendo de tu lugar en el mundo”, ha sido siempre mi lema para enseñar la historia.

Este lema me ha llevado a analizar la ciudad desde sus primeros inicios, allá por el 990 de nuestra era, e ir recorriendo sus calles y plazas, sobre todo dentro de sus límites marcados por la antigua muralla de promontorio y palizada derruida en la primera mitad del siglo XIX. Una pequeña ciudad que a principios del 1800 contaba con 3000 habitantes de los cuales 500 pertenecían a la universidad, bien como estudiantes o como profesores y catedráticos. Lund es una ciudad que conserva su trazado medieval, sus calles empedradas, aunque los edificios de antigüedad escasean. Quitando la catedral y la iglesia del convento (Klosterkyrkan) y la Casa del Rey (Kungshuset) no quedan más que cuatro construcciones anteriores al 1600: Stäket, Krognoshuset, la casa de Carlos XII (Katedralskolan) y una casa de piedra, transportada al museo al aire libre Kulturen. Poco más de una docena de casas del siglo XVII y un centenar de edificios del siglo XiX, entre ellos casas unifamiliares y algunos edificios de la universidad.

Ante la necesidad de encontrar un recorrido de un par de horas que fuera representativo de la ciudad y sirviese para conservar algún recuerdo de ella, un lunes, con todos los museos cerrados, me decanté por concentrarme en una figura en concreto, un hijo adoptivo de Lund, que vino a ser un punto de unión entre la historia y la modernidad, la pequeña ciudad académica y el mundo, Suecia y la naciente nación alemana. Ese personaje no es otro que Esaias Tegnér.

Salimos de Vipan a la una del mediodía, en grupo más o menos compacto. Sé que es difícil guiar a un grupo de más de veinte personas en un paseo por la ciudad, sin otro medio de comunicarse que la voz. Desistí de emplear el alemán como lengua de trabajo, cuando descubrí que gran parte de los integrantes del grupo eran belgas y acompañantes suecos, así que decidí emplear el inglés. Se puede decir que esto simplificaba mi labor, ya que no suelo practicar mi alemán tan a menudo como el inglés, pero, usando el alemán podía haber penetrado en algunos de los puntos más importantes de la trayectoria literaria de Tegnér y su conexión con los autores alemanes. Hay sin duda conceptos bastante difíciles de traducir al inglés, sin perder parte del sentido de la importancia de Tegnér para la creación de una identidad alemana diferenciada.

Para hacerse una idea de la relación de Tegnér con la construcción de una identidad alemana diferenciada, hay que comprender la evolución cultural de Escandinavia en general y Suecia en particular a partir de la revolución francesa y la época napoleónica. El llamado “göticism” (movimiento gótico), fue un movimiento cultural, histórico y político sueco que nació a finales del siglo XVIII y alcanzó su apogeo a comienzos del XIX. Su idea central era que los antiguos godos, identificados arbitrariamente con los escandinavos, habían sido un pueblo noble, libre, fuerte y civilizador. Ese pasado heroico debía servir de fundamento para una identidad nacional moderna. Dentro de ese marco, dos figuras se vuelven fundamentales: Esaias Tegnér, el catedrático de griego, poeta y obispo de Växjö, y Per Henrik Ling, el reformador cultural y fundador de la gimnasia sueca.

Tegnér fue, quizá, la expresión literaria más brillante del göticism. Su obra Frithiofs saga (1825) es el ejemplo perfecto de cómo el movimiento transformó la mitología nórdica en narrativa nacional moderna, recreando el pasado vikingo con un tono heroico, sentimental y romántico. Su obra internacionalizó el mito nórdico, al tiempo que su obra, Frithiofs saga, se iba traduciendo rápidamente al alemán, inglés y otras lenguas, fijando la imagen del vikingo como un guerrero valiente, libre, honorable y apasionado. Se puede decir que Tegnér conviertió la literatura antigua en instrumento nacional, buscando en lo antiguo un modelo moral para lo nuevo.

Llevaba yo durante nuestra caminata de tres kilómetros, desde Vipan al centro de la ciudad, la obra de Tegnér en mi mochila, en una edición de 1925, curiosa coincidencia de tener una edición de hace 100 años, justo la mitad de la antigüedad de la obra, pero en fín: llevaba yo la traducción al alemán y no al inglés, y tuve que intentar traducir un párrafo directamente del sueco al inglés. No es lo más fácil, pero creo que los que lo escucharon comenzaron a comprender de que se trataba. Claro que en el grupo había profesores de historia, para los que era muy fácil asociar y estudiantes que no tenían la misma facilidad para comprender que el librito que yo tenía en la mano era esencial para comprender gran parte del nacionalismo alemán y en parte, también para explicar la idea de superioridad racial que se extendió en Alemania y que tan fatales consecuencias tuvo en el siglo pasado.

Mientras hablábamos sobre Tegnér, su vida y obra, nos íbamos aproximando a su monumento caminando por Adelgatan, esa calle antigua y sinuosa que parece llevarnos dos siglos atrás y que divide el museo al aire libre Kulturen en dos partes, unidas por un pasadizo subterráneo.  Caminando, pasamos por dos edificios cuyas fachadas dan a esta calle y que se pueden visitar entrando en Kulturen, un museo que, como todos los museos, están cerrados a cal y canto un lunes a medio día. Los edificios a los que me refiero fueron adquiridos por otro personaje esencial para comprender el nacionalismo escandinavo y alemán, Pehr Henrik Ling. Mientras Tegnér exaltaba el alma mítica de los godos, Pehr Henrik Ling (1776–1839) exaltó el culto al cuerpo. Ling es más conocido como el fundador de la gimnasia sueca y uno de los padres de lo que hoy llamaríamos educación física moderna. Entramos en una discusión sobre los dos tipos de gimnasia que se desarrollaron del culto al cuerpo, El Thorn o Turnen alemán y la gimnasia sueca. Sin duda la gimnasia alemana, Turnen, introducida por Jahn, que se difundió en Prusia y otras regiones, tenía un carácter más militar, con énfasis en aparatos, fuerza, resistencia y espíritu patriótico. Era más enérgica, rítmica y dirigida a la preparación física general, muchas veces con fines cívico-militares. Ling no “copió” directamente la gimnasia alemana, lo que algunos de mis acompañantes alemanes pensaban, aunque sí conocía algunas ideas de la gimnasia alemana y del movimiento físico europeo de la época. “Nihil ex nihilo” dije yo, la innovación de Ling fue crear un sistema propio con una base científica, terapéutica y educativa. Algunos historiadores mencionan que Ling estaba consciente del Turnen alemán y pudo haber tomado inspiración en ciertos ejercicios o en la idea de organizar la gimnasia sistemáticamente, pero adaptándola radicalmente a su visión sueca, que era más “metódica” y menos militar.

Nevaba a todo esto y tuvimos que seguir nuestro camino. Paramos ante la estatua de Tegnér, en Lundagård, en la explanada que lleva su nombre. Ahí se nos ve a todo el grupo mientras yo hablo y hablo, explicando como esos dos personajes, junto a Carl Adolph Agardh, cuya gran obra Akademiska föreningen (El castillo de los estudiantes) se encuentra entre las casas de Ling y la estatua de Tegnér. De camino, habíamos pasado por el Cementerio del Este (Östra Kyrkogården) y visitado la tumba de Agardh. El espacio de tiempo en que coincidieron estos tres personajes fue 1799 a 1815. Agardh y Tegnér fueron inscritos el mismo día en la universidad de Lund, donde encontramos sus nombres en la matrícula. Agardh abandonaría Lund en 1817 y Tegnér en 1825, los dos para acceder a una sede episcopal, en Karlstad el primero y en Växjö el segundo. Ling fue sin duda su maestro de esgrima, porque entró como tal en Lund en 1800.

Sigue nevando y el grupo escucha pacientemente mis explicaciones. Leo en voz alta la traducción al inglés:

“Now they hovered over the desolate sea, they traveled far, like a hunting falcon;but for warriors aboard he wrote laws and justice. Do you wish to hear his Viking code?

“No tents shall be pitched on ships, no sleep in houses: within the hall’s door only enemies stand; a Viking shall sleep on his shield, with sword in hand, and for a tent he has the sky, the blue. Short is the hammer’s shaft of the victorious Thor, only an ell long is Frey’s sword. It is enough; have courage, approach your enemy! and your blade will never be too short.

When the storm rages with power, hoist the sails to the top! it is exhilarating on a stormy sea: let it go, let it go! he who yields is a coward; before you yield, better die in battle!

A maiden is protected on land, she may not come aboard; were it Freyja, she would still deceive you; for the dimple on the cheek is the falsest dimple, and a net is the flying lure.

Wine is Valfather’s drink, and a draught is allowed to you, if only you carry it with restraint: he who staggers on land can stand upright, but to Ran, the somnolent, you stagger here.

If merchants sail forth, you must protect their ship, but the weak shall not refuse you toll! You are king of your wave, he is slave to his profit, and your steel is as good as his gold.

Goods may be divided on deck by dice and lot: however, it falls, do not lament! But the Sea King himself does not cast the dice, he keeps only the honor for himself.

Now the Viking ships appear, then comes boarding and battle, it burns fiercely under the shields; if you yield a step, you are dismissed from us, that is the law, do then as you will!

When you have triumphed, be content! he who prays for peace has no sword, he is not your enemy; prayer is a child of Valhalla, hear the voice of the pale one! he is a coward who denies her.

Wounds are Viking trophies, and they adorn a man, when on chest or brow they stand;let them bleed, bind them when the day has passed, but not before, if you wish to be healed by us.”

Hay momentos en la historia literaria en que un libro, sin proponérselo, se convierte en un puente entre épocas, imaginarios y naciones. Eso ocurrió con Frithiofs saga, envuelto en la luz melancólica del romanticismo nórdico. Tegnér no era un poeta improvisado: era catedrático de griego en la Universidad de Lund, un helenista formado en la disciplina rigurosa de los clásicos, y años más tarde sería obispo de Växjö, figura moral y pública. Ese doble perfil, filólogo, lector de Homero y nacionalista, explica en gran medida la naturaleza híbrida de su obra. Sus héroes nórdicos respiran tanto la atmósfera de las sagas islandesas como el eco de la épica antigua.

Lo que empezó como una recreación erudita de una leyenda islandesa terminó desencadenando un movimiento cultural que transformó para siempre la imagen del Norte. Antes de que los arqueólogos excavaran barcos funerarios, antes de que se abrieran museos dedicados a los “vikingos”, el mito ya estaba ahí: en los versos de Tegnér, traducidos, recitados y reinterpretados en toda Europa.

El primer territorio donde prendió este fuego fue Alemania. Allí, en pleno auge del romanticismo, tras la época napoleónica, se buscaba un pasado glorioso, casi mítico, que compensara la fragmentación del presente. Tegnér llegó a ese mundo como un mensajero del Norte: un académico de Lund capaz de ofrecer no solo una historia dramática, sino una estética. Frithiof mostraba un héroe valiente, moral, apasionado; un guerrero cuya grandeza no provenía del saqueo sino de la nobleza del alma. Este detalle no es menor: el vikingo de Tegnér no es el bárbaro que hoy asociamos al casco con los falsos cuernos, sino una figura serena, casi caballeresca, modelada por los ideales éticos del romanticismo y por la sensibilidad clásica de un catedrático de griego.

Las traducciones alemanas, desde las primeras ediciones de 1825  hasta las versiones ilustradas de mediados del siglo XIX,  multiplicaron el prestigio del autor. En las escuelas, Frithiof se leía como ventana hacia la “antigua libertad nórdica”; en los círculos literarios se aplaudía su musicalidad; y entre los jóvenes nacionalistas comenzó a perfilarse la idea de un pasado germánico compartido que incluía a los pueblos escandinavos. El mito vikingo, tal como lo conocemos hoy, empezó ahí: en esa mezcla de erudición filológica, nostalgia romántica y anhelo identitario.

La primera traducción de la obra al alemán la hizo Amalia von Helvig en 1826 y desde Alemania, la ola avanzó hacia otros países. Inglaterra lo recibió con igual entusiasmo, sobre todo en la época victoriana, y pronto surgieron óperas, pinturas y reediciones adaptadas para adolescentes. El siglo XIX europeizó al vikingo, lo domesticó, lo convirtió en símbolo moral. El XX, en cambio, lo simplificó: lo volvió icono. El mito viajó a través del nacionalismo escandinavo, de las sagas publicadas en ediciones baratas, de ilustradores que transformaron el casco con cuernos en un signo reconocible (aunque históricamente inexacto). Y más tarde, en Estados Unidos, entró por la puerta grande de la cultura de masas: cómics, series, juguetes, videojuegos.

Así llegamos a Marvel, donde la figura del vikingo reaparece transfigurada en Thor: mitad dios, mitad superhéroe. Es aquí donde el viaje iniciado por Tegnér alcanza su forma más visible. Su Frithiof era un héroe melancólico, modelado por la ética del romanticismo; el Thor de Marvel es un héroe global, diseñado para un público que ya no busca genealogías sino emociones rápidas y mitologías inmediatas. Pero ambos comparten la misma raíz: la fascinación por un Norte que se imagina antiguo, noble y cercano a la naturaleza.

Que un profesor de griego en Lund, transformado luego en obispo en Småland, haya influido, aunque sea indirectamente, en la iconografía mundial del vikingo no es un detalle menor. Habla del poder de los libros, de la capacidad de la literatura para crear símbolos que viajan, mutan y se reinventan en manos de cada generación. Y recuerda algo más: que el Norte que hoy creemos conocer es, en buena medida, una creación romántica. Una herencia que empezó con versos escritos en una casita de Lund, que aún se conserva, pero que desgraciadamente no nos dio tiempo de visitar el lunes, y que hoy resuena en pantallas de todo el planeta.

Hay también una leyenda menos luminosa, más lúgubre. La obra se incorporó al Romanticismo alemán, que ya exaltaba la herencia germánica y nórdica. Así, los valores de Tegnér fueron asimilados culturalmente en un contexto donde la “pureza nórdica” y el mito de la superioridad racial se estaban elaborando entre ciertos intelectuales y nacionalistas. Por rigor histórico, debemos constatar que Tegnér no promovía la supremacía racial ni la violencia política, sino que buscaba construir un orgullo cultural y literario sueco. Sin embargo, el nazismo y otras ideologías raciales reinterpretaron fragmentos de la tradición romántica nórdica/germánica para justificar la idea de una raza superior. En este sentido, la obra de Tegnér sirvió de materia prima simbólica, no de doctrina: su saga ofrecía héroes y valores que podían ser reciclados ideológicamente.

Y no se puede negar que Tegnér contribuyó indirectamente a la construcción de un imaginario cultural nórdico idealizado. La traducción al alemán y su recepción en el Romanticismo germánico facilitó que, casi un siglo después, ciertos grupos reinterpretaran estos mitos como soporte de ideas de superioridad racial y heroísmo guerrero, que eventualmente alimentaron el discurso que llevó al Holocausto. Es un caso clásico de cómo la literatura puede ser descontextualizada y apropiada por ideologías posteriores, incluso siglos después del autor.

Tuvimos una corta pero intensiva discusión sobre este asunto, mientras la nieve seguía cayendo a nuestro alrededor y nos apresuramos a visitar nuestra ultima estación, la catedral. Aquí hay muchas cosas que explicar: su historia, su transición de iglesia católica a iglesia protestante, su lugar central en la metrópolis cristiana danesa. Les llamó la atención la pequeña estatua en su exterior, la “Madona del manto protector” que fue inaugurada en septiembre de 2015, con motivo del aniversario de la catedral. Esta estatua retoma la iconografía tradicional de la Virgen María protectora: una Madonna que extiende su manto como para proteger a un grupo de personas bajo él. Bajo este manto en la obra de Lervik asoman muchas cabezas, imagen que simboliza, según la artista, “el futuro de la humanidad” y la protección no solo de cristianos, sino de todos los seres humanos.

Expliqué también que el papa Francisco visitó Lund el 31 de octubre de 2016 como parte de una conmemoración conjunta entre católicos y luteranos con motivo del 500 aniversario de la Reforma protestante y de aquí, con gran alivio del grupo, entramos finalmente en la catedral y nos fuimos directamente a la cripta. Empiezo siempre allí, para explicar tranquilamente la historia de la construcción de la catedral y las leyendas de Finn el gigante, su mujer e hijos, que según una de las muchas leyendas, están representados abrazando dos de las columnas que sostienen la bóveda.

En realidad, estábamos haciendo tiempo para presenciar el peculiar espectáculo del reloj astronómico de la catedral que se conoce como Horologium mirabile Lundense, que es uno de los relojes medievales más sofisticados que se conservan en Europa. No solo marca la hora, sino también fases de la luna, posición del sol, calendario y fechas religiosas móviles, además de tener un componente mecánico animado con figuras y música original.  La creación e instalación se suele fechar alrededor de 1423–1425. El reloj funcionó durante siglos, pero con el paso del tiempo fue deteriorándose. En 1837 fue retirado de su lugar en la catedral y almacenado por considerarse obsoleto y no fue hasta comienzos del siglo XX que se gestó un proyecto de restauración. En 1909 comenzó el trabajo, liderado por el relojero danés Julius Bertram‑Larsen y el arquitecto sueco Theodor Wåhlin. En 1923 el reloj fue reinstalado en la catedral, combinando partes originales medievales con reconstrucciones necesarias, especialmente en el calendario y parte del mobiliario. Recientemente fue limpiado y restaurado nuevamente entre 2009 y 2010. Todos los días, a las doce del mediodía y a las tres, se puede contemplar y escuchar y allí, sentados frente al casi milagroso aparato, se puede presenciar algo que los ciudadanos de Lund admiraron en su día. Aprovechado este momento especial, acabé ahí mi actividad de cicerone y me despedí del grupo.