Como ya sabéis, paseo para vivir y vivo para pasear; es una necesidad. Cuando corría, también sentía que un día sin correr era un día perdido. Es por lo de las endorfinas, ya lo sé, pero es como es y me gusta. Aquí en Bad Gastein, paseo entre montañas, en absoluto silencio. Salgo muy temprano, apenas la claridad me permite ver la senda sin riesgo de tropezar. Todo está iluminado por la capa blanca que crece con cada frecuente nevada, y lo cubre todo.

Por el camino me encuentro, muy de cuando en cuando, algún caminante, solo o en pareja, la mayoría de edad avanzada, a veces acompañados por perros bien educados de muchas razas. Nos saludamos, como siempre se hace por estos parajes – “Guten Morgen” o “Grüß Gott”- acompañando nuestras palabras con una sonrisa y un ligero asentimiento con la cabeza.

 Voy siguiendo una senda que corre en paralelo al Gasteiner Ache, arroyo que nace en los glaciares y torrentes de los Alpes Hohe Tauern y atraviesa todo el valle de Gastein y pasa justo por el centro del pueblo, donde forma una cascada que parte el pueblo en dos mitades, la Gran Cascada de Bad Gastein, que forma parte del paisaje más emblemático de este pueblo alpino. A lo largo de su curso urbano, el río ha sido canalizado parcialmente, pero aún conserva tramos naturales y senderos a sus márgenes, usados por paseantes y caminantes, que, como yo, preferimos andar en lugar de deslizarnos por sus pistas nevadas.

Vivo justo a orillas de la cascada, en esa parte en la que el rio se desploma entre rocas con un ruido ensordecedor, que se mitiga casi por completo cuando nos alejamos de la cascada unos cincuenta metros. Desde mi apartamento no oigo casi nada, si no abro las ventanas de par en par, y, ni siquiera así, puedo oírla sin concentrarme en hacerlo.  

Mi paseo comienza subiendo una buena pendiente, que me recuerda mi edad, y cruzo la carretera, las vías del tren y el rio por un puente. Al llegar al otro lado, camino en dirección norte, siguiendo el rio que ruge su ronca canción a mi izquierda. Ya en el primer día, a unos cien metros del puente, en el sendero y a mi derecha, medio escondida por la nieve, encontré una placa que me transporto a mi infancia.

La placa estaba dedicada a la emperatriz Elisabeth de Austria, que según se podía leer había pasado muchos veranos en Bad Gastein para relajar sus nervios. En la placa reza que pasó grandes temporadas en el pueblo en las décadas de 1870 y 1880, para gozar de sus aguas termales.

Bueno, pues, esta Elisabeth estuvo muy presente en mi infancia por la influencia que tuvo en mí el ver la película Sissi, en la que la emperatriz era interpretada por Romy Schneider junto a Karlheinz Böhm como Francisco José I de Austria. Era yo muy pequeño, porque la película se estrenó en España en 1956. Fue una de esas películas que me marcaron en el subconsciente.

Recuerdo cómo mi madre me llevaba al cine todas las semanas. Para ella, durante unos años, que coincidieron con los de mi niñez, era un hábito, una rutina casi sagrada:  la oscuridad de la sala, el olor a ozonopino, como decía ella, a ese liquido perfumado y desinfectante que echaban los acomodadores entre sesiones, el murmullo de los espectadores acomodándose. Para mí, un niño pequeño, era un portal a otros mundos, mundos que de otra manera no existían más que en mi imaginación. El propio local, con sus oropeles, terciopelos rojos y arañas de cristal, enmarcaban mis sueños. Me sentaba junto a ella, asomando la cabeza entre su hombro y la butaca, y de repente estaba dentro de historias que me absorbían por completo.

Ahora que lo pienso, las películas casi siempre trataban de mujeres singulares: valientes, enigmáticas, a veces incomprendidas. Recuerdo con especial nitidez Semiramis, esclava y reina. Me fascinó: la mezcla de poder y fragilidad, la grandiosidad de los escenarios y la intensidad de los gestos. A través de la pantalla, me sentía transportado a palacios lejanos, a ciudades antiguas, a intrigas que eran imposibles de entender del todo a mi edad, pero que me llenaban de asombro.

Y así vi la película de Sissi y siempre la he asociado con Austria, con Viena, con el vals. Mientras camino voy pensando en la verdadera Elisabeth de Austria, conocida popularmente como Sissi, nacida en 1837, que fue emperatriz de Austria y reina consorte de Hungría, esposa de Francisco José I de Austria.

Mientras camino, por lo que descubro es una ruta de peregrinaje hacia un santuario mariano, pienso en la emperatriz, que transitó este mismo sendero. Mientras otros acudían al balneario para mostrarse, ella lo hacía para desaparecer un poco. Se alojaba en el antiguo Straubinger Hotel, situado junto a la gran cascada, y también en dependencias vinculadas al Badeschloss, ese edificio casi suspendido sobre el vacío que domina el valle. Desde los balcones se oía día y noche el estruendo del agua cayendo, porque el edificio está de cara a la cascada, un ruido constante que quizá armonizaba el desasosiego interior que sentía la emperatriz.

Sissi destacó desde joven por su espíritu libre y su personalidad rebelde frente a las rígidas normas de la corte vienesa. Tenía una belleza y elegancia que la convirtieron en icono de la época, pero también parece que sufría de melancolía, problemas de salud y un fuerte sentimiento de aislamiento. La vida de esta mujer estuvo marcada por tragedias familiares: la muerte prematura de hijos y el suicidio de su hijo, heredero del trono, y falleció trágicamente el 10 de septiembre de 1898 en Ginebra, asesinada por un anarquista italiano, Luigi Lucheni.

Y pienso que, en los años sesenta y setenta del siglo XIX Europa estaba gobernada por rostros femeninos, que sostenían la imagen del poder. No era un matriarcado político, los parlamentos y los estados mayores seguían en manos de hombres, pero el símbolo del Estado llevaba con frecuencia corona y peinado alto.

Ahí estaba Victoria del Reino Unido, viuda perpetua, tras la muerte de su querido Alberto, vestida siempre de negro, gobernando el mayor imperio del mundo y extendiendo su sangre por las casas reales europeas. Su figura era estabilidad, continuidad, una especie de madre severa del continente. En Viena, Elisabeth de Austria encarnaba belleza inquieta y melancolía. No firmaba decretos, pero inclinaba equilibrios.

En Madrid reinaba Isabel II de España, figura controvertida, rodeada de generales y pronunciamientos, hasta que la revolución la expulsó en 1868. Y en París brillaba Eugenia de Montijo, española convertida en emperatriz francesa, regente en ausencia de Napoleón III, elegante y política a la vez, hasta que la derrota de 1870 hizo caer el Segundo Imperio.

Europa cambiaba: se unificaban Italia y Alemania, caían imperios, nacían naciones modernas. Y, sin embargo, en medio de esa transformación, el poder se representaba muchas veces con rostro femenino. Ahí entra también la zarina María Alexandrovna, nacida princesa alemana, que tuvo un papel cultural y altruista importante, representando el modelo de emperatriz piadosa y benefactora.

En las décadas de 1860-1880 despuntan muchas mujeres, no solo bajo las coronas. No olvidemos a Florence Nightingale, cuya labor durante la Guerra de Crimea transformó la enfermería en profesión moderna y que en estas décadas consolidaba reformas sanitarias basadas en estadística y organización hospitalaria.

Tampoco debemos olvidar a mujeres como Harriet Taylor Mill, que, aunque fallecida dos años antes de la década de los 60, dejó una huella profunda en el pensamiento feminista que influyó en las décadas posteriores, especialmente a través de su colaboración con su esposo, John Stuart Mill y su defensa de los derechos civiles de las mujeres. En 1869 Mill publicó The Subjection of Women[1], texto fundamental para el debate de la época sobre los derechos de la mujer.

También, durante el largo paseo, me da tiempo a pensar en el contexto en que se hizo la película, pues fue justamente en 1955 cuando Austria dejó de estar ocupada por las potencias vencedoras en la segunda guerra mundial. Tras la guerra, Austria atravesó un periodo de profunda reconstrucción política, económica y social. Me lo recordó mi hijo, que está estudiando historia y no solo le interesan las pistas de esquí.

Tras la rendición alemana, el país fue liberado y ocupado por las cuatro potencias aliadas: Estados Unidos, Unión Soviética, Reino Unido y Francia, dividiendo Viena en sectores y estableciendo un gobierno provisional que buscaba desnazificar y garantizar estabilidad. Durante esos diez años (1945‑1955), Bad Gastein funcionó bajo administración militar estadounidense, lo que implicaba el control de comunicaciones, la supervisión de la recuperación turística de los balnearios, presencia de tropas en la región y ciertas restricciones civiles, aunque la vida cotidiana de los habitantes y visitantes del spa continuaba con relativa normalidad dentro de las normas de ocupación.

Austria permaneció bajo ocupación aliada hasta que en 1955 se firmó el Tratado de Estado, recuperando la plena soberanía y declarando la neutralidad permanente, comprometiéndose a no integrarse en alianzas militares y a mantener su territorio fuera de conflictos internacionales.

Paralelamente, el país recibió ayuda del Plan Marshall y emprendió la reconstrucción de ciudades, industrias y transportes, consolidando en los años 50 y 60 un Estado de bienestar moderado y una economía creciente, basada en la industria, los servicios y el turismo. Se puede decir que la película Sissi es una especie de bienvenida al calor hacia Austria por parte de occidente.

Sigo pensando en esta Sissi que llegó a Bad Gastein con un cuerpo cansado y un espíritu inquieto. Mientras otros acudían al balneario para mostrarse, ella lo hacía para desaparecer un poco. Se alojaba en el antiguo Straubinger Hotel, situado junto a la gran cascada que parte el pueblo en dos, y también en dependencias vinculadas al Badeschloss, ese edificio casi suspendido sobre el vacío que domina el valle. Desde los balcones se oía día y noche el estruendo del agua cayendo, un ruido constante que quizá armonizaba con su propio desasosiego interior.

No vivía allí como emperatriz ceremonial, sino como viajera disciplinada que tomaba las aguas, seguía las prescripciones médicas, pero sobre todo caminaba. Caminaba con una determinación casi atlética. Subía por los senderos que serpenteaban hacia Böckstein, buscaba las alturas, recorría lo que hoy conocemos como la Kaiser-Wilhelm-Promenade, por donde voy andando yo, un camino panorámico desde el que el valle se abre como un anfiteatro natural. No paseaba lentamente, dicen, avanzaba con paso rápido, a veces dejando atrás a sus acompañantes. El ejercicio era para ella una forma de dominio sobre el cuerpo y quizá también sobre el destino.

En eso del senderismo, la emperatriz era una mujer moderna. Desde finales del siglo XVIII, escritores y pensadores empezaron a ver la montaña no como un lugar hostil, sino como espacio sublime y formador del espíritu. Esa sensibilidad se fue extendiendo durante el siglo XIX y llevó a la creación de clubes alpinos, como El Alpine Club, que se fundó en Londres en 1857. Poco después surgieron el Österreichischer Alpenverein, fundado en 1862 y el Deutscher Alpenverein en 1869. Estas asociaciones señalizaban rutas, construían refugios y difundían una cultura de la montaña que mezclaba deporte, ciencia y patriotismo. Mi amigo Xavier me reprocharía si no incluyese aquí el Centre Excursionista de Catalunya, fundado en 1876 en Barcelona, cuyo objetivo era fomentar el excursionismo, la exploración de montañas y la conservación del patrimonio natural y cultural. En esencia, Cataluña desarrolló un movimiento de excursionismo y montaña paralelo al austríaco y alemán, con enfoque recreativo, cultural y educativo, y con un fuerte componente de identidad periférica, mucho más que de patriotismo nacionalista centralizado como en Alemania o Austria. Se puede decir que el Centre Excursionista de Catalunya, desde sus primeros años tuvo un papel simbólico y práctico en la construcción de la identidad catalana. Caminando por montañas y valles, los socios exploraban su propio territorio cultural y patrimonial. Cada sendero marcado, cada refugio construido, cada guía publicada servía también para reivindicar la historia y singularidad de Cataluña.

En el mundo germánico nació incluso un concepto cultural: Wandern, caminar como forma de educación moral y contacto con la naturaleza. El caminar era ejercicio físico y experiencia formativa. En Bad Gastein encontraba Sissi algo que Viena no podía ofrecerle: anonimato relativo, aire fino, distancia del protocolo. Allí no era únicamente la esposa de Francisco José I de Austria, sino una mujer que se medía con la pendiente, con la altitud y con su propia melancolía. Mientras en aquellas mismas montañas Otto von Bismarck negociaba equilibrios de poder y preparaba trampas diplomáticas, ella buscaba equilibrio interior. Dos formas muy distintas de habitar el mismo paisaje.

Si paseamos por el centro histórico, junto a la cascada, y levantamos la vista hacia las fachadas que aún conservan el aire imperial, podemos imaginarla cruzando con discreción el vestíbulo del hotel, ajustándose el sombrero, saliendo temprano para ganar altura antes de que el mundo la alcanzara. Y yo sigo la ruta helada, enmarcada por empinadas pendientes cubiertas de abetos cargados de nieve a mi derecha y el rugiente Gasteiner Ache a mi izquierda hasta llegar a la ermita mariana, Pfarrkirche Mariae Himmelfahrt y disfrutar de su elegante interior barroco. Estoy completamente solo en el templo y pienso que Sissi pudo haber sentido la misma paz que yo siento en este momento. Al salir, brilla el sol y emprendo mi camino de regreso.


[1] https://archive.org/details/subjectionofwome00millrich/page/n7/mode/2up