Sé que no soy solo yo el que hoy me siento un poco decepcionado tras la manifestación de ayer contra la guerra de Ucrania. Yo llegué a la Plaza Mayor de Lund a la hora prevista. Allí estaba el organizador y unos cuantos de mis compañeros y compañeras de partido. Vi también a un par de representantes de los Kristdemokrater y de el partido local Förnya Lund. Un puñado de exiliados ucranianos, un hombre que, desde el comienzo de la guerra ha estado en la plaza vendiendo estufas de carbón para enviar a Ucrania y un puñado de curiosos, ni más ni menos.
No, no soy el único que piensa así. Esa sensación de soledad cívica la compartimos muchas personas de mi generación, y también algunas más jóvenes, cuando comparamos el presente con los años sesenta y setenta.
Durante la guerra de Vietnam, especialmente tras la ofensiva del Tet en 1968, se produjo una movilización masiva en Estados Unidos y en Europa. El movimiento contra la guerra se entrelazó con el movimiento por los derechos civiles, con la contracultura, con la revolución estudiantil del 68. Las universidades eran focos de debate político permanente. La guerra nos afectaba directamente a los jóvenes, allí dónde había, a través del servicio militar obligatorio. Había un vínculo personal, inmediato, casi corporal.
Hoy la guerra en Ucrania, tras la invasión a gran escala de Rusia en 2022, se percibe de manera distinta en muchos países europeos occidentales. No hay reclutamiento. No hay hijos enviados al frente. En Ucrania y en Rusia, sí, claro, pero fuera de allí, el conflicto se vive a través de pantallas, mapas digitales y análisis geopolíticos. Es real, dramático, devastador, pero mediado y poco real.
Además, el paisaje político ha cambiado, porque la fragmentación de la esfera pública es tal que hay muchas distracciones, muchas tragedias que se pueden vivir a la vez. Hoy la atención está dispersa. El compromiso colectivo ha sido reemplazado en parte por causas más personalizadas. Creo que hay una fatiga informativa que generan una especie de saturación emocional. También comprendo que en la actualidad, mucha movilización se desplaza a redes sociales, que no siempre se traduce en presencia física.
También hay una diferencia importante: en los años sesenta, muchos manifestantes protestaban contra su propio gobierno y su propia guerra. Hoy, en muchos países europeos, los gobiernos apoyan a Ucrania y una parte significativa de la población considera ese apoyo como defensa del derecho internacional. Eso cambia la dinámica moral de la protesta. Aunque, en realidad, me pregunto cuanta gente apoya nuestra defensa de Ucrania. Mientras estoy en la plaza, me llega un joven de estética parecida a la que yo mismo lucía hace 60 años; pelo largo, algo de barba, pantalones baqueros etc. y me espeta: “¿Cuántos billones de euros vamos a darle al país más corrupto de Europa?” – le miro un poco atónito, porque no me esperaba la pregunta, y el sigue en voz alta, para que todos los que están allí le escuchen, y sigue: -“Sí, porque es nuestro dinero, y lo único que se consigue, es alimentar a la industria bélica”. – Yo sigo mirándole, incrédulo, mientras uno de mis colegas, profesor de economía, le da explicaciones contundentes pero educadas. En los ojos de los curiosos que nos rodean, observo equidistancia. Me ruborizo por dentro.
Cuando uno ha vivido épocas en que las plazas se llenaban, ver solo treinta personas se siente como un síntoma de indiferencia colectiva. Pero, tal vez no sea desinterés, sino transformación. La conciencia política no desaparece; muta. A veces se diluye, otras veces espera.
He sido profesor cuarenta y cinco años. Sé bien que las generaciones no reaccionan igual ante los mismos estímulos históricos. Pero también sé que la historia es pendular. Hay momentos de latencia y momentos de eclosión. Quizá habrá que pensar qué significa hoy manifestarse. ¿Es la calle el único termómetro del compromiso?
El hecho de nosotros estuviéramos allí, aunque solo fuéramos treinta, ya es una forma de resistencia moral. Las minorías conscientes han precedido muchas veces a las mayorías movilizadas. Además, estoy orgulloso de que hayamos sido los de mi partido, Liberalerna, los que hemos organizado la manifestación.
Esta mañana, veo que el periódico local ofrece una larga referencia grafica de la manifestación y da voz a nuestras inquietudes. También veo que uno de mis más antiguos amigos estaba allí, aunque no me di cuenta en el momento. A lo mejor es que todavía queda algo de esperanza. Recuerdo cuando salimos los estudiantes y profesores a manifestarnos contra la guerra en Iraq en marzo del 2003. Llenábamos las calles y marchábamos con consignas como “¿Qué vamos a hacer? Detener la guerra. Ahora, ahora, ahora” y “¿Qué pensamos sobre la guerra? Mal, mal, mal”. No detuvimos esa guerra como tampoco podremos detener la guerra en Ucrania. También llenamos la plaza contra el cambio climático, siguiendo el lema de viernes contra el cambio climático que inicio Greta Thunberg.
Y, pensándolo bien: ¿qué pasará si ya nadie sale a la calle para protestar contra nada? Me pregunto si tendremos un mundo mejor o peor. ¿Para qué sirve salir a protestar? Lo seguiré pensando, aunque no creo que llegue a ninguna respuesta que valga la pena.
Foto en Sydsvenskan hoy

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