Paisaje blanco uniforme desde mi ventana. Es verdaderamente invierno. Se dice y se demuestra con cifras que el mundo está más caliente que cuando empezamos a medir la temperatura, aunque no es lo mismo que más caliente que nunca, pero nos preocupamos, porque sabemos que una cosa es “el tiempo” y otra muy distinta “el clima”. El tiempo en que vivimos, pensado como ese espacio que marca el calendario, en que el orden político nacido tras 1945 con los Estados Unidos como hegemón militar y financiero con organismos multilaterales y alianzas militares, está roto, aunque siga operando por inercia. Un orden que aún no ha sido reemplazado aún por otro. Esa situación es la más peligrosa de la historia, el momento cuando un imperio ya no puede seguir dominando, pero todavía puede destruir.
Estados Unidos se presenta como garante de la seguridad, la libertad y la democracia, justificando su proyección global en la lucha contra el terrorismo y el mantenimiento del orden internacional, buscando una democracia sui generis. Rusia se reencarna como imperio de la tradición, bajo la bandera de la ortodoxia y la resistencia a Occidente. China despliega su poder en nombre del desarrollo y las infraestructuras, ofreciendo “cooperación” y créditos en lugar de cañones, o con ellos. La Unión Europea trata de ejercer su influencia a través de normas, regulaciones, instituciones y valores, convirtiendo la burocracia en un instrumento de poder.
Es digno de atención el ver como la semántica se va acoplando a la nueva realidad. Hoy ya no se habla de imperios, aunque su lógica no haya desaparecido. Lo que ha cambiado es el vocabulario. La conquista dejó paso al “orden”, la ocupación al “interés legítimo”, las colonias al “mercado”, el vasallaje a la “cooperación” y la intervención militar al “derecho a proteger”. Donde el siglo XIX decía abiertamente dominar, someter o civilizar, el siglo XXI prefiere estabilidad, gobernanza o equilibrio estratégico. La expansión ya no se justifica como misión civilizadora, sino como deber de mantener la seguridad, la prosperidad o los valores universales. África ya no se coloniza; se integra en cadenas logísticas, se financia a crédito y se asegura el acceso a minerales “estratégicos”. Los aliados ya no son súbditos, sino socios, miembros asociados, “partners”. Las invasiones se denominan como operaciones de estabilización, misiones de seguridad o intervenciones humanitarias. La extracción de petróleo, gas o litio no es expolio, sino garantía de seguridad energética y diversificación de fuentes. Y el propio concepto de imperio ha sido substituido por el de actor global, superpotencia o potencia regional, un lenguaje que disimula la jerarquía bajo una apariencia de horizontalidad cooperativa.
Este desplazamiento semántico cumple a mi entender tres funciones: legitimar, invisibilizar y normalizar. Se legitima el uso de la fuerza con argumentos morales o jurídicos; se invisibilizan las asimetrías mediante el eufemismo; y se normaliza el dominio presentándolo como gestión técnica o cooperación mutua. Cuanto más suave es el lenguaje, más sofisticado resulta el poder, que deja de requerir virreyes y barcos de guerra y puede operar mediante deuda, tratados, bases militares, desinformación, anexiones administrativas o monopolios tecnológicos. En apariencia, el vocabulario se volvió más amable; en la práctica, el imperio se volvió más eficiente. El viejo imperio enseñaba los dientes, el nuevo sonríe, regula, financia e integra.
El nuevo imperio añade una dimensión que sus predecesores intentaron sin lograr del todo: el control de la información. Si el siglo XIX gobernaba el territorio y el siglo XX gobernaba la producción, el siglo XXI gobierna la percepción. No basta con ocupar el espacio físico, hay que ocupar el espacio mental. Se controla el flujo de datos, se indexa la memoria colectiva, se modulan las emociones, se administra la atención y se fabrica el consenso. La batalla ya se libra por narrativas, por algoritmos y plataformas. Allí donde el viejo imperio imponía censura, el nuevo perfecciona la curaduría, allí donde antes se quemaban libros, hoy se ahogan informaciones en exceso, donde antes se prohibía leer, ahora se impide comprender. La abundancia de datos satura, confunde. Y la confusión no democratiza, sino nos hacde dependientes.
Este mecanismo también ha sido sometido a un desplazamiento semántico. Se ha rebautizado a la propaganda como comunicación estratégica, la censura como moderación de contenido, la vigilancia como seguridad digital, la manipulación como gestión de crisis y la guerra psicológica como operaciones de influencia. Se dice “combate a la desinformación” donde antes se decía “control de la opinión pública”. Se vigilan redes en nombre de la protección del ciudadano, se filtran datos en nombre de la transparencia y se privilegian fuentes en nombre del rigor. La finalidad sigue siendo la misma, mantener el poder de decidor lo que es visible, creíble y legítimo.
En este sentido, la última frontera del imperio es cognitiva. Quien controla la producción de sentido controla la percepción de la realidad, y quien controla la realidad percibida controla el comportamiento. El imperio que antes mandaba ejércitos hoy administra categorías; donde antes sometía provincias, hoy define marcos conceptuales. La mayor conquista del nuevo imperio no es un territorio, sino la capacidad de hacer que su dominio parezca natural.
Ayer leía yo en un artículo en el diario sueco DN[1], escrito por el catedrático emérito en filología eslava Nils B Thelin, que los autores de las novelas distópicas del siglo pasado nos estaban avisando de lo que nos venía. Thelin advierte sobre cómo las fuerzas ultranacionalistas y populistas de derecha, apoyadas por líderes autoritarios como Putin en Rusia, Orbán en Hungría y Trump en Estados Unidos, van socavando gradualmente las instituciones democráticas y los derechos ciudadanos. Describe cómo la división política, la represión, la propaganda y la manipulación de la opinión se han convertido en herramientas centrales tanto en política interna como externa. En Rusia, Putin ha consolidado un régimen autoritario con control sobre los medios y la nación. Trump, por su parte, utiliza el odio y la confrontación como estrategia política que puede desestabilizar el país y el mundo.
Lo interesante para mi es que conecta esta situación con las clásicas distopías literarias, como la novela Nosotros[2] (1921) de Yevgueni Zamiatin, profética, describe una sociedad totalitaria bajo vigilancia y censura, donde cualquier pensamiento independiente es reprimido. Esta obra influyó en Aldous Huxley, George Orwell y Karin Boye, quienes exploraron la relación entre control estatal y libertad individual.
En tiempos modernos, Vladimir Sorokin continúa esta advertencia con “Al servicio de la Rusia santa”, 2006, mostrando un Rusia aislada y autoritaria, donde la censura y el abuso de poder son la norma. El artículo subraya que las distopías literarias podrían hacerse realidad si los déspotas manipulan a sus poblaciones y erosionan los principios democráticos. La erosión gradual de la democracia, los derechos y la verdad, junto con los métodos sofisticados de propaganda y censura, hacen que la situación global actual refleje las advertencias de la literatura distópica de casi un siglo atrás.
Nosotros
El protagonista, D‑503, es un ingeniero responsable de construir un gigantesco cohete llamado Integral, concebido como instrumento para expandir la lógica del Estado Único fuera del planeta. Su vida bien ordenada y su mentalidad conformista se trastocan cuando conoce a I‑330, una mujer que lo introduce al mundo subversivo de la rebelión y la emoción individual. A través de su diario, D‑503 se debate entre la obediencia total al Estado y su despertar emocional y personal.
La novela es un análisis agudo de la tensión entre individuo y colectividad, libertad y control, razón y emoción. Construye su propio universo donde la estética matemática y racional del Estado se contrapone a lo impredecible, caótico y esencialmente humano del alma individual. El Estado Único proclama que su sistema garantiza felicidad y bienestar, una “felicidad matemática”, pero lo hace sacrificando la identidad personal y la capacidad de pensar por cuenta propia.
Zamiatin escribió esta obra en un contexto postrevolucionario ruso, en el que ya se vislumbraban los primeros signos de un Estado cada vez más represivo, y Nosotros fue prohibida en la Unión Soviética antes de su publicación en el extranjero.
Aunque Nosotros se concibió hace más de un siglo, muchas de sus ideas resuenan poderosamente con ciertos fenómenos políticos y sociales contemporáneos, entre ellos el lenguaje del poder y la narrativa del Estado. En Nosotros, el Estado utiliza lenguaje tecnológico y racional para justificar su control absoluto. Hoy, incluso en democracias formales, observamos cómo los discursos políticos frecuentemente utilizan palabras como “seguridad nacional”, “protección”, “orden” o “defensa” para justificar medidas que restringen derechos o amplían prerrogativas del poder.
La política de Donald Trump, por ejemplo, ha recurrido repetidamente a una retórica de amenaza externa o interna; narcotráfico, inmigración, “enemigos” internacionales, para justificar decisiones unilaterales o duras, desde sanciones hasta despliegues estratégicos, pasando por el uso de decretos presidenciales. Ese lenguaje recuerda cómo en Nosotros la autoridad se presenta como garante de la felicidad universal mientras administra la vida de todos los ciudadanos.
Otro de los fenómenos reconocibles es el control del individuo y el colectivismo instrumental. En Nosotros, la vida pública y privada se funden en la lógica del Estado Único: los individuos son parte de un mecanismo colectivo que mide, regula y juzga. Si bien nuestras democracias contemporáneas no han llegado a ese nivel extremo, existen preocupaciones reales sobre vigilancia, datos digitales, algoritmos de control social, y cómo estas herramientas pueden ser utilizadas con fines políticos o económicos.
Las políticas de Trump y de otras administraciones autoritarias de hoy, pensadas para controlar fronteras, rastrear comunicaciones, monitorear poblaciones etiquetadas como “de riesgo”, etc. reflejan un miedo creciente a la autonomía individual cuando se presenta como incompatible con una visión de seguridad o identidad nacional.
También son reconocibles en las distopias la expansión del poder estatal y el rol de la resistencia. El estado en Nosotros pretende expandir su orden hacia otros mundos a través de la nave Integral, una imagen metafórica de una hegemonía que no conoce límites. De forma analógica, en geopolítica contemporánea vemos cómo grandes potencias proyectan su poder más allá de sus fronteras, económica, militar o diplomáticamente, y buscan justificarlo como aportación de orden global. En términos más específicos, cuando se discute la posibilidad de Estados Unidos interviniendo en Venezuela, presionando por cambios de régimen o incluso planteando escenarios como el de Groenlandia, que hoy preocupan a Europa diplomáticamente, hay un eco de esa lógica expansiva: el orden y la seguridad de una gran potencia se presentan como superiores a la soberanía de otros.
El conflicto interno de D‑503 entre la obediencia mecánica y su despertar emocional encuentra un paralelo en la polarización contemporánea. Las sociedades están fragmentadas entre quienes buscan seguridad colectiva, ensanchada por el discurso de líderes autoritarios, y quienes defienden la autonomía personal y las libertades. En la política estadounidense bajo Trump este fenómeno está siendo visible, una parte del electorado se siente representado por discursos de fortaleza y nacionalismo, mientras otro sector lo percibe como una amenaza a libertades civiles y pluralidad.
El estado en Nosotros utiliza la lógica matemática y tecnológica no sólo como instrumento sino como justificación ideológica. En la actualidad, las herramientas tecnológicas, como big data, inteligencia artificial, vigilancia digital, etc. ofrecen inmensos beneficios, pero también plantean el riesgo de convertirse en mecanismos de control de la vida pública y privada. Eso es algo que Zamiatin intuyó, prediciendo que la tecnología no es neutral; su uso está condicionado por el poder político.
Nosotros es una obra literaria histórica, antecesora de otras distopías posteriores y una advertencia sobre cómo las instituciones pueden utilizar la retórica de bienestar y racionalidad técnica para justificar el control absoluto de las vidas individuales. Esa advertencia sigue siendo pertinente en tiempos en que la política contemporánea apela a la seguridad para justificar decisiones autoritarias, las élites promueven narrativas de amenaza externa que reorganizan el poder de los Estados, y la línea entre protección civil, intervención estatal y control social se vuelve difusa. La obra de Zamiatin nos recuerda que el gran desafío es el de preservar la libertad interior frente a la lógica del poder colectivo, una lección que, en un mundo polarizado y tecnologizado, sigue siendo inquietantemente relevante. Y ahora, seguimos a la espera de noticias sobre el futuro de Groenlandia.
[1] https://www.dn.se/kultur/de-dystopiska-romanerna-forebadade-samtidens-dragning-mot-ett-totalitart-styre/
[2] https://www.gutenberg.org/files/61963/61963-h/61963-h.htm
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