En 1988 pasé unos meses de primavera estudiando la biblioteca de José Ortega y Gasset en su casa/fundación en Madrid. Me fui adentrando en las lecturas que formaron al filósofo y en los primeros escritos de este. Poco a poco me adentré en la retrospectiva de su formación, en la que Platón y Aristóteles influyeron especialmente en sus reflexiones sobre ética, política y teoría del conocimiento. El interés por la razón y la lógica venía de Descartes y Leibniz. Kant y Hegel fueron fundamentales para su pensamiento sobre la historia y la cultura. Nietzsche fue sin duda muy influyente en su análisis de la sociedad de masas y la decadencia de la cultura. De Bergson heredó la noción de tiempo y vida como flujo, que influye en su filosofía vitalista.
Guiado por la amable y erudita bibliotecaria, fui leyendo su producción, buscando siempre antecedentes a la obra que me había interesado tanto, que me llevó a estudiar todo su legado: La España invertebrada. Estaba yo preparando mi trabajo sobre la cuestión nacional en España: “Spanien: Kastilianskt imperium eller nationalstat i vardande?” (España: ¿Imperio castellano o nación en ciernes? que sería publicado en 1992 en la antología editada por Sven Tägil, Europa – historiens återkomst (Europa — El retorno de la historia).
La tesis doctoral de Ortega y Gasset, presentada en Madrid en 1904, llevaba por título: “Los terrores del año mil. Crítica de una leyenda”. Una obra leve, poco voluminosa, sólo 58 páginas. El trabajo se centra en el miedo colectivo que se vivió alrededor del año 1000, cuando muchas comunidades europeas creyeron que el mundo podría llegar a su fin. Ortega analiza cómo las creencias, la ignorancia y los rumores influyeron en la conducta de la gente, provocando pánico, superstición y comportamientos irracionales. Los puntos esenciales de la tesis son en primer lugar el fenómeno social y psicológico: Ortega examina cómo las masas reaccionan ante la incertidumbre y el temor, anticipando su preocupación por la influencia de la mediocridad y el comportamiento colectivo que desarrollará décadas después en La rebelión de las masas.
La tesis combina historia con filosofía y muestra cómo un hecho histórico concreto, el temor al fin del mundo, puede iluminar la psicología y moral de una época. Aunque es un trabajo breve, ya se percibe el método de Ortega: mezcla de análisis histórico, reflexión filosófica y atención al comportamiento humano. Comprendí que esa forma de combinar historia y filosofía sería siempre característica de toda su obra posterior.
Esa tesis tan concentrada fue un ensayo temprano sobre la conducta de las masas y la relación del individuo con la colectividad, y anticipaba temas que Ortega desarrollaría a fondo a lo largo de su carrera, como la mediocridad de las masas, la necesidad de minorías capacitadas y la interacción entre cultura e historia.
Hoy, cuando los acontecimientos nos llevan a repensar la filosofía política, regreso a Ortega y Gasset y a los filósofos que le inspiraron, entre otros Nietzsche y Tocqueville. La pregunta que me hago es que si estamos presenciando una escenificación de los temores de esos filósofos que consideraban el comportamiento de rebaño de las masas como un peligro, y de si nuestros lideres internacionales se pueden considerar superhombres o últimos hombres, como decía Nietzsche, que es el gran incomprendido. Lo digo francamente porque me doy cuenta de que muchos asocian espontáneamente la figura de Friedrich Nietzsche con líderes fuertes, dominantes o populistas. Sin embargo, leyendo con atención sus textos, se puede ver que es muy probable que Nietzsche hubiera despreciado profundamente a figuras políticas como Donald Trump o a la mayoría de los líderes carismáticos contemporáneos. Las razones son varias y bastante claras dentro de su pensamiento. Un excelente artículo de mi amigo Víctor Bermúdez Torres despertó hoy mi curiosidad por la cuestión del superhombre como líder político[1].
Nietzsche detestaba el espíritu de la masa. Para él, la política moderna, o sea su contemporánea, y especialmente la democracia de masas, producía dirigentes que hablaban el lenguaje del resentimiento colectivo. En obras como Más allá del bien y del mal[2] o La genealogía de la moral[3], critica duramente a quienes movilizan a las multitudes apelando a sus emociones más simples: el orgullo nacional, el miedo al extranjero o la indignación moral. Ese tipo de política, basada en halagar al público, era para Nietzsche un síntoma de decadencia cultural.
No hay que olvidar que Nietzsche despreciaba profundamente el nacionalismo. Aunque hoy muchas corrientes políticas lo invocan como precursor del pensamiento de la fuerza, en realidad el filósofo se burlaba del nacionalismo alemán de su época y lo consideraba una forma de mediocridad cultural. En Así habló Zaratustra[4] y en sus escritos tardíos insistía en la idea del “buen europeo”, alguien que superaba las fronteras nacionales y pensaba en términos culturales más amplios. Un líder cuya identidad política se basa en el orgullo nacional probablemente le habría parecido una figura vulgar.
Y es que el superhombre nietzscheano no es un político populista ni un gobernante. Es, sobre todo, un creador de valores, alguien capaz de dar forma a una nueva cultura, como lo fueron para Nietzsche ciertos artistas, filósofos o espíritus excepcionales. El modelo implícito no es un tribuno de masas, sino figuras como Johann Wolfgang von Goethe o ciertos grandes creadores de la historia cultural europea. El superhombre es alguien que transforma la manera en que los seres humanos comprenden la vida, no alguien que gana elecciones o domina titulares.
Además, Nietzsche sentía un profundo desprecio por lo que llamaba el espíritu del comerciante: la obsesión por el dinero, el éxito material o la respetabilidad burguesa. En varios pasajes critica la cultura del negocio y la riqueza como signos de una civilización que ha perdido su grandeza espiritual. Un líder cuya identidad pública gira alrededor del éxito económico difícilmente habría despertado su admiración. El verdadero superhombre nietzscheano sería algo mucho más raro y silencioso: un espíritu creador capaz de transformar la cultura, no un político que domina el escenario mediático, porque para Nietzsche el gran problema de la política moderna no es que haya demasiados superhombres, sino exactamente lo contrario, que la época produce cada vez menos espíritus verdaderamente libres.
La percepción póstuma del legado de Nietzsche se debe a que, tras la muerte de Nietzsche, su hermana Elisabeth Förster-Nietzsche[5], que tenía ideas nacionalistas y antisemitas, muy distintas de las de su hermano, tomó el control de sus manuscritos y del archivo Nietzsche en Weimar. Durante los años 30, ya como octogenaria, simpatizó con el régimen nazi y facilitó la apropiación de Nietzsche por la propaganda del Tercer Reich. Hitler incluso visitó el archivo Nietzsche en Weimar en 1934, donde fue fotografiado junto al busto del filósofo. Muchos de los textos de Nietzsche fueron editados, reorganizados o presentados de manera sesgada, especialmente el libro póstumo: La voluntad de poder.[6] Hoy sabemos que ese libro no fue escrito como obra final por Nietzsche, sino que fue una recopilación posterior de fragmentos.
Por último, Nietzsche odiaba lo que él llamaba el resentimiento, esa actitud psicológica que consiste en culpar a otros de los propios fracasos o movilizar la política a partir del agravio colectivo[7]. Gran parte de su crítica a la moral tradicional gira precisamente en torno a ese mecanismo. Muchos discursos políticos contemporáneos, de derecha o de izquierda, se basan justamente en ese resentimiento, algo que para Nietzsche era la marca del “último hombre”, la figura decadente que aparece al final de Así habló Zaratustra.
Por todo esto, es bastante probable que Nietzsche hubiera visto en muchos líderes actuales no a superhombres, sino precisamente a lo contrario, los síntomas de la decadencia cultural que él temía. Figuras que hablan en nombre de la masa, apelan al orgullo colectivo, buscan poder político inmediato y se apoyan en el resentimiento popular.
El gran riesgo para Nietzsche, como para Tocqueville o nuestro Ortega y Gasset es que la mediocridad y su triste manta mojada cubran el mundo y ahoguen el espíritu creador del hombre. Para Tocqueville la igualdad de condiciones puede llevar a la “tiranía de la mayoría”, donde la opinión de las masas predomina sobre la excelencia individual o minorías ilustradas. Nietzsche advierte de que las masas, el rebaño, tienden a nivelar a todos hacia la mediocridad, y solo los individuos excepcionales (Übermensch) pueden superar esta uniformidad y crear valores superiores. Ortega introduce en La rebelión de las masas el concepto “hombre masa”, persona promedio que ocupa espacios de influencia sin tener preparación o capacidad excepcional. La sociedad de masas desplaza, según Ortega, a las minorías creativas e intelectuales, imponiendo criterios mediocres sobre cultura, política y ciencia.
Nietzsche y Ortega y Gasset comparten la preocupación por el ascenso de la mediocridad en la sociedad. Nietzsche distingue entre el superhombre, que crea sus propios valores y trasciende la conformidad, y el último hombre, que busca comodidad, seguridad y aprobación de las masas, sin aspiraciones profundas ni voluntad de superación. El último hombre representa la uniformidad y la mediocridad que las masas tienden a imponer sobre la cultura y la política.
Ortega y Gasset, en La rebelión de las masas, observa un fenómeno similar: el hombre masa carece de preparación y formación, se considera común y exige protagonismo en la sociedad, desplazando a las minorías capaces e intelectuales que podrían guiar el progreso cultural y político. Para Ortega, la rebelión de las masas no es necesariamente violenta, sino el ascenso de una mediocridad que normaliza la cultura y la política hacia lo fácil y lo superficial, debilitando la capacidad de innovación y reflexión profunda. Ambos filósofos coinciden en que la sociedad necesita minorías excepcionales o individuos capaces de crear valores y liderar, mientras las masas tienden a nivelar todo hacia la seguridad, el confort y la aceptación general.
Estando como estamos en un año electoral, aquí en Suecia, debemos poner todo nuestro cuidado en valorar la calidad del liderazgo y la coherencia de los principios, y mantener firme el compromiso con los valores liberales, aunque no sean siempre los más populares. La buena política exige reflexión, coraje y responsabilidad individual, así como un esfuerzo constante por educar, convencer y liderar sin ceder a la presión de la mayoría ni al conformismo. La solución a los principales problemas ante los que estamos actualmente, requiere liderazgo valiente.
Los problemas actuales en la sociedad sueca y global son múltiples y entrelazados. En Suecia se perciben retos como la desigualdad económica creciente, la presión sobre el sistema de bienestar debido a una población que envejece, la integración de inmigrantes y minorías, y la seguridad urbana, con aumento de violencia en algunas ciudades. A nivel global, enfrentamos cambio climático y crisis medioambiental, que afectan desde el acceso al agua hasta fenómenos extremos; desigualdad y concentración de riqueza, donde un pequeño porcentaje controla casi la mitad de los recursos; tensiones geopolíticas y conflictos bélicos, como guerras regionales y rivalidades entre potencias; migraciones masivas que ponen a prueba sistemas sociales y políticos; desinformación y manipulación digital, que socavan la democracia y la confianza pública; y desafíos tecnológicos, incluyendo el impacto de la inteligencia artificial sobre el trabajo y la privacidad. En un mundo interconectado, los problemas locales reflejan crisis globales, y donde las soluciones requieren cooperación, innovación y un compromiso profundo con la justicia social y la sostenibilidad.
Las soluciones a esos grandes problemas, tanto en Suecia como en el mundo, no son populares porque suelen implicar sacrificios inmediatos, cambios de hábitos o redistribución de recursos. Por ejemplo, luchar contra el cambio climático exige reducir consumo, limitar emisiones y cambiar infraestructuras, medidas que no siempre agradan a todos. Combatir la desigualdad puede implicar subir impuestos a los más ricos o reformar sistemas de bienestar, lo que provoca resistencia política y social. Garantizar la integración de inmigrantes y minorías requiere educación, inversión y paciencia, algo que no da resultados visibles de inmediato. Incluso enfrentar la desinformación digital o regular la inteligencia artificial significa limitar la libertad aparente en internet, algo impopular para muchos. Por eso, las soluciones profundas y duraderas suelen ser las menos atractivas en términos inmediatos, aunque sean las que realmente construyen sociedades más justas, seguras y sostenibles.
Por eso se necesitan políticos valientes, capaces de decir la verdad aunque duela, de llamar pan a pan y vino a vino, sin maquillar los problemas ni buscar únicamente la aprobación inmediata de las masas. Gente que explique con claridad las dificultades y los sacrificios necesarios, que defienda principios y valores, aunque eso no siempre sea popular, y que tenga la capacidad de liderar con visión a largo plazo, más allá del ciclo electoral. Solo así se pueden tomar decisiones difíciles pero necesarias para enfrentar la desigualdad, el cambio climático, la desinformación o los retos sociales, y construir una sociedad que sea justa, sostenible y preparada para el futuro.
Quién se atreve a llevarle la contraria a Trump a Putin o a cualquier líder poderoso que impone su voluntad y su narrativa. No basta con criticar desde la distancia, se necesita coraje político, independencia y claridad moral. Requiere gente que no tema las repercusiones mediáticas o electorales, que pueda decir lo que es cierto, aunque sea incómodo, y que tenga criterio propio, no solo reflejo de las masas. Ortega y Gasset nos diría que esas son las minorías capacitadas, los individuos preparados para guiar con juicio y responsabilidad; Nietzsche nos recordaría que se necesita un espíritu fuerte, capaz de afirmar la verdad y crear valores propios, incluso cuando el resto aplaude al poder o se conforma.
Nietzsche lanzó la exclamación de que Dios había muerto, expresando la idea de un Dios absoluto, garante de la moral y del sentido de la vida, había dejado de ser creíble en la sociedad moderna. La frase aparece sobre todo en La gaya ciencia[8] y luego se desarrolla en Así habló Zaratustra. El Buen Pastor bíblico nos recuerda el ideal de liderazgo basado en servicio, sacrificio y responsabilidad personal, mientras que los filósofos modernos nos alertan de que, sin discernimiento crítico, el rebaño puede perder su libertad y su autonomía, siguiendo al líder equivocado y entregando su destino a manos de quienes no buscan el bien común sino su propio poder. Esperemos pues a un Buen Pastor laico.
[1] https://www.elperiodicoextremadura.com/opinion/2026/03/11/superhombre-trumpiano-127795228.html?utm_source=whatsapp&utm_medium=social&utm_campaign=btn-share
[2] https://archive.org/details/MsAllDelBienYDelMal/page/n9/mode/2up
[3] https://archive.org/details/genealogia-de-la-moral/page/16/mode/2up
[4] https://archive.org/details/asi-hablo-zaratustra_202502/As%C3%AD%20habl%C3%B3%20Zaratustra_%20Un%20libro%20para%20todos%20y%20para%20nadie%20–%20Friedrich%20Nietzsche%2C%20Andr%C3%A9s%20S%C3%A1nchez%20Pascual%20%28ed_%29%20–%20Biblioteca%20Nietzsche%2C/page/n5/mode/2up
[5] Se casó con Bernhard Förster, un activista antisemita alemán. Ambos emprendieron un proyecto muy peculiar: fundar en Paraguay una colonia llamada Nueva Germania, que pretendía ser una comunidad “aria” libre de influencia judía. El experimento fracasó rápidamente debido a dificultades económicas, aislamiento y mala organización. Förster terminó suicidándose en 1889.
[6] https://archive.org/details/nietzsche-f.-la-voluntad-de-poder-ocr-2006/page/9/mode/2up
[7] La movilización política basada en el agravio colectivo, la idea de que un grupo ha sido humillado, traicionado o injustamente tratado y debe recuperar su dignidad o sus derechos, es un fenómeno bastante frecuente en la historia. No pertenece a una sola ideología, sino que aparece tanto en movimientos nacionalistas, populistas, revolucionarios o identitarios. Aquí dejo al lector absoluta libertad para identificar ese tipo de movimientos, que no debería ser muy difícil.
[8] https://archive.org/details/la-gaya-ciencia/page/12/mode/2up

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