En Querela Pacis[1] (La queja de la Paz) escrita por Erasmo en 1517: la Paz habla en primera persona y se lamenta de cómo los seres humanos la despreciaron y la expulsaron del mundo. La Paz explica que ella es el mayor bien de la humanidad. Gracias a la paz florecen la agricultura, el comercio, las ciudades, el arte, la educación y la vida espiritual. Todo aquello que constituye la civilización humana solo puede desarrollarse cuando las sociedades viven en tranquilidad y cooperación. Veo ante mi una postal de esas que se emplean para promocionar los Emiratos.

Erasmo muestra el contraste con la guerra. La guerra destruye lo que la paz ha construido lentamente: arruina pueblos, empobrece a las poblaciones, provoca hambre, enfermedades y sufrimiento. Para Erasmo, la guerra no es una empresa gloriosa, como muchas veces la presentan los gobernantes o los poetas, sino una actividad brutal que degrada al ser humano. Veo monumentos militares, medallas colgando de uniformes bien planchados, desfiles que muestran maquinas de destrucción. También veo la propia destrucción, escombros, restos de metal entrelazados y humeantes, sangre seca en el cemento.

Uno de los puntos centrales de la obra es la crítica a los príncipes y gobernantes. Erasmo sostiene que las guerras casi nunca benefician al pueblo; suelen ser el resultado de la ambición, el orgullo o las rivalidades personales de los dirigentes. Los pueblos, que sufren las consecuencias, rara vez tienen algo que ganar con ellas. Veo ante mí la pobreza denigrante causada por la guerra, caras sucias, manos temblorosas, ojos desencajados por el medo, cuerpos castigados por el hambre, el frío, la sed.

También critica con dureza la hipocresía religiosa que rodea a la guerra. Erasmo, que era profundamente cristiano, considera absurdo que los cristianos, cuya religión predica el amor y la fraternidad, se maten entre sí invocando a Dios. Para él, la guerra entre cristianos es una contradicción moral profunda. Y yo veo como musulmanes también se matan alegremente entre sí. La imagen de los religiosos rodeando a Trump es impactante, igual que lo fue la imagen de Bush rodeado de prelados, que se juntan a imágenes de sacerdotes uniformados aquí y allá en la historia, bendiciones a banderas y pendones militares, misas de campaña…

Otro aspecto importante es su crítica a la propaganda y a la glorificación de la guerra. Señala que los discursos heroicos, los cantos patrióticos y la retórica militar ocultan la realidad brutal del conflicto. Mientras los gobernantes hablan de honor o gloria, son los campesinos, los soldados y las familias quienes pagan el precio. Una medalla sobre un ataúd cubierto con una bandera ¿y después qué? Veo como las redacciones en todo el mundo se pelean por las últimas imágenes, leo las mentiras que emiten en cruzado los beligerantes.

Erasmo defiende que los conflictos entre estados deberían resolverse mediante negociación, arbitraje y razón, no mediante la violencia. El humanismo renacentista creía en la educación, la cultura y el diálogo como caminos para construir una Europa más civilizada. Pero, ¿qué nos queda de ese humanismo? Querela Pacis, lleva impresa desde hace 500 años y es una denuncia poderosa de la irracionalidad de la guerra. Erasmo presenta la guerra como una forma de locura colectiva que destruye la cultura, la moral y la humanidad misma, mientras que la paz aparece como la condición necesaria para el progreso de la civilización. Su mensaje sigue siendo sorprendentemente actual. La guerra no es una muestra de grandeza humana, sino una prueba de hasta qué punto los hombres pueden apartarse de la razón.

Immanuel Kant, en su ensayo La Paz Eterna[2], escrito 1795, defendió que la guerra es consecuencia de sistemas políticos imperfectos y de la ausencia de derecho internacional. Kant propuso una federación de estados republicanos que resolvieran conflictos mediante leyes y diplomacia. Para Kant, la guerra no es inevitable, sino simplemente un fallo de la razón política.

Kant presenta una serie de artículos preliminares a seguir para evitar guerras:

  1. No debe considerarse como válido un tratado de paz que se haya ajustado con la reserva mental de ciertos motivos capaces de provocar en el porvenir otra guerra.
  2. Ningún Estado independiente, pequeño o grande, lo mismo da, podrá ser adquirido por otro Estado mediante herencia, cambio, compra o donación.
  3. Los ejércitos permanentes, miles perpetuus, deben desaparecer por completo con el tiempo.

Es inconcebible que alguien a estas alturas pueda creer que, teniendo una máquina bélica, siempre dispuesta, se puede evitar la guerra. Los ejércitos forman se convierten con el tiempo en organismos, que, como tal, defienden su existencia a toda costa. Por una viciada lógica, están obligados a crecer, fortificarse, armarse con los artefactos más poderosos de destrucción, o, simplemente morir; dicen sus líderes. “Necesitamos el 2%, el 3%, el 4%, el 5% del BNP”, gritan a voces, coreados por políticos que creen que saben.

  • No debe el Estado contraer deudas que tengan por objeto sostener su política exterior.
  • Ningún Estado debe inmiscuirse por la fuerza en la constitución y el gobierno de otro Estado. ¿Con qué derecho lo haría? ¿Acaso fundándose en el escándalo y mal ejemplo que un Estado da a los súbditos de otro Estado?

¡Qué sabio era Emmanuel Kant! “…la intromisión de las potencias extranjeras será siempre una violación de los derechos de un pueblo libre, independiente, que lucha sólo en su enfermedad interior. Inmiscuirse en sus pleitos domésticos sería un escándalo que pondría en peligro la autonomía de todos los demás Estados.”

Y no aprendemos. Con lo sencillo que hubiera sido leer a Kant. Me pregunto, ¿a quién habrán leído esos paladines de la guerra? Esos que ahora pretenden liberar a las mujeres del Irán por la fuerza, a base de bombas. Seguramente que no a Kant.

Dos hombres que vivieron la guerra y sus consecuencias, y trataron de comprender los mecanismos que llevan a ella, fueron Albert Einstein y Sigmund Freud, que, en un intercambio epistolar, publicado 1933 bajo el título de Why War[3], tratan de comprender el por qué de la guerra. Este intercambio de cartas fue promovido por el Instituto Internacional de Cooperación Intelectual de la Sociedad de Naciones. La idea era que dos grandes pensadores reflexionaran sobre una de las preguntas más inquietantes de la humanidad: ¿por qué los seres humanos siguen recurriendo a la guerra?

En la primera carta, el físico se pregunta si existe alguna forma de liberar a la humanidad de la amenaza de la guerra, y observa que los conflictos armados suelen surgir porque los estados buscan poder y dominación, y porque no existe una autoridad internacional suficientemente fuerte para impedirlos. Einstein piensa que la única solución racional sería crear instituciones supranacionales con autoridad jurídica real, capaces de resolver conflictos entre estados mediante el derecho y no mediante la fuerza. Sin embargo, también reconoce un problema profundo: los gobiernos y las élites políticas suelen manipular a las masas mediante propaganda, nacionalismo o miedo, movilizando emociones colectivas que empujan a los pueblos hacia la guerra.

¡Mas claro el agua! Aquí estamos todavía, esperando una organización global capaz de impedir la guerra. La manipulación y la propaganda es ahora igual o peor que lo era en los 30 del siglo pasado. La respuesta de Freud, desde la psicología, es más pesimista. Afirma que la guerra tiene raíces en la naturaleza humana, especialmente en lo que él llama las pulsiones agresivas o destructivas. Según Freud, los seres humanos no están movidos solo por el deseo de vivir y cooperar, el Eros, sino también por una tendencia a la agresión y la destrucción, el Thanatos. Las sociedades pueden contener estas pulsiones mediante la cultura, la educación, las leyes y las instituciones, pero nunca eliminarlas completamente.

Freud explica además que la civilización es, en cierto modo, un esfuerzo continuo por domesticar la violencia humana. Las leyes, el Estado y la moral buscan sustituir la fuerza bruta por normas comunes. Sin embargo, cuando los estados entran en conflicto, esa violencia reprimida puede reaparecer a gran escala en forma de guerra. Y, aun así, Freud no es completamente fatalista. Señala que la educación, el fortalecimiento de la cultura y el desarrollo de vínculos entre los pueblos pueden reducir la probabilidad de guerra. Cuanto más se identifiquen los individuos con una comunidad humana más amplia, menos fácil será movilizarlos para destruir a otros.

La contribución de Hannah Arendt al estudio de los mecanismos que llevan a la guerra la encontramos en su obra Sobre la Violencia[4], de 1970. La obra, es una reflexión filosófica sobre la naturaleza de la violencia y su relación con el poder político. El libro surge en un contexto marcado por la Guerra Fría, la guerra de Vietnam y las protestas estudiantiles de los años sesenta, cuando la violencia comenzaba a aparecer tanto en conflictos internacionales como en movimientos políticos internos.

La idea central es una distinción fundamental entre poder y violencia, dos conceptos que a menudo se confunden pero que, según Arendt, son muy diferentes. Para ella, el poder nace cuando las personas actúan juntas, cooperan y reconocen una autoridad legítima. El poder se basa en el consentimiento y en la capacidad de una comunidad para actuar colectivamente. La violencia, en cambio, es instrumental: aparece cuando el poder se debilita o desaparece. Cuando un gobierno o una institución ya no tiene legitimidad ni apoyo, recurre a la violencia para imponer su voluntad.

Arendt sostiene que la violencia puede ser eficaz a corto plazo, pero no puede crear poder verdadero. Puede obligar, destruir o someter, pero no puede generar legitimidad ni estabilidad duradera. Por eso, los regímenes que dependen excesivamente de la violencia suelen ser, paradójicamente, los más frágiles. Otro punto importante del libro es la relación entre tecnología y violencia. Arendt advierte que en la era moderna la capacidad destructiva ha crecido enormemente debido al desarrollo tecnológico, especialmente con las armas modernas. Esto hace que la violencia pueda alcanzar niveles de destrucción sin precedentes, poniendo en peligro incluso la supervivencia de la humanidad.

También analiza la violencia revolucionaria y las protestas políticas. Arendt reconoce que en ciertos contextos la violencia puede aparecer como respuesta a la injusticia, pero insiste en que no puede sustituir al poder político ni construir instituciones duraderas. Las revoluciones que se apoyan únicamente en la violencia terminan generando nuevas formas de dominación. En el fondo, el argumento de Arendt es profundamente político: la estabilidad y la libertad de una sociedad dependen del poder entendido como acción colectiva, deliberación y legitimidad, no de la fuerza bruta. Cuando la política se degrada y pierde su base de participación y consenso, la violencia aparece como sustituto.

Los recientes acontecimientos en Irán parecen ilustrar precisamente esta lógica. Las protestas que comenzaron a finales de 2025, alimentadas por una profunda crisis económica, inflación y descontento político, se extendieron a numerosas ciudades del país. La respuesta del Estado ha sido en gran medida represiva: detenciones masivas, cortes de internet para impedir la difusión de información y una fuerte intervención de las fuerzas de seguridad. Diversas estimaciones hablan de miles de muertos en la represión de las manifestaciones.

Desde la perspectiva de Arendt, esta situación podría interpretarse como un síntoma de crisis de legitimidad política. Cuando las instituciones ya no logran canalizar el conflicto mediante mecanismos de participación, deliberación o reforma, el poder político corre el riesgo de apoyarse cada vez más en la violencia para conservar el control. Sin embargo, Arendt advierte que esa estrategia solo puede funcionar a corto plazo: la violencia puede imponer obediencia momentánea, pero no puede generar el tipo de autoridad duradera que nace del consentimiento social.

Al mismo tiempo, la reflexión de Arendt también permite entender otro aspecto del conflicto: la relación entre violencia y revolución. Ella reconocía que la violencia puede aparecer en contextos de injusticia o represión, pero advertía que la violencia por sí sola no puede crear un nuevo orden político estable. Para que surja un verdadero poder político nuevo, es necesario algo más: instituciones legítimas, participación ciudadana y una cultura política capaz de sostenerlas.

Por eso, si aplicamos su pensamiento al caso iraní, el problema central no es solo la violencia del momento, sino la fragilidad del equilibrio entre autoridad y legitimidad. Un régimen que depende cada vez más de la coerción corre el riesgo de debilitar su propia base política. Pero, al mismo tiempo, una oposición que solo se exprese mediante la confrontación violenta también puede tener dificultades para construir un nuevo sistema político duradero.

En este sentido, la advertencia de Arendt sigue siendo profundamente actual: la violencia puede destruir el poder, pero no puede crearlo. Cuando la política deja de basarse en el consenso, el diálogo y la legitimidad, la violencia ocupa su lugar; y en ese punto, tanto el Estado como la sociedad entran en un terreno peligroso donde el conflicto puede escalar sin producir soluciones estables.

Y, si alguien tiene todavía la ilusión de que el régimen iraní cambiará a bombazos. Si alguien sigue pensando que los Estados Unidos lograrán imponer la Pax Americana en Oriente Medio, que se relean por favor a Erasmo, Kant, Einstein y Freud y a la propia Hannah Arendt. Una buena cosa sería si alguien hiciera llegar estas obras a los mandatarios mundiales y luego les invitase a un seminario abierto, para discutir soluciones pacíficas, pero he dejado de creer en los Reyes Magos.


[1] https://archive.org/details/ned-kbn-all-00002566-003/page/n10/mode/2up

[2] https://archive.org/details/immanuel-kant-la-paz-perpetua-edicion-elejandria/page/n9/mode/2up

[3] https://archive.org/details/freud-einstein-1933-war/page/n11/mode/2up

[4] https://archive.org/details/arendt-hannah.-sobre-la-violencia-ocr-2005/page/n7/mode/2up