Hoy escribo desde un ordenador prestado, en una antigua ciudad balneario. Ya estoy de vuelta de mi paseo cotidiano que me ha llevado, entre montañas, cascadas y bosques, hasta la sede de un acontecimiento histórico, importante y con cierto paralelismo con la actualidad. No, amigos, el paralelismo no es rebuscado. No es que la falta de oxígeno por la altura y el esfuerzo me haya hecho alucinar. Lo vais a comprender cuando os lo explique.
Fue el 14 de agosto de 1865, aquí en Bad Gastein, donde me encuentro como acompañante de una familia esquiadora que tiene la costumbre de llevarme por esas montañas de Dios las semanas de febrero dedicadas al deporte de nieve. No es “my cup of tea”, como dirían los ingleses, pero suelo encontrar siempre buenos lugares para caminar y, en ocasiones excepcionales como hoy, lugares interesantes para un historiador.
Lo que pasó ese día tuvo mucha importancia para Dinamarca, que se vio amputada de una parte importante de su territorio, como ya le había ocurrido en 1658 con la pérdida de Escania y otros territorios hoy pertenecientes a Suecia, y en 1815, cuando se le arrebató Noruega tras encontrarse entre los perdedores de las guerras napoleónicas.
Aquí, en Bad Gastein, se reunieron Otto von Bismarck, canciller prusiano, y el conde Alexander von Mensdorff-Pouilly. La razón de su encuentro era negociar la administración de los territorios de Schleswig y Holstein, que Prusia y Austria, conjuntamente, habían arrebatado a Dinamarca tras la guerra de 1864. De esas conversaciones surgió la Convención de Gastein, por la que Prusia administraría Schleswig y Austria administraría Holstein, mientras Lauenburgo sería vendido a Prusia.
Lo importante de este tratado es que era una trampa. Aunque parecía un acuerdo de cooperación, en realidad fue una maniobra estratégica para que Prusia pudiera hacerse con el control de Schleswig mientras aislaba administrativamente a Austria en Holstein, territorio completamente rodeado por Prusia. Así se preparaba el conflicto que estallaría al año siguiente, la llamada guerra austro-prusiana, en la que Prusia derrotó a Austria y se consolidó como gran potencia alemana. Más tarde, tras derrotar a Francia, Alemania se convertiría en una superpotencia continental.
Todo esto ya lo sabíais, pero hablaba antes de un paralelismo y voy a tratar de explicarlo. Otto von Bismarck practicó la “Realpolitik”, decisiones guiadas por el interés nacional de Prusia más que por principios ideológicos abstractos. Algo parecido —según esta comparación— a lo que hace Donald Trump con su enfoque pragmático y transaccional en política exterior bajo el lema “America first”, priorizando intereses nacionales concretos. En ambos casos, el liderazgo se apoya fuertemente en la figura personal.
El “Canciller de Hierro” impulsó la unificación alemana bajo liderazgo prusiano apelando al sentimiento nacional. Del mismo modo, Trump utiliza un discurso nacionalista centrado en soberanía, fronteras y protección económica. Bismarck utilizó guerras limitadas contra Dinamarca, Austria y Francia para lograr la unificación alemana, mientras Trump ha utilizado conflictos comerciales como herramienta política contra sus socios, aunque, hasta ahora, sin recurrir a la fuerza. Le siguió la Conferencia de Berlín en 1884-85, en la que la Alemania ya unificada bajo Prusia, exigió y recibió “Ein Platz an der Sonne”.
La retórica de ayer y de hoy es muy parecida, aunque hasta ahora al menos, no ha habido movimientos bélicos serios en contra de los países señalados. El contexto internacional es diferente, aunque hay muchas similitudes. Paseando, encuentro un edificio en el que está marcado con un escudo recordatorio, que Bismarck pasó sus vacaciones aquí en Bad Gastein en los veranos de 1877, 78, 79, 83 y 86. También he buscado sin éxito alguna placa conmemorativa de la propia Convención de 1865. Quizás no sea de extrañar, que los austriacos consideren que no hay mucho que conmemorar de un atraco o un timo del primo prusiano. De todos modos, buscaré la placa, por si la hubiese.
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