Durante casi dos siglos, el mundo ha funcionado con una arquitectura internacional donde el Norte, entendido como Europa occidental, Estados Unidos, Canadá, Japón y Australia, ejercía el liderazgo económico, militar, tecnológico y cultural. El Sur global quedaba relegado al papel de periferia: proveedor de materias primas, receptor de préstamos y lugar donde las grandes potencias proyectaban sus influencias.

Pero en este momento histórico, esa estructura está cambiando de forma acelerada, y lo que hasta hace poco era un concepto académico se ha convertido en una realidad política palpable. Ya no es solo que China o India sean gigantes demográficos y económicos. Es que África, Asia del Sur, Oriente Medio y América Latina están comenzando a reclamar un espacio propio, con mayor autonomía y capacidad de decisión.

El crecimiento demográfico y económico del Sur global está alterando los equilibrios tradicionales y vemos como India supera ya a China en población y aspira a ser tercera potencia económica mundial. En América Latina, países como Brasil, Méjico, Colombia o Chile buscan reducir su dependencia de Washington y profundizar en alianzas regionales o con Asia. El comercio mundial se desplaza hacia el Índico y el Pacífico. Por primera vez desde la Revolución Industrial, el centro de gravedad económico del planeta ya no está en el Atlántico.

África es el continente más joven y con mayor potencial de crecimiento. El continente está dejando de ser la periferia del sistema y se está convirtiendo en uno de sus corazones estratégicos. El siglo XXI será africano en un sentido que aún no hemos terminado de comprender.  Durante mucho tiempo, África fue descrita desde fuera con tres palabras injustas y simplificadoras: pobreza, conflicto, atraso. Se consideraba un continente en los márgenes del mundo, observado desde Europa como un lugar que “llegará tarde” a la historia. Pero esa mirada, además de eurocéntrica, es hoy radicalmente falsa.

Mientras que Europa, Estados Unidos y China envejecen a una velocidad alarmante, África es el continente más joven del planeta con una edad media de 19 años comparada con la media de Europa, que sobrepasa ya los 45 años. En 2050 uno de cada cuatro seres humanos será africano con Nigeria como el tercer país más poblado del mundo, por detrás de India y China. Esto tendrá consecuencias enormes porque significa que África tendrá mano de obra abundante mientras el resto del mundo la pierde, y se crearán nuevos mercados internos gigantescos con un dinamismo cultural, urbano y tecnológico importantísimo. A diferencia de lo que se cree en Europa, la juventud africana no es un “problema”, sino un motor histórico. Ciudades como Lagos, Nairobi, Kigali o Accra están llenas de startups tecnológicas, artistas, programadores, ingenieros, diseñadores y economías emergentes que avanzan mucho más rápido de lo que los europeos imaginan.

África concentra recursos de enorme importancia estratégica para la industria del futuro, sobre todo en lo referente a minerales críticos como el cobalto (70% del suministro mundial) , el coltan,  clave para móviles y microchips, el litio, el grafito etc. También se encuentran importantes reservas de gas natural, petróleo y un potencial gigantesco para energía solar y eólica, con algunos de los niveles de irradiación más altos del mundo. El 60% de las tierras cultivables no explotadas del mundo están en África y, pese a la desertificación existen reservas de agua dulce aún importantes en un planeta que empieza a agotarlas.

No es de extrañar que el continente africano se haya convertido en un tablero donde las potencias compiten. Estamos ante un nuevo “Scramble for Africa”[1]. Ya se puede ver como China está invirtiendo en infraestructuras a gran escala, ferrocarriles, puertos, telecomunicaciones. La Ruta de la Seda es, en muchos sentidos, un proyecto también africano. Rusia lleva ya años con presencia en el Sahel con alianzas políticas para la seguridad, armas y presencia militar. Mientras tanto, Estados Unidos y Europa intentan mantener influencia, pero ya no son actores dominantes e inspiran más desconfianza, como antiguas potencias colonizadoras, que admiración. Últimamente están entrando al continente India, Turquía, Brasil y países del Golfo, como nuevos actores con relaciones más pragmáticas y menos ideologizadas.

Estamos ante una carrera para controlar el acceso a los minerales estratégicos, los puertos en el Índico y el Atlántico porque, hasta los datos digitales serán esenciales para controlar el mercado africano, algo decisivo en el equilibrio mundial. El problema es que, paralelamente a esta realidad, subsiste la idea de que África es un continente marginal, pobre y fatalmente atrasado. Es una imagen heredada de aquella carrera frenética de las potencias europeas que, entre 1880 y 1914, redujo el continente a un tapiz de colores en un mapa en Berlín. Se trató de un reparto apresurado, brutal, vestido de misión civilizadora y sostenido por la tecnología naciente de la modernidad europea. Sin embargo, su efecto más persistente quizá no sea el político ni el económico, sino el mental, la forma, todavía hoy dominante, en que Europa y buena parte del Occidente global miran a África.

Esa imagen heredada de aquel tiempo es obstinada. África aparece como un espacio homogéneo, carente de historia propia antes de la llegada europea, condenado a la pobreza, la violencia o la dependencia. Se trata de un eco mental del colonialismo, un mapa mental que no coincide con la realidad viva del continente, pero que sigue moldeando percepciones, políticas y hasta currículos escolares. El colonialismo ya no existe formalmente, pero la imagen negativa persiste. Europa se acostumbró a pensar desde una superioridad moral que justificaba la ocupación y que hoy, reducida a reflejo, se llama racismo estructural. Racismo no solo en su forma explícita, la que aún humilla en las calles, en los partidos de fútbol, o discrimina en los mercados laborales, sino en su forma más silenciosa, esa que decide qué historias son dignas de ser contadas, qué civilizaciones merecen un capítulo en los libros escolares y cuáles quedan relegadas a notas al pie.

La realidad es que la imagen de África que arrastramos es obsoleta y profundamente injusta. El continente alberga algunas de las economías de mayor crecimiento del mundo, es un hervidero de creatividad tecnológica, de nuevas literaturas, de urbanismos en expansión, de ciencia, de resiliencia ecológica, de culturas milenarias que nunca dejaron de transformarse. Desde Lagos hasta Kigali, desde Nairobi hasta Accra, África no es un continente en espera de modernidad, es uno de los laboratorios más dinámicos donde se está inventando el siglo XXI.

Pero esa modernidad africana apenas tiene espacio en la educación europea. Seguimos enseñando la Scramble for Africa como un episodio remoto, sin invitar a reflexionar sobre sus consecuencias actuales: fronteras artificiales, desigualdades estructurales, conflictos derivados de economías extractivas que aún hoy sobreviven bajo nuevas formas. Y, sobre todo, sin preguntarnos cómo corregir la miopía histórica que nos impide ver a África como sujeto y no como objeto.

De ahí la urgencia porque necesitamos un cambio educativo profundo. No basta con añadir una página sobre el Reino de Mali o el comercio transahariano. Se trata de integrar África en la narrativa general de la humanidad, no como anexión exótica sino como protagonista. Hablar de filosofía africana, de ciencia africana, de innovación africana. Conocer la pluralidad de sus 55 países, la diversidad de sus lenguas, sus literaturas, sus corrientes de pensamiento, sus desafíos y sus esperanzas.

Porque la educación no solo transmite conocimientos: también modela empatías. Y un continente que no conocemos es un continente que podemos seguir ignorando sin culpa. Esa ignorancia, a veces cómoda, a veces involuntaria, es el humus en el que el racismo, tanto el explícito como el inconsciente, crece y se reproduce.

El racismo, en última instancia, es una forma de ceguera. Pero una ceguera aprendida puede desaprenderse. Europa, que tanto presume de autocrítica y de modernidad, debería comenzar por revisar la herencia mental de su propio imperialismo. Reconocer hasta qué punto la Scramble for Africa aún delimita los contornos de nuestro pensamiento. Aceptar que la imagen de África como un territorio caótico, pasivo o necesitado es una ficción útil para el pasado, pero disfuncional para el presente.

Mirar a África de otra manera no es un acto de caridad intelectual, sino un deber de justicia histórica y una necesidad estratégica para el futuro. El mundo que viene será multipolar, y en ese tablero África tendrá un papel central. Comprenderlo a tiempo, y enseñarlo a las nuevas generaciones, puede ser la diferencia entre seguir arrastrando los viejos mapas del siglo XIX o aprender, por fin, a dibujar otros nuevos con líneas más honestas y más humanas.


[1] The Scramble for Africa, fue el proceso acelerado, entre aproximadamente 1880 y 1914, mediante el cual las potencias europeas se repartieron y colonizaron casi todo el continente africano.

African Economic Outlook 2025—Africa’s short-term outlook resilient despite global economic and political headwinds

Sub-Saharan Africa Maintains Resilient Growth but Faces Urgent Jobs Challenge

East Africa Poised for Fastest Economic Growth in Region – AfDB Report – allAfrica.com