¿Es que nadie puede parar esta barbarie? Aceptamos casi esta rara “normalidad” de tener un conflicto bélico sangrante en nuestra proximidad. Para los niños de diez o doce años que viven en Suecia o en España, la guerra en Ucrania es ya algo común, es parte de la realidad, del día a día, es lo que se oye en la radio y se ve en la televisión. La guerra es algo “normal” ¿Cómo empezó todo? Se preguntan algunos y, pensando en la labor de un docente, ante estas preguntas, hay que ir al principio de todo.
Empecemos por explicar Ucrania y Russia. Para entender el conflicto actual es necesario retroceder muchos siglos, hasta los orígenes medievales de ambos pueblos. Mi fascinación por Rusia surgió por la literatura y la música: Pushkin, Tolstói, Dostoievski, Chaikovski, Rachmáninov… esas voces y notas transmiten un país enorme, complejo, lleno de tensiones entre luz y sombra, libertad y destino. La literatura rusa enseña la paciencia, la melancolía del alma, la profundidad de la reflexión; la música revela la fuerza de la naturaleza, la grandeza de los paisajes y la intensidad de los sentimientos.
El paralelismo con España en la resistencia a Napoleón llamó también mi atención. Ambas naciones resistieron invasores que parecían invencibles: en España, la guerra de guerrillas, la pasión popular y la movilización de civiles frenaron a un ejército europeo disciplinado; en Rusia, el invierno, la extensión del territorio y la resiliencia histórica hicieron lo mismo con Napoleón. Hay en ambos casos un elemento de espíritu nacional, de territorio que protege y moldea la identidad, y de memoria histórica que se transmite como orgullo colectivo. Mi interés por Rusia me llevó también a estudiar ruso durante los ocho meses que pasé cuidando a mi hija Amanda a mediados de los 80 y a estudiar su historia y sus costumbres. Hoy, unas horas antes de participar en la segunda manifestación contra la guerra de Ucrania, me gustaría reunir una especie de compendio para comprender el conflicto, según lo he entendido yo.
El primer Estado eslavo oriental organizado fue la llamada Rus de Kiev, fundada en el siglo IX con centro en Kiev. Este principado agrupaba territorios que hoy pertenecen a Ucrania, Rusia y Bielorrusia. En 988, el príncipe Vladímir adoptó el cristianismo ortodoxo desde Constantinopla, hecho decisivo para la identidad religiosa y cultural de la región.
Tanto Rusia como Ucrania consideran la Rus de Kiev como el origen de su tradición estatal y espiritual.
Si retrocedemos al primer milenio de nuestra era, no encontramos ni ruso ni ucraniano, del mismo modo que en la Hispania romana no existían aún ni el español ni el catalán. Lo que había era una lengua común: en el este de Europa, el llamado eslavo oriental antiguo, hablado en el ámbito de la Rus de Kiev; en la península ibérica, el latín vulgar traído por Roma.
En el espacio de la Rus medieval, siglos IX–XIII, se hablaban variedades muy próximas entre sí, sin una norma fija ni conciencia de “idiomas nacionales”. La lengua escrita culta era el eslavo eclesiástico, usado en la liturgia ortodoxa, algo así como el latín en la Europa occidental. La administración, la religión y la cultura escrita tenían una base común, mientras que en la vida cotidiana existían dialectos regionales.
En cuanto al idioma, durante siglos no existió una frontera lingüística clara: más bien había una cadena de dialectos donde cada zona entendía a la vecina. Pero con el tiempo, y sobre todo a partir de los siglos XVII y XVIII, los centros políticos comenzaron a estandarizar sus lenguas. En el Imperio ruso se fue fijando una norma literaria basada en el dialecto moscovita, consolidada en el siglo XVIII con reformas culturales como las de Pedro el Grande. En el territorio ucraniano, la estandarización fue más tardía y compleja, porque gran parte de Ucrania quedó integrada en el Imperio ruso, donde el uso oficial del ucraniano fue limitado en distintos periodos. Aun así, en el siglo XIX surgió una literatura moderna en lengua ucraniana, que ayudó a fijar su forma escrita y a consolidar una conciencia lingüística diferenciada.
Es decir, ruso y ucraniano nacieron juntos como variantes de una misma base eslava oriental, se separaron progresivamente por razones políticas y culturales, y se formalizaron como lenguas modernas cuando los Estados y los movimientos nacionales necesitaron normas escritas, gramáticas y diccionarios propios.
El proceso guarda un paralelismo claro con el español y el catalán. Ambos proceden del latín vulgar, que tampoco era uniforme. Tras la caída del Imperio romano, la fragmentación política y la formación de reinos distintos favorecieron la diferenciación. En la zona centro-norte de la península ibérica se desarrollaron variedades romances que darían lugar al castellano; en el nordeste, en contacto con Occitania y el sur de Francia, surgió el catalán. Durante siglos fueron dialectos sin norma fija. La consolidación vino con la aparición de literatura, administración y poder político propios: en Castilla, el castellano se fortaleció como lengua de la monarquía; en la Corona de Aragón, el catalán tuvo una temprana tradición literaria y jurídica.
Siguiendo las raíces del actual conflicto bélico en Ucrania, la invasión mongola del siglo XIII fragmentó esa primera entidad política. El centro de poder se desplazó hacia el noreste, donde surgió el Principado de Moscú, mientras que los territorios del actual centro y oeste de Ucrania quedaron bajo la influencia del Gran Ducado de Lituania y luego de la Mancomunidad polaco-lituana. Esa separación política fue decisiva: durante siglos, las comunidades eslavas orientales evolucionaron bajo estructuras estatales distintas, con contactos culturales diferentes.
Tras la dominación mongola, el Principado de Moscú fue ganando poder y, entre los siglos XIV y XVI, consolidó un Estado fuerte que se convirtió en el Zarato de Rusia bajo Iván IV, el Terrible.
Desde la perspectiva rusa, Moscú heredó la continuidad política de la Rus de Kiev. Desde la perspectiva ucraniana, esa herencia no es exclusiva, pues la Rus fue un espacio común anterior a la división posterior.
En el siglo XVII surgió el Hetmanato cosaco, liderado por Bohdán Jmelnitski. En 1654, mediante el acuerdo de Pereyáslav, los cosacos buscaron protección del zar ruso frente a Polonia. Rusia interpretó e interpreta este acuerdo como una reunificación histórica; muchos historiadores ucranianos lo consideran una alianza limitada que terminó en pérdida de autonomía.
Entre los siglos XVIII y XIX, el Imperio Ruso incorporó la mayor parte de Ucrania. Se promovió la rusificación y se limitaron expresiones culturales ucranianas. Al mismo tiempo, en el oeste, en la llamada Galicia, bajo dominio del Imperio Austrohúngaro, el movimiento nacional ucraniano se desarrolló con más libertad.
Entre 1917 y 1921, Ucrania vive uno de los periodos más caóticos de su historia. Se proclama la República Popular Ucraniana en Kiev; surgen gobiernos rivales; intervienen ejércitos alemanes y austrohúngaros tras el tratado de Brest-Litovsk; avanzan y retroceden tropas bolcheviques; actúan fuerzas “blancas” contrarrevolucionarias y también milicias anarquistas como las de Néstor Majnó. Es una guerra múltiple: civil, nacional y social al mismo tiempo. Finalmente, el Ejército Rojo impone el control y en 1922 Ucrania se convierte en una de las repúblicas fundadoras de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), como República Socialista Soviética de Ucrania.
En los años veinte, el nuevo poder soviético aplica una política relativamente flexible en materia nacional. Bajo la estrategia de “korenización” (indigenización), se promueve el uso del ucraniano en la administración y la educación para consolidar el régimen entre las poblaciones no rusas. Es un periodo de cierta vitalidad cultural ucraniana dentro del marco soviético. Al mismo tiempo, el poder real reside en el Partido Comunista, altamente centralizado desde Moscú.
La situación cambia de manera radical con la consolidación de Iósif Stalin a finales de los años veinte. Se impulsa la colectivización forzosa de la agricultura y una industrialización acelerada. Ucrania, gran productor agrícola, se convierte en escenario central de estas políticas. Entre 1932 y 1933 se produce una gran hambruna conocida como Holodomor, causada por la combinación de requisas estatales de grano, desorganización agrícola y represión. Millones de personas mueren en Ucrania. La interpretación histórica de este episodio sigue siendo objeto de debate. Ucrania lo define como un acto deliberado de represión nacional; la posición rusa lo enmarca dentro de las tragedias más amplias de la colectivización soviética.
Paralelamente, en los años treinta se intensifican las purgas políticas. Intelectuales, cuadros del partido y militares son arrestados o ejecutados en Ucrania y en toda la Unión Soviética. La autonomía cultural ucraniana de los años veinte se reduce considerablemente, mientras la estructura del Estado soviético se vuelve más centralizada, y el ruso gana peso como lengua de comunicación interrepublicana, aunque el ucraniano sigue siendo formalmente lengua oficial de la república.
En el plano territorial, la Ucrania soviética no coincide aun plenamente con las fronteras actuales. Las regiones occidentales, Galicia y Volinia, permanecen fuera de la URSS tras la Primera Guerra Mundial y quedan integradas en Polonia. Solo en 1939, tras el pacto germano-soviético y la invasión conjunta de Polonia por Alemania y la Unión Soviética, esos territorios occidentales son incorporados a la Ucrania soviética. Al mismo tiempo, otras zonas cambian de soberanía en el contexto de la expansión soviética hacia el oeste.
Así, en vísperas de la Segunda Guerra Mundial, Rusia y Ucrania forman parte del mismo Estado: la URSS. Rusia es la república más grande y dominante dentro de la federación soviética; Ucrania es la segunda en población e importancia económica, con fuerte peso industrial en el Donbás y agrícola en las llanuras del sur.
Entre 1917 y 1939 se consolidan varios elementos decisivos: la incorporación de Ucrania al proyecto soviético, la centralización del poder en Moscú, la experiencia traumática de la colectivización y la hambruna, y la ampliación territorial de la república ucraniana. Todo ello configura una relación compleja porque Ucrania es parte constitutiva de la Unión Soviética y, al mismo tiempo, mantiene una identidad nacional diferenciada que no desaparece dentro del marco soviético. Esa doble realidad marcará también las décadas posteriores.
Cuando Alemania invadió la Unión Soviética el 22 de junio de 1941, Ucrania se convirtió casi de inmediato en uno de los principales escenarios de la guerra. En pocos meses, tras combates devastadores, el ejército alemán ocupó la mayor parte del territorio ucraniano. Kiev cayó en septiembre de 1941, y con ello comenzó una de las etapas más duras de la historia del país.
El territorio fue dividido administrativamente. La mayor parte pasó a formar el Reichskommissariat Ukraine, bajo autoridad civil alemana; Galicia quedó incorporada al Gobierno General, la estructura alemana que administraba la Polonia ocupada, y algunas zonas del sur fueron controladas por Rumanía, aliada del Tercer Reich. No existió un Estado ucraniano independiente bajo ocupación, porque el régimen nazi no tenía intención de permitirlo.
La ideología nazi consideraba Ucrania parte del “espacio vital” destinado a la expansión alemana. El territorio era visto como una enorme reserva agrícola y estratégica. La población eslava era considerada racialmente inferior y destinada al sometimiento, la explotación o, a largo plazo, la expulsión. Desde el inicio, la ocupación se caracterizó por la violencia sistemática, las ejecuciones, las deportaciones y la confiscación masiva de alimentos. Millones de toneladas de grano fueron requisadas para abastecer a Alemania. Cientos de miles de civiles fueron enviados como trabajadores forzados, los llamados Ostarbeiter, al Reich. Anteayer, paseando por Salzburg, al pasar un puente que lleva a la parte antigua de la ciudad, vi una placa conmemorativa que explicaba que, ese puente había sido construido por esos “ostarbeiter”.
Uno de los capítulos más trágicos fue el exterminio de la población judía. Antes de la guerra, Ucrania albergaba una de las comunidades judías más numerosas de Europa. Tras la ocupación, unidades móviles de exterminio alemanas, los Einsatzgruppen, a menudo con apoyo de colaboradores locales, llevaron a cabo fusilamientos masivos. El caso más conocido es Babi Yar, cerca de Kiev, donde en septiembre de 1941 fueron asesinadas más de 30.000 personas en apenas dos días. En total, alrededor de un millón y medio de judíos del territorio ucraniano fueron asesinados durante la ocupación.
La situación política fue compleja. Existían movimientos nacionalistas ucranianos que aspiraban a la independencia y que veían en el colapso soviético una oportunidad histórica. Algunos sectores proclamaron en 1941 un Estado ucraniano con la esperanza de obtener apoyo alemán, pero los nazis no permitieron ninguna verdadera soberanía y reprimieron esas iniciativas. Posteriormente, surgieron formaciones armadas nacionalistas como el Ejército Insurgente Ucraniano (UPA), que combatió contra fuerzas soviéticas y, en distintos momentos, también contra los alemanes, además de participar en violentos conflictos interétnicos, especialmente contra población polaca en Volinia y Galicia.
Al mismo tiempo, la resistencia soviética fue intensa. Se organizaron partisanos en bosques y zonas rurales, y millones de ucranianos sirvieron en el Ejército Rojo. Entre 1943 y 1944, el avance soviético reconquistó el territorio en combates extremadamente destructivos. Ciudades enteras quedaron arrasadas.
El balance humano fue catastrófico. Entre cinco y siete millones de habitantes del territorio ucraniano murieron durante la guerra, entre civiles y militares. La infraestructura quedó devastada, la población diezmada y el trauma profundamente arraigado.
Durante la ocupación nazi, Ucrania fue a la vez campo de batalla, territorio explotado económicamente y escenario de genocidio. Fue una experiencia de violencia extrema que marcó de forma duradera la memoria histórica del país y cuya interpretación sigue siendo sensible y compleja hasta hoy.
Tras la derrota de la Alemania nazi en 1945, Ucrania quedó plenamente integrada en la Unión Soviética como República Socialista Soviética de Ucrania, una de las repúblicas fundadoras de la URSS y, después de Rusia, la más importante en población e industria. Formalmente era una república con instituciones propias —parlamento, gobierno, constitución—, pero el poder real residía en el Partido Comunista, cuya dirección estaba subordinada a Moscú.
La posguerra fue un periodo de reconstrucción intensa. Ucrania había quedado devastada: ciudades destruidas, infraestructuras arrasadas, millones de muertos. El Estado soviético impulsó una rápida industrialización, especialmente en el este, en el Donbás y en el eje Dnipró–Zaporiyia, donde se desarrolló la industria pesada, la minería y la producción de acero. Ucrania se convirtió en uno de los motores industriales de la Unión Soviética, además de seguir siendo una de sus principales regiones agrícolas.
En el oeste del país, incorporado definitivamente a la URSS tras la guerra, la sovietización fue más conflictiva. Allí existía una tradición nacional distinta, marcada por la experiencia bajo Polonia y el Imperio austrohúngaro. Hubo resistencia armada antisoviética, especialmente por parte del Ejército Insurgente Ucraniano (UPA), que fue finalmente derrotado a finales de los años cuarenta y comienzos de los cincuenta mediante operaciones de seguridad y represión.
Durante el periodo de Stalin, el sistema fue altamente centralizado y represivo. La vida política estaba estrictamente controlada, como en el resto de la Unión Soviética, la disidencia era perseguida y la cultura debía ajustarse a los principios del realismo socialista. Sin embargo, tras la muerte de Stalin en 1953 y el inicio de la desestalinización bajo Nikita Jrushchov, que había tenido vínculos políticos con Ucrania, se produjo cierta liberalización.
En 1954 tuvo lugar un hecho simbólicamente importante: la transferencia administrativa de Crimea de la República Rusa a la República Ucraniana dentro de la URSS. En aquel momento fue una decisión interna dentro del mismo Estado soviético y no tuvo gran controversia pública.
En las décadas de 1960 y 1970, Ucrania vivió un periodo de estabilidad y crecimiento. La urbanización aumentó, se expandió la educación superior y se desarrollaron sectores científicos y tecnológicos. Kiev se consolidó como uno de los grandes centros culturales y académicos soviéticos. Al mismo tiempo, el ruso se fortaleció como lengua de comunicación interrepublicana, especialmente en las ciudades y en el este industrial, mientras que el ucraniano seguía siendo lengua oficial de la república y predominante en amplias zonas rurales.
También existió una disidencia intelectual ucraniana, especialmente a partir de los años sesenta, que reclamaba mayor libertad cultural y respeto por la identidad nacional. Estos movimientos fueron vigilados y en ocasiones reprimidos por las autoridades soviéticas. Un episodio decisivo fue el accidente nuclear de Chernóbil en 1986, en el norte de Ucrania. La explosión del reactor tuvo enormes consecuencias humanas, ambientales y políticas. La gestión inicial opaca del desastre afectó la confianza en el sistema soviético y contribuyó al clima de cuestionamiento durante las reformas de Mijaíl Gorbachov, perestroika y glasnost.
En términos generales, se puede decir que, durante el periodo soviético Ucrania fue simultáneamente parte central del proyecto soviético, industrial, militar y agrícola, a la vez que portadora de una identidad nacional propia que nunca desapareció del todo. La estructura política era altamente centralizada, pero la república tenía fronteras, instituciones y una élite administrativa que, llegado el momento, facilitarían la transición hacia la independencia en 1991, cuando la Unión Soviética se disolvió.
La independencia de Ucrania en 1991 fue una de las consecuencias del colapso interno de la Unión Soviética. A finales de los años ochenta, la URSS atravesaba una crisis profunda: estancamiento económico, pérdida de legitimidad política y tensiones nacionales acumuladas. Las reformas de Mijaíl Gorbachov —perestroika (reforma económica) y glasnost (apertura política), pretendían modernizar el sistema, pero también abrieron espacios de debate y movilización que el régimen ya no pudo controlar del todo.
En Ucrania, como en otras repúblicas soviéticas, surgieron movimientos cívicos y culturales que reclamaban mayor autonomía. El desastre de Chernóbil en 1986 había debilitado la confianza en el poder central. En julio de 1990, el Parlamento ucraniano declaró la soberanía estatal, aunque aún dentro de la URSS.
El punto decisivo llegó tras el intento de golpe de Estado en Moscú en agosto de 1991, protagonizado por sectores conservadores dentro del partido comunista que intentaban frenar la desintegración soviética. El golpe fracasó, pero dejó al poder central muy debilitado. El 24 de agosto de 1991, el Parlamento ucraniano proclamó la independencia. En diciembre de ese mismo año, un referéndum confirmó la decisión con más del 90 % de votos a favor, incluyendo mayoría en todas las regiones, también en el este y en Crimea.
Pocos días después, los líderes de Rusia, Ucrania y Bielorrusia firmaron el acuerdo que disolvía formalmente la Unión Soviética. Ucrania se convirtió así en un Estado independiente reconocido internacionalmente, y heredó fronteras que correspondían a las de la república soviética. Vladímir Putin cuestiona esa independencia, porque según él la disolución de la URSS fue una “catástrofe geopolítica”. Desde su perspectiva, la separación de repúblicas históricamente vinculadas a Rusia debilitó gravemente la posición estratégica y el peso internacional ruso.
Desde su perspectiva, existe una dimensión histórica e identitaria. Putin sostiene que rusos y ucranianos forman “un solo pueblo” con raíces comunes en la Rus de Kiev. Desde esa visión, la separación moderna sería en parte artificial o producto de decisiones administrativas soviéticas. En esa línea, ha argumentado que la formación de la Ucrania soviética incluyó territorios que, según su interpretación, estaban históricamente ligados a Rusia.
Más concretamente, según su forma de concebir la política actual, se percibe la ampliación de la OTAN hacia el este y el acercamiento de Ucrania a la Unión Europea y a estructuras occidentales como una amenaza directa a la seguridad rusa. Desde Kiev y desde la mayoría de países occidentales, en cambio, la orientación internacional de Ucrania se considera una decisión soberana de un Estado independiente.
En diciembre de 1991 la Unión Soviética se disolvió. Ucrania, que era una de las repúblicas soviéticas más importantes por población, industria y agricultura, se convirtió en un Estado independiente tras un referéndum en el que más del 90% votó a favor de la independencia.
Al independizarse, Ucrania heredó en su territorio el tercer arsenal nuclear más grande del mundo. En 1994 firmó el Memorándum de Budapest, por el cual entregó esas armas nucleares a Rusia a cambio de garantías de seguridad y respeto a su integridad territorial por parte de Rusia, Estados Unidos y Reino Unido.
Tras la desaparición de la URSS, Rusia perdió influencia directa sobre las antiguas repúblicas soviéticas. Durante esa década, la OTAN comenzó a ampliarse hacia Europa del Este con Polonia, Hungría, República Checa en 1999. Rusia consideró esa expansión como una amenaza estratégica; los países incorporados argumentaron que buscaban protección y estabilidad.
Ucrania quedó en una posición intermedia: mantenía fuertes vínculos económicos, culturales y lingüísticos con Rusia, pero también buscaba acercamiento a Europa. En 2004, tras unas elecciones presidenciales denunciadas por fraude, se produjeron protestas masivas conocidas como Revolución Naranja. Se repitieron los comicios y ganó un candidato proeuropeo. Esto evidenció la división interna del país entre sectores más orientados hacia la Unión Europea y otros más cercanos a Rusia.
En 2013 el presidente Víktor Yanukóvich suspendió un acuerdo de asociación con la Unión Europea y optó por un acercamiento económico a Rusia. Se produjeron protestas masivas en Kiev, el Euromaidán. En febrero de 2014, tras violencia en las calles, Yanukóvich abandonó el país. El Parlamento lo destituyó y nombró un nuevo gobierno.
Rusia consideró este cambio como inconstitucional y apoyado por Occidente. En marzo de 2014, Rusia tomó el control de Crimea y la anexó tras un referéndum que Ucrania y la mayoría de la comunidad internacional no reconocieron. Ese mismo año comenzó una guerra en el este de Ucrania, en Donetsk y Lugansk, entre fuerzas ucranianas y separatistas apoyados por Rusia. Los acuerdos de Minsk en 2014–2015 redujeron la intensidad del conflicto, pero no lo resolvieron.
Volodímir Zelenski, elegido presidente de Ucrania en abril de 2019, asumió un país con un conflicto latente en el este desde 2014, tras la anexión rusa de Crimea y el inicio de la guerra en el Donbás con fuerzas separatistas apoyadas por Moscú. Su perfil inicial era de político externo al establishment, exactor y productor de televisión, sin carrera política tradicional, lo que le permitió conectar con un electorado deseoso de cambio, anticorrupción y reformas.
Desde el comienzo de la invasión rusa a gran escala el 24 de febrero de 2022, Zelenski se convirtió en el principal símbolo del Estado ucraniano y de la resistencia nacional. Su liderazgo se centra en mantener la unidad del país ante la guerra, coordinando el gobierno, las fuerzas armadas y la movilización civil, y reforzando la identidad nacional frente a la amenaza externa.
Zelenski ha llevado desde el principio una intensa campaña global, comunicándose directamente con líderes mundiales y con la opinión pública internacional, buscando sanciones económicas contra Rusia, apoyo militar y asistencia humanitaria. Su habilidad comunicativa ha logrado visibilidad mundial, y se ha convertido en un portavoz de la causa ucraniana.
Aunque no es militar, Zelenski supervisa la estrategia de defensa, mantiene la moral de las fuerzas armadas y toma decisiones sobre movilización y distribución de recursos. La guerra ha transformado al presidente en figura ejecutiva plena, con poderes ampliados ante la emergencia.
El conflicto bajo su liderazgo ha tenido un costo devastador con miles de víctimas civiles y militares, millones de desplazados y destrucción masiva de infraestructura. Al mismo tiempo, Zelenski ha promovido una narrativa de resistencia y resiliencia, reforzando el patriotismo y la unidad interna. Su papel político y simbólico ha hecho que su figura sea comparable a la de líderes históricos que enfrentaron invasiones, en la medida en que combina gobierno, comunicación y representación internacional.
En paralelo, la guerra ha transformado la percepción internacional de Ucrania: de un país con problemas internos y corrupción endémica, a un Estado que defiende su soberanía y un modelo de democracia frente a la agresión rusa, ganando apoyo político, económico y militar de Occidente. La guerra y el liderazgo de Zelenski muestran cómo la presidencia en Ucrania se ha convertido en un híbrido entre jefe de Estado, comandante en jefe y portavoz global de la nación.
Una paz duradera en Ucrania es posible, pero extremadamente compleja y depende de múltiples factores políticos, militares, económicos y culturales. No se trata solo de poner fin a los combates, sino de crear condiciones estables que reduzcan las tensiones históricas y estratégicas que han alimentado el conflicto. Para que haya paz duradera, habría que considerar al menos tres dimensiones:
En primer lugar, se requiere un acuerdo que reconozca la soberanía de Ucrania y resuelva la situación de los territorios ocupados, así como garantías internacionales que reduzcan la percepción de amenaza de Rusia y satisfagan las expectativas de seguridad de Ucrania. Esto podría incluir mecanismos de neutralidad o garantías multilaterales, similares a la neutralidad de Austria tras 1955, aunque el contexto geopolítico actual es más tenso y con actores globales más involucrados.
En segundo lugar, la reconstrucción del país es esencial. Ucrania necesita reconstruir infraestructura, industria y servicios, además de integrar a millones de desplazados internos y refugiados. La cooperación internacional y la inversión sostenible son claves para reducir la frustración social y evitar que la guerra genere resentimientos duraderos.
En tercer lugar, una paz duradera también depende de un reconocimiento de las identidades y lenguas dentro de Ucrania, así como del respeto a los derechos de las minorías. La historia compartida, las narrativas sobre Crimea, Donbás y la relación con Rusia, así como la memoria de conflictos anteriores, condicionan la posibilidad de reconciliación.
Pero llegar a esa paz, una paz que Rusia admita, es necesario, porque vencer a Rusia mediante una confrontación militar directa es extremadamente difícil debido a factores geográficos, históricos, políticos y estratégicos. Su territorio es el más extenso del mundo, con climas extremos, bosques, ríos y tundra que complican cualquier operación de ocupación sostenida. La logística de mover tropas y suministros a través de distancias tan grandes es un desafío constante. Históricamente, invasiones como las de Napoleón y Hitler demostraron que el control completo del territorio ruso es casi imposible y costoso en vidas y recursos.
En términos estratégicos, Rusia mantiene un arsenal nuclear significativo, fuerzas convencionales numerosas y capacidades de guerra híbrida, como ciberataques y control energético regional, que limitan las opciones de sus adversarios. Su sistema político centralizado permite decisiones rápidas y concentración de recursos, lo que refuerza su capacidad de mantener conflictos prolongados. Pensar que simplemente eliminando a Vladímir Putin habría paz en Rusia y en Ucrania es baladí porque el conflicto no depende únicamente de una persona, sino de estructuras profundas, intereses estratégicos y dinámicas históricas. El Estado ruso no es unidimensional. Aunque Putin concentra poder, Rusia cuenta con un aparato político-militar sólido, fuerzas armadas, servicios de inteligencia, burocracia centralizada y élites económicas que tienen intereses propios en mantener la influencia rusa, territorial y global. La salida de Putin no garantiza que estas instituciones cambien de rumbo o que acepten ceder posiciones estratégicas en Ucrania. Recuerdo una entrevista radiofónica en la que participé desde Radio Nacional en Cataluña en 1992 en la que hablamos con diferentes lideres rusos, representantes de diferentes partidos, pero todos se presentaban como русский националист (russkiy natsionalist). La identidad nacional rusa y la narrativa histórica de resistencia frente a invasiones han generado resiliencia social, lo que dificulta la desmoralización o la presión interna para aceptar concesiones. Finalmente, su posición geopolítica le permite maniobrar entre Europa y Asia y aprovechar divisiones en las alianzas externas.
Cualquier intento de derrotar militarmente a Rusia significa un alto costo, con probabilidad baja de éxito completo y consecuencias impredecibles. La experiencia histórica muestra que los conflictos con Rusia suelen resolverse más por desgaste, negociación o acuerdos diplomáticos que por una victoria militar absoluta. Por eso, es importante que las negociaciones para la paz se tomen en serio y que se proceda cuanto antes a acabar con esta barbarie en el corazón de Europa.
https://www.realinstitutoelcano.org/analisis/ucrania-entre-la-guerra-y-la-paz-injusta

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