Mañana fría, aquí en Lund, pero muy caliente en Caracas. Lo que está ocurriendo esta mañana en Venezuela lo estábamos temiendo, lo veíamos venir. Lo que veo en las imágenes que nos llegan en los medios son escenas reconocibles y son parte de una tragedia larga, representada muchas veces con decorados distintos, pero con un mismo libreto de fondo. Cambian los nombres, los uniformes, las consignas y los canales de información, pero la lógica permanece.

Desde comienzos del siglo XIX, cuando Estados Unidos se arrogó el derecho de tutela sobre el continente con la Doctrina Monroe[1], América Latina dejó de ser únicamente un conjunto de naciones para convertirse en un espacio de intervención permanente. No siempre con marines desembarcando, aunque también, sino con presiones económicas, asfixias financieras, golpes de estado “institucionales”, bloqueos morales y relatos cuidadosamente elaborados sobre el bien y el mal.

En 1904, el presidente Theodore Roosevelt formuló una conclusión lógica añadida a la Doctrina Monroe llamada el Corolario Roosevelt, una reinterpretación decisiva de la Doctrina Monroe, que marca el paso de una política de advertencia frente a Europa a una política activa de intervención por parte de Estados Unidos en América Latina. Roosevelt partía de una premisa aparentemente pragmática: si los Estados latinoamericanos no eran capaces de garantizar el orden interno, cumplir sus obligaciones financieras internacionales o evitar situaciones de inestabilidad crónica, se abría la puerta a la intervención de las potencias europeas. Para evitar esa posibilidad, que la Doctrina Monroe prohibía, Estados Unidos se atribuía a sí mismo el papel de “poder policial internacional” en el hemisferio occidental. Caracas hoy se suma a una larga lista de ciudades atacadas siguiendo esa consigna, con Ciudad de Guatemala en 1954, con Santiago de Chile en 1973, con Managua en los años ochenta, con Panamá en 1989.

El mecanismo es conocido. Primero, la deslegitimación: un gobierno deja de ser complejo o contradictorio y pasa a ser, simplemente, inadmisible. No se analizan sus raíces sociales ni su historia; se lo reduce a una etiqueta funcional. Después llega la presión: sanciones, aislamiento, advertencias solemnes pronunciadas en nombre de la democracia, aunque a menudo esta palabra haya sido tratada con notable elasticidad en el pasado. Y finalmente, si es necesario, la intervención indirecta: apoyos discretos, financiación selectiva, silencios cómplices ante salidas de fuerza.

Nada de esto es nuevo para Venezuela, ni para el continente. Ya ocurrió cuando Guatemala intentó tocar la estructura de la tierra; cuando Chile se atrevió a pensar un socialismo por vías legales; cuando Nicaragua creyó que podía escribir su propia historia sin pedir permiso; cuando Cuba decidió, con todas sus contradicciones, salir del perímetro tolerado. El pecado original nunca fue ideológico, sino geopolítico, con la osadía de actuar con autonomía en un espacio que otros consideran propio.

Por eso, lo que hoy se presenta como una crisis puntual, un episodio más del caos latinoamericano, según cierta mirada condescendiente, es en realidad la continuación de una relación histórica profundamente asimétrica. Caracas no es solo Caracas: es el eco de un continente acostumbrado a que sus conflictos internos sean leídos, amplificados y, a veces, directamente moldeados desde fuera. No se trata de absolver gobiernos ni de negar errores, autoritarismos o fracasos; se trata de recordar que la historia no empieza esta mañana.

Tal vez lo más inquietante no sea la repetición del patrón, sino su normalización. Que aún hoy, en pleno siglo XXI, resulte tan fácil activar los mismos resortes retóricos y políticos; que se siga hablando de estabilidad mientras se desestabiliza, de soberanía mientras se la condiciona, de libertad mientras se elige cuidadosamente quién merece ejercerla. En ese sentido, Caracas en llamas no nos sorprende.

Y como tantas veces antes, el continente asiste a la escena con una mezcla de cansancio y lucidez. Porque sabe, lo sabe bien, que detrás de cada “excepción” hay una continuidad, y que la mañana de hoy, por dramática que parezca, forma parte de una historia larga que aún no ha sido cerrada. Releed si tenéis tiempo “Las venas abiertas de América Latina, 1971[2]”, porque en esa obra, explica Galeano la base del problema.

Para Galeano, América Latina no es pobre por casualidad ni por incapacidad, sino porque ha sido históricamente organizada para enriquecer a otros. Sus recursos fluyen hacia fuera, y cuando el flujo se interrumpe, lo que queda no es autonomía sino ruina. Venezuela es un ejemplo casi pedagógico de ese mecanismo. Durante décadas, el petróleo fue la vena principal, una riqueza colosal que salió del subsuelo, atravesó el país sin transformarlo estructuralmente y terminó alimentando economías ajenas, élites locales y una ilusión de modernidad sostenida por la renta.

Galeano insiste en que el problema no es solo el saqueo externo, sino la forma interna que adopta ese saqueo con economías extractivas, Estados dependientes de un solo producto, clases dirigentes acostumbradas a administrar rentas en lugar de construir tejido productivo. Caracas fue, durante años, la capital de un país rico sin industria sólida, con una ciudadanía más consumidora que productora, y con una política que oscilaba entre la subordinación dócil y el nacionalismo retórico. Esa contradicción es una de las grandes constantes de Las venas abiertas.

Cuando el chavismo irrumpe en la historia, lo hace precisamente desde una lectura muy cercana a la de Galeano, la idea de que el petróleo debía dejar de alimentar al exterior y a una minoría interna, y convertirse en instrumento de justicia social y soberanía. Durante un tiempo, el relato funcionó. Pero Galeano también advierte, aunque a veces se le lea menos en eso, que romper la dependencia no es solo cambiar de discurso o de destinatario de la renta, sino transformar la estructura misma de la economía. Cuando eso no ocurre, la dependencia no desaparece, sino todo lo más, cambia de forma.

Lo que hoy ocurre en Caracas puede leerse como una fase tardía y aguda de ese mismo modelo extractivo, ahora sometido a sanciones, aislamiento financiero, mala gestión y un colapso institucional profundo. El petróleo sigue ahí, pero ya no basta. La ciudad que fue vitrina del boom petrolero es ahora escenario de escasez, migración masiva y economía informal. Galeano hablaba de países “condenados a perder”; Caracas parece hoy una ciudad que paga el precio de haber apostado todo a una sola carta durante demasiado tiempo.

Pero hay algo más. Las venas abiertas también es un libro sobre el poder del relato. Sobre cómo las potencias justifican su dominio y cómo las élites locales lo naturalizan. En el caso venezolano actual, el conflicto ya no es solo económico, sino narrativo: ¿es Caracas la víctima de un cerco imperial o de un fracaso interno? ¿Es resistencia o es descomposición? Galeano habría desconfiado de esa dicotomía. Para él, la tragedia latinoamericana surge precisamente cuando la dominación externa y la irresponsabilidad interna se refuerzan mutuamente.


[1] La Doctrina Monroe (1823) que fue formulada en el mensaje anual del presidente James Monroe al Congreso, establecía que el continente americano no debía ser objeto de nuevas colonizaciones ni de intervenciones europeas, y que cualquier intento en ese sentido sería considerado una amenaza para Estados Unidos; a cambio, este se comprometía a no intervenir en los asuntos europeos. Nacida en un contexto de debilidad militar estadounidense y sostenida de hecho por la marina británica, la doctrina no fue inicialmente un instrumento de poder directo, sino una advertencia estratégica. Con el tiempo, y especialmente a partir del Corolario Roosevelt (1904), fue reinterpretada como base para la intervención de Estados Unidos en América Latina, transformándose de principio defensivo frente a Europa en fundamento de una hegemonía regional propia.

[2] https://archive.org/details/las-venas-abiertas-de-america-latina_201807