¿Por qué algunas personas se interesan por la política y, por qué otras la abandonan cuando deja de parecerse a lo que soñaron? Siempre me ha intrigado esa pregunta que uno se hace cuando observa a quienes dedican su tiempo, su energía, a veces su salud, a algo tan inestable y abrasivo como la política: ¿qué mueve a una persona a entrar en ese mundo? ¿Qué fuego interior le empuja a querer participar en ese ritual colectivo donde conviven los ideales más nobles con las miserias más prosaicas?
Porque no nos engañemos, la política tiene algo de vocación y algo de adicción, algo de esperanza y algo de desgaste. Uno entra en política por un impulso moral, o sentimental, pero permanece, o huye, según el grado de desajuste entre su conciencia y la maquinaria del partido que lo cobija.
En general, según mi propia experiencia, el primer impulso suele ser luminoso. Hay quien entra en política porque cree sinceramente que puede mejorar la vida de otros; quien lo hace porque un día, leyendo un texto, escuchando un discurso o participando en una manifestación, sintió que su voz tenía que sumarse a la conversación pública. Hay quienes llegan empujados por una injusticia concreta, otros, por un entusiasmo generacional, algunos por puro carácter, porque les indigna más callar que hablar.
Y luego están los que, simplemente, encuentran en la política un lugar donde encaja su necesidad de comunidad, de sentido, de proyecto compartido. Y, no seré yo el que diga que hay Pero, claro está, la política real no es un laboratorio ideal ni un círculo de debate permanente. La política institucional exige algo más terrenal, la disciplina. La disciplina que sostiene el sistema
En los países democráticos, el sistema parlamentario solo funciona porque los partidos votan de manera cohesionada. Sin esa cohesión, sería casi imposible gobernar, caerían gobiernos cada tres meses, las leyes quedarían bloqueadas y se instalaría una sensación de caos permanente.
Por eso los partidos exigen disciplina de voto. No siempre dictatorial, pero sí firme. Un político que decide participar en un partido sabe, o debería saber, que tarde o temprano tendrá que tragar algún que otro sapo: votar algo que no le convence, callar su discrepancia para no debilitar al grupo, o defender públicamente una decisión que en privado jamás habría apoyado.
La alternativa es la independencia, que ofrece libertad absoluta, pero también muy poco poder real. Un diputado independiente puede hablar con honestidad cristalina… pero influye un suspiro en el curso de los acontecimientos, salvo que su voto resulte imprescindible para formar mayoría, en cuyo caso se convierte en bisagra y le toca negociar como si su escaño fuera un lingote de oro.
Al final, cada uno debe escoger entre su coherencia y su capacidad de influir. Y esa decisión, que puede parecer abstracta, define muchas trayectorias políticas y también muchas renuncias.
He leído esta mañana un artículo de Lilith Verstrynge, publicado en la revista Equator y reproducido en The Guardian, que me ha hecho pensar mucho en todo esto. Es joven, muy joven para haber tenido ya tantos cargos, y sin embargo ha decidido dejar la política con apenas treinta años.
Cuenta cómo entró en Podemos en los tiempos del 15-M, cuando todo era ilusión de democracia participativa, círculos abiertos, debates horizontales. Un movimiento casi romántico. Pero una vez el partido pisa Bruselas y más tarde el Gobierno español, aparece lo que aparece siempre, las tensiones internas, las decisiones tomadas por arriba, las facciones enfrentadas y la obligación de defender públicamente posiciones que no siempre se comparten.
Cuando trabajaba en un Ministerio, ya dentro del Gobierno de coalición, descubrió el reverso del idealismo, las líneas discursivas férreas y las estrategias dictadas desde arriba, con la sensación de no poder decir lo que piensa. Y peor aún, la obligación de mantener siempre una aparente unidad que en privado está cuarteada por discrepancias.
Uno de los episodios más duros, según ella, fue la campaña difamatoria que la acusó falsamente de ser amante de Pablo Iglesias. Debió callar, resistir, seguir. A veces la mejor defensa es no decir nada, aunque duela como una piedra en la garganta.
El artículo retrata muy bien un proceso clásico: cuando un movimiento pierde conexión con su base y entra en modo de supervivencia, aparece la paranoia interna, la exigencia de obediencia absoluta, el rechazo a la prensa, la falta de autocrítica. Y cuando Podemos empieza a perder peso frente a nuevas formaciones como Sumar, Lilith se ve obligada a defender estrategias que considera sin futuro. Hasta que un día la distancia entre su conciencia y su partido es demasiado grande. “Seguir”, escribe, “habría sido obedecer más y contribuir menos.”
Alguien podrá preguntarse; y con razón, por qué a mí, que milito en Liberalerna, debería importarme la reflexión de una joven dirigente de Podemos. La respuesta es simple: entiendo muy bien lo que describe. Porque incluso desde mis responsabilidades locales, el Consejo de Educación y la Junta de Integración e Inclusión, sé perfectamente lo que es votar por disciplina, justificar decisiones que no habría tomado yo y aceptar que un partido nunca coincide al cien por cien con mis convicciones.
De hecho, suelo usar una metáfora culinaria. Yo, que amaso bollos y galletas, pienso que las convicciones políticas de una persona son como esa masa vital que uno prepara con años de lectura, experiencia y reflexión. Los partidos, en cambio, son moldes rígidos. En ellos no siempre cabe toda la masa, y a veces algunos ingredientes, la canela, la sal, el azúcar, quedan fuera. Las galletas que salen pueden gustarnos o no, pero el molde es el que es. Si quieres pertenecer al grupo, debes aceptar sus formas. Si no, toca apartarse de la bandeja del horno.
Eso es exactamente lo que ha hecho Lilith Verstrynge: vio que las galletas que salían ya no se parecían a lo que ella imaginaba, y decidió dejar de hornearlas. Y ya que hablamos de masas que cambian de consistencia, sabor y color, es imposible no recordar la trayectoria de su propio padre, Jorge Verstrynge. Nacido en Tánger en 1948, doctorado en Ciencias Políticas con una tesis sobre los efectos de la guerra, comenzó su vida política juvenil con simpatías por movimientos de extrema derecha en España y Francia. Fue secretario general de Alianza Popular en 1979, uno de los hombres más influyentes de la derecha, “delfín” de Manuel Fraga, candidato a la alcaldía de Madrid en 1983.
Pero en 1986, Verstrynge choca con Fraga y abandona la cúpula del partido. Y aquí la masa empieza a cambiar: se acerca al centro, coquetea con el CDS, finalmente ingresa en el PSOE en 1993, justo un año después del nacimiento de Lilith. Su giro sorprende a muchos, pero confirma lo que él mismo reconoce, que sus ideas evolucionaron radicalmente. Más tarde también se desilusionó del PSOE, entre otras cosas por su apoyo a intervenciones militares internacionales. Otra vez, la masa se transforma. Cambia la textura, cambian los ingredientes.
Quizá la política, al final, es un espejo de nuestra propia biografía. Entramos en ella movidos por un impulso noble, o romántico, o generacional. Permanecemos mientras el molde del partido tolera los ingredientes de nuestra masa. Y nos vamos cuando ni el sabor ni la forma final se parecen a lo que pensábamos que estábamos horneando. Hay quien prefiere la influencia a la coherencia, hay quien prefiere la coherencia al poder. Hay quien resiste y quien se marcha y todo eso es legítimo, humano y profundamente político. Porque la verdadera pregunta no es por qué alguien entra en política. Eso suele ser fácil de responder. La pregunta difícil, la que revela el carácter y la integridad de una persona, es por qué decide quedarse… o por qué decide irse. Daros cuenta que yo, ni siquiera nombro la corrupción, porque La corrupción es deleznable porque atenta directamente contra la noción más elemental de la convivencia: la confianza. No hay democracia sin ella. Una sociedad puede tolerar la ineficacia, puede habituarse a la lentitud administrativa, incluso puede sobrevivir a gobiernos mediocres. Pero cuando pierde la confianza en que quienes mandan lo hacen por el bien común, entonces se rompe algo que ni la mejor ley puede recomponer del todo.
Además, la corrupción crea un tipo de desigualdad moral que resulta especialmente hiriente. Mientras el ciudadano común cumple sus obligaciones, paga impuestos, respeta normas, rellena formularios interminables etc., hay quienes viven dentro de un ecosistema paralelo donde una llamada, un sobre o un favor abren puertas que a la mayoría se le cierran. Es el viejo reino de los privilegiados. Y no hay nada que deslegitime más una democracia que la sensación de que hay dos leyes, una para los poderosos y otra para el resto.
La corrupción tiene también un efecto cultural devastador. Cuando se normaliza, cuando los corruptos no pagan, cuando aquellos que se benefician siguen ocupando cargos, el mensaje es inequívoco: “aquí todo vale”. Y entonces es la ciudadanía la que empieza a desconfiar de las instituciones, del sistema, de la política misma. Se impone el cinismo, esa forma de desaliento que consiste en creer que nada puede cambiar. Y el cinismo es mucho más peligroso que la indignación: la indignación moviliza; el cinismo paraliza.
La política, cuando se ejerce con decencia, puede ser uno de los oficios más nobles. Pero cuando la corrompen, es también uno de los más destructivos. Si defendemos la honestidad en la vida pública no es por moralismo, sino por supervivencia democrática. Porque sin integridad, sin confianza, sin el compromiso mínimo de servir al bien común, todo se viene abajo. Y lo que cae, cuando cae la política, no es solo un gobierno: es la esperanza de una sociedad de iguales. Bueno, dicho queda.
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