Un signo decisivo de que ha llegado la primavera, es cuando me calzo unas zapatillas nuevas para correr. Ocurre todos los años, a veces se queda en comprar y probar, pero el año pasado resulto en una carrera de media maratón y este año quien sabe, o sí, yo sé que voy a correr Lundaloppet, una carrera que inauguré en los 80 y que quiero completar también este año.

Eso de correr a algunos les parecerá una tontería, una forma tonta de pasar el tiempo, un esfuerzo infructuoso o una exhibición de narcisismo. No me importa lo que piensen porque a mí, correr me hace sentir vivo. Y, para ser franco, no es fácil correr a mi edad. En realidad, cada mañana me levanto haciendo un esfuerzo y superando barreras de dolor y rigidez de espalda, rodillas y caderas. Hace tanto tiempo que siento esas molestias que no me acuerdo ya como era vivir sin ellas.

La carrera empieza en la cabeza, en la memoria de cómo era correr hace cincuenta años. Solo el pensarlo hace que suba el pulso y que las endorfinas empiecen a fluir. Despues hay que calzarse las zapatillas nuevas, que parecen hechas para correr por si solas. Ya en la calle, la ruta decidida y el cronómetro activado, se dan los primeros pasos pensando en las sensaciones que vienen.

El primer día el cuerpo protesta. Las piernas, que en otro tiempo respondían como un resorte, ahora se mueven con cierta prudencia, como si quisieran comprobar primero que el suelo sigue siendo firme. El corazón, que durante décadas conoció el ritmo largo y sostenido de las carreras, comienza a despertar poco a poco, recordando un lenguaje que parecía olvidado. Cada paso es una negociación entre la voluntad y la memoria del cuerpo.

Pero ocurre algo curioso: a los pocos minutos aparece una sensación conocida. El movimiento repetido, casi musical, de los pies contra el suelo despierta un recuerdo físico que no está en la cabeza, sino en los músculos. Es como si el cuerpo dijera: “Ah, esto era”. No corro como antes, naturalmente; ya no hay la ligereza de los veinte o los treinta años. Sin embargo, aparece otra cualidad distinta: una calma profunda, una forma de correr sin prisa, como quien conversa con el tiempo.

Mientras avanzo por el camino, siento que cada paso despierta imágenes antiguas. Surgen recuerdos de otras carreras, de mañanas frías de invierno, de la respiración acompasada en los últimos kilómetros de una maratón, de aquella sensación casi heroica de seguir corriendo cuando el cuerpo parecía ya no tener fuerzas. Todo eso vuelve, pero no como nostalgia amarga, sino como una compañía silenciosa.

También está la conciencia clara del paso de los años. El cuerpo ahora es más frágil, y cada entrenamiento exige prudencia. Hay que escuchar las rodillas, sentir el ritmo del corazón, aceptar que la velocidad ya no es la medida del esfuerzo. Pero, paradójicamente, esa misma fragilidad da al acto de correr un valor nuevo. Cada kilómetro recorrido tiene algo de pequeño triunfo.

Con el paso de los días aparece otra sensación: la de reconciliación con uno mismo. El hombre que corre ahora no intenta competir con el joven que fue. Lo acompaña. Corre con él, como si el tiempo se hubiera doblado sobre sí mismo y ambos caminaran juntos por el mismo sendero. No me importa que me pasen otros corredores, cada uno a su ritmo, cada cual, con su carrera, y yo con la mía, agradecido y orgulloso de poder seguir corriendo

Y entonces, en algún momento del entrenamiento, quizá cuando el sol empieza a bajar o cuando el aire de la mañana entra limpio en los pulmones, surge una certeza sencilla: que correr no era solo un deporte, ni una costumbre juvenil, sino una forma de estar en el mundo. Una manera de medir el tiempo con el propio cuerpo, de sentir la tierra bajo los pies y de comprobar, con cada respiración, que la vida sigue circulando con obstinada fidelidad por las venas.

Por eso, cuando vuelvo a entrenar para una carrera pedestre, no estoy simplemente preparando una competición, sino celebrando algo más íntimo y más profundo: el privilegio de seguir avanzando, paso a paso, por el mismo camino que comencé a recorrer muchos años atrás. ¡Qué bonito es vivir!